Santa Ana Chiautempan es un lugar meramente artesanal y textil. En este municipio de Tlaxcala, en México,  se preserva el tejido en telar de madera, oficio que se ha pasado de generación en generación. La pandemia de covid-19 ha afectado a los artesanos textileros, pero no los ha frenado. Esta es su historia. 


 

Fotos y video: Gabriel Pichardo

 

Al caminar por las calles empedradas de Santa Ana Chiautempan, al centro-sur del Estado de Tlaxcala, México, es casi irremediable encontrar una iglesia. Pareciera que en cada esquina hubiera una. Fueron los franciscanos quienes fundaron los diversos templos en este municipio de casi 78 kilómetros cuadrados. Austeros, neoclásicos o neogóticos, sobresalen los santuarios que se separan por algunos pasos o cuadras. 

Entre estas construcciones católicas sobresalen los comercios de textiles; pequeños locales donde se venden cobijas, gabanes, abrigos y un largo etcétera. Esta región del país se caracteriza por conservar la tradición de los tejidos de manos artesanas y que en la actualidad no solo se enfrentan a preservar la textilería tradicional, sino también a sortear los estragos de la pandemia de covid-19 para subsistir.

Tlaxcala es un pequeño Estado en el centro de México, al este de la Ciudad de México. Se conforma de 60 municipios, uno de ellos Chiautempan (en color dorado en la imagen). Crédito: Secretaría de Economía.

Precisamente, cerca de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen se encuentra el más importante centro textil: la Casa del Artesano,  lugar emblemático del municipio que fue fundado para preservar el arte del telar de pedal que se ha heredado de generación en generación.

Ubicada en la avenida que lleva el nombre del filántropo de los artesanos textiles, Ignacio Picazo, en el  #10, este espacio de creación y venta de artesanías textiles se caracteriza por albergar los saberes tradicionales de los artesanos que viven de los tejidos y de la hechura de prendas. 

En los casi 100 locales que conforman la Casa del Artesano se exhiben y venden una extensa y colorida variedad de cobijas, chalecos, cotorinas, suéteres, capas, gorros, bufandas, jorongos, sarapes. Los hay de lana, de algodón y de fibras textiles con gamas tan diversas que embellecen y muestran la vivacidad de los hilos en figuras de guerreros aztecas o personajes como Frida Khalo. 

“La Casa del Artesano fue herencia del sacerdote Antonio Díaz Varela, quien construyó tres iglesias en Santa Ana. Y como en este espacio hubo telares y [durante] muchos años dio trabajo a los artesanos, por eso cuando fallece les hereda el terreno”, relata Jacinto Lima, artesano chiautempense, junto al telar de pedal con el que aún teje las prendas que vende, precisamente en la Casa del Artesano.

Jacinto prepara las hilaturas de algodón para comenzar la confección del sarape.

Jacinto tiene 80 años de edad. Sus abuelos le enseñaron a usar el telar cuando tenía diez. Desde entonces se dedica a esto: primero en el taller de su familia, luego en una fábrica, más tarde de nuevo en el taller. Por eso recuerda perfectamente cómo fue la lucha  para recuperar el espacio, luego de que un presidente municipal se lo apropiara durante 20 años y lo arrendara como estacionamiento.

“Con 300 personas nos agrupamos. Nos pusimos a buscar si este lugar tenía escrituras y sí, era para los artesanos. Fuimos con las autoridades estatales, no nos quisieron ayudar. Fuimos con el presidente, a principios de los años 80, y él fue el que gestionó que nos dieran el espacio por el valor que tenía, para este trabajo de supervivencia”, narra Jacinto. 

Con los papeles en mano, ya como propietarios del terreno, los artesanos se dieron a la tarea de buscar apoyo con las autoridades municipales y estatales para construir un mercado en el que cada uno tuviera su local y pudiera exponer y vender la ropa que producen. Jacinto ayudó cargando piedras desde los montes y minas cercanas para construir los cimientos. 

En la actualidad, la Casa del Artesano se ha convertido en uno de los principales espacios de producción y venta de artesanías textiles en el municipio. Esto hace de Santa Ana Chiautempan un centro textil de gran importancia en el Estado de Tlaxcala, pues el 7.8 % de los empleos en el Estado dependen de la industria indumentaria, de acuerdo con el informe “Una mirada desde los datos cuantitativos y cualitativos a la Industria Indumentaria en México”. 

Para explorar el interactivo con datos de la industria indumentaria en México y los 32 Estados, puedes entrar acá.

Así, en Chiautempan se pueden encontrar desde factorías de grandes dimensiones hasta pequeños talleres familiares donde aún se elaboran textiles de fibras naturales como la lana y el algodón. Además, se trata de un sitio representativo por la hechura del sarape, esa vestimenta típica mexicana, que se dice tiene su cuna en Chiautempan, pero que fue traída a México en el siglo XVI durante la conquista. 

