Por Camila Figueroa [1] y Daniel Campos.

Javier Oyarzo es un novel cinesta. Su ópera prima, Niebla, en proceso de post-producción, fue realizada con dineros privados -sus ahorros y el financiamiento de sus abuelos- porque “el gobierno regional demora meses” y él quería hacerla rápido. Una característica de estos nuevos cineastas chilenos es hacer las cosas y no esperar tanto. De hecho, Javier estuvo en dos escuelas de cine, el Duoc de Viña del Mar y la Universidad Complutense de Madrid. Duró un año en cada una “por ser muy ansioso. Quería agarrar la cámara e irme a grabar”.

Para él, su sueño es “tener a un montón de cabros chicos de 15 años, con cámaras, pero súper malas, haciendo cosas en una escuela de cine que hubiera aquí. Que hagan cosas, que practiquen”. Al parecer, la única forma en que los creadores pueden surgir y desarrollarse es tirándose a la piscina, con ropa o sin ella. Aunque las leyes chilenas estén cada vez más a favor de la creación, las trabas burocráticas pueden colmar la paciencia del más avezado director.

La región y su aporte en la oferta cinematográfica

La producción de películas nacionales ha tenido altas tasas de crecimiento. El estreno de películas nacionales pasó de un promedio de tres películas por año en los noventa, a diez para los últimos siete años. El número de productores locales correspondió a 52 para el período 1997-2003; este número disminuye si consideramos que muchos trabajaron en conjunto, alrededor de un solo proyecto.

El sector audiovisual ha presentado un fuerte crecimiento en los últimos años, asociado al avance tecnológico. El aumento de escuelas ha permitido más profesionales en el sector, fuertemente influenciados por la externalización de los servicios televisivos y el auge del sector publicitario. Las dos circunstancias han promovido la creación y permanencia de productoras para diversos servicios audiovisuales.

Rodrigo Márquez Barrueto, egresado en 2009 de la Escuela de Cine de la Universidad de Valparaíso, tiene una opinión particular acerca de la escena audiovisual de la Quinta Región. Para él la industria “está destinada a los comerciales, propagandas de turismo, documentales clichés sobre los valores histórico-culturales y patrimoniales que tiene la región”. El valor de la Capital Cultural como una mercancÍa sin mucha sustancia. “Hacer cine en Valparaíso es algo muy difícil”.

La Ley 19.981 sobre Fomento Audiovisual, en su artículo 13 dicta lo siguiente: “Promover medidas para el desarrollo de la producción, la capacitación y la implementación de equipamiento audiovisual en las regiones del país, distintas a la región metropolitana”. Rodrigo postuló al Fondo Línea de Creación de Guiones 2010. El año pasado “se premiaron 29, todos mezclados, entre documentales, cortos y largometrajes. Nueve proyectos no eran de Santiago. Cinco, por suerte, cayeron en Valparaíso”.

La monopolización de la industria audiovisual en Santiago es un hecho, las estadísticas lo confirman. “Siempre ganan los mismos, viven de los fondos, siguen haciendo películas iguales y todos se lavan las manos”, critica Rodrigo. Pero no se queda sólo en eso y ve en la apuesta local una alternativa. “Más que entrar al circuito nacional, es hacer nuestro propio circuito. Probablemente es necesario aprovechar el escenario regional e intentar independizarnos del resto”. ¿Pero cómo?

“Tengo proyectos con un socio, no trabajo para una productora”, describe Rodrigo, “me dedico al radio -el programa “Profundidades del cine”, en la Valentín Letelier-, a Sala Insomnia y empecé un proyecto de talleres de cine en liceos municipales.” El cineasta de provincia debe tener proyectos paralelos a la realización audiovisual; los fondos, para él y para muchos, son una mera anécdota.

“(Matías) Bize y Sebastián López, son principalmente buenos productores, más que grandes cineastas”, apunta José de la Parra, estudiante de cuarto año de cine de la Universidad de Valparaíso. Y es que cuando el director de la película logra llevar su historia al cine, es responsabilidad de los productores -muchas veces del mismo creador- hacer llegar la película a las distribuidoras, con quienes las comercializan.

Las trabas

La industria cinematográfica chilena avanza a paso lento hacia una síntesis más formal e institucional. Las actividades económicas individuales han ido adoptando formas propicias, que permitirán una industria sustentable con el tiempo. Chile tiene una línea de producción más enfocada en el arte que en lo comercial, pues no posee insumos especializados -técnicos y capital humano- y tiene una baja capacidad de producción y exhibición. En otras palabras, hay ideas pero no el sustento físico.

La organización de la incipiente industria aún no presenta una dinámica ágil, donde los actores tengan sus roles definidos. El mercado audiovisual en Chile, sean productores, distribuidores o exhibidores, está cada vez más concentrado en los grandes conglomerados internacionales. Es difícil competir con monstruos como Fox, Warner, Paramount o Disney, de igual a igual; especialmente en regiones donde se presenta una baja capacidad de inversión, tanto para la producción como para la difusión y exhibición.

