Conversamos con Víctor Bernal, un ex economista que decidió dejar su trabajo para abrir el santuario Huerta Vida Digna. Un santuario de gallos, gallinas, conejos y patos donde viven, se desarrollan en plenitud y se apoyan mutuamente.

 


 

A lo lejos se ven los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl. Sobre una carretera, cerca del pueblo de Amecameca en el Estado de México existe un espacio donde conviven gallinas, gallos, conejos, un pato llamado Mike, una borrega de nombre Cascabel, plantas, hongos, árboles, tierra, un estanque y Manchas, un perro; ellas y ellos forman parte de Huerta Vida Digna, una cooperativa animal y santuario coordinado por Victor Bernal. 

Al entrar a Huerta Vida Digna nos reciben Manchas y Mike, que va al frente y conforme nos adentramos nos cuenta con sus graznidos cuac, cuac, cuac” lo que ahí hacen.

Víctor es economista, hace diez años trabajaba en la iniciativa privada, “me iba bastante bien y estaba cómodo”, cuenta. Para el año 2010 Víctor decidió dejar su trabajo, “porque se basaba en que si me iba bien a mí era porque a muchas personas les iba mal”, dice. 

Los siguientes dos años Víctor se formó y capacitó conforme lo que sentía que quería aprender. Recorrió algunos lugares de México y aprendió sobre plantas medicinales, siembra de hortalizas, árboles, hongos, arquitectura natural, etología y más conocimientos se sumaron en el camino. 

En 2015 Víctor conoció el espacio donde actualmente se aloja Huerta Vida Digna. El terreno fue comprado en los años 80, sin embargo, desde entonces permaneció en estado de abandono. Víctor llegó a un acuerdo con los dueños —que son sus amigos para restaurarlo y poderlo ocupar. Al año comenzó a sembrar pero sus visitas eran esporádicas porque aún su vida estaba en la ciudad. 

Dos años después llegó La Pinta. Un día que Víctor volvió al terreno se encontró a una gallina atada de una pata que una señora estaba vendiendo. Victor compró a la gallina, pasó con ella ese fin de semana, le puso nombre —La Pinta—  y le hizo una covachita, pero La Pinta nunca la usó porque dormía en los árboles. Desde ese momento Víctor notó a esa gallina feliz y cuenta que, “fue ella la que comenzó a detonar todo esto”. 

Gracias a La Pinta, Víctor se dio cuenta que ese lugar podría ser uno para dar refugio, cuidados y apoyo mutuo entre especies pequeñas [gallinas, gallos, patos y conejos] y él. 

A los alrededores de Huerta Vida Diga muchas personas tienen animales: gallinas, gallos, patos, borregos, caballos, vacas, todos para consumo y uso humano. Sin embargo, las familias deciden invertir más en el cuidado de animales como vacas o borregos porque económicamente les puede dejar hasta 15 mil pesos, mientras que la vida de un pollo no vale más de cien pesos. 

Cada que Víctor volvía al terreno de Huerta Vida Digna, se encontraba con animales que la gente “tiraba” [abandonaba], él entonces los recogía para curarlos. Algunos pudieron sanar y rehabilitarse, otros por las condiciones de explotación que sufrieron, no lo lograron.

Totopo y Lailah, son dos gallos que sí lo lograron. Totopo es un gallo blanco que fue rescatado hace ocho meses de un matadero, hoy está rehabilitado y tiene un sentido de protección que ayuda a otras gallinas a sentirse seguras. Lailah es un gallo que escapó de la industria animal; recientemente cumplió su primer año en libertad comiendo sandía y conviviendo pese a que de repente se engenta [se aturde con mucha gente]; en palabras de Víctor, Lailah es una desobediente. 

Víctor nos abrió la puerta de Huerta Vida Digna y entre el cuac de Mike, la compañía de Manchas y el cacareo de los gallos conversamos sobre la cooperativa animal, el cuidado y algo más. 

¿Cómo defines a Huerta Vida Digna?

Somos una cooperativa animal porque los santuarios generalmente a los animales se les cuida mucho por la vida de sufrimiento que han tenido y eso es válido e indispensable pero, llega a pasar que hay mucho desgaste de las personas y de recursos económicos en los santuarios. Entonces, yo siempre me pregunto ¿de qué manera pueden colaborar ellos [los animales] siendo ellos? 