Se calcula que tres de cada diez habitantes de este municipio  (la tercera ciudad más poblada del Estado con 73 mil 215 habitantes en 2020) se dedican a la elaboración de piezas textiles. 

“El municipio de Chiautempan es un lugar meramente artesanal y textil. En los años 40, 50, el auge en el municipio fue muy grande. Alrededor existían muchas fábricas que se dedicaban a realizar diferentes tipos de textiles, como eran las cobijas, los gabanes, los jorongos”, dice Eder Menezes Pérez, director de Cultura y Turismo del municipio, quien proviene de una familia que se ha dedicado a la industria textil en telares de madera. 

El funcionario cuenta que las más de 30 fábricas textiles que existían comenzaron a desaparecer luego de que entrara más competencia y los productos chinos ocasionaran que se abarataran los procesos y, por consiguiente, las artesanías. Sin embargo, dice,  Chiautempan sigue preservando su tradición textil, pues cuenta con fábricas tlaxcaltecas o chiautempenses, como Santa Alicia y Colchas y cobertores La Paz. Además de contar con 15 comunidades más que trabajan este tipo de textiles y de tener espacios, como la Casa del Artesano, donde el telar de pedal se preserva. 

“Actualmente hay gente que sigue viviendo de la artesanía. Producen con sus telares.  Puedes ver a la persona todavía con la lanzadera haciendo cobijas, gabanes”, relata Menezes. 

 

El saber del tejido en la sangre

Jacinto Lima se para frente a la estructura de madera constituida de cuadros unidos por hebras de hilos de colores. Enrolla la hebra en la lanzadera y coloca su pie en el pedal. Con el movimiento de las manos y los pies, y el cruce de los hilos, a los pocos segundos se va confeccionando el sarape de algodón. Es como si el cerebro del telar, ese que va grabando el diseño, estuviera en las manos de Jacinto y el paso de los hilos a través de sus dedos tuvieran memoria propia. 

El hombre de 80 años ha pasado 40 minutos de pie hilando un sarape y apenas ha avanzado unos centímetros. Sus dedos son los que están concentrados, él puede seguir la conversación sin cometer algún error. 

Jacinto cuenta que para hacer un gabán se lleva todo un día e invierte, aproximadamente, 150 pesos mexicanos. A eso hay que sumarle 50 del acabado, el pago que da a su cuñada por tejer las orillas o dobladillos de las piezas con una hebra de algodón y un gancho.  Esto da un total de 200 pesos mexicanos (10 USD aproximadamente). Adicionalmente, debe contemplar, cuando menos, 100 pesos por su propio trabajo. Por mucho, ese gabán lo puede vender en 400 pesos. “Yo pido 600, pero no me lo dan”, dice el tejedor. 

“Los ingresos son bajos, no llegamos a mil pesos a la semana”, asegura Jacinto mientras nos muestra sus productos. Dice que aunque las personas reconocen que está hecho a mano, es laborioso y tiene su curia, aún así no están dispuestas a pagar. 

Y esto, asevera, ocurría desde antes de la pandemia de covid-19. Aunque, sin lugar a dudas, la cuarentena y el hecho de que el turismo se cerrara o redujera, influyeron en que se vieran aún más afectados. 

Durante las medidas de aislamiento social por la covid-19, varios artesanos tuvieron que cerrar sus locales y eso significó quedarse sin sustento. El gobierno municipal estima que “un 50% de los negocios tuvieron que cerrar o  tuvieron que trabajar medio día y tuvieron que buscar otra manera de solventar sus necesidades”. El apoyo que los artesanos recibieron consistió en algunas despensas. 

“Acá (en la Casa del Artesano) no todos cerramos. Veníamos tres o cuatro. Ocho fallecieron: los más necesitados o los más arriesgados”, lanza el artesano. 

Jacinto lleva 70 años de su vida dedicándolos a la hechura de prendas.

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“Será que tendré en la sangre el saber del tejido por parte de mis bisabuelos, que fueron quienes me enseñaron a trabajar”, dice sonriente el hombre que renunció a sus sueños de estudiar abogacía. El trabajo en el telar no le dio los recursos para hacerlo. Además de que no había Universidades en Tlaxcala y tenía que migrar a la Ciudad de México. Por eso, Jacinto dice que para preservar este oficio es importante enseñar a los jóvenes, interesarlos, porque los pocos artesanos que hay son personas mayores, de más de 50-60 años de edad. 

