En América Latina 37 millones de personas carecen de acceso a agua potable y casi 110 millones no tienen acceso a saneamiento. ¿Cómo sobrellevan las medidas de protección básica contra el COVID-19 las personas que habitan en ciudades donde escasea el agua? Conoce las historias desde tres ciudades latinoamericanas. 


Luego de que se diera a conocer la propagación del nuevo coronavirus (COVID-19) en diferentes países del mundo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió una serie de Medidas de protección básicas contra el nuevo coronavirus. La principal: lavarse las manos frecuentemente. 

De inmediato surgieron recomendaciones: “Durante por lo menos 20 segundos lavar las manos con agua y jabón”. Incluso se recomendaba que se hiciera mientras se entonaba el coro de alguna canción favorita. Acto seguido, se viralizaron en redes sociales videos donde celebridades o ciudadanos cumplian con la principal medida de protección contra el COVID-19. 

Sin embargo, también varias personas manifestaronsu preocupación para poder cumplir con la medida y mantenerse protegidos, cuando en sus ciudades la escasez de agua es una constante. 

 

Según cifras del Banco Mundial, en América Latina 37 millones de personas carecen de acceso a agua potable y casi 110 millones no tienen acceso a saneamiento.

Presentamos tres historias en tres ciudades latinoamericanas que padecen escasez de agua o fallas en los servicios de distribución: Caracas, Venezuela; Asunción, Paraguay; y Ciudad de México, México.

Una de las recomendaciones para la higiene de las manos es que se aplique un desinfectante a base de alcohol en un 60%.

Caracas, Venezuela

Por Jefferson Díaz

Jefferson vive en Quito, Ecuador. En febrero viajó a Caracas para visitar a su familia. Esto es lo que presenció en su país cuando recién arrancaba la emergencia por el nuevo coronavirus. 

 

Cuando llego a casa mi mamá me dice que tiene cuatro días sin Internet, y que hace dos se dañó la bomba del agua del edificio por un bajón de corriente. “¡Bienvenido a tu patria!”, me dice con esa pizca de ironía que la mantiene cuerda en un país que se caracteriza por la precariedad de sus servicios básicos.

En la farmacia encuentro un litro de alcohol en tres dólares y un dólar cincuenta cada bote de 200 mililitros de gel antibacterial. Venezuela está dolarizada (aunque el gobierno no lo admita), y sólo los pocos que accedan a divisas pueden sobrellevar la crisis humanitaria. Entras a farmacias y lo único que tienen —por ahora— son jabones, pasta de dientes, alcohol, geles varios y papel sanitario. Olvídate de los antibióticos o medicinas para tratar enfermedades crónicas, para eso tienes que pedirlas a Colombia o a un familiar que venga del exterior, quien debe envolverlas bien en la maleta y rogar que los funcionarios de la Guardia Nacional que están en aduanas no te se las decomisen.

Compro el alcohol y los geles antibacteriales, y le digo a mi mamá que los coloque en pequeños atomizadores y se lleve uno en la cartera cada vez que salga a la calle. Que no toque los pasamanos de los autobuses y que debemos ver dónde compramos tapa bocas. Consigo por Internet cada uno en tres dólares.

Me parecen costosos y voy a una farmacia en el centro de Caracas donde los están vendiendo, cada uno, a 145 mil bolívares. El cambio del día está a 74 mil bolívares por dólar. Saco cuentas y comprar los tapabocas en la farmacia es casi lo mismo que comprarlos por Internet.

Mi mamá está agobiada, no consigue que ningún técnico vaya al edificio para reparar la bomba. Primero, todos están ocupados y, segundo, ninguno cobra menos de 60 dólares para repararla.

“¡Aquí tenemos a niños y personas de la tercera edad! ¡Por favor! ¿Cuándo es lo más pronto que puede venir?”, la escucho decir por el teléfono. Lo más pronto que puede venir un técnico es en tres días. Cuelga la llamada y suspira profundo. “Así no era la manera en que quería recibirte —me dice—. Menos mal que siempre tengo pipotes (cubos) llenos con agua guardados”.