A partir de todo el aprendizaje que fui juntando sobre permacultura es que se dio esta forma de trabajo, que son procesos. Sin embargo, no todo de la permacultura sirve porque la permacultura trata a los animales como objetos porque después de cierto tiempo de haber cuidado a una gallina se le mata para poder cambiar el proceso de producción de huevo. 

Y aquí no. Lo que yo quiero de las gallinas no es huevo, quiero lo que hacen como gallina: cagar que es abono; rascar que sirve para deshierbar, por ejemplo.

Mi idea siempre ha sido crear una cooperativa integral entre personas, animales, plantas y tierra en la cual se pueda colaborar entre todos. 

Y es que al final esta es la casa de las gallinas y pues en una casa se cuida y colabora entre todos, pero siempre colaborando desde lo que son, que son gallinas. Si aquí hubiera un buey no lo pondríamos a arar porque no son para eso, pero su caca serviría para hacer gas, entonces el buey ya está poniendo el gas, ¿no?

Aquí cada individuo colabora siendo lo que es y al final nomás hay que ponerle ingenio y aprendizaje que después se comparte en los talleres que hacemos de tecnologías apropiadas, desde hacer una casa con tierra hasta poder atrapar agua de la neblina. 

¿Qué especies viven bajo el cuidado de Huerta Vida Digna y cómo es su convivencia?

Aquí tenemos actualmente 45 individuos, entre gallinas, gallos. Está el Mike [un pato de plumas blancas], Manchas [un perro blanco con manchas café], Vaquito [un conejo blanco con negro] y Lola [una coneja gris].

Cascabel [una borrega de cara negra], es el único animal grande. Ella fue comprada por un niño de ocho años con carencias económicas. La compró pensando que después de engordarla iba a ganar 3 mil pesos y ya con ese ingreso la hacía, pero resulta que después de que él empezó a ver los videos de la Huerta en algún punto dijo que no podía hacerle eso a Cascabel. Y con él hicimos el acuerdo para que viniera para acá. Ese niño liberó a Cascabel y aunque no tiene mucho poder de decisión dentro de su familia ahora él no come carne, si se la ponen come pero creo que en algún momento, cuando pueda, la va a dejar por completo. Ese es un proceso que me marcó y que le marcó. 

No salen todos al mismo tiempo. Tienes sus horarios porque también hacen un relajo [desorden], se pelean, destruyen, tienen sus rituales, sus piques [peleas]. Hacen grupos entre gallos y gallinas. El Mike también tiene su pandilla. Hay líos amorosos. 

Nuestro límite es de 50, aún hay espacio para cinco más. 

¿Cómo se sostiene un proyecto como este?

¡Esa es la pregunta! Platicando con algunos santuarios me decían que pues sale con donaciones, pero para mí no porque no son sostenibles. ¿Qué pasa cuando te cortan ese ingreso? Se acabó todo, ¿no?

Aquí más bien funciona con un 90% de trabajo, es decir, de productos que vendemos: tés, fruta deshidratada, mermeladas, mazapanes, hongos que deshidratamos y los hacemos sopas instantáneas. 

Entonces, en lugar de comerte una Maruchan pues comes Hongos Santuario Huerta Vida Diga y estás comiendo algo super chido porque es nutritivo, sin químicos y es hecho por ellos [los animales], porque ya colaboraron en el proceso. Cascabel [la borrega] muele la paja y la que no se come la escupe, eso lo ocupo [uso] para sembrar los hongos, y ella molió esa paja ya no tengo que hacerlo yo. 

De acuerdo con la temporada vamos sacando esos productos. 

Los gastos mensuales de todos [alimentación, medicina, reparación] son como 5 mil pesos que hay que conseguir como sea. En venta son como 3 mil y si salen uno o dos talleres pues ya son mil pesos. Y hay algunas personas que gracias a Animal Save y DxE [organizaciones de activistas por la liberación animal] dan alguna donación. 

Pero siempre acabamos raya [justos].

¿Huerta Vida Digna tiene programas de voluntarios comprometidos?

Trabajamos amadrinamientos anuales. Actualmente tenemos siete madrinas, no son propiamente donaciones, sino que es un proceso de crear vínculo, donde por ejemplo una madrina le da a Petunia, y esa madrina conoce el comportamiento de esa gallina a la que le gusta el mango, le gusta correr, pero es solitaria, es más bien que la conozcan. 

