Durante la última década, Cuba ha visto crecer el artivismo, un tipo de activismo que busca generar movilización política desde el lenguaje del arte. Aunque usualmente reprimidos por el mensaje de sus performances, los artivistas están activando debates que parecían imposibles en el país. La crisis política vivida en los últimos meses en torno al Movimiento San Isidro, el más visible de sus grupos, así lo demuestra. 


 

Con información: Karla Pérez (Cuba)

Parecía otro hecho condenado a desmenuzarse en el olvido, pero echó a andar el engranaje de una movilización sin precedentes. El 11 de noviembre de 2020, después de un par de días totalmente incomunicado, el rapero contestatario cubano Denis Solís, de 32 años, fue sentenciado en La Habana a ocho meses de privación de libertad. Tras un juicio exprés lleno de irregularidades, el jurado lo encontró culpable de desacato, un delito ampliamente rechazado en la arena internacional por incompatible con la libertad de expresión. 

Ahora, finales de enero de 2021, lleva más de dos meses preso por discutir con un policía que entró a su casa sin permiso para citarle a un interrogatorio, pero es precisamente este último dato el que nos dice que su problema es en realidad anterior. Y político: no en vano, semanas antes Solís se presentaba en Facebook como un “activista de los derechos humanos y cantante contestatario contra los Castro”, en alusión al fallecido Fidel y su hermano Raúl, quienes han ocupado los principales puestos políticos y militares de Cuba desde 1959. 

Para efectos de esta historia, todo empezó en marzo de 2016. Después de sufrir el decomiso del bicitaxi con el que se ganaba la vida, Solís fue hasta el Boulevard de San Rafael una zona populosa de Centro Habana, se tapó la boca con Scotch-tape y se puso un saco en el que podía leerse “el gobierno me quitó el bicitaxi del cual vivo, basta ya”. Solo por eso, y para evitar que más curiosos se acercaran a la protesta, fue detenido violentamente por dos policías, quienes se lo llevaron preso entre los gritos de “¡abusadores!” que les pegaba una pequeña multitud. 

Las imágenes pueden verse al inicio de su videoclip “Sociedad condenada”, un rap con influencias de reggae en el que expresa su descontento con la situación de Cuba. No hay solución / Jóvenes acuden a la prostitución / No existe libertad de expresión / Dime a qué tú le llamas Revolución, dice uno de los versos. Aquella protesta le costó a Solís dos meses en prisión pero terminó reafirmando su disidencia política, visible desde antes. Ahora, reconvertido en rapero después de varios años interpretando música secular en sus tiempos libres, forma parte del Movimiento San Isidro (MSI), un grupo heterogéneo de artistas, activistas e intelectuales independientes fundamentalmente conocido desde 2018 por su artivismo, es decir, por practicar un tipo de activismo que busca generar debate y movilización política desde el lenguaje del arte. 

Solo que en un país como Cuba, donde la libertad de expresión es permitida en el artículo 54 de la Constitución pero no en la práctica, la labor del MSI y de otros tantos grupos de activistas es vista por el Estado como una amenaza. De ahí que sus integrantes estén en el blanco de la policía política, que constantemente los hostiga, interroga y detiene por el mensaje de sus performances. 

Es exactamente lo que venía sucediendo con Solís y el MSI antes de aquel desencuentro en noviembre de 2020 que terminaría por cambiar el curso de los acontecimientos.

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Ahora, con 53 años, Tania Bruguera es unas de las artivistas más importantes de Iberoamérica, alguien que dedica buena parte de su tiempo al Instituto Internacional de Artivismo Hanna Arendt (INSTAR), que fundó en La Habana en 2016 para, entre otras cosas, “promover el papel del arte como agente de cambio social y como respuesta a un momento político específico”, según un comunicado de prensa del Instituto, cuando ocurrió su fundación. No obstante, es también una mujer que vive bajo un constante asedio político por su arte. 

