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Las personas estamos en movimiento. Probamos nuevos deportes, escuchamos bandas de otros géneros y elegimos cambiar de ingredientes para nuestros platos. También migramos. Somos más de 30 millones de personas de la región que viajamos por necesidad, por amor o para hallar paz lejos de la crisis, sea cual sea; migramos por estabilidad económica o por aventuras de todo tipo. Personas de este continente salen, pero también otras llegan. 

Y más allá del tránsito, siempre hay un día después

Cuando los sueños se relocalizan. Cuando se toma confianza con el nuevo país y se empieza a comprender que con las mezclas se cocinan las mejores salsas. Cuando nos damos cuenta que las revoluciones ocurrirán siempre y que ahí habrá un latinoamericano dispuesto a ayudar para reconocer el esfuerzo. Que se pueden romper las barreras del idioma con mímicas o miradas atentas. Que nuestras mascotas nos darán cariño maullando y ladrando. Que la familia es la patria que sobrevive a los kilómetros. 

Eso forma parte de nuestras migraciones; junto a extrañar, extrañar todo el tiempo. Extrañar el clima, extrañar la forma en que se cuece nuestro plato de la infancia, extrañar el color del atardecer en el horizonte de nuestro lugar favorito, extrañar la manera en la que se dice “está bueno”. Extrañar para darnos cuenta de cuánto podemos querer para, al final, continuar en movimiento y diseñar hogares a nuestra medida a cada paso. 

Entre abril y mayo de 2024, 16 periodistas de la 8va Generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas buscamos y compartimos un momento en la vida de migrantes menores de 36 años: personas de nuestra edad con los que hablamos sobre el instante en el que decidimos tomar un pasaje abierto hacia el extranjero. Pensamos bien cómo contar estos perfiles: tuvimos sesiones deliberativas de varias horas antes de fotografiar, donde elegimos contarnos para otros como nosotros, latinoamericanos en viaje o en sus ciudades natales, para inspirarnos en todo lo que podemos lograr. Reconocernos para acompañarnos y así, reunidos por nuestras memorias, encontrar la fuerza para continuar.

En este proceso, elaboramos nuestro propio manual de fotografía, priorizando la toma de imágenes en horas de la mañana a través de encuadres horizontales. Tras cientos de fotos, decidimos publicar cinco imágenes por personaje con planos cerrados expresivos para capturar mayor intimidad; enfoques subjetivos para contemplar los objetos que nos permiten viajar con los ojos cerrados a nuestros hogares; o cuadros más amplios y frontales para narrar cómo nos paramos en nuestros departamentos o los lugares favoritos de la ciudad que nos recibió. Los retratos van acompañados por textos breves. Se pueden leer aquí, y también en las redes sociales de Distintas Latitudes. Allí nos encontraremos junto a ustedes para compartir nuevas historias y continuar este viaje, que aún no tiene fecha de regreso.

Si usas móvil, en cada perfil desliza el dedo para ver las cinco fotos.

Ingrid Duarte y Victoria Souza, 21, brasileras en Argentina

Ingrid tiene un delineado sutil; es morena, carioca, estudiante de periodismo. Victoria eligió medicina, lleva un número impar de tatuajes, tiene el cabello rubio y creció en Brasilia. A 2.000 kilómetros de distancia ambas se volvieron una.

Se conocieron en la ciudad argentina de La Plata, donde el otoño es permanente y funciona la tercera universidad más importante del país. Gratuita, como pocas en Brasil, y sin examen de ingreso.

“Mamá, estoy bien”: repiten en su videollamada diaria. A un país que les habla rápido y con jergas, les responden con el lenguaje de las miradas. Aunque no saben cuando volverán, se tienen; eso les da seguridad.

Conviven en una pensión con franceses, ecuatorianos, chilenos. A la noche, los grupos se organizan por banderas. Eso las juntó: enumeran bares de moda que visitaron las últimas dos semanas. Conservan el entusiasmo por un país que elige el reggaetón por sobre el funky.