Las prendas según el estado de ánimo del artesano

A casi tres kilómetros del Centro de Santa Ana Chiautempan se ubica Guadalupe Ixcotla, una de las comunidades del municipio que también se dedican al ramo textil. Al preguntar por un taller de telares de madera, de inmediato los lugareños te remiten a “Artesanías Textiles San Robert”, ubicado en el número 2 de la calle Zaragoza. 

Su propietario, Roberto Cuahutle Rugerio, a quien todos conocen como Tito, el Fiscal, es un hombre de 57 años que representa a la tercera generación de su familia que se dedica al tejido en telares de madera con materias primas como lana, algodón, acrilan y otros materiales. 

Su taller es la herencia de más de seis décadas del trabajo de su familia. En la entrada, en un pequeño local, exhibe todo lo que produce: capas de lana, ruanas, peruanas; servilletas, caminos de mesa, manteles, colchas, cortinas. Hacia el fondo se encuentran 15 telares, tanto de madera como mecánicos, que dan trabajo a 14 personas. Estos reciben  unos 6.50 pesos mexicanos por cada pieza realizada, precio que varía. No es el mismo pago por una servilleta que por un camino de mesa. El segundo es más largo y con más detalle. 

Cuando el taller se encuentra en operación el sonido de las máquinas opaca el del telar de madera. No así  al momento de elaborar la prenda. Roberto incluyó dos telares mecánicos como una forma de renovarse e irse adaptando a las necesidades del negocio y poder producir más. Pero no quiso dejar los telares de madera porque sabe la riqueza artesanal que representan y porque siempre lo vinculan a su infancia, a los primeros momentos en que aprendió a tejer. Él quiere seguir transmitiendo e impulsando el conocimiento de este tipo de tejido. 

“En el telar de madera la prenda sale mejor, porque el artesano, el tejedor, se motiva a trabajar dependiendo de su estado de ánimo. Cuando vienen contentos, le ponen más empeño al trabajo. Cuando vienen preocupados, no le ponen tanta atención. Mientras que en la máquina solo es cuestión de una palanca y unos botones, y aunque hay que tener cuidado, no le imprimes emoción”, dice Roberto con una sonrisa, mientras echa a andar el telar mecánico para explicarnos el funcionamiento.

En un telar de madera puede hacer 10 servilletas al día; en el mecánico de 200 a 300. 

Roberto en su taller, en Guadalupe Ixcotla.

Roberto dice que la pandemia sí le afectó bastante, porque llegaron a trabajar al 70%,  los materiales disminuyeron por ejemplo, se produjeron menos colores para combinar— y no hubo apoyos por parte de las autoridades estatales. Sin embargo, él siguió produciendo y vendiendo para los lugareños, para sus clientes en otros Estados y ciudades del país (Puebla, Hidalgo, Edomex, Guadalajara, Monterrey, Chihuahua, Tijuana, Chiapas, Campeche, Yucatán, Oaxaca), y para los del extranjero (Estados Unidos, Italia y Alemania). 

Quizá por eso en 2020, pese a la pandemia, de acuerdo con datos de la Secretaría de Economía, las ventas internacionales de Chiautempan fueron de 6.25 millones de dólares, un 3.38% mayores respecto a 2019. 

“Aunque hay Estados en México donde también se producen esas piezas textiles, [a los compradores] les gusta el producto que hacemos en Tlaxcala”, dice con orgullo Roberto. Y añade: “El distintivo es la lana con la que trabajamos, que puede ser teñida o natural. Tlaxcala se caracteriza por ser cobijero. Yo trabajo 100% algodón, es mi fuerte por el tiempo de calor. Cuando hace frío ponemos a trabajar los telares en cobijas de lana”. 

Y por eso hay una postal constante en los locales de Chiautempan, donde el elemento principal son las cobijas.

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Roberto extiende una colcha de algodón y me explica que la orilla se elabora con gancho. Ahí está la artesanía. Son las mujeres, principalmente, quienes se dedican a esa labor. 

Y es que, como lo dicen los datos de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE) de junio de 2020, “de acuerdo con el ejercicio cualitativo, hombres y mujeres tienen distintos roles en la cadena de valor de producción de la indumentaria (…). Las mujeres laboran, sobre todo, en el eslabón que más mano de obra requiere: la confección. Tareas tecnificadas e intensivas en capital y con mejores remuneraciones son ocupadas por hombres”. 

Por eso, dice Roberto, están tratando de preservar este oficio en el telar. “Porque es un arte y por eso se vuelve importante enseñar a los jóvenes, incluyendo a las mujeres en toda la cadena”. 

“Es un trabajo que no es vergonzoso. Es un orgullo ser tejedor”.

Roberto en el local donde vende sus productos. Extiende una colcha de algodón hecha en telar de madera.

