Foto: Lizbeth Hernández

Ayer 17 de septiembre se realizaron múltiples marchas y manifestaciones a lo largo de México para protestar por los niveles de inseguridad contra las mujeres y exigir justicia por el caso puntual de Mara Castilla, una joven de 19 años secuestrada, violada y asesinada por un conductor de la empresa Cabify. Lo terrible es que el caso de Mara no es el único. En México, siete mujeres son asesinadas al día. La mayoría de las veces por su condición de mujer.

La manifestación de la Ciudad de México fue una de las más nutridas, en donde participaron miles de mujeres de todas las edades y clases sociales.

Pero la exigencia de justicia, los reclamos a las autoridades y la construcción de una agenda colectiva de seguridad se vieron opacadas al terminar la marcha por otra discusión.

Al menos 60% de los comentarios en redes sociales sobre la marcha terminaron siendo sobre si fue correcto o no que sacaran al periodista Jenaro Villamil de un contingente de mujeres, que públicamente había pedido que las dejaran marchar solas.

Más allá de las razones, los conceptos y los absurdos debates sin fin sobre “ni feminismo, ni machismo, igualismo”, queda una sensación de tristeza porque –otra vez– en una marcha para exigir el alto a la violencia que padecen diariamente millones de mujeres por el hecho de ser mujeres, los gritos contra un hombre fueron suficientes para acaparar mayor atención. Porque los hombres solemos tener la piel muy sensible cuando se trata de estas cosas.

Medios, periodistas, feministas y miles de personas en redes sociales se enfrascaron en una discusión porque se le negó a un hombre –“un ciudadano honesto, honorable, comprometido con las mejores causas”, como tiernamente lo describió Julio Astillero- el derecho a caminar al frente de un grupo de mujeres que pidió una y otra vez que los hombres marcharán atrás. Que por una vez marcharan atrás. En la cúspide del absurdo, hasta Milenio publicó una nota al respecto, cuando este medio difícilmente cubriría algo relacionado con los reportajes de corrupción que publica Villamil en Proceso.

No dudo, ni por un momento, que la intención de Jenaro Villamil era cubrir la marcha como periodista. ¿Pero qué acaso no escuchó cuando se le dijo que los hombres caminaban atrás y no adelante? ¿Que no sabe que existen cientos de mujeres fotoperiodistas que perfectamente podían cubrir una marcha de estas características y pasarle después las fotos y videos? ¿No podía ponerse de acuerdo con alguna periodista y sanseacabó?

Pero no: ahora tenemos un video donde se ve que a Villamil le piden que se vaya, alguien lo empuja levemente y él sonríe con condescendencia mientras numerosas cámaras graban el momento. La escena perfecta para que miles de hombres griten: “feminazis” “¡radicales!” y entonces las “radicales” digan “es que ustedes no entienden nada” y “son parte del problema” y entonces todo quede igual que como inició: mal.

O peor, por la oportunidad perdida de generar puentes y aprendizajes conjuntos y acciones y mecanismos concretos para aportar a la seguridad de las mujeres… y de todos.

Hasta aquí lo anecdótico.

Lo preocupante, para mí, es que este episodio deja al descubierto una vez más nuestras dificultades para focalizar y atender problemas específicos desde una lógica de trabajo puntual. Gastamos demasiado tiempo y energías en temas que se vuelven discusiones sin fin.

¿Qué se puede hacer?

Sugiero algo bien preciso: ¿por qué no presionar legal, social y mediáticamente para que empresas como Cabify y Uber se hagan responsables de sus conductores? ¿Por qué no exigir y monitorear que estas empresas eleven sus filtros de calidad y controles de confianza? ¿Qué tal establecer herramientas como botones de pánico dentro de la propia aplicación y protocolos de respuesta rápida como ya otras personas han sugerido?

No olvidemos algo fundamental: estas empresas generan ganancias millonarias porque nos han vendido una ilusión de comodidad, seguridad y calidad al viajar con ellos.

Pero resulta que no. Que estas empresas no se hacen responsables de tu seguridad apenas entres al coche que llegó por ti. Ayer mismo se difundió ampliamente la forma como operan. Las letras chiquitas de ambas aplicaciones dicen lo siguiente:

Si bien el caso de Mara es el que atrae este momento los reflectores, no dejemos de lado las cientos de denuncias contra Uber por el acoso de sus conductores y las violaciones que se han registrado. En la mayoría de los casos, Uber ha preferido hacer como que no pasó nada.

Volviendo al punto inicial: ¿qué acaso no es más nota que millones de personas en México, América Latina y en el mundo utilicen aplicaciones que no se hacen responsables si un conductor (que ellos proveen) te roba, viola, secuestra o mata? ¿No acaso ahí es justamente donde deberíamos centrar, al menos, parte de nuestra atención?

Por Mara, por todas y por todos, pongámonos manos a la obra.