El 18 de enero Fernando Báez Sosa fue asesinado con violencia a manos de un grupo de 10 rugbiers en Argentina. Antes de eso, ya se conocían otros casos de violencia y machismo. ¿Qué pueden hacer los clubes para prevenir, tratar y sancionar la violencia de sus jugadores fuera de las canchas?

 


 

 

Texto: Jordy Meléndez Yúdico y Flavia Fiorio. Con información de Florencia Luján, Tatiana Oviedo, Josefa Barraza y Bruno Grappa. 

Los veranos en Villa Gesell, una ciudad balnearia de la provincia de Buenos Aires, suelen ser, en mayor o menor medida, bastante parecidos entre sí. Incluyen vodka, fernet, boliches abiertos de lunes a lunes y una oleada de jóvenes de entre 17 y 20 y pocos años caminando por la avenida 3, la peatonal principal de la ciudad, en búsqueda de algún “tarjetero” que les venda entradas para ir a bailar. Pero este verano no fue igual a los demás. 

Este verano incluyó, además, un asesinato: el del joven argentino de 18 años Fernando Báez Sosa, a manos de un grupo de 10 rugbiers. 

En la madrugada del 18 de enero, Fernando fue junto a su grupo de amigos a bailar al boliche Le Brique, como muchos de vacacionistas. Ahí se encontraron con un grupo de rugbiers con quienes se hicieron de palabras y a Fernando le rompieron la camisa. Los encargados del lugar lo echaron del establecimiento por “incumplir las normas de etiqueta”. Fernando, ya en la calle, fue atacado por la espalda por el grupo de rugbiers, jugadores del Zárate Club. Murió antes de llegar al hospital. 

Tras el brutal asesinato de Fernando, en Argentina explotó un debate sobre las condiciones que facilitan la violencia de los jugadores de rugby fuera de las canchas. ¿Por qué los rugbiers, pelean, golpean, matan? fue una pregunta que numerosos periodistas, académicos, feministas, investigadores trataron de responder. 

Se nombraron numerosos aspectos: temas de clase, poder, machismo e impunidad son patrones presentes en diferentes casos de agresiones y hechos violentos perpetrados por jugadores de rugby. 

En Distintas Latitudes quisimos ir un paso atrás y responder dos preguntas que nos parecen relevantes: ¿cuentan los clubes de rugby con protocolos u otros mecanismos para prevenir, tratar y sancionar la violencia de sus jugadores fuera de las canchas? Lo cual lleva a otro debate: en un deporte que se precia de inculcar los más altos valores de integridad, disciplina y respeto: ¿hasta qué punto llega la responsabilidad de los clubes en estos casos de violencia?

Para responder estas preguntas buscamos a los responsables de las ligas nacionales de Rugby en Argentina, Chile y Uruguay, así como a jugadores y personal directivo de los principales clubes en cada país. Esto fue lo que encontramos. 

Chile y Uruguay: la violencia rugbier se mira de reojo

En general, el rugby es un deporte elitista, asociado a personas de clases altas. Esto es así en Argentina, Chile y Uruguay, países que cuentan con una añeja tradición en su práctica, aunque recientemente hay esfuerzos por llevarlo a sectores y poblaciones menos favorecidas. 

En el rugby hay una frase cliché, casi un lugar común: “El rugby es un deporte de animales jugado por caballeros”. Es un deporte de contacto y de jugadas violentas, aunque se rige por valores específicos como la disciplina y el respeto en la cancha. Sin embargo, no hay que olvidar un punto: los jugadores de este deporte entrenan el cuerpo para hacer fuerza, traccionar, tacklear. Cada golpe y empuje de un jugador equivale al doble de lo que puede hacer una persona de igual peso y porte. 

Según la información recabada por Distintas Latitudes, los equipos que participan en las ligas nacionales de Rugby en Chile y Uruguay no cuentan con protocolos escritos y específicos para prevenir, tratar o sancionar la violencia de sus jugadores fuera de las canchas. Es más: ni siquiera se lo han planteado. 