La cerveza artesanal consuela su incomprensión al fernet; intentan con el mate, poniéndole azúcar y reemplazando la yerba por coco rallado. Todavía no hallaron el sustituto del caldo de caña con pastel. La última vez que se juntaron a hacer brigadeiros quedaron escandalizadas por el precio de la leche condensada.

En el 2024 llegaron en los primeros meses de un nuevo presidente. “Hay más protestas que en Brasil. Luchan mucho por sus derechos y siempre quieren algo mejor”, piensan un mediodía de sábado en el que todavía no hablaron con sus padres. “A mí me gusta acá”, coinciden, aunque eso aún no pueda acortar distancias.

Texto: Fernando Brovelli

Ricardo Zeas, 26, nicaragüense en Costa Rica

Ricardo salió de Nicaragua en 2022 por la persecución del régimen de Daniel Ortega. Fueron doce horas de viaje desde Managua hasta Comayagua (Honduras) y dos días de espera para tomar un avión hasta Costa Rica. Cargaba dos mochilas con ropa, libros de historia y “mucha tristeza”. 

Es activista político y liberal. Trabaja como consultor para organizaciones sin fines de lucro. Sus días transcurren entre reuniones y actividades donde denuncia la situación de Nicaragua. Pide libertad para los presos políticos, incluida su mejor amiga, Adela Espinoza, recluida desde hace ocho meses.  

Extraña todo de Nicaragua: el calor de Managua, a sus seres queridos y la sazón de la comida. Le gusta cocinar para desestresarse. Cuando llegó a la casa de acogida en Costa Rica, había un horno que nadie utilizaba, así que decidió lucirse y terminó metiendo un pollo entero. 

Convive casi a diario con sus compatriotas. Ante la nostalgia, comen fritanga y escuchan música nica. Ninguno pierde su acento o jerga. Confiesa que todavía le cuesta entablar conversación con los ticos. “A veces no les entiendo”, dice entre risas. 

“Estamos siempre con el sentimiento de que tenemos que regresar a Nicaragua. Eso conflictúa el proceso de insertarte”. Habla en plural, porque su vocación de servicio lo lleva a recibir y ayudar a compatriotas que llegan exiliados a Costa Rica. 

Sus agitados días terminan con el calor de la frazada de tigres de bengala que le regaló su abuela antes de migrar. Con ella duerme todas las noches. 

Texto: Marión Briancesco

Adriana Rosas, 23, venezolana en España

Adriana va siempre con mucha prisa. Habla rápido y, a veces, como si le faltara el aire. Las letras se atropellan unas con otras, con un perfecto acento venezolano mezclado con palabras cordobesas que tiene ya más que aprendidas tras vivir desde 2019 en el Sur de España. Ahora una tontería es “un pego”.

Migró con toda su familia huyendo de la crisis en Venezuela. En el espejo que usa para maquillarse, tiene apuntada la receta del salmorejo, un plato típico de Córdoba, ahora su favorito, aunque no olvida los tequeños. Es solo una parte del reflejo de su integración. “Yo me adapté al país, pero él también, de alguna manera, se adaptó a mí”. 

Tiene 23 años y estudia un Grado de Anatomía Patológica. Su vida transcurre entre microscopios, observando tejidos y órganos en búsqueda de la causa de alguna enfermedad. También se prepara para realizar el examen que le permitirá estudiar Enfermería en la universidad. Va a pertenecer al sistema sanitario público español. Mientras tanto, trabaja en un restaurante para mantenerse económicamente. 

“De Venezuela extraño todo, pero a la vez nada”. Extraña la calidez de su gente y la temperatura y color de sus playas, como todo caribeño; pero su casa, en España, es su lugar seguro. Adriana ahora sabe que un hogar es quien lo habita. Y que su refugio está donde la gente que quiere. 

Texto: Fabiola Mouzo Carranza.