Bruguera empezó su carrera en 1994, cuando lanzó un pequeño periódico cultural llamado Memoria de la Postguerra, cuyo segundo número no llegó nunca a ver la luz. Apenas el primero empezó a recorrer las calles, fue interrogada por oficiales del Ministerio del Interior, quienes presionaron para que abandonara el proyecto. “Creo que lo inaceptable para ellos no era tanto el contenido del periódico en sí, sino el gesto que yo había hecho, que era proponer una prensa independiente”, contó en 2017 durante una charla TED. “Fue entonces cuando la censura se convirtió en el núcleo de mi trabajo”.

La censura de la que habla Bruguera puede rastrearse tan atrás como en 1961, cuando Fidel Castro pronunció sus “Palabras a los intelectuales”. Desde entonces, la cultura cubana ha funcionado bajo la lógica de que “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, un mantra que rápidamente se extendió sobre toda la superficie del país. La lista de artistas censurados, encarcelados o empujados al exilio por manifestarse en contra del proceso revolucionario, incluso por distanciarse silenciosamente de este, cuenta la historia por sí sola. 

Aquel manto de censura vino a resquebrajarse medianamente durante las décadas de 1980 y 1990, gracias a una nueva generación de artistas que lograron, en cierta medida, ampliar los estrechos márgenes de tolerancia del Estado. Sin partidos políticos de oposición, medios de comunicación independientes ni espacios reales de diálogo, el arte se convirtió en una suerte de válvula de escape para el país, uno de los pocos nichos en los cuales todavía puede ejercerse cierta crítica formal. 

Bruguera es una de las artistas clave de esa generación y, a la vez, una de las que más ha sentido el peso del Estado sobre sí. No solo lleva años censurada dentro de Cuba: también ha tenido que lidiar con interrogatorios, detenciones, acusaciones, asesinatos mediáticos. Aún así, ha marcado el curso del arte independiente y el artivismo cubano con su “arte para un momento político específico”, performances, generalmente, con los que busca convertir a audiencias pasivas en ciudadanías activas a través del debate político. 

Quizás su obra más recordada en este sentido sea El susurro de Tatlin. En 2009, durante la X Bienal de La Habana, Bruguera instaló un micrófono abierto para que todo el que quisiera lo utilizara libremente durante un minuto, algo impensado durante décadas. La primera mujer que subió al estrado solo atinó a llorar. Unos pocos periodistas, artistas e intelectuales independientes, entre otros, pidieron un país democrático, inclusivo, donde se respetaran los derechos. Alguien dijo: “Espero que un día la libertad de expresión no sea un performance”. Otro repitió la frase que le dijera el escritor Virgilio Piñera a Fidel Castro después de sus “Palabras a los intelectuales”: “Sólo sé que tengo miedo”. 

Habían pasado 48 años desde aquel momento y el miedo aún estaba allí. No hacía falta que nadie lo dijera: podía palparse en aquellos largos minutos en que nadie subía al estrado. Subestimado por los censores, El susurro de Tatlin se convirtió en lo adelante en un referente del artivismo cubano, un movimiento que ha crecido desde entonces aprovechando la riqueza y subjetividad del arte para activar debates que de otra manera parecerían imposibles en Cuba. 

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Para mí, el arte y la cultura van a ser fundamentales en la construcción de la nación, incluso en su sanación dice Luis Manuel Otero Alcántara en un mensaje de WhatsApp desde algún lugar de La Habana. Si en los últimos cinco años alguien ha puesto el foco de la sociedad sobre el artivismo, ha sido él, el rostro más visible del Movimiento San Isidro. 

Mucha gente vino a escuchar su nombre por primera vez a finales de noviembre de 2015. El gobierno acababa de estrenar puntos de acceso WiFi en diferentes plazas y parques públicos del país y, sin otra forma de acceder a Internet, miles de personas tenían que contentarse con hacerlo desde la incomodidad de estos lugares. Otero Alcántara, un joven tallador autodidacta, de raíces humildes y que sabía lo que era conectarse desde estos sitios era la única forma que tenía de ver a su pareja de entonces, estadounidense, sintió la necesidad de decir algo al respecto, pero no a través de la madera, sino de una perfomance.