Con manos artesanas

Óscar Quechol extiende la cobija para pasarla por la máquina de coser y dobladillar. En el centro, la imagen de Frida Kahlo sobresale en tonalidades lilas y rosas. Óscar tiene 37 años y ya se encarga de su propia empresa familiar, que encabezaron sus abuelos. Su taller se ubica también en Guadalupe Ixcotla. 

“Es un trabajo que amo hacer. En ciertas ocasiones hasta divertido es. Uno experimenta haciendo diferentes figuras y todo eso. Ha sido una experiencia muy bonita y en la que queremos seguir”, relata el joven artesano mientras echa a andar las máquinas con las que fabrica las colchas y cobertores que venden.

El taller de Óscar trabaja con jacquard, un tipo de tejido producto de una técnica de impresión de patrones a partir del cruce de los hilos de colores. Se para frente a la enorme maquinaria que conecta minuciosamente los miles de hilos que a partir de las diferentes composiciones, ya sea en algodón, acrilán o poliéster, se unen para dar forma al cubrecama. 

Óscar refiere que ellos mismos producen todas la materias primas,  o bien las compran a otros productores del Estado de Tlaxcala. 

“Así como nos dedicamos al tejido, otros familiares se dedican a hilaturas. Nosotros compramos los hilos con ellos o con otros amigos, pero principalmente sobre la zona de Ixcotla y Contla”.

La intención era, por un lado, ayudar a otros productores y mantener la economía de los distintos ramos de la producción textil que se vieron afectados al verse reducida su producción por la pandemia y por la suspensión del turismo. 

Actualmente estamos trabajando 12, antes de la pandemia éramos 30 personas. Teníamos jornadas, antes de la pandemia, de 24 horas, siete días a la semana, cuatro turnos. Ahora solo dos turnos de lunes a viernes con la mitad de la maquinaria”, relata Óscar mientras dobla una cobija para empacarla. 

Y esto se ve reflejado en los datos de las compras internacionales de Chiautempan en 2020, que fueron de 8.05 millones de dólares, un 21.6% menos respecto a 2019. Aún así, los productos con mayor nivel de compras internacionales en 2020 fueron los hilados de filamentos sintéticos. 

El taller de Óscar forma parte  de la industria indumentaria más consolidada que se registra en el Centro del país, de acuerdo a la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE) de junio de 2020. Esta región presenta el mayor porcentaje en el país de empresas pequeñas (6 a 50 empleados).

Sin embargo, talleres como el suyo están buscando ahora la manera de mantenerse en pie y preservar la tradición de este tipo de tejidos. 

“Esperamos que venga más turismo para recuperarnos. Ahora estamos trabajando a un 30% menos de lo que estábamos. En este sexenio ha habido decadencia en apoyos para empresas. Sí requerimos más apoyo. (…) Se necesitan para capitalizar, para poder producir más, para vender en otros lados”, se queja el joven artesano textil.

Óscar cree que las comunidades de Tlaxcala que se dedican al ramo textil están haciendo todo lo posible por subsistir mientras pasa la pandemia. Está convencido de que el trabajo que él y otros artesanos realizan va a perdurar porque el Estado es reconocido por la calidad en sus artesanías, pero también por las enseñanzas que se pasan de generación en generación. 

“Creo que solo es cuestión de valorar el proceso y la artesanía que fabricamos, porque es con manos artesanas”. 

Óscar extiende una colcha con el grabado de Frida Khalo; una de las más pedidas.

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La tarde está a punto de caer. Los vendedores de muéganos a las afueras de la Casa del Artesano siguen llamando a los clientes con sus característicos gritos. En los pasillos de este mercado de artesanías textiles, apenas circulan diez personas, diez posibles clientes que observan las piezas. Hay quienes las sobreponen para medir si les queda. Los locatarios esperan pacientes y explican con calma los materiales de los que están hechos: “100% algodón”, “100% lana”; “tiene borrega”, “tiene terminado a mano”, “tiene bordado en gancho”.


Al fondo se escucha el crujir de la madera cada vez que Jacinto cruza los hilos. Quienes llegan frente a él lo observan y le preguntan por sus prendas. Nadie compra nada. La imagen se queda congelada en el tiempo. Al día siguiente, tristemente, será igual. 

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Este reportaje fue posible gracias a una beca para proyectos de periodismo y data-art sobre la industria indumentaria de Fundación AVINA.

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Ketzalli Rosas

Periodista mexicana. Codirectora de Factual / Distintas Latitudes. Se desarrolló como investigadora en el periódico mexicano El Universal. Su crónica "El hombre que sueña con una 'Tierra de sordos'" obtuvo el primer lugar en el Premio Rostros de la Discriminación 2016 en la categoría de texto.

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