Alan García, 28, mexicano en Alemania

Alan empacó sus maletas en el 2020 para mudarse a Forchheim, una pequeña ciudad al sur de Alemania. “¿Por qué decidiste emigrar?”, le pregunto. “Por amor, por estar juntos en un lugar que fuera conveniente para los dos”.

Para él, la pandemia también jugó un papel muy importante en su decisión. Lo único que sabía del que sería su nuevo hogar era lo que su pareja alemana de entonces le había contado. Sin hablar el idioma ni conocer a nadie más, emprendió el viaje.

Ahora recuerda con nostalgia las primeras semanas. Lo impactó la naturaleza y la tranquilidad de ese lugar comparada con la de Tijuana, la ciudad norteña mexicana que lo vio crecer. Empezó a notar que estaba atravesando un duelo migratorio cuando le daba miedo estar en situaciones que parecían tan simples, como ir a la panadería y pedir el recibo. “¿Por qué me siento tan incapaz de expresarme?”, se preguntaba.

Mucho ha cambiado desde entonces. Sus amigos, en su mayoría latinos, se han convertido en una familia para él. Cuando está triste le gusta escuchar canciones que le recuerden a México. “Antes no escuchaba mucho la música popular o tradicional mexicana, pero ahora lo hago para engañarme un poco y pensar que estoy en Tijuana”. 

Lo que más le enorgullece a Alan desde que migró es su resiliencia, su capacidad de seguir adelante y de resistir el cambio. “Me gusta la persona en la que me he convertido”. 

Texto: Alondra Aguilar Rangel.

Angely Corrales, 23, colombiana en Brasil

Angely juega con Maui, su gato rayado, mientras rememora su llegada a Brasil. En 2019, recorrió más de 7.000 kilómetros para migrar desde La Unión, en Colombia, hasta Petrolina, una ciudad ubicada en Pernambuco.

Recuerda el hambre que sintió al llegar y no encontrar los productos de panadería de Colombia que tanto ama. Pero reencontró algo mucho más importante: a su madre y hermana mayor, con quienes solo se comunicaba por llamadas y mensajes durante los últimos tres años.

Las dos llevaban cerca de diez años en el país. “Tuve la oportunidad de venir y no pude dejarla pasar. Quería volver a encontrarlas y tener nuevas oportunidades en Brasil”.

En Colombia dejó a su padre, a su hermana menor y amigos de toda la vida. La añoranza la invade cuando piensa en su hermana, que cumplirá nueve años. “Tenía tres cuando me fui. Es difícil verla crecer y saber que no estoy allí”.

Estos cinco años en un país nuevo no fueron fáciles. A veces se cuestiona si hizo bien en migrar. Al final del día, cree que sí. Comenzó la universidad, probó por primera vez el boxeo, consiguió su primer empleo y conoció a su gran amor. Su mayor orgullo es la red de personas que ha construido.

Con la frente en alto avanza hacia su mayor sueño: trabajar en la ONU. Para ella no tiene sentido pensar el mundo desde una perspectiva individual. “Quiero dejar un mundo mejor para las próximas generaciones”.

Texto: Júlia Vasconcelos.

Iván Funes, 24, argentino en Ecuador

Cuando Iván llegó a Ecuador se sorprendió al ver monedas en las tiendas y poder pagar el bus con algunos centavos. “En Argentina no existen las monedas, por la inflación. Aquí con un dólar compras 15 guineos o seis naranjas”.

Emprendió el viaje en 2023 junto a Dariela, su novia, de nacionalidad ecuatoriana. Buscaban una mayor estabilidad económica para poder alcanzar sus sueños. Para ella fue un reencuentro con sus raíces. Para Iván, un salto hacia lo desconocido. 

En Ecuador ha tenido que cambiar los pesos argentinos por los dólares, adaptarse a nuevas palabras y expresiones, recorrer nuevas rutas para llegar a casa y ajustar su horario para contarle a su familia sus nuevas experiencias. 

En Quito, su primer trabajo fue en una panadería, donde le pagaban menos del sueldo básico por realizar una labor cada vez más exigente. Como no le alcanzaba para llegar a fin de mes, decidió renunciar, incluso a riesgo de quedarse sin nada.