Según Cristián Rudloff, presidente de la Federación Chile Rugby “hay reglamentos, códigos de conducta, y los valores del rugby primero que todo. El comportamiento de los jugadores se basa en eso”, dice en entrevista con Distintas Latitudes. Ante la pregunta de si los clubes deben tener o no protocolos, charlas y mecanismos para prevenir la violencia de los jugadores fuera de las canchas, Rudloff dice que ellos ya se rigen por las directrices de la World Rugby, la asociación mundial de este deporte.  

El Aliwen Rugby Club es uno de los equipos juveniles de la Región Metropolitana de Santiago de Chile. Rubén Sánchez, Headcoach (Director técnico) del equipo, también hace énfasis en los valores: “Los rugbistas nos avalamos a nuestros caballitos de batalla que son los valores: humildad, compañerismo”, dice. Sin embargo, deja claro que “si llega a pasar algo como lo de Argentina, hay que tomar cartas en el asunto, desde la federación hacia abajo”.

Del lado uruguayo, las cosas pintan muy similares. Santiago “Kako” Kiriakidis, presidente del club de rugby Los Ceibos, dice que “el caso en Argentina nos despertó a todos una preocupación y no tenemos nada escrito aún”. Directivos y exjugadores de los clubes uruguayos Champagnat, Los Cuervos y Old Christians confirmaron lo dicho por Kiriakidis y contaron a Distintas Latitudes que si bien no hay protocolos, sí hay diversos tipos de pláticas y charlas con los jugadores. 

Según Alejandro Lemes, coordinador de Juveniles e infantiles de Los Cuervos, “hemos tenidos talleres con psicólogos deportivos que a veces tocan ese tema [cómo prevenir la violencia]”, pero acepta que “no es algo que se haga recurrente, que lo hagamos siempre”.

Martin Espiga, exjugador y referente del Old Christians, cuenta que en el club las charlas van desde adicciones hasta violencia, pero sin ser demasiado específicas. 

Ramón Cáceres, secretario y encargado de la subcomisión de disciplina del Club Champagnat dice que “no hemos tenido [charlas sobre prevención de violencia], porque no ha habido denuncias de ese tipo de cosas”. Cáceres también cuenta que “en el club tenemos un código de conducta general del jugador […] y una cosa es cuando está dentro de las instalaciones o representando al club. Otra cosa es si te peleaste con tu novia y la mataste a piñazos. Eso es otra cosa personal”, dice. Esa opinión, compartida por muchas personas en el mundo del rugby, marca el centro del debate sobre si los clubes pueden hacer más para prevenir la violencia fuera de las canchas. 

En octubre de 2019, jugadores de la selección de rugby de Uruguay se vieron envueltos en un altercado en un bar de la ciudad japonesa de Kumamoto, sede del Mundial de Rugby 2019. Frente a ello, Pablo Ferrari, presidente de la Unión de Rugby (URU) se disculpó por el hecho.    

En enero de 2020, apenas unos días antes del asesinato de Fernando, un rugbier uruguayo golpeó y dejó inconsciente a otro chico argentino en una fiesta al aire libre en Punta del Este. 

En palabras de Espiga: “[la violencia fuera de las canchas] no es un problema del rugby, pero el rugby tampoco puede mirar para el costado”.

Pablo Ferrari, presidente de la Unión de Rugby de Uruguay, no atendió hasta el momento las llamadas de Distintas Latitudes ni las preguntas formuladas enviadas vía correo electrónico para este reportaje. 

Argentina: sin protocolos y sin comunicación a pesar de la violencia

Un caso aparte es Argentina. En los últimos años, el país conoció diversos casos de violencia de jugadores de distintos clubes de rugby. En octubre de 2019, rugbiers del San Isidro Club golpearon por diversión a una persona. Ese mismo año, se difundieron diferentes casos de violencia contra las mujeres al interior de clubes de rugby. Antes, en 2017, una joven mendocina de 24 años había denunciado haber sido abusada por cuatro jugadores. Al menos desde hace 15 años, grupos de rugbiers han estado involucrados en numerosas golpizas con diversos grados de gravedad, incluyendo la muerte del joven Ariel Malvino en 2006 en Brasil a manos de tres rugbiers argentinos. El caso de Fernando Báez sólo es el último de una larga lista. 

