Se realizó el primer “Festival de Periodismo del Caribe. Encuentros en el país del agua”, una iniciativa impulsada y fundada por Paul Antoine Matos y Sandra Gayou, con la intención de convocar, discutir y reflexionar entre personas del Caribe en clave periodística.


 

Del 29 de abril al 2 de mayo de 2021 se realizó el primer “Festival de Periodismo del Caribe. Encuentros en el país del agua”, una iniciativa impulsada y fundada por dos jóvenes periodistas de Yucatán, México: Paul Antoine Matos y Sandra Gayou, con la intención de convocar, discutir y reflexionar entre personas del Caribe en clave periodística. El encuentro sucedió en el marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) y en alianza con Factual / Distintas Latitudes.

Así, durante cuatro días periodistas del Caribe insular y continental intercambiaron experiencias, conocimientos e impresiones sobre descolonización, medio ambiente, género; y reflexiones sobre una región en constante ebullición que vale la pena entender, comprender y narrar. 

En este link puedes encontrar todas las charlas y al final, los videos de cada sesión.

En el evento inaugural, Paul Matos, cofundador del Festival e integrante de la 5ta generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas, dio un discurso que queremos compartir aquí por los datos, reflexiones históricas y referencias caribeñas y latinoamericanas que creemos, vale la pena conocer. [El discurso fue editado por fines de facilidad de lectura].

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En este continente de la América Latina hay un país que no es de tierra, sino de agua, que es el Caribe”, nos dice Gabriel García Márquez, el Nobel caribeño, que convirtió Aracataca en Macondo.

Esa idea nos inspira a la creación de este Festival Periodismo del Caribe: Encuentros en el País de Agua

Queremos agradecer a Enrique Martín Briceño, director general de la FILEY, por el espacio para este evento y a Jordy Meléndez, Ketzalli Rosas y Javier Roque, de Factual / Distintas Latitudes, por aceptar participar en este proyecto y confiar. Y a los equipos de la FILEY y Distintas Latitudes por el apoyo con la organización, logística y difusión.

También, estamos agradecidos con quienes participan: son 16 personas de 8 países y territorios distintos: México, Colombia, Cuba, España, Puerto Rico, Ecuador, República Dominicana y Venezuela, que con sus trabajos también representan a otros países como Nicaragua, Guatemala, Estados Unidos y Belice. Les agradecemos su tiempo y confianza por participar en este primer Festival.

Nos encantaría tenerles en Mérida y llevarles a las playas y cenotes, y a que coman cochinita, ceviche y queso relleno. Pero, por razones obvias, esta primera edición es virtual. Sustituimos las rutas marítimas del Caribe por la navegación web. 

Y en esta Feria Internacional de la Lectura Yucatán, la FILEY, uno se podría preguntar, ¿es Yucatán el Caribe? ¿Campeche, Tabasco, Veracruz son el Caribe? ¿Estados Unidos puede ser Caribe?

En nuestra definición, el Caribe es este territorio compuesto por los pueblos que se interrelacionan a través de los puertos del Atlántico americano. Por eso lugares que actualmente nos pueden parecer ajenos a la región como Veracruz, Nueva Orleans o Miami son parte de nuestra concepción como Caribe.

Corsarios asediaron Campeche, Fidel Castro tuvo una novia yucateca antes de salir en el Granma desde Tuxpan, en Veracruz para derrocar a Batista y Gabriel García Márquez escribió Relato de un náufrago, que cuenta la historia de un marino perdido en el océano, tras caer de un barco que partió de Mobile, Alabama, rumbo a Colombia.

Aquí nos atrevemos a usar la memoria como una herramienta para reconstruir esos viajes entre puertos que nos parecen antiguos, pero es que hace tan solo menos de un siglo el Caribe estaba unido por esas carreteras acuáticas que formaban las rutas del comercio marítimo, como la patria líquida que nombra García Márquez.

Es el Mare Nostrum de América, nuestro Mare Nostrum. Como el Mediterráneo, el Caribe es casi un lago, solo que este es con tierra intermitente en la parte oriental. Al norte, Estados Unidos; al oeste, México y Centroamérica; al sur, Colombia y Venezuela, país que extiende un brazo de tierra a Trinidad y Tobago, un brazo que se eleva por las Antillas hasta Cuba, las Bahamas y la Florida, para formar una especie de infinito alargado. 

Es un país joven en la extensa vida de las placas tectónicas de este planeta.

Esas formaciones geológicas dieron vida a este vecindario en el que sus residentes compartimos comida, vestimentas e historias.

Si nos fijamos, los puertos del Caribe –Sisal, Progreso, Veracruz, Barranquilla, La Habana, Mobile, Nueva Orleáns, San Juan, Santo Domingo, Puerto Príncipe–, estuvieron más tiempo conectados por el mar, del que lugares como Mérida han estado conectados a la Ciudad de México o Cartagena a Bogotá. Fueron 400 años de compartir historias desde el mar y hoy, con el comercio y el turismo, siguen conectados, pero la llegada de la aeronáutica nos alejó.

Incluso, desde antes de la Conquista, el Caribe estaba conectado. Eric Thompson apodó a los mayas como los “fenicios del Nuevo Mundo”, por ser quienes recorrían el litoral caribeño para comerciar con otros pueblos.

En esta definición reconocemos que el Caribe es diverso: formado por múltiples personas de infinitos orígenes: descendientes del mestizaje; de africanos que fueron esclavizados durante la Colonia y que aún hoy, a cuatro siglos de su primera llegada a la fuerza, sus descendientes siguen sufriendo del racismo y la discriminación; de chinos y coreanos que fueron atraídos por promesas utópicas que resultaron en fincas y haciendas de explotación laboral. O las nuevas migraciones de europeos, canadienses y estadounidenses que buscan un lugar cálido y con más emociones que las que tienen en sus países.