Se sintió triste pero solo bastó un desahogo en redes sociales para encontrarse con una comunidad ecuatoriana dispuesta a apoyarlo.

Fuera de su país se ha apasionado aún más por la cocina argentina,  por lo que decidió emprender un negocio de venta de milanesas envasadas al vacío. Sueña con fundar un restaurante, pero mientras esto sucede, practica una y otra vez uno de sus platos favoritos: las empanadas, que lo devuelven a su tierra por unos instantes. 

“Siempre voy a extrañar mi país, pero ahora sé que también extrañaría cosas de aquí”.

Texto: Alexa Vielma Ojeda.

Inti Loáisiga, 25, nicaragüense en Estados Unidos

Inti vive conmigo desde 2020, cerca de Chicago. 

La conozco desde nuestra primera clase en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. 

Siempre le gustaron las protestas. Aunque sobrevivió a la violencia estatal de abril de 2018, fue forzada a dejar Nicaragua en julio y solicitar asilo político en Estados Unidos. Unos tíos de Miami la recibieron hasta que encontró trabajo en Craigslist, una página de anuncios clasificados.

El trabajo requería viajar por todo el país, algo que su familia no iba a permitir. Si conocieran a Inti como yo, entenderían por qué no me sorprende que se fuera sin avisar. “No le dije a mi mamá ni a nadie de mi familia que me iba a trabajar… ¡lejos!”. 

Luego pasó a las discotecas de Florida hasta que regresó con sus tíos en 2020, por la pandemia. 

Desempleada y a merced de un exnovio acosador, aceptó visitarme en Illinois. Horas después, decidimos empezar a vivir juntas. Ella duerme en el único cuarto del apartamento, yo en la sala. Lo decora con luces led, recuerdos de protestas, fotos y algunas artesanías que su mamá nos trae para decorar.

“Yo siento que solamente la casa, con tu persona, es la que me hace sentir como en casa”, responde viéndome a los ojos mientras la retrato con su objeto favorito: una camisa de botones, estampada con rostros abstractos y bloques en colores neutros, que ha sido de sus favoritas desde antes de su transición de género. 

“Fue la camisa con la que vine”.

Texto: Brenda Mrl.

Pither (Jigsaw) Castellanos, 25, venezolano en Colombia

A Pither se le dibuja una sonrisa cuando recuerda las arepas con queso y caraotas que desayunaba junto a sus padres en Caracas. Extraña la salsa a todo volumen, los paseos con su hermano y la buena energía de su gente.

“Lo más difícil para un migrante es aceptar que siempre te va a faltar algo”.

El hip hop es su sello de libertad y rebeldía. En 2018 aceptó el consejo de dos viejos amigos de migrar a Bogotá para buscar un futuro en el freestyle y la música. “Era una boca menos que alimentar en mi casa. Mi mamá me prestó 40 dólares antes de irme”.

En Bogotá, los buses se transformaron en sus tarimas. Se levantaba a las ocho y rapeaba en Transmilenio hasta tener el dinero justo para su comida, el alquiler y el costo de inscripción de alguna batalla de freestyle. Llegaba a casa sobre las 11 de la noche.

“Todo es por un propósito mayor”, afirma en su nuevo hogar, donde prepara sus proyectos musicales. Ahora canta en restaurantes, pero atesora cada parque, universidad y persona que ha sido parte del proceso. “Es más fácil integrarse cuando compartes un lazo artístico”.

Cree que su mayor logro como migrante fue traspasar los límites del prejuicio a través de la música. No solo en desconocidos, también en su familia.

“Lo más importante para mí es saber que a mi hijo lo quieren y lo respetan”, dice la madre de Pither tras cinco años de su marcha.

Texto: Carlos Eduardo Díaz Rincón.

Mohamed Alfonso Pacheco Castillo, 29, nicaragüense en Argentina

Mohamed llegó a Argentina en 2022 luego de cinco días de aeropuertos y celdas de detención. Su militancia crítica de izquierda contra la dictadura de Daniel Ortega lo obligó a abandonar el país.