Una gallina con cien pesos al mes está del otro lado. Si puedes dar ese dinero está bien, y ese ingreso no va directo a Petunia, sino que se distribuye pero ya está asegurado el mes para ella y los demás. Entonces el acuerdo ahorita es de cien pesos al mes, 700 al mes que ayudan a completar los 5 mil que requerimos. 

Esta es la idea, y que pensamos que puede ser replicable en otros espacios. Mi expectativa es buscar un sistema que sea sostenible, que se pueda cuidar así mismo y así es más fácil que los santuarios se reproduzcan, pero siempre sin explotar a los animales; trabajar juntos, ellos siendo lo que son. 

Al final del año de ese amadrinamiento damos un producto que tu ahijado hizo, como un mazapán o una mermelada. 

Las madrinas que tenemos ahorita no quieren soltar a sus ahijados, y está muy bien porque hay ese vínculo pero vamos a volver a mandar esa convocatoria en fotos. La idea es que vengan, los conozcan, se identifiquen y digan: “yo me enamoré de Enrique Ernesto”. Y así entonces pues le contamos de él y esa madrina le puede mandar sus domingos [la cuota económica] una vez al mes y nosotros nos encargamos de hacerle saber las últimas noticias, de si le está coqueteando a Michel, pero ella no le hace caso, y así le hacemos saber pues qué es lo que ese gallo está viviendo. No solo es decir que está sano, sino son un montón de cosas. 

¿En qué momento de tu vida nace el interés por cuidar?

Yo creo que es algo que traemos las personas instintivamente, ¿no? Todo el tiempo estamos cuidando, por ejemplo, de niños, de niñas, no queremos que le peguen al perro. Yo lo ubico en mi infancia. Me acuerdo mucho de los famosos pollitos de colores. Yo recuerdo que en el mercado de la colonia donde crecí alguien compró pollitos de colores, eran cuatro. Yo les daba de comer, agua, jugaba con ellos, tenían nombres, les puse los nombres de las tortugas ninja: Miguel Ángel, Donatello, etc. Y me acuerdo que una vez le quise poner un collar a uno. Se lo puse pero muy apretado, lo dejé por ahí y cuando lo veo de vuelta estaba tirado, ahogándose. Se lo quité y se me quedó viendo. Es una mirada que no se me olvida. Luego que los veo [a los que están en Huerta Vida Digna] y se llegan a enojar conmigo veo esa misma mirada, es una mirada como de “no entiendo por qué estás haciendo eso”, es una mirada de cuestionamiento. 

Después crecí. Y comencé a ver las plantas y empecé a ver el nacimiento de una vida cuando sembré por primera vez. Vi todo lo que involucra, el cuidado de la tierra, del agua, la luz. Y me encantaba tener mis plantas.

Y el tercer momento fue ver a  La Pinta. Vi la fuerza de esa gallina, vi lo que hacía. En ese tiempo sembré papas y en una temporada llegaban escarabajos que se comían las papas y La Pinta se ponía ahí y defendía a las papas, agarraba a los escarabajos. Ahí me di cuenta que ella me cuidaba y yo cuidaba a La Pinta. Esas papas no se las va a comer ella pero me las voy a comer yo. De ahí empezamos esa relación de cuidado mutuo. 

Entonces no hay un momento en mi vida de shock, sino son un cúmulo de momentos pero definitivamente el de La Pinta lo definió todo. El saberme con la capacidad de cuidar y de ser cuidado por ella, en este caso. 

¿Te consideras activista? ¿Qué piensas del activismo de liberación animal?

No me considero activista. Soy muy crítico al activismo a pesar de trabajar con DxE o Animal Save que se nombran desde ahí, pero yo no porque veo dos cosas. 

Uno que no me gusta hacer acciones, me gusta hacer procesos. Y el proceso es largo, es pesado, es invisible y más bien creo que a eso tenemos que apuntar. Pero si estás en el proceso como tal no puedes hacer activismo, sino que es involucrarte en algo que es constante y sí, a veces hay que entrarle a las acciones pero pienso que no se debe volcar la energía solo a eso porque es desgastante, son procesos lentos, comúnmente se ejecuta sin reflexionar y acarrea problemas físicos, emocionales, legales, familiares, económicos. 

Y dos, esos procesos deben tener contenido político y emocional porque sino es una granja. Lo político es el arte de conversar. O sea, si podemos conversar y transitar de un debate, una negación en la cual tú me entiendes y yo te entiendo, nos podemos leer entonces;  estamos haciendo política porque es compartir. Otra es rescatar el aspecto de la personalidad de cada individuo que tenemos aquí, apuntamos al reconocimiento no como la gallinita que necesita ser rescatada, sino como un animal pleno, con derechos y posibilidades, y donde puede haber un trato de igual a igual, esas es la apuesta política que tenemos. 

