Historia y celebración: México y sus centenarios, Mauricio Tenorio Trillo, México, D.F., Tusquets, 2009 (Colección Centenarios; 1).

Vivo fuera del país, pero estuve en México durante el verano, circunstancia que me permitió seguir de cerca el triste Mundial y la triste celebración del Bicentenario. De la pobreza –de proyectos e ideas que no de recursos– de la conmemoración se habló mucho ya y tampoco resulta difícil o útil seguir pateando al muerto, apunto mejor un contrapunto que el libro reseñado traza, aquel que existe entre el Bicentenario de 2010 y el Centenario de 1910, es decir, el centenario de la independencia organizado por el régimen de Porfirio Díaz. Para los científicos porfiristas, Hidalgo, Morelos, Guerrero y compañía no eran sino un pretexto para celebrar la paz, el Estado, el progreso y la nación, todo eso que nosotros  nos sabemos de memoria –nos dice Tenorio– pero que entonces no era sino presente frágil y proyecto de futuro. Lo mismo sucedió en el resto de América Latina. El centenario de las independencias sirvió a regímenes autoritarios y modernizadores (no demasiado distintos del mexicano) para tirar la casa por la ventana y celebrar la exitosa construcción del Estado nacional. Pasado, presente y futuro convergen así en la celebración y en la historia. Celebrar es una decisión política; quien celebra se sirve del pasado para hacer inteligible el presente y proyectar futuros. Por otra parte, la faena del historiador es, en opinión de Tenorio, “armar una explicación verosímil, útil y ética acerca del pasado (43).” Historia y celebración es, más que ninguna otra cosa, un ensayo –lúdico, lúcido y comprometido– en torno a la pregunta imposible de responder: Historia para qué.

No obstante, este no es un libro escrito solamente para los historiadores (aunque sospecho que ofrecerá consuelo a muchos entre ellos que se preguntarán para qué sirve su oficio); muchas otras preguntas menos abstractas y más urgentes atraviesan los ensayos que lo conforman. La más imperiosa entre ellas quizás se pueda formular así: ¿Cómo contar una historia del siglo XX mexicano que ilumine el presente y que nos permita imaginar futuros plausibles y deseables? El nacionalismo-revolucionario priista constituyó una respuesta efectiva a esta pregunta durante algunas décadas, como pensaba hace poco al viajar en el metro de la ciudad de México. Entre los nombres de las estaciones del metro uno encuentra topónimos del pasado prehispánico –Chapultepec, Coyoacán, Azcapotzalco– que el régimen posrevolucionario idealizó, la historia de bronce mexicana –Hidalgo, Morelos, Guerrero, Juárez, Zapata– y la amalgama contradictoria y harto afectiva que constituyó el PRI, es decir: Estado, modernización, socialismo, nacionalismo, revolución, progreso, tercermundismo, etcétera. O si se prefiere: Universidad, Obrero Mundial, Doctores, Constitución de 1917, Centro Médico, Instituto del Petróleo, etcétera. El desaforado inventario tuvo sentido entre el cardenismo y los años setenta, cuando nombraba conquistas tangibles del régimen como derechos laborales o movilización social por medio de la educación universitaria, pero difícilmente nos sirve para imaginar un proyecto de sociedad plausible y deseable después del fracaso del modelo priista en los años ochenta. Al contrario, advierte Tenorio, difícilmente puede el nacionalismo-revolucionario ofrecer soluciones a los nuevos problemas que México enfrenta, problemas que son, en buena medida, producto de las enormes transformaciones fraguadas por el priismo (un solo dato ilustra el punto: hay hoy más mexicanos viviendo en la ciudad de México o en los Estados Unidos que los que había en 1910 en todo el país, unos 15 millones.) Existe un golfo creciente entre ese mapa del metro –síntesis genial de los “lugares de memoria” priistas– y la irrefutable realidad que la ciudad, la televisión, los espectaculares y la prensa ofrecen a diario: Chapo Guzmán, Barack Obama, López Obrador, Peña Nieto, Cuauhtémoc Blanco y Maribel Guardia. Historia y celebración intenta cerrar la brecha existente entre los “lugares de memoria” priistas, el desmadre actual y el futuro incierto.

Tenorio medita respuestas a algunas de estas preguntas procurando escapar de las “rutinas mentales” que nos permiten definir a México sin darnos a la fatigosa tarea de pensar. Estas  rutinas son casi siempre variaciones del nacionalismo más rancio (¿existe otro?) y pueden sintetizarse malamente en la frase: “Como México no hay dos.”  Rutina mental es, por ejemplo, pensar que México “es especial porque no es como Estados Unidos, una simple Europa trasplantada, es algo más o algo menos por el pasado y el presente indígenas, el mestizaje, la “latinidad” o el clima (124).” Lo cierto es que también en los Estados Unidos hay mestizaje, que también en los Estados Unidos hay pasado indígena y que en el verano hace más calor en Chicago que en la ciudad de México.

Historia y celebración es particularmente controversial y sugerente cuando examina la relación entre México y los Estados Unidos (y Canadá y Centroamérica) y cuestiona la existencia de dos Estados-nación independientes y en esencia distintos. La Unión Europea es el espejo que permite imaginar alternativas políticas para la región. Pese al relativo fracaso de la idea de una “cultura europea,” la realidad económica, política y legal que es la UE ha permitido a españoles, irlandeses o portugueses gozar de la mayor prosperidad de su historia y ha brindado a la mayor parte de la región una paz que ya ha durado algunas décadas. “Norteamérica –escribe Tenorio– no tiene una existencia simbólica ni cultural, ni política, ni legal; es, sin embargo, un hecho económico y humano gigantesco (210).” Lo que Tenorio pide es imaginación histórica y política para dotar a esa realidad de pasados y futuros plausibles  –historias trasnacionales, por ejemplo, que revelen la magnitud del movimiento de ideas y personas entre ambos países, magnitud que vuelve absurda la idea de dos países en esencia distintos. El nuevo nativismo americano (Huntington o Palin) y las rutinas nacionalistas mexicanas (el victimismo de López Obrador, el “Como México no hay dos”) hacen de la tarea algo casi imposible. Esta imposibilidad, sin embargo, no hace sino revelar nuestra estrechez de miras y no ha impedido a ciudades como San Antonio, Los Angeles o Chicago convertirse en exitosos experimentos urbanos en donde estadounidenses (todos mestizos aunque de todos los colores), mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, etcétera, ensayan nuevas manera de estar juntos.

No es fácil reseñar un libro que a uno le ha gustado tanto y cuyas tesis políticas en su mayoría suscribe. No obstante, la mentada pregunta “Historia para qué” permanece sin respuesta. Si la gran tarea del historiador es armar una explicación verosímil, útil y ética acerca del pasado, una que permita proyectar futuros plausibles y deseables, la historia está entonces inexorablemente a merced del presente. El problema, por supuesto, es que el significado de lo verosímil, lo práctico y lo ético dependerá de cada historiador. En ocasiones no me queda claro si para Tenorio la historia determina una posición ética y política o si es esta posición ético-política la que determina una particular mirada histórica. Pero estamos ya de lleno en pantanoso terreno político, territorio que merece discutirse en otro lugar.