Tenía 14 años. La pantalla del televisor reflectaba los dibujos animados que solía acostumbrar, cuando, de golpe, mi padre cambió el canal. Mi protesta no se hizo esperar. Éste, quien noté más agitado que de costumbre, me espetó con vehemencia ciertas palabras que recordaría por el resto de mi corta vida, aquellas que despertaron mi conciencia adormecida por Cartoon Network: “¡Ernesto, hay un golpe de Estado y tú viendo porquerías!”

A eso de las tres de la tarde, sólo había incertidumbre en el aire denso de Caracas. En todos los canales nacionales decían que Chávez había mandado a matar a los manifestantes de la oposición. La consigna general era de malasangre: Chávez=asesino. Recuerdo que en el colegio donde estudié bachillerato todos decían que el Presidente era un dictador, un ignorante que sólo sabía mandar sin pensar, un milico haciendo las veces de forzado demócrata. Yo, que ni sabía dónde estaba parado, asentía desconociendo los hechos y los decires. Prefería el mundo sutil de los cuentos de Cortázar y Borges al asfalto del día a día, en el que la mayoría de la gente de este mundo era objeto de vejación brutal y no tan brutal, sigilosa. No sería sino hasta el 11 de abril de 2002, a eso de las dos pe-eme, cuando logré sacarme los libros de la cabeza para imaginar la realidad de otra manera.

Sin saber qué hacer, decidí mantener los ojos bien abiertos frente al televisor, registrando cada imagen de terror como algo inaudito. Mi padre llamó a casa de mi abuelo para informarse mutuamente sobre la situación en las calles. En las inmediaciones de Puente Llaguno chorreaba sangre y las balas incrustadas en el pavimento y las paredes cicatrizaban con la ventisca de miedo y desasosiego. El 11, día de desesperación; 11, número de muerte. Así recuerdo aquella fecha.

Golpe de Estado son palabras que, juntas, producen un nocaut inadvertido en un chamo que no tiene otra ilusión más que el de poder jugar con las palabras. A mis 14 años entendí que el destino de un país se jugaba entre aquellos vocablos, los cuales me repetí sucesivas veces durante el resto del día: golpe de Estado-golpe de Estado-golpe de Estado. Mi intuición me decía que algo más que perverso pasaba en las imágenes que mostraba el televisor. Desde ese día también dejé de creer en los noticieros y prácticamente en cualquier canal de información. Tiempo después mi pasión por las pequeñas historias, las historias invisibles, determinarían mi gran rechazo, más consciente, hacia la Gran Prensa y sus derivados oficiales y privados.

Ese día 11 me acosté a dormir (si es que aquello era realmente posible) como muchos venezolanos: perturbado y con el anhelo de hacer algo, sin saber estratégicamente qué ni cómo. Cosas de niños.

Amaneció y Pedro Carmona Estanga era el hombre del momento. El show mediático encadenó a todos los venezolanos para ver loas y champaña de militares y empresarios sobre la figura del nuevo al mando. Ver a Pedro Carmona Estanga balbucear un llamamiento a la libertad y la democracia mientras hacía tabula rasa con todos los poderes públicos; ver a Pedro Carmona Estanga destrozar la constitución de un país; ver a Pedro Carmona Estanga sonreír alrededor de un séquito de empresarios anónimos; ver a Pedro Carmona Estanga… era más que suficiente para sentir la sospecha más lúgubre. Recuerdo que pensaba: “Ese señor se parece a Carlos Andrés Pérez”.

El día 12 me quedé en casa todo el día. Mi padre seguía comunicándose con mi abuelo para compartir informaciones. Gracias a esas conversas telefónicas, me enteré de que estaban persiguiendo a varios dirigentes del Gobierno derrocado, que un grupo de personas había sitiado la embajada cubana; asimismo pasó con el canal del Estado (VTV). Años después, tras leer algunos testimonios y ver algunos documentales sobre el golpe, me informé de que aquel 12 de abril hubo hasta un par de centenares de muertos, debido a la confrontación (a veces masacre) del cuerpo policial de Alfredo Peña, entonces alcalde de Caracas, con manifestantes que pedían la restitución de Chávez a la silla de Miraflores. La persecución (que llegó a ser en algunos casos sicariato) hacia algunas personalidades y grupos organizados del chavismo también fue motivo de algunos actos de violencia que, entre otros, terminaron en cuerpos en la morgue.

A mis 14 años no sentía más que miedo. Pensaba que tal vez el nuevo oficialismo iría a buscar a mi abuelo, debido a su larga historia como activista político en toda Latinoamérica. Pero eso no sucedió. La zozobra, sin embargo, rodeaba el ánimo de mi familia.

