Dainerys Machado era una niña solitaria y aburrida que, a diferencia de los niños y niñas de su edad, no disfrutaba de correr en las calles, sus aliados eran los libros y la televisión: ¿qué le depararía el futuro a esta pequeña cubana con raíces revolucionarias? De Cuba a México y de México a Estados Unidos, le encanta viajar lejos de su casa ya que cree que ese escaparate ayuda a escribir y a entender el mundo. De esto y más dialogó Distintas Latitudes con la escritora que forma parte de la antología digital de 23 autores de toda América Latina y el Caribe del Proyecto Arraigo/Desarraigo, una red digital de escritores latinoamericanos.

¿Recuerdas el primer libro que leíste?

¡Sí! Fue El Corsario Negro, de Emilio Salgari, y lo leí en voz alta con mi mamá. Yo tenía como cinco años, había recién aprendido a leer. Compartir aquellos momentos con ella para mí fue muy especial. Después intentamos hacer otra vez aquellas lecturas a dúo, pero ya nunca más funcionaron.

Acaso fue ese tu acercamiento a la literatura…

Seguramente mi mamá fue un factor fundamental para ello. Y mi abuelo, claro, que recogía todos los libros que encontraba en la basura y me los llevaba de regalo a casa.

¿Qué estás leyendo por estos días?

A Hora da Estrela, de Clarise Lispector y Jubiaba, de Jorge Amado. Estoy tomando un curso de literatura brasileña en el doctorado y me tiene totalmente enamorada y sorprendida.

¿Qué autoras de América Latina recomendarías a los lectores y lectoras de Arraigo/Desarraigo?

En los años 90, en medio de la crisis económica en Cuba, se produjo una explosión maravillosa de autoras con mucho qué decir. Me encanta el trabajo de Mylene Fernández Pintado, Karla Suárez, Laidi Fernández de Juan, Ena Lucía Portela, y más jóvenes son Legna Rodríguez, Jamila Medina, Agnieska Hernández… Y siempre recomiendo a Elena Garro, aunque no tenga relación evidente con mi lista de cubanas. Coincido con Helena Paz: la Garro es más grande hasta que Rulfo. Muchas mujeres escritoras son más grandes que los machos que forman el canon literario de sus respectivos países. Pero como para la mayoría de esos machos con poder seguimos siendo unas loca feminazis, tenemos que estarnos descubriendo cíclicamente, como si no tuviéramos una tradición de escritura femenina.

¿Cuándo comenzaste a escribir?, ¿recordás ese primer texto?

Tenía 7 años y escribí una novela muy trágica, donde todos terminaban muertos en un jardín de María. Recuerdo que la hice en forma de libro en miniatura y la portada era la etiqueta de cartón que venía con un pantalón de mezclilla, pantalón que, por aquella época, en Cuba era un objeto raro.

Dedicaste muchos años a la crónica… ¿Cuándo descubriste que también eras una gran cuentista?

Amado del Pino, un gran periodista, dramaturgo cubano, que murió prematuramente el año pasado, me dijo cuando yo me acababa de graduar de Periodismo, que pronto mis textos se iban a inclinar a la ficción. Eduardo Montes de Oca, un periodista cubano también de muchísima experiencia, me anunció lo mismo cuando empezó a leer mis crónicas. Pero confieso que aún no me presento con nadie como “narradora” o “escritora”. Mi esposo sí lo hace, habla de mí como escritora, y le peleo, porque me da pena que lo diga. Siento que es un oficio con demasiada responsabilidad social para tomarlo a la ligera.

Cuéntame acerca del proceso creativo de tus textos…

Casi siempre los pienso mucho. Luego los escribo de un tirón, pero solo para reescribirlos muchas veces. Pero la verdad, soy indisciplinada. A veces paso semanas sin escribir.

¿Qué lugares, situaciones o personajes te inspiran a la hora de escribir?

La realidad siempre supera a la ficción. Que el gobierno en Cuba se recicle por casi 60 años, sin cambiar sus políticas y sin que el pueblo se le oponga; que miles de jóvenes salgamos de la isla sin mirar atrás, sin plantearnos luchar contra lo establecido; que la oposición al gobierno cubano que radica en Miami sea en realidad un grupo de torturadores del pueblo cubano, al que le interesa hacer dinero a costa de políticas de opresión; que un millonario homófobo y misógino sea presidente de Estados Unidos… todas son pruebas de que la realidad siempre supera a la ficción. Por eso elijo a la realidad como inspiración.

¿Te gusta viajar?, ¿cuáles son tus destinos elegidos?, ¿ayudan a tu inspiración?

Me encanta viajar. Mis destinos favoritos son todos los lugares que estén lejos de mi casa. Cuando vivía en México viajaba todo el tiempo y a todos lados. En Estados Unidos, específicamente en Miami, para un estudiante de posgrado, viajar es más difícil, casi económicamente imposible. Pero viajar ayuda en todo. Ayuda a escribir; y ayuda a entender el mundo, y la relatividad de todas las verdades que creemos absolutas.

¿Cómo moldeaste tu propio estilo?

Es algo en construcción siempre, ¿no?

No crees en los géneros (ni periodísticos ni literarios)… ¿Cómo definirías entonces tu trabajo?

Pues creo que soy alguien que escribe. Quizás por eso mi trabajo está tan disperso y quizás por eso no participo en concursos, porque nunca sé a qué categoría mandar lo que escribo.

¿En qué proyectos trabajas actualmente?

Actualmente estoy terminando un ensayo, producto de mi tesis de maestría, una investigación que concluí el año pasado: es sobre la revista cubana Ciclón, que apareció entre 1955 y 1959. También ando terminando un libro de cuentos. Pero la verdad es que comencé a enseñar español este semestre en la Universidad de Miami y entre eso y el doctorado, no tengo mucho tiempo para dedicarle a esos cuentos.

Si fueses un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo y tu desenlace?

Si fuese un personaje literario espero que este momento de mi vida sea el nudo de mi historia. Y que el desenlace fuera una larga vida, llena de paz y proyectos tranquilos, en los que no tuviera que depender más de una oficina de migración. Viví dos años maravillosos en México, donde me habría encantado quedarme. Pero la UNAM no quiso aceptar mis papeles para que aplicara a un doctorado en Estudios Latinoamericanos. Me dijeron que era tarde para homologarlos en su Oficina Legal, aunque ya yo los tenía homologados por la SEP. Pero bueno, gracias a esa negativa, fui de las poquísimas personas que llegaron a Estados Unidos con una visa de estudiante estampada en su pasaporte cubano. Eso era una realidad posible en 2016, bajo la administración de Barack Obama y su interés manifiesto por acercarse a Cuba y por acabar con la estúpida presión económica. Pero en la era racista y xenófoba que Trump ha iniciado, una visa de estudiante en un pasaporte cubano es más un producto de estrés que de orgullo. Es difícil además enfrentar la politización que vivimos cubanas y cubanos en Miami, por eso espero que este sea mi nudo y que luego llegue un larguísimo “she lived happily ever after”.