Se define como anticapitalista y ecosocialista. Asegura que los derechos humanos son inalienables e irrenunciables. Hoy trabaja en lo que puede, según las propias limitantes que el Estado argentino le impone por no tener documentación. 

Argentina nunca fue su destino final. La idea era, tras seis meses, reencontrarse en Centroamérica con otros exiliados y construir una alternativa política para Nicaragua. Han pasado dos años. La idea no languidece. 

Mohamed vive con compañeras de militancia, dos perros y un gato. Los recuerdos de su país caben en un sobre amarillo: un relicario y un cuadro.

Su papá falleció dos días después de la rebelión de 2018. Era un sandinista que repudiaba la dirección del partido. Para conmemorar el primer aniversario de su muerte, Mohamed mandó a hacer un relicario compuesto por una foto de su padre y un poema del cacique Nezahualcóyotl.

El cuadro es un retrato de su perrita Kira. Se lo envió una amiga cuando Mohamed cumplió un año en el exilio. Una imagen de su último fin de semana en Nicaragua en la playa. 

Lo que más extraña son las personas. Cuando está triste busca recuerdos; intenta recuperar conversaciones inconclusas. Es el impulso para enfrentar a quienes lo obvian por pensar distinto y por su color de piel. «No es fácil ser una persona que incomoda», dice.

Texto: Daniella Fernández.

Jordan Florit, 30, inglés en Venezuela

Desde que llegó en 2021, Jordan se ha dado cuenta de que los colores en Caracas son más vívidos que en Londres, como el rojo que pinta el estadio olímpico cuando juega el Caracas FC. Durante esos días, Jordan trabaja en medio de la barra brava, cánticos eufóricos y papelillo hecho de billetes devaluados.

Para él, el fútbol ha sido un puente para hablar sobre Venezuela y tratar de explicar, desde el periodismo, que el país que lo acogió a él y a su familia es más que petróleo y política. 

Siempre tuvo interés y vínculos en Venezuela. De relatos de amigos pasó a lecturas, luego a investigaciones y finalmente a ver el fútbol local. Tomó la decisión de mudarse al país en 2019 para dedicarse de lleno a cubrir fútbol venezolano y brindarle un nuevo hogar a sus hijas Zaletta y Santiana y, por supuesto, a Tico, su gato.

El primer año fue duro. Mientras Helen, su esposa, trabajaba de profesora, él hacía horas extras y cuidaba a las niñas. Poco a poco, su pasión le abrió caminos. Hoy, es el fundador del primer medio de fútbol venezolano en inglés, sobre el que escribió un libro traducido a tres idiomas.

“Ya no siento a Inglaterra como mi casa. Todo lo que necesito lo tengo aquí”, dice mientras sostiene a Zaletta en brazos. Sus hijas lo ven con ojos de orgullo, los mismos con los que él las ve cuando las escucha hablar como pequeñas caraqueñas.

Javier Cárcamo, 35, nicaragüense en El Salvador

Faltan diez minutos para las seis de la mañana. La única voz que resuena en la cuadra es la de alguien que vocifera “¡el pan!” con una entonación prolongada en la ‘a’. Este alguien es Javier, un panadero de piel morena y estatura baja. 

Aunque pudiera usar la tradicional bocina de los panaderos cuando hacen sus recorridos, Javier prefiere emplear un tono para distinguirse. Sus clientes lo reconocen bien. 

 Tiene 35 años y es de pocas palabras. Cuenta que en 2019 se vio obligado a dejar su hogar en León, Nicaragua, para buscar una mejor economía. Dejó​ atrás a sus padres y se embarcó en esta nueva aventura junto a su esposa, asentándose en la calurosa ciudad de San Miguel, en El Salvador. 

