Cuba en América Latina. América Latina en Cuba” es una serie de historias elaboradas por la Tercera generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación regional con la isla caribeña a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.


Texto: Mariel Lozada (Venezuela)
Ilustración: Alma Ríos (México)

Catalina Bosch tenía 18 años cuando llegó a Chile. Era 1992. Salió de la isla con su madre cuando en su natal Cuba empezó el período especial, esa crisis económica que inició cuando la Unión Soviética se acabó.

De padre dominicano —nieta del expresidente Juan Bosch—, madre chilena, de ascendencia italiana, casada con un cubano y de hijos chilenos, Catalina es la personificación de la migración latinoamericana, y ahora, a sus 45 años, dedica gran parte de su vida a eso. Dice de sí misma que está “disponible para cualquier instancia en que se pueda y se tenga que trabajar en pro de los migrantes”.

Graduada de psicología y con un máster en psicología jurídica y forense, cuando no está trabajando como perito externo, en la corte chilena, hace psicología clínica, capacitación y relatoría en migración e interculturalidad.

Catalina va a la Parroquia desde que llegó a Chile. A veces los domingos, a misa. A veces los fines de semana, a eventos. A veces los lunes, los miércoles o los viernes, a entregar ropa y zapatos a los migrantes recién llegados. Pero siempre va.

Luego de 25 años fuera, y aunque no piensa volver a Cuba, Catalina no se ha desconectado del todo de la isla. Dice que ayuda a todos los migrantes que llegan a la Parroquia, pero que siente más cercanos a los dominicanos y cubanos, por los lazos que los unen.

Catalina no recuerda ningún año tan duro como 2017. Ese año muchos cubanos llegaron sin papeles a Chile. En la Parroquia hicieron operativos humanitarios, entregaron ropas, enseres, zapatos, organizaron casas de acogidas, dieron asesorías, ayudaron a los enfermos, hicieron rifas. Según cifras del gobierno chileno, en 2018 1,662 cubanos que residían en el país ilegalmente, fueron regularizados. Solo en los primeros cinco meses de ese año se registraron 2,078 pasos ilegales de cubanos por la frontera.

Uno de esos fue Sandor Ramos. Sandor llegó a Santiago el 6 de agosto de 2017, luego de un vuelo a Guyana y 13 días de viaje por tierra. La distancia entre Guyana y Santiago es de 6,438 kilómetros. Los recorrió solo con lo justo. Recuerda que llegó al país “solo con lo puesto”, sin conocer a nadie ni nada seguro.

Como muchos, se vino sin conocer nada de Chile. Solo sabía que la economía estaba mejor y que, quizá, con suerte, podría ejercer: es ingeniero industrial, pero en Cuba dejó de trabajar por presiones gubernamentales.

En esas condiciones se acercó a la Parroquia. Le dieron asesoría, le enseñaron cómo buscar trabajo y lo ayudaron. A los 35 días consiguió trabajo de copero —asistente en la cocina—  en un colegio. Luego se mudó de Santiago, pero el contacto con Catalina nunca lo ha perdido. “Es como una madre para mí. Ha estado conmigo cada vez que la necesito. Las veces que me he enfermado, ella ha estado ahí, ayudándome”.

La historia de Sandor es común. Salir de Cuba nunca ha sido fácil. Hasta 2013 se necesitaba una carta de invitación, emitida por algún familiar o amigo en el exterior, para poder abandonar la isla. Actualmente, solo unos 30 países permiten a los ciudadanos cubanos viajar a su territorio sin tramitar una visa, y uno de esos es Guyana. El vuelo cuesta cerca de 300 USD, y con unos 150 USD logran llegar a la frontera chilena por tierra. “Son personas que están llegando a Chile sin papeles, sin dinero, sin amigos, sin redes de apoyo, a los que integrarse les cuesta mucho más”.

Es particularmente difícil con la comunidad cubana porque, a diferencia de los venezolanos o peruanos, no hay agrupaciones cubanas organizadas en Chile. Los motivos pueden ser variados, pero Catalina tiene su teoría: todavía pesan mucho las secuelas de la dictadura, las ideologías, las diferencias políticas “La gente le tiene mucho miedo a que el otro pueda ser amenazante”.

