Por Diego Macías

El 15 de marzo de 2009 Mauricio Funes logró una de las victorias más representativas para la izquierda latinoamericana. Desde el final de la guerra civil en 1992 (conflicto que cobró la vida de más de 75,000 salvadoreños) el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN, organización político militar que combatió al gobierno de El Salvador bajo la bandera del marxismo entre 1980 y 1992) adoptó el camino institucional y se avocó a la búsqueda del poder por medio de las urnas. Después de 17 años de gobierno del partido derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), Funes pasará a la historia como el primer presidente de izquierda en El Salvador y como el primero en Latinoamérica en lograr que un antiguo grupo político guerrillero acceda al poder mediante las vías democráticas. [1]

Además de los problemas políticos y económicos que hoy día habrá que resolver en El Salvador, existe una preocupación no menos importante para los observadores internacionales y, sobre todo, para los demás gobiernos de la región: se trata de saber qué referencias políticas adoptará El Salvador de entre las que se dispone en el amplio espectro de la izquierda moderna latinoamericana. Se ha hablado en la prensa internacional de un posible alineamiento del nuevo gobierno salvadoreño con el grupo más moderado de la centroizquierda regional, incluyendo a Brasil, Chile y a Guatemala, entre otros.

Sin embargo, no se descarta la posibilidad de presenciar un acercamiento con los gobiernos de corte más radical, como Venezuela, Cuba, Nicaragua o Ecuador. El objeto de este ensayo es analizar qué elementos podrían explicar el alineamiento con uno u otro de los proyectos regionales y, al menos en el corto plazo, cuáles son las decisiones que, posiblemente, tomará la política exterior salvadoreña.

¿UN GOBIERNO DE IZQUIERDA RADICAL O MODERADO?

Mauricio Funes, a diferencia de muchos miembros de su partido, no fue guerrillero del FMLN. Su carrera periodística incluye una aplaudida participación en la cadena estadounidense CNN. Para algunos observadores más bien inclinados a la derecha, Funes es un demócrata dentro de un partido que no lo es.[2]

De lo primero no cabe la menor duda: a lo largo de su campaña electoral Funes hizo constantes referencias a las propuestas y acciones políticas de Barack Obama y del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, dos reconocidos demócratas americanos. Aquellos temerosos de posibles acercamientos a Venezuela o a Cuba deberán admitir que Funes jamás mencionó, en su campaña, a Chávez, a Morales o a Correa [3].

De la misma manera, no deberíamos dudar de las credenciales democráticas del FMLN. Se trata de un partido político que se ha adaptado, después de cuatro derrotas en elecciones presidenciales, a los mecanismos institucionales salvadoreños reconocidos por la gran mayoría de la cúpula política. Es un partido que, naturalmente, no está exento de las influencias políticas externas, pero no significa que no sea capaz de plantear una política puramente nacional y democrática. Este partido, hoy día, ha consolidado la democracia salvadoreña profundizando y coordinando el debate político[4].

La época en la que el Departamento de América Latina del Partido Comunista Cubano entrenaba y organizaba a las milicias del FMLN ha quedado muy lejos: sin apoyo soviético, Cuba no mantuvo su política “exportadora de revoluciones”, por lo que abandonó a su suerte al diezmado Frente. En 1992 la guerra civil terminó con el triunfo de la derecha en las elecciones, pero nunca significó el fin del FMLN, sino el inicio de un largo proceso reformador, que termina en 2009 con su llegada a la presidencia respetando y promoviendo todo tipo de reglas democráticas.

El Salvador, durante y después de la guerra civil, fue un gran aliado de la política exterior estadounidense. Los soldados salvadoreños participaron, hasta hace muy poco, en la invasión a Irak y las autoridades de San Salvador han cooperado con Washington en el bloqueo económico y político a Cuba. George Bush, sin embargo, no mostró interés en proporcionar recursos adecuados para el combate a la pobreza y a la violencia en El Salvador[5].

A lo largo de la campaña presidencial, Mauricio Funes habló de crear una política exterior independiente, fortalecer la integración latinoamericana y reforzar los lazos de cooperación con Estados Unidos en temas tales como pobreza, migración y comercio. No bien fue anunciada oficialmente la victoria de Funes, Obama se apuró en felicitarlo y en garantizarle vínculos más estrechos para abatir esos problemas tan severos que aquejan a El Salvador. Thomas Shannon, encargado de la diplomacia estadounidense en el Hemisferio, fue incluso más allá anunciando que Estados Unidos no criticaría ni obstaculizaría los intentos de Funes por establecer relaciones cordiales con Cuba y con China, entre otros[6]. A su vez, Funes ha garantizado tranquilidad política en el país, así como seguridad para las inversiones extranjeras (principalmente estadounidenses). El presidente electo también ha dado indicios de su admiración por Lula y su modelo político de centro izquierda, lo que, en principio, lo alinea con otro polo que el chavista. Son estos elementos, en suma, los que sugieren una relación amable, productiva y recíproca entre el nuevo gobierno salvadoreño, los Estados Unidos y, en general, con América.