Creo que el activismo es necesario y lo respeto mucho. Pero prefiero reflexionar, cuidarnos, y después de eso vemos qué y cómo podemos ejecutar. Yo apuesto a los procesos que sean sencillos, cautos, de voz a voz, que sean más de afectos, de confianza y no tanto el activismo que se desgasta porque se obtiene poco, porque además son pocas las personas en esta sociedad quienes hacen algo y esas pocas no se están cuidando. Primero entonces necesitamos acuerparnos, cuidarnos en procesos que naturalmente son largos y luego de eso ya podemos ejecutar y aplica para todos los movimientos. 

¿Cuál es tu lectura y mirada en relación a los cuidados de la sociedad mexicana con su entorno?

Vaya, qué te podría decir de eso cuando se habla del megaproyecto del Tren Maya o del Istmo, o un gasoducto que quieren poner aquí atrás atravesando los volcanes. Y la gente como que no le importa eso, pienso que hay una lectura de cómo vemos eso tan grande no se comprende. Pero qué pasa también con el síntoma de las personas que tiran basura en la calle, cómo por qué. Y ya ni hablar de algo que es tan arraigado en México, que es comer animales, es supercomplicadísimo. 

Lo veo dificil. Yo tengo la firme esperanza en que la gente es buena, nadie quiere vivir con violencia, con carencias, nadie quiere estarle pegando a alguien pero lo que pasa es que la sociedad nos orilla a eso. Los bajos salarios, la mala alimentación, la contaminación, los medios de comunicación, nos cansa, nos debilita. Puedes llegar con toda la mejor actitud pero si estás en metro Pantitlán a las siete de la mañana porque a las ocho tienes que llegar  a tu trabajo, pues tienes que aventar a la gente y olvídate de las buenas maneras porque tienes que llegar, porque tienes que subsistir. Y así con todo, como ver en las mañanas a la gente desayunando tacos de carne y al final es gente que no tiene tiempo para buscar una mejor alimentación, para cocinarse y te comes lo primero y en realidad los procesos de reflexión y de cuidado lo olvidas. 

Estamos buscando la subsistencia porque este sistema nos ha puesto ahí, entonces como buscamos la subsistencia continuamente pues no podemos darnos momentos para pensar en temas de veganismo, de la crisis climática, de cuidados. Y necesitamos buscar esos tiempos, el de buscar los cuidados en todos nuestros espacios y así poder revertir esto, que al final son procesos. 

No hay espacios libres de violencia, pero sí hay espacios de construcción de cuidados. Entonces aprendamos a cuidarnos. Y cómo hacerlo, pues conviviendo, intercambiando trabajos, al poner en el otro, la otra mi subsistencia y visceversa. Si eso lo extrapolamos a todas las áreas de nuestra vida y en diferentes modos pues el cuidado se hace cotidiano y se hace costumbre. Es importante no hacerlo solo en momentos, porque sino lo que estás haciendo es activismo del cuidado. 

Yo soy mucho de cuidar con la comida. Y cada quien tendrá sus formas, hay quien es muy buena escuchando, hay quien te cuenta chistes y la tristeza se te pasa. No sé, de todo y para todo. 

¿Qué te inspira de gallos como Totopo y Lailah?

Totopo es un gallo raro, es diferente a todos. Yo lo veo como muy cuidador. Cuando salen a correr y hacer sus ejercicios todos aletean, brincan, hacen desastre. Él no, sale despacio, observa, ubica dónde están todos y siempre busca un punto estratégico para estar al pendiente, medio hace sus cosas de gallo pero no es como su hit. Cuando hay peleas Totopo se avienta, a pesar de ser más pequeño está macizo, y para las peleas, así como “ya, ya, bajen su desmadre”. Lo que me inspira o he aprendido de él es su disciplina por el cuidado, es contemplativo, es valiente, es muy seguro y muy buen compañero. 

