[En el marco de los 26 años de creación del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), Distintas Latitudes publica un pequeño dossier sobre las ambiciones y los retos de la integración de América Central, coordinado por Denis Alvarado desde El Salvador]

Por: Denis Alvarado ([email protected])

El diálogo intenso en las distintas sociedades y círculos gubernamentales de la región centroamericana propiciaron en la década de los cincuenta, por medio de la Organización de los Estados Centroamericanos (ODECA), el consenso en temas como la unificación de las señales de tránsito, los programas educativos, los procesos aduanales, las políticas culturales, entre otros. Estos fueron algunos insumos que forjaron el establecimiento del vínculo y la construcción de identidad de la Centroamérica más contemporánea que hoy conocemos.

De manera general, Centroamérica otorga un elemento de identidad, no solo geográfica, sino también social y cultural. Dar un vistazo más holístico a la identidad de Centroamérica implica realizar el ejercicio de agrupar algunos insumos para establecer una evidencia y sustentar la relación con las distintas definiciones conceptuales.

Podemos iniciar con lo que hasta cierto punto parece sencillo y dado por naturaleza. América Central es el subcontinente constituido por un angosto y prolongado puente geográfico que une a Suramérica y Norteamérica. También es una borda que separa el Océano Pacífico y el Océano Atlántico. Además, está conectada por la Cordillera Centroamericana, conocida también como los Andes Centroamericanos, la cual atraviesa todos los países de la región con el Cinturón de Fuego del Pacífico, delineando el relieve del istmo con sus volcanes.

Lo anteriormente planteado tiene espacio en la idea sobre distinguibilidad manejada por el Dr. Gilberto Giménez, del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Autónoma de México (UNAM), quien ha dado importantes aportes a los estudios culturales latinoamericanos. Él advierte que existe una diferencia capital entre la distinguibilidad de las personas y las cosas porque estas últimas sólo pueden ser diferenciadas, definidas, categorizadas y nombradas a partir de rasgos objetivos observables desde el punto de vista del espectador externo.

En cambio, cuando se habla de personas, existe un mundo interminable de posibilidades para diferenciarse de los demás. Tomando en cuenta que los seres humanos nos encontramos constantemente en procesos de creación, construcción, decodificación y resignificación de símbolos, y conceptos, es importante mencionar que la identidad social y cultural de las sociedades son y serán siempre una dicotomía.

El filósofo y sociólogo alemán, Jürgen Habermas expresó en 1987 “las personas no sólo están investidas de una identidad numérica, como las cosas, sino también, de una identidad cualitativa que se forma, se mantiene y se manifiesta en y por los procesos de interacción y comunicación social”. Esto nos obliga a dar unos pasos hacia atrás con el único propósito de realizar un leve recorrido histórico por Centroamérica.

Es impensable hablar de historia centroamericana sin hacer referencia al establecimiento de la República Federal de Centroamérica, impulsada en 1824, misma que se disolvió progresivamente entre los años de 1838 y 1840. Si avanzamos más en el recorrido, nos daremos cuenta que pasaron más de 100 años para que los países de la Centroamérica histórica renovaran sus votos unionistas y con ello crearan, en 1951, la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA).

Durante una entrevista realizada para el documental “Centroamérica, una historia en común: 60 años de integración”, el empresario y filósofo salvadoreño, José Jorge Simán, expresó, “la ODECA significó simbólicamente tener que ver a Centroamérica como una unidad”. Gilberto Giménez asegura que sin el concepto de identidad no se podría explicar la menor interacción social. Por lo tanto, podemos afirmar que los países se reconocieron recíprocamente y formalmente, mediante la puesta en marcha de acciones enmarcadas en algunas dimensiones pertinentes a su identidad.

Por ejemplo, en ese contexto se impulsó el Mercado Común Centroamericano, regido por el Tratado General de Integración Económica Centroamericana de 1960, el cual propició la dinamización del comercio intrarregional. Esto implicó la edificación de puertos, aeropuertos, ferris, puentes y otro tipo de estructuras para facilitar el transporte y la comunicación, de cara al intercambio de mercadería y exportaciones entre los países de la región.

El impulso que la ODECA dio a Centroamérica fue mucho más allá. El diálogo intenso en las distintas sociedades y círculos gubernamentales de la región centroamericana, propiciaron en la década de los cincuenta el consenso en temas como la unificación de las señales de tránsito.

El Acuerdo Centroamericano sobre Señales Viales Uniformes fue adoptado en 1958 por los países de la región con el ánimo de “contribuir a la seguridad de tránsito por carretera y unificar hasta donde sea posible el sistema de señales de las mismas”. Esto requirió la implementación de manuales de homologación de las normativas nacionales, involucrando a las entidades y personas competentes para el cometido. Con el mismo espíritu, en esos años, se logró la unificación de los programas educativos, las políticas culturales, entre otros. También se inició un proceso de una vinculación institucionalizada entre los países.