​​Javier nunca se sintió solo gracias al apoyo de su hermano mayor, quien ya lleva 23 años establecido en esta ciudad de oriente, donde mejoró su calidad de vida. Ahora, apoya a su hermano menor, quien migró en circunstancias similares a las suyas. Estar con su esposa y su hermano lo hace sentirse en casa.

Admite que le tomó unos seis meses entender mucho del vocabulario local, ajeno al de su tierra natal. Sin embargo, ya lo habla con naturalidad.

Los 296 kilómetros entre León y San Miguel lo separan de lo que más extraña: su amado nacatamal, un plato típico que todavía no ha encontrado en su nueva ciudad.

Texto: Jacqueline Miranda.

Jhon Peña, 36, colombiano en Puerto Rico

Como ingeniero civil, se acostumbró a la idea de que trabajaría en diferentes partes del mundo. Sin embargo, Jhon Peña nunca imaginó que sería en una isla del Caribe. Sin buscarlo y atraído por una nueva oferta de empleo, en septiembre del 2023, Peña, Carolina Rodríguez –su esposa– y su hija de seis años, se trasladaron desde las montañas colombianas de Bucaramanga hasta Puerto Rico. Para el joven padre, las exigencias de su profesión siempre han sido una de sus prioridades de vida. No obstante, su familia ha sido el amuleto que lo acompaña adonde quiera que vaya.

“Uno siempre va a querer estar en su tierra”, fue de las primeras expresiones de Peña al recordar su amado hogar. El duelo ha pegado doble. En su ciudad natal dejó mucho: familia, recuerdos y toda una vida. Aunque reconoce que desde la primera vez que pisó el suelo borincano procura mantener su costumbre de comer su cena típica colombiana, destacarse en su trabajo y procurar el bienestar de su familia. 

Sin planearlo e impulsado por el anhelo de construir un mejor futuro para su familia ha construido su hogar en el archipiélago puertorriqueño con el mayor deseo de ver crecer a su hija en un lugar en el que pueda aprender un nuevo idioma, soñar sin límites e imaginar lo imposible. 

Texto: Leyrian Colón Santiago.

Créditos

Coordinación general: Alexa Vielma Ojeda (Venezuela)

Equipo editorial: Alexa Vielma Ojeda (Venezuela). Marión Briancesco (Costa Rica). Alejandra Otero (Venezuela). Daniella Fernández (Cuba). Julia Vasconcelos (Brasil).

Coordinadora creativa: Marión Briancesco (Costa Rica). 

Coordinador de redacción y edición: Carlos Eduardo Díaz Rincón (Colombia)

Equipo de redacción y edición: Alondra Aguilar Rangel (México). Laura Roque Valero (Cuba). Leyrian Colón Santiago (Puerto Rico). Fabiola Mouzo Carranza (Venezuela). Brenda Mrl (Nicaragua). Laura García (Honduras). Jacqueline Miranda (El Salvador).

Texto introductorio: Fernando Brovelli (Argentina).

Curaduría y edición: Alejandra Otero (Venezuela). Daniella Fernández (Cuba). María Ruíz (México). Júlia Vasconcelos (Brasil).

Asesora de curaduría fotográfica: Aranza Bustamante Sánchez (México).

Coordinación de audiencias y distribución: Brenda Mrl (Nicaragua). Alondra Aguilar Rangel (México).

Equipo de audiencias y distribución: Carlos Eduardo Díaz Rincón (Colombia). Alexa Vielma (Venezuela). Leyrian Colón Santiago (Puerto Rico). Melissa Paises (El Salvador). Laura García (Honduras).

Diagramación web: Alejandra Otero (Venezuela). Alexa Vielma Ojeda (Venezuela). Carlos Eduardo Díaz Rincón (Colombia).

Montaje web: Alma Ríos (México).

Edición de textos: Javier Roque (Cuba)

Acompañamiento técnico: Diana Cid (Venezuela)

Revisión de contenidos sociales: Leyre Reyes (Ecuador). Marisol Ciriano (México). 

Coordinadores generales de la Red LATAM: Jordy Meléndez (México). Ketzalli Rosas (México).

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