Lailah es caso contrario, es la peleonera. No respeta nada ni a nadie. Yo le llamo “gallo dragón” porque cuando cae ceniza del volcán [Popocatépetl] se la come. Es salvaje. Todos me respetan, pero si a ella le digo “ya bájale”, se me avienta. Pesa seis kilos y medio, está grande, tiene un pico y garras muy fuertes. Ha tirado gente del golpe. Desde pequeña ha sido así, nunca le gustaron los abrazos o caricias, es más bien agresiva, pero no violenta. Ella no cuida pero lo que me gusta es que tiene una personalidad sumamente definida, no tiene miedo a nada ni a nadie, es fuerte y marca bien sus límites, es como “si saben como soy, pa qué me invitan”. Ella sabe decir no. 

¿Pones música a los animales? 

Sí, les gusta mucho. Todos tienen sus gustos. A las gallinas les gusta la música clásica pero no Beethoven​, Bach, Chopin, les gusta mas bien la minimalista como Michael Nyman, Yann Tiersen. Pero no para relajar sino para correr. Pero les gusta más la música en vivo, recientemente vino un chico y les cantó con su guitarra. Parecía serenata, de poquito a poquito se juntaban. Eso fue una cuestión de confianza, o sea, no es fácil, solo así se acercaron y también porque tocó como una hora, estaba cantando canciones de Pearl Jam, creo. 

A Lailah y demás compañeros casi no les gusta esa música, pero, sospecho que les gusta como la banda, la salsa porque los trabajadores de la fábrica de un lado ponen su música. Entonces sospecho que son cumbiancheras como ellos porque se la pasan escuchando ese tipo de música todo el día. O quizá como la escuchan diario ya la normalizaron, casi como esa canción que escuchas siempre en la combi [transporte público] que ya te la sabes. 

A Mike no le gusta la música, le gusta platicar. Él es más como de esas personas que le invitas una chela banquetera [cerveza en la calle] y está ahí platicando todo el día. Ese es Mike. 

¿Qué te gustaría que ocurriera con el Santuario Huerta Vida Digna en un futuro?

Ahorita queremos construir una barda por una necesidad de seguridad e intimidad. Queremos cerrar todo para que sea más aislado y seguro para ellos [los animales] para que no entren animales ferales. 

Queremos pintar un mural. Otro objetivo para el siguiente semestre del año es que la gente conozca a los integrantes. No que solo conozcan que en el santuario Huerta Vida Digna hay gallos, patos y gallinas, no. Sino que conozcan que aquí vive Enrique Ernesto, y que sepan que él es un gallo giro que iban a obligar a pelear pero lo rescataron en Puebla y ahora puede estar aquí y que no es agresivo, sino que es un gallo que ronronea. 

Queremos que te involucres con él, que lo vengas a ver, ¡vaya, que seas su madrina! Y pese a que sí lo cumplimos, queremos que crezca ese sistema de amadrinamiento y que se les dé el valor de la vida porque pasa algo muy chistoso. Sempre sublimamos a los tigres, las águilas, pasamos esa etapa y decimos “hay que bonito el caballo, la vaca” porque son grandes, majestuosos, pero con los pequeños como que nos cuesta un poco. Como son multitud, nos da igual que pese a que estén bonitos, no nos involucramos, no creamos vínculos con una gallina. Entonces el objetivo es llegar a decir: no manches, yo quiero ser tan inteligente como una gallina”, “quiero tener la habilidad de un pato”, puede sonar chistoso pero es reconocer lo que son y lo que tienen.  

En esta zona hay problemas con el agua, cae a cuenta gotas, la idea es que aquí podamos desarrollar las herramientas que existen para captar agua y poder compartir eso con la gente de aquí o quien lo necesite. Pero no sólo eso, sino en sí el manejo de energía, ver cómo aprovechar la energía del sol, de la madera, el pasto, lo animales. Administrarla no a manera de explotación, sino cíclico, ecosistémico. Otro punto es cómo involucrarnos con los animales y la producción de lo que se genera en el campo más allá de la lechuga, jitomate y cebolla. 

Mi tirada [objetivo] es crear un taller-escuela para poder aprender de todo el círculo sin romantizar el campo y aprender a cuidarnos entre animales, plantas, tierra, agua y luz. Bajo la intención de compartir ese conocimiento aprendido con responsabilidad a quien lo necesite o lo busque.

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Ilustración y diseño de portada: Alma Ríos
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Georgina González

México (1991). Periodista independiente egresada de Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Le interesa escribir sobre las infinitas posibilidades de habitar el género, las resistencias desde una perspectiva de derechos humanos. Ha publicado en varios medios digitales como Kaja Negra, El Beisman, Revista Hysteria.

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