El 28 de noviembre fue hasta uno de estos puntos, ubicado fuera del céntrico Cine Yara, en La Habana, y, mientras dos mariachis iniciaban su canto, comenzó a quitarse la ropa mirando pícaramente hacia el móvil que le sostenía una amiga. Ya que no podía hacerle un striptease a su novia desde la casa, no quedaba otra que hacerlo en plena calle. Atraídas por lo inusual de la escena, algunas personas comenzaron a acercarse para ver a aquel mulato que, después de quedarse únicamente en corbatín, hilo dental y zapatillas deportivas, se contoneaba graciosamente subido a un poste de semáforo con una rosa entre los dientes y un cartel pintado sobre su tórax que decía “TE AMO. UNIDOS X WIFI”. 

Para muchos no fue más que una broma, una excentricidad, incluso una indisciplina, pero en realidad era una manera de llamar la atención sobre la falta de privacidad a la que estaban expuestos los cubanos que debían ir a estos espacios para conectarse a Internet. Es su manera de entender el artivismo. 

Un artivista es ese artista que pone el arte en función de la satisfacción del otro, del bienestar de la sociedad en general, pero moviéndose desde ese ejercicio corpóreo, de acción, que le puede costar.

Otero Alcántara ha utilizado el artivismo no solo para llamar la atención sobre problemas silenciados en el país, como el estado precario de cientos de inmuebles habitados o la pérdida de estatuas ante el avance de la industria hotelera, sino también para promover espacios autónomos. En 2018, por ejemplo, fue uno de los organizadores de la #00 Bienal de La Habana, un evento que, por primera vez en décadas, logró reunir a decenas de artistas cubanos y extranjeros para que expusieran sus obras sin ningún tipo de intervención institucional. 

El artivismo, junto con el activismo en general, está logrando darle una nueva visión a la política en Cuba, le está dando herramientas a la gente de cómo luchar dice. El régimen borró la cultura política del cubano, la cultura de exigir sus derechos. Entonces, cuando tú, a través de una obra de arte, eres capaz de darle una solución a alguien, de decirle a la gente que sí se puede hablar, que sí se puede cuestionar, la gente empieza a creer, a tener fe. En Cuba está pasando ahora mismo.

La mayor prueba de esto es el Movimiento San Isidro. El MSI, como también se le conoce, nació como respuesta al Decreto 349, firmado por el presidente Miguel Díaz-Canel en abril de 2018. Aunque no entraría en vigor hasta diciembre de ese año, la medida disparó las alarmas de la comunidad artística independiente en cuanto se dio a conocer. No sólo proponía la formación de comisarios culturales que tendrían el poder de determinar qué es arte y qué no, como si fuera cosa de buscar en un manual. También obligaba a los artistas a asociarse a instituciones culturales del Estado si no querían ser tratados de ilegales.

Durante la década que recién terminó, Cuba entró a la era de Internet y se abrió tímidamente a la economía privada. Aunque lentos y tardíos, estos cambios han propiciado la aparición de nuevos espacios culturales que escapan del control del Estado: desde revistas independientes hasta bares de farándula. Como otros que le han sucedido, el Decreto 349 refleja precisamente la intención estatal de seguir centralizando la vida del país, incluso estos nuevos espacios. Solo que, como dice Otero Alcántara, “nos plantamos”.

Apenas se hizo público el decreto, él y otros artistas y activistas independientes se unieron para denunciar lo orwelliano de su contenido. Durante las siguientes semanas realizaron una protesta performática frente al Capitolio, entregaron cartas al Ministerio de Cultura y a la Asamblea Nacional, desplegaron una campaña de comunicación en redes sociales y organizaron un concierto en su barrio, San Isidro, ubicado en una de las zonas más pobres de La Habana Vieja. El concierto fue intervenido por la policía política pero la solidaridad mostrada por sus vecinos, quienes salieron en su defensa y la de sus compañeros, le hizo darse cuenta de cuán hondo estaba calando el artivismo dentro de su barrio. 