Sin embargo, el argumento que esgrimen algunos comentaristas de la derecha, pero sobre todo la opositora ARENA en El Salvador, es que, en el fondo, el gobierno de Funes no será más que un decoro que cubrirá a quien realmente dirigirá al país: Salvador Sánchez Cerén, vicepresidente electo. Cerén, a diferencia de Funes, sí es un exmilitante de la guerrilla y un político de proyectos más radicales (y no por ello menos democráticos o menos adecuados para el país).

El problema es la imagen que Cerén da al exterior. Para ARENA y para Castañeda es muy clara: Cerén responde de una manera u otra a los intereses castristas y chavistas, y su objetivo es alinear a El Salvador con los gobiernos más “duros” de la región (empezando por Cuba y Venezuela, y también creando –por fin –vínculos estables con Nicaragua). ¿Podría tratarse del anuncio de conflictos entre el futuro presidente y su partido? ¿Qué implicaciones tendrá para la política salvadoreña el hecho de que antiguos guerrilleros hoy tengan posiciones importantes en el gobierno y en el FMLN? La primera pregunta es engañosa. En los sistemas presidencialistas (una de cuyas características es que el jefe del ejecutivo no es jefe del partido con el que llegó al puesto) es normal que haya diferencias, debates y hasta conflictos leves entre los presidentes y los dirigentes de sus partidos. Esto no significa que la gobernabilidad esté en riesgo; al contrario, suficientes problemas tendrá Funes al lidiar con la oposición (y Cerén y “los duros” lo saben) como para que ellos mismos dificulten el trabajo del presidente. La segunda pregunta tiene una respuesta más sencilla.

Todos los partidos políticos que agrupan a antiguos guerrilleros han pasado por un proceso de institucionalización dentro de las reglas democráticas de sus respectivos países. Incluso en gobiernos de centro o de centro izquierda, como en Uruguay, la presencia de antiguos combatientes en las filas de la alta administración es parte de la cotidianeidad política. No es saludable suponer que el pasado guerrillero de Cerén implicará una posición radical e intransigente.

Foto de Gary Moore, San Gerardo, El Salvador, Real Wolrd Images, http://www.realworldimage.com/stock-photos/fmln-mural-women-war-cities-san-migual-history-lifestyles-poverty-people-gary-moore-photo_14537.php

PLURALIDAD DE RELACIONES

Es así que, en el balance, se antoja más sugerente un gobierno del FMLN dedicado a reforzar lazos pragmáticos y amistosos con todo el continente y no tanto dispuesto a limitar su horizonte a las visiones más o menos anti estadounidenses, como algunos sugieren. Como primera experiencia del FMLN en el poder, parece precipitado pensar que Cerén causará problemas a Funes o que el primero definirá una agenda política (interna y externa) sin consultar al último. Por otro lado, la situación económica mundial favorece la pluralidad de relaciones y no la concentración en bloques definidos: Cuba, China y Brasil son tan sólo nuevos objetivos diplomáticos de Funes, sin olvidar las viejas prioridades como Estados Unidos, Honduras y Nicaragua.

El nuevo gobierno salvadoreño cuenta con el aval de todo el continente (desde Estados Unidos hasta Venezuela), elemento que otorga cierta movilidad y flexibilidad al momento de tomar decisiones de política exterior, de tal suerte que es absurdo esperar un alineamiento con “los duros” tan sólo por afinidades ideológicas, y quizá sí sea más lógico apostar por una pluralización de las relaciones (en la medida de lo posible) con los gobiernos del continente que, excepto por uno que otro, son básicamente de centro o de izquierda (y, esperanzadoramente, puede incluirse en el centro a los Estados Unidos). Infundados eran, pues, los temores de “chavización” de El Salvador; al contrario, este pequeño país centroamericano puede esperar un periodo de progreso y desarrollo acompañado de relaciones abiertas y beneficiosas con América.

Notas:

[1] Habrá quienes consideren al FSLN nicaragüense como el primero en conseguir tal objetivo tras su victoria en 2006, pero lo cierto es que los dirigentes de dicho partido en Nicaragua no son ni la sombra de sus predecesores guerrilleros antes de 1979. Es por esta y otras razones que Jorge Castañeda se ha expresado con respecto a lo sucedido en El Salvador como la primacía histórica en el devenir de la izquierda latinoamericana (El País, 18 de marzo de 2009).

[2] The Economist, 14 de marzo de 2009.

[3] Según Pablo Ordaz (El País, 17 de marzo de 2009), las campañas electorales se desenvolvieron en una tensa atmósfera de “propaganda del miedo”: ARENA acusó en repetidas ocasiones a Funes de ser una “marioneta de Chávez” y de esgrimir el comunismo para alinearse con Caracas y La Habana.

[4] Juan José Aznárez, El País, 22 de marzo de 2009.

[5] Según el Observatorio Centroamericano sobre la Violencia, en 2007 El Salvador tenía la tasa más alta de asesinatos en el continente, apenas detrás de Irak en el liderazgo mundial.

[6] La Jornada, 19 de marzo de 2009.