Esta crónica forma parte de una alianza entre Distintas Latitudes y la Universidad Tadeo Lozano de Bogotá. El objetivo es brindar un espacio de publicación a los jóvenes talentos que inician sus pininos periodísticos.


Texto y fotografías: Juan Sebastián Abril (Bogotá, 1996).

En un pequeño cuarto dentro de un apartamento ubicado en el Centro Internacional de la ciudad de Bogotá, Colombia, vive David López, un estudiante de Diseño Industrial de la Universidad Antonio Nariño. En este espacio, el joven de 23 años y a un año de graduarse, es dos personas a la vez: David y Dinamita.

Su habitación es pequeña, son cuatro paredes que albergan distintos espacios para su hacer académico y laboral. En una de las paredes está su armario, donde el cuero y los pantalones de mezclilla predominan en el vestuario que lo identifica a diario. En otra pared está ubicado su estudio: un improvisado set de mesa y computadora con dos cámaras web ultra HD. A uno de los costados tiene una jaula, dos ratas viven dentro de ella: Puki y Rayo. Son dos mascotas que, según él, avivan la compañía que no le proveen otros individuos. Las otras dos paredes están cubiertas por una ventana que da justo a la calle 31 con carrera 13, una maravillosa vista del centro de negocios de la ciudad. Junto a la ventana está su cama y pegados a ella afiches que denotan un gusto hacia la música hardcore, el punk y otros géneros musicales.

A David lo conozco desde que tenía 14 años. Ahora, en nuestros encuentros recordamos sus épocas de colegio, nuestras salidas de fin de semana a centros comerciales e idas a bares, donde como menores de edad éramos ilegales. Su anterior casa queda en el barrio Ciudad Montes, lugar donde pasamos la mayor parte de nuestra adolescencia. Hoy ya no queda rastro del David que conocí, ahora es un hombre que tiene otros intereses musicales, artísticos y laborales. Su piel está cubierta por tinta negra y otros colores, los tatuajes que se ha hecho a lo largo de dos años ahora demuestran la nueva identidad que David abraza. Una telaraña, una boca con una lengua bífida, una calavera, la muerte, la mariposa de la película El Silencio de los Corderos (1991), rosas y ratas, ilustraciones que marcan la piel que ya no reconozco, pero que admiro por completo.

David es Dinamita, una mujer que huye de la heterosexualidad y que trabaja como webcamer desde la comodidad de su alcoba. De ahí la necesidad de dos cámaras web ultra HD y una particular indumentaria que la hace lucir como una mujer atractiva, sexual, erótica y juguetona. El látex es el material textil que predomina en su guardarropa de webcam; está presente en sus máscaras, sus guantes y otras piezas que usa para atraer clientela a través del videochat. Los hombres más deseosos de encontrar en Dinamita el placer generado por su físico y su puesta en escena son sujetos que van desde los 30 hasta los 50 años. Son hombres extranjeros que desconocen por completo la identidad real de la persona que ven a través de la cámara. Saben que es un hombre, pero buscan en Dinamita el juego y la interacción del género como un abanico de posibilidades.

Dinamita no tiene un horario fijo de trabajo y no está regulada por algún jefe o compañía. Usualmente son más de ocho horas en las que está montada, como dice ella, satisfaciendo las necesidades placenteras de sus clientes. El dinero le llega desde afuera, se lo consignan las páginas a las que está inscrita y gracias al sueldo que ha hecho por medio del modelaje webcam es que David se pudo ir de su casa, donde ahora sólo viven su madre y su hermana.

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La cita era a las cuatro de la tarde en su apartamento, habíamos acordado hacer una sesión de fotos, mientras Dinamita se encontraba en su usual show. A las tres y media llegué a la estación del TransMilenio del Museo Nacional. Compré dos cigarrillos. Cuando sentí que ya estaba lo suficiente cerca lo llamé. Me contestó luego de siete timbradas. Su voz me pareció lejana y un poco silenciosa. Lo único que logré entender fue que estaba ocupado y que lo esperara unos minutos. Yo lo había llamado en pleno show, sus privados —como los llaman usualmente los trabajadores webcam— son espacios en donde se encuentra vía cámara con un cliente en particular. Dinamita se entrega por completo a los shows que hace, por eso yo tenía que esperar mientras ella terminaba de complacer al hombre con quien estaba chateando.

Más tarde, sin llamar de nuevo, me anuncié. Uno de sus compañeros de apartamento me hizo pasar. El hombre me saludó, era un sujeto de unos 27 años que se presentó como Green. Sin alargar la conversación me dirigí al cuarto de David, estaba cerrado, yo sabía que Dinamita seguía trabajando. La sala estaba pintada de negro, dos bicicletas estaban colgadas a la pared, algunos posters con ilustraciones punk decoraban el lugar, un gran neumático improvisaba una mesa de estar y había una hamaca que colgaba de dos paredes paralelas. Mi permanencia en la sala duró alrededor de unos quince minutos, tiempo en que un gato negro y uno blanco me hicieron compañía.

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La indumentaria preferida y ya reconocida de Dinamita es el látex.

