[Este texto es parte de Las Hackers, una serie de perfiles sobre las desarrolladoras de mayor impacto en América Latina. Cada semana, un perfil distinto. De México a Argentina, de El Salvador a Paraguay, ellas están cambiando la región con código]


Texto: Florencia Luján

Tenía frente a ella un ambiente de trabajo que desconocía por completo, pero Diana Navarro, con su timidez de principiante, su inseguridad profesional y su miedo a fracasar, decidió arrojarse como quien salta de un trampolín sin importar cómo impactaría el contacto de su cuerpo una vez dentro del agua, y a tan sólo una semana de ingresar como Desarrolladora Front-End en FITco —una startup que ofrece servicio software de gestión y retención a centros fitness—, asumió el compromiso de trabajar en el desarrollo de la aplicación de la empresa.

“Recuerdo que pensaba miles de cosas a la vez, entre ellas el hecho de que nunca había desarrollado una aplicación y que desconocía la tecnología que tenía que usar, finalmente no había marcha atrás y en lugar de preocuparme debía ocuparme”, dice.

Un año después de aquel momento, Diana, una peruana de 20 años, recuerda: “Para la creación de la aplicación tuve que aprender Ionic, que es un framework que se utiliza para realizar aplicaciones híbridas, y por otro lado comenzar a manejar Adobe XD, para prototipar el producto que estaba por desarrollar”.

Desde hace unos meses Navarro está instalada en Santiago de Chile junto a su equipo de trabajo, con quien participa en un programa de aceleración para empresas tecnológicas que se promueve desde Start-Up Chile.   

Es la primera vez que Diana sale de su país, está entusiasmada, tiene la ambición de comerse a toda América Latina.

UN GOLPE ANTES DEL SALTO

Diana ingresó en 2014 a la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas para estudiar Ingeniería de Software. Una charla informativa previa la asombró haciéndole pensar en todas las cosas que podría lograr gracias a esa carrera.  Navarro tenía todo su futuro planeado —cuánto tiempo le iba a llevar el estudio, los talleres que iba a tomar una vez recibida y hasta a dónde podría llegar a trabajar—. Pero los problemas económicos familiares la obligaron a abandonar sus estudios  sin previo aviso.

“Fue un cachetazo, sentía que no iba a ser nadie en la vida. Escuchaba a muchas personas decir que mi futuro estaba arruinado y sumado a eso veía a mis padres muy preocupados por mi situación”, cuenta.

En ese entorno, Diana pronto cayó en estado de depresión. Para contrarrestar la situación comenzó a tomar clases de inglés. En ese curso conoció a muchas personas jóvenes a las que les pasaba lo mismo que a ella. El tiempo pasó más lento que de costumbre para Diana, pero ella  nunca dejó de pensar en el día en que volvería a la universidad.

En diciembre de 2015 la joven comenzó los trámites correspondientes para retomar sus estudios profesionales y olvidar el mal trago. Sin embargo, la economía de su hogar aún no había vuelto a la normalidad y sus padres le dijeron nuevamente que no podían costear su carrera  El futuro de la joven volvió a derrumbarse.

Pero Diana no se quedó de brazos cruzados. Una vez más saltó para ir detrás de su futuro y tomó una decisión que, pese a no gustarle a sus padres ni a ella misma, la acercaría de a poco a otro camino.

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“Cuando cumplí 18 años comencé a trabajar en Subway, una cadena de comida rápida, para ahorrar dinero y así poder pagar mis estudios algún día”, relata  Navarro.

Diana trabajaba horario de corrido, no descansaba bien, pero aún así no dejaba de investigar sobre programas o becas en las que pudiera aplicar para financiar sus estudios. De esta búsqueda sabían todos sus allegados, incluso su jefe, con quien sostenía cada tanto una conversación que tenía algo de conjuro:

—No veo la hora de retomar mis estudios —decía Diana.  

—Ya, cholita, ya… —repetía su jefe con cariño.