Reportes de la industria cinematográfica local muestran que los complejos de salas de cine manejan distintos porcentajes cuando negocian la exhibición de filmes chilenos y extranjeros, con acuerdos poco favorables para los productores locales. Esta desventaja crece cuando consideramos el segundo tema a negociar: el período de exhibición. En el caso de películas extranjeras se realiza de forma bilateral y las dos partes llegan a un consenso adecuado. En el caso de producciones nacionales y regionales, el acuerdo es unilateral por parte de los exhibidores, y depende del éxito en taquilla durante los primeros días.

Como resultado de estas prácticas, los productores nacionales se ven en la necesidad de asociarse con distribuidores que presenten poder de negociación en el mercado y sepan realizar bien la comercialización de los filmes, con el fin de llegar a todo el país y atraer la mayor cantidad de consumidores. Habiendo logrado el estreno y consumo en salas nacionales, el siguiente paso para la película es llegar a salas extranjeras. Para esto, los productores deben buscar distribuidores internacionales. Difícil tarea, si consideramos las barreras culturales, el alcance del cine chileno en el mundo y el poder de las distribuidoras a nivel mundial.

Los fomentos

La producción, distribución y exhibición del cine chileno se han consolidado en los últimos años, gracias a la creación, por parte del sector público, de instancias de fomento para los distintos niveles de la cadena productiva. El fomento del cine, en su mayoría, está ligado a entidades estatales; la ausencia de información y el tamaño limitado del mercado nacional impiden una participación adecuada de inversiones privadas al sector.

Varios entes gubernamentales han presentado mecanismos de fomento para incentivar la producción y distribución mediante subsidios directos, como el Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura (Fondart, presente desde 1994 y reemplazado por el Fondo de Fomento Audiovisual) y la Corporación de Fomento de la Producción, (Corfo). Además del fomento a la difusión de ProChile y la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio del Exterior (Dirac), por medio de festivales y eventos nacionales e internacionales.

Un elemento a considerar son las políticas de fomento a la oferta. Son necesarias herramientas que permitan competir con creaciones que no se pierdan por falencias tecnológicas o de capital humano. Las instituciones de fomento deben promover y estimular a toda la industria, mediante fondos al desarrollo tecnológico y humano, fomento del cual no sólo se verán beneficiados cineastas, sino también todas producciones publicitarias y artísticas, entre otras.

Para los realizadores regionales, los festivales internacionales son una ventana muy utilizada, que no sólo lleva su creación al extranjero, sino que también aumenta el poder de negociación de los productores, les da reconocimiento y contactos profesionales. Otra herramienta utilizada para llegar a mercados internacionales son las coproducciones, que aseguran la exhibición del filme en otros países.

El apoyo del monstruo: la demanda

Chile no ha logrado establecer el fomento a la demanda. El fomento se ha ubicado en la oferta, y esto ha provocado una política de corto plazo, sin considerar los distintos aspectos que logran la durabilidad de una industria.

El análisis de los asistentes al cine chileno a través de la encuesta Casen 2006 es relevante a la hora de emprender políticas públicas orientadas a la demanda. En el país, la asistencia al cine se ha incrementando a lo largo de los últimos años, junto con una clara mejoría en la cifras de participación del cine nacional, desde un 1,5% en 1997 a un 6% promedio para el periodo 2000-2005.

La asistencia al cine no se distribuye de manera uniforme en el país, se concentra en tres regiones: 65% corresponde a la región metropolitana, el 9% a Valparaíso y el 7% a el Bío-Bío.

Una hipótesis que derivó del estudio Haz Tu Tesis en Cultura 2008, proyecto del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, es que las personas con mayor educación asisten más al cine; por lo tanto, Valparaíso, Capital Cultural de Chile, debería contar con un récord en sus salas. Esto no es tan cierto, pues en la encuesta Casen 2006 se muestra que, de diez personas, solamente una asistió al cine. Y la pregunta viene de perilla: ¿fueron a ver alguna película chilena?

Una rápida encuesta entre nuestros compañeros de la carrera de periodismo de la Universidad de Playa Ancha muestra que tan sólo dos de cada diez -de un universo de 40- ha visto una película chilena en lo que va de año, y quien lo hizo, la descargó de internet. En efecto, se manifiesta el poco arraigo cultural en que nos encontramos.

Para lograr un desarrollo de largo plazo, respaldado por instituciones y actores formales, necesitamos un trabajo conjunto de los sectores públicos y privados, donde se logren reconocer y atacar los problemas antes mencionados. Existen espacios de progreso para la industria, pero también la oferta, el marco legal y la demanda tienen aspectos poco desarrollados que deben ser gestionados, para lograr así un aporte real y mesurable a la economía nacional.

En aspectos generales, el cine en Chile ha vivido una expansión desde la década de los noventa. Lo que se debe mantener en consideración son los rumbos que este movimiento tome, pues la industria cinematográfica es relevante no solo como un valor simbólico, sino como industrias para un desarrollo sostenible y representativo del país.

[1] Actualmente estudio Periodismo en la Universidad de Playa Ancha en Chile, fui directora de la desaparecida revista digital cultural Capicúa. He trabajado en radio y prensa. Me atraen los temas culturales, principalmente el cine y la música.