Cuando David salió de su cuarto no era David, era Dinamita. Me saludó con un gran abrazo y sonrió. Se disculpó por el tiempo que tuve que esperar y me explicó que llevaba 50 minutos hablando con un hombre del cual desconocía su identidad. El hombre le pagó unos sesenta dólares por el show que había hecho. Me hizo seguirla a la habitación, donde descargué mi maleta, en ella llevaba mi cámara y una libreta de notas que decidí no usar durante todo el encuentro. El registro fue absolutamente audiovisual.

El cuarto de Dinamita ya lo conocía y me senté como en casa. Me dijo que tuviera sumo cuidado porque no podía salir en cámara, así que tuve que estar arrinconado hacia las esquinas del lugar, tirándome al piso y arrastrándome para que la audiencia de Dinamita no me viera. Durante todo el show la vieron únicamente a ella, pero yo estuve todo el rato observando desde los rincones, registrando los movimientos y las provocaciones que la atrevida joven elaboraba en un intento por llamar la atención de sus espectadores.

El comienzo del show fue sobrio, nada extrovertido. Lo llamativo de un personaje como Dinamita puede ser su indumentaria: su corpiño de cuero con arreglos de encaje y accesorios metálicos, la tanga que solo cubría la parte delantera de sus genitales, el maquillaje de colores anaranjados y verdosos, el cabello amarillo neón intenso y las medias veladas que le llegaban hasta cierta parte de la ingle.

Me senté esperando que algo ocurriese, saqué la cámara y comencé a hacer mi trabajo. La fotografié chateando, sentada esperando por algún cliente, atenta y concentrada. De pronto, un sujeto le habló. Dinamita hace lo que sus clientes le piden que haga: desnudarse, tocarse, provocarlos y mostrar sus genitales; después de todo, ellos son los que pagan. Al tiempo que ella modelaba para sus webcams ultra HD también me modelaba a mí. En ese momento Dinamita se sentía como una estrella. Cuando el show terminó noté su cansancio, ella también lo expresó.

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Dinamita trabaja desde la comodidad de su alcoba, se toma su tiempo y decide cuándo finalizar la jornada laboral. A veces se distrae y decide comprar ropa, escuchar música o fumarse un cigarrillo.

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Después de fumar algunos cigarrillos charlados, Dinamita me dijo alegremente que si la quería ver en látex. Yo asentí, era el momento que esperaba. Se alejó de las cámaras, se acercó a su armario y de allí sacó una bolsa transparente donde guarda el atuendo que se compone de dos pares de medias largas, dos guantes que le llegan hasta un poco más abajo de los hombros y una máscara con una cola de caballo larga, color rojo sangre. La máscara tiene tres agujeros grandes, dos para los ojos y uno para la boca. Además, dos pequeñísimos huecos permiten que Dinamita respire. Yo seguía tomando fotos, no quería perder la experiencia de verla montándose en otro de sus personajes. Esta Dinamita era más salvaje y más oscura. Ella me dijo sutilmente que esperara a que estuviera lavada, eso significaba que quería que la viera brillante, luego de que le aplicara una sustancia aceitosa al látex para que éste no se viera opaco. Yo seguí documentando.

Durante todo el show que presencié escuchamos música industrial, techno y reguetón, el añadido para hacer soltar algunas carcajadas o para seducir a sus visitantes.

Las mejores semanas de Dinamita son en las que logra hacerse 600 o 700 dólares, ha llegado incluso a los 1200. Le va tan bien porque trabaja en tres páginas al mismo tiempo, por eso tiene las dos cámaras, para poder moverlas y mostrarles a sus espectadores diferentes ángulos de su show. De las tres horas que llevaba, Dinamita había pasado de los 18 visitantes, en una página, a 38. Lo máximo que ha tenido son 70. Considerando que otras grandes estrellas de estas páginas logran acumular en sus visitas más de 600 personas. De su necesidad para hacer el trabajo no hay razones, hay más gusto y placer, me dice.

Dinamita se divierte haciendo lo que hace y eso es algo que otros espacios no le podrían haber brindado. Comenzó trabajando en un estudio, del cual no mencionó el nombre ni la ubicación. Duró un año siendo empleada del lugar, tenía que cumplir un horario y una cuota. Por esas razones, Dinamita decidió armar un pequeño estudio en su cuarto y trabajar por su cuenta.

—¿Cuál es tu horario de trabajo del día? —le lancé la pregunta directa cuando llegué.

—Hasta las 8 de la noche —me respondió—. Hasta sobrepasar la meta del día: 100 dólares.

Con el dinero que había conseguido, Dinamita ya se había comprado una chaqueta que esperaba le llegara hacia el final de la semana.

Luego de proponer un receso, propuse que comiéramos algo. El día lo terminamos con pizza y gaseosa.

David no sale de fiesta como Dinamita, no sale montada ni se presenta ante la noche como ella; ese es un personaje, me dice, que le permite costear su educación y su vida. Una vivencia más.

 


Juan Sebastián Abril nació en Bogotá, Colombia, en 1996. Es estudiante de los últimos semestres de la carrera de de Cine y Televisión, y de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá.

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