En algunos países de América Latina como Argentina, Bolivia, Ecuador y Colombia, a las mujeres las llaman cholas como un término de identidad nacional, y en lugares como Perú precisamente, se utiliza como muestra de confianza y cariño.

—No más tenga la oportunidad renuncio —insistía la joven.

—Así será cholita. —Era la promesa del hombre.

EL SALTO, LA POSIBILIDAD DE TENERLO TODO

Una de esas tardes en el Subway, Diana revisaba Facebook. De pronto, una publicación que contenía las palabras  “Laboratoria” y “convocatoria” atrapó su atención. “Me acuerdo que llené con prisa el formulario y al momento de enviarlo pensé que esa realmente podía ser la oportunidad que buscaba, por lo que volví a completarlo”, relata con la misma adrenalina que sintió al mandar su postulación al bootcamp. Diana saltó otra vez.

Poco tiempo después de inscribirse en la convocatoria de Laboratoria, Diana enfrentó otros retos. La primera prueba que realizó junto a un grupo de cuatro compañeras en el bootcamp obtuvo el puntaje más bajo de todo el salón, pero eso ambas decidieron ser llamadas como “Las Fénix”: para renacer de las cenizas. Navarro tomó muy  serio sus propias palabras y en la graduación de la 5° promoción de Laboratoria, en diciembre de 2016, fue reconocida con el primer puesto.

“Aprendí a utilizar herramientas como HTML5, CSS, Bootstrap, JavaScript, JQuery, AJAX, Git y metodologías ágiles, entre otras que me permitieron sobresalir”, cuenta Navarro, frente a la notebook que le obsequió Lenovo.

Durante su estadía en el bootcamp fue reconocida en varias oportunidades como “Una de las 5 mejores”, “Best Team Player”, “La Unicornio” y “El mejor squad”, sin embargo su mayor logro fue presentar su réplica de la aplicación de la empresa Lyft.

“Laboratoria nos da como proyecto replicar la aplicación de Lyft y para mi sorpresa salí seleccionada, así que tuve la oportunidad de presentarle mi proyecto al reclutador de Estados Unidos”, recuerda con alegría.

Hasta entonces, Diana no sabía que era capaz de aprender tanto en tan poco tiempo. En Laboratoria, además de desarrollar proyectos como Lyft, pudo trabajar en plataformas web como Trello, Spotify y Google entre otras. “No sólo para mí significó una oportunidad, sino para todas las chicas que pertenecemos a la familia de Laboratoria, que nos brindó las herramientas necesarias para empezar como desarrolladoras”.

Desde 2014 Laboratoria, la empresa dedicada a impulsar a mujeres en el sector tecnológico de América Latina, ha graduado a 500 programadoras de entre 18 y 35 años en Perú, Diana es parte esa camada de jóvenes.

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El principal mercado de FITco, la empresa en que trabaja Diana, se encuentra en Perú, después le sigue Argentina, México, Colombia y finalmente Chile, en total la firma cuenta con 150 gimnasios afiliados en la región, pero aspira a llegar a los 500 para finales de 2018. “Me enamoró por completo esa ambición que tiene FITco por comerse toda América Latina, la transparencia de la empresa y todo el trabajo que tienen por delante”.

Actualmente Diana investiga sobre un lenguaje de programación que se llama GraphQL, al cual pronto le echará mano para ver cómo funciona, pese a que sus jefes le aconsejan que vaya especializándose de a poco, sin prisa y con calma. Pero Diana no desea detenerse y sin proponérselo los desafía: “Cuando regrese a Perú retomaré mis estudios universitarios, me preocupa cómo me voy a organizar, pero aún así quiero volver a la carrera de Ingeniería de Software”.

En el transcurso de tres años, de no tener nada, Diana Navarro pasó a tenerlo todo frente a su ajetreado escritorio: el conocimiento, el aprendizaje, las herramientas, los contactos y en definitiva el ecosistema tecnológico.

Así, la joven que a los 17 años creyó que su vida estaba arruinada hoy está dispuesta a comerse toda América Latina a través del código. El viaje a Santiago de Chile es tan sólo el comienzo.  

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