Arropados por el apoyo popular, redactaron el Manifiesto de San Isidro, donde denunciaban la enorme amenaza que suponía el decreto para la libertad creativa y el arte independiente cubano. Firmado al principio por unos pocos, el Manifiesto atrajo con los días y las semanas la atención de más personas que decidieron cerrar filas ante el peligro que representaba el decreto para la libertad de creación. Todas estas acciones, unidas a las de otros grupos y a la protesta constante en redes sociales por parte de artistas e intelectuales, hicieron que el gobierno echara los frenos y anunciara una revisión del decreto de la que todavía no se sabe nada. 

Fue la primera victoria del MSI aunque no solo suya, que en lo adelante pasó de hacer activismo por la libertad del arte a utilizar el arte para hacer activismo por otras libertades. Durante los últimos años, el MSI ha estado en la batalla contra los Decretos 370 (que regula la libertad de expresión en Internet) y el 373 (que regula el cine independiente) y a favor de los derechos LGBTIQ+. También ha sido muy activo visibilizando el racismo sistémico y la pobreza del país. Esta última se ha visto acelerada con la crisis que golpea a la isla desde finales de 2019, que llegó al extremo de obligar al gobierno a dolarizar parcialmente la economía, ampliando aún más la brecha de desigualdad existente. 

En un principio surgimos como un ejercicio no de resistencia, sino para protegernos a nosotros mismos dice Otero Alcántara. Esa amistad que nos estaba protegiendo, que si metían preso a un amigo íbamos todo el grupo (a defenderlo), decidimos convertirla en una institución con la que pudiéramos proteger también a otros artistas. Solo que durante el camino nos fuimos dando cuenta de que tú no puedes proteger a un artista de un régimen totalitario si no luchas contra ese régimen, y fue cuando, como movimiento, nos enfocamos en luchas por garantías sociales y cívicas, en lograr un sistema democrático.

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La lucha de los artivistas cubanos no ha estado exenta de sacrificios. En diciembre de 2014, cuando Bruguera quiso reeditar El susurro de Tatlin en la Plaza de la Revolución de La Habana, fue empujada a una larga espiral de interrogatorios y acusaciones, no solo legales, sino también mediáticas, que duró meses. Durante los últimos cinco años, Otero Alcántara ha sido detenido varias decenas de veces. En marzo de 2020, incluso, fue llevado a la prisión de Valle Grande mientras se le preparaba un juicio por “ultraje a los símbolos patrios” y “daños” a la propiedad social, producto de su performance Drapeau, con la que buscaba desacralizar la bandera. La presión de la opinión pública forzó al gobierno a liberarlo, pero en lo adelante la situación no haría sino empeorar para todos.  

Cuando tú muestras que en Cuba hay racismo, feminicidios, pobreza, tristeza y demás, que es lo que rodea a uno y lo que la honestidad te lleva a mostrar, el régimen te persigue dice Otero. 

Es exactamente lo que sucedió antes y después del encarcelamiento de Denis Solís. El 10 de octubre de 2020, por ejemplo, cuando se celebraba un nuevo aniversario del inicio de las luchas por la independencia, el MSI organizó en su sede un concierto y una exposición de carteles que aludían a la necesidad de cambios en el país. El evento nunca sucedió. 

Algunos de quienes pensaban asistir ni siquiera pudieron salir de sus casas. Les habían organizado lo que en Cuba se conoce como “actos de repudio”, turbas de personas afines al gobierno que rodean las viviendas de quienes disienten gritando  consignas revolucionarias e impidiendo cualquier movimiento. Otras, incluida Tania Bruguera, fueron detenidas inmediatamente que llegaron a la sede, paseadas en patrullas de policía como señal de escarmiento y detenidas durante horas en distintas estaciones de La Habana. 

Entre el 10 y el 16 de noviembre, inmediatamente después de haber sido apresado Solís, varios integrantes del MSI y personas cercanas fueron detenidos por el simple hecho de exigir a las autoridades información sobre él, o bien por leer poesía en espacios públicos como una forma de protesta pacífica. Fue entonces que comenzó la última gran batalla del Movimiento San Isidro. Cerradas todas las puertas legales, decidieron replegarse y continuar la campaña desde su propia sede, e incluso iniciar, algunos, huelgas de hambre y sed. Era la única forma de enfrentar el cerco policial con el que debieron lidiar durante los próximos diez días. 

