Desde Costa Rica, Natalia Solórzano hace cine de guerrilla: sin fondos, con equipos pequeños, con una misión: que los documentales tengan el mismo impacto que las películas de ficción.  


“Perdón. Nací sapa”, dice Natalia Solórzano, un minuto antes de la tres de la tarde del martes 16 de marzo del 2021. Ser “sapa”, o “sapo”, en Costa Rica es ser responsable; o más que responsable, en realidad es ser de esas personas que le dicen a la maestra que hay tarea. Y se califica como tal porque le digo que es puntual, que qué sorpresa, porque aquí, en este país, ser puntual es la excepción. 

Y Natalia es una excepción en sí misma: es cineasta en un país donde hace una década se decía que era impensable hacer una película, es documentalista cuando todos quieren crear ficciones, y es mujer en un gremio pequeñito y acaparado por hombres. 

Natalia nació en Palmares, una comunidad a una hora y media de San José, la capital, en 1984, en una familia de clase media, el arquetipo del ser costarricense. Su cine es de guerrilla: de bajo presupuesto, con equipo de trabajo reducido. La ejecución es rápida y eficiente, como ella. Curiosamente, su ópera prima, “Avanzaré tan despacio” (2020), es un retrato de lo opuesto: de la lentitud y la inoperancia, del mal burócrata tan arraigado a la cultura latinoamericana. 

El filme reúne las historias de cinco personas atravesando laberintos de trabas e infiernos de pasivo agresividad en las Oficinas de Migración y Extranjería de Costa Rica. Como Antonio Di Benedetto con “Zama” (1956), Solórzano dedica su película a las víctimas de la espera, a aquellos heridos por esa fuerza inamovible que es “eso no me toca mí”.  

La cineasta debutó su película en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam en noviembre del 2019. Fue galardonada con una mención especial del jurado del octavo Costa Rica Festival Internacional de Cine y obtuvo una mención especial en los Premios Nacionales. Solórzano es, sin duda, una de las voces más originales de la emergente industria de cine costarricense. 

Hablamos con ella sobre su interés en el documental y el cine en Costa Rica. 

Cuando digo la palabra documental, ¿qué se te viene a la mente? 

Me pone en una congoja, esa palabra. Representa el cine que quiero hacer, pero al mismo tiempo me huele guardado. Siento que es una palabra que tiene mucho estigma: o sea, qué sueño me dio. [La palabra documental] está muy ligada a esas películas aburridisimas educativas, que no es que no sean necesarias, pero que muchas veces se relacionan con lo pesado y lo contrario a lo creativo. Y el documental muchas veces se contrapone al cine mismo, la gente dice: “Bueno, hago cine o hago documental”.

Si yo pudiera cambiar la palabra, la cambiaría por “no ficción” o nada más no la mencionaría. Para mí, el documental es una forma de contar, así como la crónica y la ficción.

Si tuvieras que narrar un mito fundacional de Natalia Solórzano como cineasta, ¿cuál sería la primera historia de tu vida?

Es complicado, porque yo creo que yo me veo como cineasta desde hace muy poco. Pero siempre me he reconocido como alguien que le gusta contar historias. Me acuerdo que, cuando estaba pequeña, hacía programas de radio y revistas, me inventaba cosas. 

En cuanto al cine documental, sí tuve un momento determinante. Yo trabajaba editando —todavía trabajo editando, así me gano la vida— videos institucionales y documentales de corte educativo y social. Tenía una idea muy cerrada de lo que era el documental. Pero fui a estudiar el Máster en Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona, y el primer día de clases vimos “Color perro que huye” (2011), del cineasta venezolano-español Andrés Duque. Me estalló el cerebro. La palabra documental me explotó en mil pedazos. 

Natalia Solórzano, la novel cineasta tica que quiere transformar los documentales

Natalia Solórzano, una de las voces más originales de la emergente industria de cine costarricense.

Si pudieras contar algo sin límite de presupuestos o logísticos, ¿qué sería? 

Supuestamente los directores y las directoras tenemos que pensar como si no hubiera límite de plata, pero me cuesta mucho porque tengo el espíritu de productora, que no me deja soñar más allá de lo que yo considero que es mi realidad.

Me tienta decir que el proyecto en el que estoy trabajando ahora. Se llama El espacio es un animal monstruoso. Es una película de no ficción acerca del segundo tico que va ser astronauta en el país. En el audiovisual cuesta tanto financiar las cosas que los plazos son larguísimos, entonces creo que si yo tuviera toda la plata del mundo lo que haría sería ejecutar todo ya. 

¿Por qué contar la burocracia en Avanzaré tan despacio?

La idea de esperar siempre me ha interesado. Siento que en Costa Rica esperamos para todo, todo el tiempo: para lo que no queremos, para lo que queremos, para lo que nos importa, para lo que no. Y lo llevamos súper bien, los ticos. Es parte de nuestra idiosincrasia. Mi pregunta era qué nos lleva ahí y por qué lo aguantamos. 

¿Hay algo que te gustaría desaprender del cine?

Son millones, no puedo escoger. Me gustaría poder concentrarme un poco más. Siento que, cuando estoy dirigiendo, soy muy consciente de lo que pasa a mi alrededor. No puedo dejar de pensar en producir, en si estoy incomodando a alguien, en si va a llover… Tengo la idea de que las directoras y los directores que están en otro nivel se abstraen de todo, tienen un equipo de personas que resuelven las cosas, y ellos nada más caminan siendo artísticos. Pero preocuparme por todo viene de la manera en que me ha tocado trabajar. 

¿Qué necesita la industria audiovisual costarricense? 

Necesita apoyo de la institucionalidad. Y esto se confunde demasiado con “el Estado me tiene que pagar mis peliculitas”. No creo que funcione de esa forma. El desarrollo de visual de un país es súper importante: es su memoria, son sus historias, es un punto de vista, es decir lo que se quiere decir en un momento dado. Y en un lugar como Costa Rica, donde es tan difícil estudiar lo audiovisual —porque Cine solo lo da la universidad privada—, la institucionalidad debería apoyar a estas personas. Es tener una visión país. 

Además, lo de “pagar mis peliculitas” es falso. Ninguna de las películas costarricenses que han tenido éxito en los últimos años se financia solo con el fondo audiovisual, que es muy poca plata.  

Mujer, cine, Costa Rica: ¿qué es lo primero que se te viene a la mente? 

La Unión de Directoras de Costa Rica. En el 2020, más de 20 directoras costarricenses nos unimos para levantar la voz, hacer incidencia política, y nombrarnos a nosotras mismas, porque si nadie nos nombra nos tenemos que nombrar nosotras. Queremos asegurarnos de que las mujeres tengamos nuestro espacio y pensar en la equidad.

Creo que era necesario, porque en los últimos años se han destacado muchas películas de directoras mujeres costarricenses. No son la mayor cantidad de películas que se producen en este país, ni tampoco son las que ganan la mayoría de los fondos disponibles —la mayoría son películas dirigidas por hombres—, pero sí han tenido mucha resonancia internacional

Por último, ¿por qué contar? 

Porque quema por dentro, ¿sabés? No puedo hacer otra cosa. 

 

Ilustración de portada: Rocío Rojas 

 

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Luis Fernando Vargas

Editor en la productora de proyectos periodísticos Dromómanos. Durante 4 años trabajó como editor asistente y editor del podcast de crónica en español Radio Ambulante, distribuido por NPR. También ha trabajado como periodista en diversos medios web y de prensa en su país cubriendo cultura. Graduado de la Universidad de Costa Rica.

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