Creo que mi padre salió a la calle un momento en la noche, ya que luego me enteré que había movilizaciones masivas de gente protestando contra el nuevo régimen. Desde Plaza Venezuela, donde vivía mi padre, podía ver por primera vez en carne viva algo llamado rebelión. Pancartas, gritos y piedras eran los móviles del pueblo que reclamaba algo que sentía que le pertenecía. Decía que no a Carmona Estanga, decía que no a la inconstitucionalidad, decía que no a un país quebrado; fue un grito al cielo contra la hegemonía de unos pocos, poquísimos. Todos decían, en venezolano: “¡No me la calo!”

Aunque todo ello, a altas horas de la noche, era totalmente genuino para mí –y me separaba sólo una ventana–, no me era del todo ajeno. Al menos eso sentí. Apenas pude dormir esa noche. Por ello, dormí casi toda la mañana.

Las informaciones del día 13 de abril de 2002 decían que todo estaba normal. El desierto era sinónimo de normalidad. “Un oasis de horror”, diría Baudelaire. Los principales periódicos y canales de televisión privados celebraban al nuevo presidente. Al otro lado de la realidad, un pueblo alzado reclamaría lo más cercano a sí mismo: la rebeldía y la identidad en trance por un mismo camino.

Raúl Isaías Baduel, entonces comandante de la Brigada de Paracaidistas del Ejército, lideró la llamada Operación Restitución de la Dignidad Nacional. Mientras el alzamiento de los pobres que apoyaban a Chávez se multiplicaba por todo el país, Baduel se propuso una actuación militar sin precedentes en la historia latinoamericana. Casi todo el país ignoraba esto, sobre todo yo con mi adolescencia a cuestas, pero devinieron las cartas sobre la mesa cuando apareció el rostro del comandante por televisión, tarde-noche, evocando el triunfo de la dichosa e inédita operación. Un respiro sobrevino en la casa. Chávez volvería a Miraflores y con ello se encarcelaban, como al mismísimo Baduel unos años después, los aires de guerra civil inmanentes.

Mi perplejo no desapareció con aquella noticia, pero estaba más tranquilo con relación a los últimos dos días, donde sólo reconocía sangre y piedras en las calles de Caracas. Recuerdo a mi padre, quien, emocionado, me preguntó: “Ernesto, voy a Miraflores, ¿me acompañas?” Por supuesto, le respondí afirmativamente, calmado, aunque excitado en mi interior. A ciencia cierta, no sabía qué haría en el Palacio de Gobierno, pero fui sin vacilar.

Antes de llegar a Miraflores, pasamos un momento por la avenida San Martín para ver cómo estaba la gente en las calles. Enarbolaba cánticos y banderas en súbita celebración. Algunos nos tildaban de escuálidos y mi padre hizo respetar su condición de apoyo a Chávez con palabras que ofenderían a ciertos lectores. Cuando arribamos a Miraflores, el gentío era inusual. No era nada parecido a una marcha o concentración preestablecida. Eran puñados de hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones, rodeando el palacio en espera de su amadísimo líder, a que restituyera con palabras la revolución que prometía. Tiempo después, al leer el celebérrimo ensayo de Elias Canetti, el cual no voy a nombrar, recordaría esa noche como un acto genuino de movimiento de masa, misterio que no he vuelto a ver ni presenciar en carne fresca hasta nuestros días.

Las consecuencias del golpe de Estado las sabemos. El Tribunal Supremo de Justicia no lo reconoció; la impunidad en Venezuela, también se sabe, es un circo roto. Los muertos siguen sin tener justa voz. El país cayó, de la mano de los golpistas de abril, en un paro empresarial-petrolero para tratar de derrocar una vez más al presidente bolivariano, a principios de diciembre, el cual causó estragos inimaginables en la economía venezolana.

A partir de estas dos acciones en el año 2002 ocurrió la escisión inquebrantable de la sociedad venezolana: entre la oposición y el chavismo pactaron una guerra que ha degenerado en resentimiento rapaz, novísimo status quo, confrontación inédita entre cúpulas de poder.

Es cierto que a mis 14 años tuve un despertar, un devenir revolucionario que ha ido evolucionando en multiplicidad ácrata. Rizoma. Ahora tengo 23 años. Mi lid personal, desde mi íntima trinchera, se enfoca con el caleidoscopio del pensamiento libertario; si se quiere, para una vida no fascista.

Seguro el 11, 12 y 13 de abril de 2002, para todo venezolano y venezolana que vivió aquellos días de fuego, marcó un sino inefable, tanto individual como colectivamente. El golpe de Estado y sus consecuencias mostraron algunas caras y fantasmas del poder. La manipulación y los discursos no son baladí: son la aquiescencia de las sombras que circundan al país. Y por todo eso, comparto aquel lema que ahora resuena como un lugar común: “Prohibido olvidar”.

 

Ernesto Cazal

Caracas, 14 de abril de 2011