Aunque en la isla vienen sucediendo desde hace décadas acciones represivas y de hostigamiento hacia quienes piensan diferente, la carencia hasta hace algunos años de medios alternativos al discurso oficial hacía que generalmente este tipo de hechos pasaran desapercibidos dentro y fuera del país. Sin embargo, la presencia de Internet le ha dado un vuelco a esta situación. Gracias a las redes sociales y a los medios independientes, durante más de una semana pudo verse en directo no solo el cerco represivo y el posterior desalojo forzoso de la sede del MSI, ocurrido en la noche del 26 de noviembre, sino también el arresto y los actos de repudio a quienes intentaron manifestarse en plazas públicas a favor de la liberación de Solís y de la vida de los huelguistas. 

Lo sucedido tras el encarcelamiento de Denis Solís pone sobre la mesa una discusión mayor, sobre una gestión estatal que prioriza la represión, tácticas violatorias de los DD. HH, campañas de criminalización, excesiva movilización de agentes del orden y de la seguridad interna, antes de proponer vías de diálogo, reconocimiento de fallos, otorgamiento de autonomía ciudadana y esto es un síntoma nada halagüeño para el porvenir de Cuba dice Claudia Mare, investigadora cubana de Gobierno y Análisis Político AC (GAPAC), una institución mexicana no gubernamental sobre sociedad civil. En este sentido, el Estado ha perdido toda fachada.

Cronología para entender los sucesos relacionados con el Movimiento San Isidro

 

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Yo siempre he sentido que este país se ha quedado ajeno a todo dice Alejandro Calero: ajeno a cualquier movimiento social, a cualquier protesta, a cualquier cosa. Uno siempre ve lo que pasa en el mundo y siente que aquí no pasa nada, que la gente no se inmuta, no protesta, no exige. Lo que pasó el 27 de noviembre fue la ruptura de esa pasividad.

Calero es un joven fotógrafo de La Habana que siguió con interés el acuartelamiento del Movimiento San Isidro para exigir la liberación de Denis Solís. 

La indignación por la forma en que el gobierno manejó la situación y el desalojo forzoso de los miembros del MSI, desencadenó una ola de apoyo y solidaridad sin un referente visible en las últimas décadas. Es normal que grupos de exiliados y emigrantes cubanos se movilicen por razones políticas, como sucedió en Nueva York, Miami, Madrid, Barcelona, Montreal o Buenos Aires. Sin embargo, nunca en la historia reciente se habían articulado tantos llamados civiles desde el interior del país. 

A los posts individuales de artistas populares, intelectuales y gente común en redes sociales, se sumaron también declaraciones conjuntas de diversas comunidades, como la de cineastas independientes y cristianos. Se produjeron lecturas de poesía en espacios públicos y una pequeña vigilia en la Alameda de Paula. En el municipio especial Isla de la Juventud, incluso, las secciones locales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS), dos organismos culturales ligados al Estado, abogaron por el diálogo y el respeto de los derechos ajenos.

No obstante, nada como lo que se vivió el 27 de noviembre (27N), apenas horas después del desalojo del MSI, en La Habana, justo frente al Ministerio de Cultura (MINCULT). 

Recuerdo que el día entero me lo pasé mirando Facebook, viendo cómo la gente iba llegando, algunos conocidos, otros no. Y todo el tiempo tenía un deseo de ir, una necesidad de formar parte, de estar presente en eso que estaba pasando. Uno sentía que tenía que estar ahí, o por lo menos eso fue lo que sentí yo relata Calero. 