De acuerdo con la teoría del interaccionismo simbólico, promovida en 1938 por Herbert Blumer, la importancia de las relaciones sociales se puede sintetizar básicamente en el papel que juega en la sociedad la empatía, y la capacidad de ponerse en el lugar del otro. En ese sentido, los consensos entre las sociedades centroamericanas contribuyeron a la construcción de la identidad, por medio del establecimiento de vínculos.

Según Eduardo Lizano Fait, Presidente de la Junta Directiva de la Academia de Centroamérica con sede en Costa Rica, con la ODECA se lograron avances importantes en cuanto a la consolidación del mercado común centroamericano, también se dieron pasos significativos con la creación de instituciones como la Secretaría de Integración Económica de Centroamérica (SIECA) y el Banco de Integración Económica Centroamericana (BCIE).

Sin embargo, la época de convulsión que adoleció la región centroamericana durante los años ochenta, minaron muchas de las iniciativas impulsadas desde la ODECA. Con ello, los países de la región se encontraron ante la necesidad de disolver las luchas de poderes al interior de países como Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

Uno de los grandes esfuerzos regionales para resolver los problemas comunes fueron los Acuerdos de Esquipulas I y II, firmados en 1986 y 1987 respectivamente.  En ellos, el Presidente de Guatemala, Vinicio Cerezo; el Presidente de El Salvador, José Napoleón Duarte; el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega; el Presidente de Honduras, José Azcona Hoyo y el Presidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez se comprometieron a garantizar los procesos de pacificación desde y para los países centroamericanos. Fue así que los Acuerdos contribuyeron, entre otras cosas, a la consolidación de una identidad centroamericana que continúa en constante construcción, a través del establecimiento de vínculos de diversa índole.

Podemos definir el vínculo como relación material o no material que se da entre dos o más partes. Enrique Pichón−Rivière dice en su teoría del vínculo que en toda asociación hay circuitos de comunicación y aprendizaje constantes, lo que lleva a conductas de mutación, regeneración e invención de las relaciones sociales.

Centroamérica, también ha demostrado su capacidad para reinventarse. Los presidentes de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, crearon el 13 de diciembre de 1991, el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA). Posteriormente, en el año 2000 se incorporó Belice y, a partir de 2013, la República Dominicana.

Dicho Sistema se diferencia de la ODECA por promover una visión mucho más integral, dando prioridad a una diversidad de temas enmarcados, no solo en la integración económica, sino también en la integración social, la gestión integral del riesgo y cambio climático, la seguridad democrática y el fortalecimiento institucional.

Este organismo regional cuenta con más de 30 instancias especializadas con oficinas de operaciones distribuidas en los diferentes países de Centroamérica. Este esquema de integración, no es nada más la edificación de una estructura institucional sólida. Va mucho más allá.

Representa una plataforma para la participación de distintos sectores políticos, económicos, sociales y culturales. Dicho Sistema ha retomado los principios y valores promovidos desde la ODECA y ha acompañado esfuerzos para dar continuidad a los proyectos como la unión aduanera centroamericana, la seguridad de los espacios aéreos de la región.

Además, ha dado pasos importantes para la concreción de una libre movilidad entre los países centroamericanos. Una muestra palpable es el convenio del C-4 entre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Hay quienes podrían argumentar que esto no es nada significativo.

En todo caso, habrá que considerar lo siguiente. El mundo global sumerge a las personas en dinámicas apremiantes. En ese contexto, están vinculadas a diversidad de redes de intercambio social. Esto ha dado paso a sociedades mucho más complejas, en las que los tejidos sociales experimentan el aumento de la demanda de la ciudadanía para la satisfacción de sus necesidades. “Todos estos factores llaman a rehacer profundamente las prácticas sociales, particularmente, las democráticas que únicamente pueden operarse en dirección de una verdadera democracia participativa” Benoist, A (S.f).

Benoist se refiere a una modalidad, complemento y perfeccionamiento de las formas representativas, que en última instancia permite afianzar los procesos democráticos. En ese sentido, se creó el Comité Consultivo del Sistema de Integración Centroamericana (CC-SICA), un órgano de participación y consulta a la sociedad civil dentro del SICA.

Este Comité aglutina a las organizaciones de la sociedad civil regionalmente organizadas para poder involucrar sus enfoques en la creación de planes, estrategias y políticas regionales en el marco de la integración.

En cualquier caso, la participación no tiene por qué verse o esperarse de manera institucionalizada. Hay muchas acciones regionales que se ejecutan a diario en Centroamérica que no requieren de una guía o una supervisión institucional para que así suceda.

Aún es más importante decir, se puede construir identidad desde la participación y la pluralidad, las cuales debe entenderse como un plus para aquellas personas que creen férreamente en las expresiones sociales genuinas para contribuir a la construcción de una nueva ciudadanía.

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