El 18 de enero de 2020, luego del asesinato de Fernando Baéz, la Unión Argentina de Rugby publicó un comunicado en que condenaba “enfáticamente estos sucesos de violencia” y comunicaba que “ya trabaja en redoblar los esfuerzos y generar un programa específico de concientización que colabore para que estos casos no sucedan nunca más”. 

Frente a este anuncio, Distintas Latitudes se contactó vía teléfono y correo electrónico con la Unión Argentina de Rugby (UAR) y los clubes del conurbano bonaerense: Club Atlético San Isidro (CASI), San Isidro Club (SIC), Belgrano Athletic Club e Hindú Club, para preguntar si los equipos de rugby en Argentina cuentan con protocolos, charlas o cualquier mecanismo para prevenir y sancionar la violencia de sus jugadores fuera de las canchas, o estaban en el proceso de crearlos. 

El único club que emitió una respuesta formal fue Hindú Club, que explicó que no podían conceder este tipo de entrevistas. Ni la UAR ni el resto de los clubes mencionados han respondido hasta el momento a las solicitudes de información enviadas. 

¿Hasta qué punto hay responsabilidad del club para prevenir y sancionar?

Para intentar responder esta pregunta, Distintas Latitudes conversó con Facundo Sassone, sociólogo y entrenador de rugby del Club Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó. Según Sassone, los clubes se pueden dividir según sus distintas posibilidades de abordar esta problemática. “No es lo mismo para un club tradicional de rugby, donde todas las familias tienen resuelta su situación económica, a otros clubes que apenas logran cubrir los gastos para que el club pueda tener agua caliente y luz para entrenar”, dice. Estas diferencias pueden y deben ser salvadas gracias al trabajo de las uniones de rugby (nacionales y provinciales) y el acompañamiento estatal, en todos los órdenes, para prevenir la violencia. 

Sassone es tajante: la responsabilidad de los clubes en abordar esta problemática es fundamental. “Prevenir es el primer trabajo que los clubes tienen que abordar. Capacitar a los formadores es la herramienta más importante a mi modo de ver. Es la persona que está al frente de un grupo todo el año y que puede advertir situaciones conflictivas, líderes negativos y potenciales problemas”, dice. Sobre las sanciones, Sassone opina que debe hacerse si los clubes tienen conocimiento de situaciones violentas afuera de la cancha perpetradas por sus jugadores “Las sanciones tienen que ser ejemplares para que ante esas situaciones un jugador sepa que lo que haga tiene consecuencias”, dice.

Algo similar opina Valeria Carreras, una de las abogadas del estudio de Fernando Burlando e impulsora de la Ley Fernando, que busca prevenir y sancionar los hechos violentos de los jugadores de rugby.  

“Fui espectadora del video de Fernando y me impactó mucho por un motivo: me tocó muy de cerca”, cuenta Carreras a Distintas Latitudes. “Fernando era hijo único, tenía la misma edad de mi hijo, estudiaba lo mismo que él pero había una diferencia: mi hijo es rugbier. Entonces yo me puse a pensar en dos posibilidades tremendas: mi hijo podría haber sido el muerto o podría haber sido el victimario. A raíz de eso, me puse a investigar y armé el proyecto de Ley Fernando”, dice.

“Se habla mucho de los valores del rugby entonces me puse a investigar y vi que lo que más prioriza el rugbier es la idea de dar todo por el equipo y respetar al referí. Por eso siempre, de hecho, el ataque es en grupo”, cuenta Valeria.

El proyecto busca imponer la suspensión de fechas para jugar ya que esto perjudica al equipo y que haya quita de puntos al club por hechos de violencia. Sin embargo, la idea del proyecto de ley no es que solo sancione los hechos, sino que los prevenga, por lo cual propone que “el jugador que esté involucrado en hechos de violencia tome talleres, cursos de violencia de género, respeto de la diversidad e igualdad para lograr reescribir el discurso patriarcal que tiene el rugby”, explica.

“Si la escuela es un segundo lugar donde te educas la primera es la familia, el club es un tercero. Entonces como educador y formador de jóvenes, los clubes tienen que tomar cartas en el asunto”, finaliza. 

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Diseño de portada: Alma Ríos

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