La noche anterior, oficiales de la policía política habían desalojado a la fuerza a quienes se encontraban en la sede del MSI. Para ese entonces llevaban diez días de protesta. Dos de los huelguistas, incluido Otero Alcántara, estaban sumamente graves después de más de una semana sin probar agua ni alimento. El interés de la prensa internacional crecía y el gobierno no podía permitirse seguir mostrando las costuras. Sobre las ocho de la noche, justo mientras las redes sociales dejaban de funcionar, la puerta de la sede fue echada abajo con el pretexto de evitar la propagación de covid-19. Las 14 personas acuarteladas fueron sacadas a la fuerza y montadas en vehículos policiales mientras turbas pro-gobierno coreaban viejas consignas revolucionarias. Después de varias horas, la mayoría fueron llevados a sus casas, donde les montaron vigilancia. Otero Alcántara y otra de las huelguistas estuvieron desaparecidos hasta el día siguiente, cuando finalmente se supo sus paraderos.

Lo que empezó como unos pocos artistas que durante esa madrugada se pusieron de acuerdo para exigir al Ministro de Cultura la liberación de Solís, el cese de la represión a los miembros del MSI y el respeto ante las diferencias políticas, terminó convirtiéndose en una movilización sin precedentes. Apenas se tuvo noticias de la llegada de aquel primer grupo a las afueras del Ministerio, empezaron a arribar más artistas, activistas, periodistas independientes y jóvenes, sobre todo. Calero llegó durante la noche, cuando ya eran varios cientos dispuestos a hacerse escuchar como fuese. Otros lo hicieron incluso más tarde, a pesar del cordón policial que impedía el acceso a la zona. 

No era la primera vez que un grupo de personas llegaba ante las puertas del Ministerio de Cultura a exigir algo, pero sí la primera, al menos en décadas, que tantas personas se unían de manera espontánea ante un llamado de justicia política que contradecía el discurso oficial. Aunque no todos estuvieran de acuerdo con la filosofía o la manera de actuar del MSI, sí parecían estar de acuerdo, primero, en que ninguna diferencia debía pasar por la censura o la represión, y segundo, que esa era una idea que bien valía la pena comenzar a defender. 

Lo que yo viví el 27N me quitó el miedo de salir a la calle, de enfrentar al gobierno, me dio valor recuerda Calero. Yo sentía ese valor en todos los que estaban conmigo, es algo que hablamos después. Todo el que estuvo allí sintió que algo cambió, que algo dentro de sí dejó de ser como antes. Había una sensación de verdadera revolución.

En términos prácticos, aquella manifestación no cambió casi nada. Es cierto que durante la noche, después de horas de hacer oídos sordos al reclamo de diálogo de quienes llegaron hasta allí, el Viceministro de Cultura tuvo que ceder y reunirse con un pequeño grupo de representación, pero también lo es que a la mañana siguiente el gobierno rompió el acuerdo de tregua que había alcanzado con los manifestantes a través de él. Denis Solís sigue preso, los miembros del MSI se encuentran bajo vigilancia continua y la campaña de descrédito hacia ellos y otros actores de la sociedad civil independiente no ha hecho sino crecer. 

Sin embargo, algo sí cambió. El 27N trajo consigo la ruptura, o al menos el inicio del resquebrajamiento, de ese bloque casi monolítico que es el temor a expresarse en Cuba. También: la confirmación de la existencia de una juventud más activa, interesada en tomar las riendas del futuro.  

A mí me cambió dice Calero. Yo dejé de ser apolítico. Ahora me intereso más por lo que pasa y sé que hay muchos más como yo. 

Aunque todavía es temprano para saber qué seguirá con el artivismo, Otero Alcántara parece tener claras las líneas generales. 

Seguir luchando por la libertad dice, por la democracia y, aun cuando llegue la democracia, seguir trabajando en pro de un país que borre los males que van a seguir, porque hay males que van a  seguir. De momento, eso: seguir trabajando y seguir trabajando por una sociedad y un mundo mejor. 

En cualquier caso, queda en el aire la sensación de que si Bruguera reeditara El susurro de Tatlin, hoy habría menos miedo. 

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Imagen de portada: Alma Ríos.
Javier Roque Martinez

Javier Roque Martinez

Cuba (1993). Graduado de Periodismo por la Universidad de La Habana. Escribe para medios cubanos como El Estornudo y OnCuba. Es integrante de la Tercera Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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