Catalina sabe que su trabajo se ha ido haciendo más importante a medida que la comunidad cubana ha ido creciendo. Cuando empezó a ayudar en la Parroquia, su trabajo estaba centrado en las festividades: la navidad migrante, el día del migrante, la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre, la fiesta cubana y el mes de la cultura cubana. Poco a poco, el foco ha ido cambiado: ahora hay muchos más a quienes ayudar.

Cuenta que en 2018 la parroquia hizo 4 operativos, “todos llenos de gente que venía a pedir ayuda”. Que varios de los casos eran de gente que dormía en parques, plazas, incluso mujeres embarazadas. “Venían para acá y gracias a eso podían tener un techo, los ayudamos a conseguir trabajo y a equiparse para el invierno”.  

Según las últimas cifras del gobierno chileno, de mediados de 2018, en el país residen más de un millón de inmigrantes, y, de acuerdo a Catalina, los chilenos todavía están “adaptándose” a la convivencia. “Los procesos de adaptación no son lineales ni unidireccionales, no son necesariamente estables, son complejos. En esa complejidad, veo cosas fantásticas, maravillosas, y reacciones xenófobas y discriminatorias”.

Resalta lo que considera una diferencia fundamental: es más fácil ser multicultural que intercultural. Es decir, en su definición, mostrar como un collage diferentes culturas que conviven entre sí, sin que eso implique una integración real. “Son mecanismos que tenemos los seres humanos. Hay gente que logra traspasar esas defensas, pero a otros les cuesta más. Implica otros conceptos, otros códigos, otras maneras”.

En diciembre de 2018 el gobierno chileno no firmó el Pacto Migratorio de la Organización de Naciones Unidas, porque “no resguarda adecuadamente los legítimos intereses de Chile y los chilenos”. Las organizaciones no gubernamentales pro migrantes organizaron protestas. Amnistía Internacional calificó la situación de “alarmante”. Catalina la ve como una decisión “fatal”, que no contribuye a que los ciudadanos logren ver a los migrantes de una manera amistosa, razonable y lógica.

“Es una declaración de convivencia que se agradece mucho. Que un país diga ‘yo me abstengo, yo me niego a sumarme a ese pacto, trae malas consecuencias. Las personas que no conocen de este pacto, y los que tienen ya un prejuicio sobre el tema, ven sus ideas negativas reforzadas: que los migrantes son una amenaza, que vienen a quitarnos lo poco que tenemos, los recursos, los trabajos… esas cosas me preocupan”, dice Catalina.

Fue también en 2018 cuando el gobierno de Sebastián Piñera inició un plan para repatriar haitianos. En los dos primeros vuelos viajaron cerca de 200. Luego, unos 200 más. Para Catalina, esta es una falla de su administración. En un español con toques cubanos y lleno de modismos chilenos, admite que “encuentra maravilloso” que alguien pueda volver a su país si no se siente a gusto en el nuevo, pero “no así”. No porque no lograron integrarse, no lograron encontrar trabajo o aprender el idioma. “El dinero de los vuelos debió invertirse en integración. Eso es es irse por la salida fácil… a lo mejor, así, la mitad de ellos se habrían quedado acá”.

Durante sus años en Chile, Catalina ha ido a Cuba unas cinco o seis veces. No las recuerda con exactitud. Ahora tiene tres años sin ir, pero, nunca se “desconectó por completo”. Convirtió sus reuniones sociales en iniciativas de ayuda.

Además de su labor promigración, Catalina invierte mucho tiempo en la Fundación Juan Bosch, buscando fortalecer el legado de su abuelo. La fundación realiza seminarios, eventos y publicaciones para fortalecer la integración en toda Latinoamérica.

Por eso trabaja Catalina. Para dar a conocer la cultura e identidad cubana, reforzarla. Para  favorecer la inclusión de los migrantes en Chile, para incorporarlos, para festejar la multiculturalidad. Porque, “de alguna u otra manera, todos somos migrantes”.

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[Este texto es parte del especial “Cuba en América Latina. América Latina en Cuba” que incorpora reportajes y crónicas desde 10 países de la región].