Y formado por los pueblos indígenas que siempre han habitado estos territorios, aun cuando colonizadores antiguos y modernos se los han arrebatado.

En nuestra época esta conexión entre los territorios del Caribe no es ajena: migrantes cubanos en Miami y venezolanos en Colombia, tráfico de drogas de Sudamérica a Estados Unidos a través de Centroamérica y del edén infernal del crimen organizado, la explotación sexual y turismo que es Cancún y la Riviera Maya, y paraísos fiscales de playas vírgenes en las Antillas.

De esos temas se encarga el periodismo del Caribe actual, pero no son los únicos. También nos cuenta sobre la digna resistencia de los pueblos indígenas ante un mundo que arrasa con la naturaleza, y sobre la libertad de las personas de sentirse orgullosas de quiénes son aun cuando los Estados y las sociedades se aferran a negar su identidad.

Y la no ficción y el periodismo caribeño cuentan las rimas y los versos que se gestan al freír plátanos y malangas, aderezar un pescado con naranja agria, achiote, chile xcatik, endulzar una guayaba; y narran las historias de los peloteros que mandan pasaportes en el campo de béisbol, o del liqui liqui que usó García Márquez para recibir el premio Nobel de Literatura en 1982 que, por cierto, fue elaborado en Mérida y, según la familia Cab, Gabo lo adquirió en su tienda por recomendación de Fidel Castro.

Los pueblos indígenas fueron los primeros que documentaron esta región. Aprendieron de sus animales y fenómenos naturales, de las plantas y de las estrellas, de sus dioses y de ellos mismos. Mucho de su conocimiento fue quemado y destruido por quienes les sucedieron: los frailes y conquistadores que se volvieron los cronistas que reportaban a la Corona Española, quienes, antes de proteger el conocimiento americano, prefirieron dar vuelo a su imaginación con seres mitológicos más aterradores que los toloks, o iguanos, que hoy sorprendemos tomando el sol en las bardas de nuestros hogares.

Los Cronistas de Indias dieron lugar a los ritmos que cuentan la vida cotidiana de los pueblos caribeños: el vallenato colombiano, la trova cubana y yucateca que cantan, sobre todo, de los amores peregrinos en el Caribe, o los sones jarochos, el joropo venezolano y la mejorana panameña. Esos trovadores luego se convirtieron en poetas que con su música se rebelaron contra Somoza en Nicaragua, versos que volvieron a entrar en erupción en 2018 en las protestas contra Daniel Ortega.

Y esos ritmos evolucionaron a la música urbana: rap, reggaetón y sus fusiones, con cantantes como Bad Bunny y Residente quienes hicieron de Afilando cuchillos un himno contra el exgobernador de Puerto Rico, Ricardo Roselló, que culminó con su renuncia en 2019 o Mon Laferte y Guaynaa con Plata Ta Tá durante el estallido social de Chile ese mismo año.

Y también son cronistas las abuelas y los bisabuelos, los tíos y las madres, quienes tienen esa voz mágica, sobrenatural, que forma el Caribe. Sus historias nos dieron a su estirpe el amor por esta tierra cálida y húmeda, revuelta y bella, y las ganas de contarla.

El periodismo es la lengua. El Español del Caribe se enfrenta a la Real Academia Española: no se ajusta a los dictados de Madrid, se adapta; no hay un solo español del Caribe, son muchos. En estos tiempos de crítiques del lenguaje inclusive, les distintes españoles del Caribe nos dan palabras que transgreden al español de Castilla y nos recuerdan que la lengua es una entidad viva que evoluciona a nuestros ritmos: vaina, acere qué bola, ¡Fó!, chévere.

Una de las palabras más bellas del Caribe, por su fuerza y significado es “huracán”.

Su origen es totalmente caribeño, tomado del Popol Vuh maya y que llegó hasta los taínos en República Dominicana.

Y llegamos al territorio donde la imaginación cuenta las historias: Acaso un navegante español, quien aprendió la palabra de los habitantes mayas de la península de Yucatán o de los taínos de La Española durante alguna tormenta en el siglo 16, partió a Cádiz y en el camino fue apresado por piratas ingleses. En el horizonte, los corsarios avistaron temibles nubarrones de un púrpura demoníaco. Y el recluso español, al ver que la formación se acercaba al barco, comenzó a gritar:

-¡Huracán! ¡Huracán!

Los ingleses, intrigados, aprendieron la palabra y con su acento británico la mascaron: hu-ric-an? Hurricane?

La palabra se extendió por el Caribe: los franceses en sus Antillas la transformaron en “ouragan”, los portugueses en Brasil como “furacão”, los holandeses en sus Indias Occidentales Neerlandesas la convirtieron en “orkaan”, como también le dicen en afrikáans en una tierra tan lejana como Sudáfrica. Y así cruzó el Atlántico y los alemanes la usan como “harrikan” y hasta en coreano es “heolikein”.

Nuestro mayor deseo es que este Festival Periodismo del Caribe sea como esa palabra: que se expanda por los mares, que atraviese países, que revuelva las ideas. Que este festival, estos encuentros en el País de Agua, sean un huracán de historias.

Bienvenidos al Caribe.

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Mesa 1. El Caribe de Gabo

Mesa 2. Decolonialismo en el Caribe

Mesa 3. Las nubes del Caribe: la violencia

Mesa 4. El mar morado: feminismos

Mesa 5. Periodismo de la diversidad en Cuba

Mesa 6. Agua, aire, tierra, fuego. La naturaleza 

 

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