Y es verdad: en la sala, en su cuarto, en mi cuarto y en el balcón tiene pipotes tapados con agua. Pipotes que siempre está llenando porque no sabe cuándo se irá el agua otra vez. 

Duré una semana en Caracas: estuve cuatro días sin agua y tres sin Internet. Pude comprar alcohol y gel antibacterial para dejarselo a mi mamá antes de que su precio subiera a cinco dólares por alcohol y seis dólares por gel antibacterial. No compré las mascarillas porque no lo consideramos necesarios en ese momento.

Un país, donde los servicios básicos no están garantizados, ¿cómo podrá sobrevivir una pandemia? Es la pregunta que mi mamá y yo nos hacemos cada vez que la llamo por teléfono. Cada vez que la llamo y le pregunto: “¿cómo vas con esa cuarentena?”.

Asunción, Paraguay

Por Norma Flores Allende

Norma nació en El Salvador, pero desde hace 19 años vive en Asunción, Paraguay, donde la escasez de agua inició en 2019 y la situación se volvió insostenible varias semanas antes de que se presentara la emergencia por el COVID-19. Ella nos cuenta lo que han dicho las autoridades sobre la situación. 

 

“No es posible que el gobierno promueva el lavado de manos y que al mismo tiempo no provea el agua necesaria para hacerlo. Para muchos en Paraguay no es una realidad poder lavarse las manos, bañarse o hervir alimentos, ¿qué debería hacer el Estado? ¿cómo pueden organizarse las personas, las comunidades?”, dice Óscar Ayala, secretario general de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy), organismo que inició una campaña a raíz de las denuncias y manifestaciones ciudadanas para denunciar la escasez de agua. 

“La campaña surgió de la constatación que realizamos, sobre la falta de agua, desde hacía varias semanas en diferentes barrios de Asunción y ciudades del área metropolitana, y de visibilizar esta situación que no se estaba debatiendo ni en el ámbito público ni era un tema central en los medios, lo que nos pareció extremadamente grave, en el contexto de la pandemia de coronavirus y las recomendaciones sanitarias del gobierno”, completa Ayala.

Las afectaciones las sufren numerosos barrios y ciudades de Gran Asunción y Asunción, que es la zona que concentra la mayor parte de la población del país sudamericano. La Empresa de Servicios Sanitarios del Paraguay S.A. (ESSAP), de propiedad estatal, ha comunicado que este problema se debe a una falta de inversión reconocida por el mismo ente, además de un exceso de consumo y falta de lluvias suficientes. Natalicio Chase, presidente de ESSAP, reconoció: “No hay Plan B”. Por otro lado, numerosos estudios evidencian la contaminación y la sobreexplotación del acuífero Patiño, que abastece el territorio más poblado del país. 

Por otro lado, el biólogo y doctorando en Ciencias de la Computación Pastor Pérez se encuentra haciendo un seguimiento del COVID-19 en Paraguay, indica que la crisis del agua en Paraguay constituye un factor de estrés adicional en el contexto de la pandemia. “El problema del agua puede que sea un factor relevante, o bien un problema independiente. Pero eso no quita la incomodidad que causa. Por supuesto es un asunto que requiere una solución”.

Como medida paliativa, ESSAP se encuentra entregando bidones de agua a familias en diferentes puntos del país y perforando pozos.  Sin embargo, desde la entidad aún esperan lluvias para ayudar en esta situación. La realidad es que la misma ESSAP reconoce que no puede abastecer a la población paraguaya y que este problema es estructural y escapa a su capacidad. El titular de la empresa estatal admite reiteradamente que esta crisis es producto de décadas de falta de inversión y previsión, sin embargo, hasta ahora no ha anunciado soluciones definitivas y a futuro.  

Ciudad de México, México

Por Gabriel Pichardo

Gabriel lleva 27 años viviendo en la alcaldía Gustavo A. Madero, la segunda en población de la Ciudad de México y donde más se padece la escasez de agua. En la unidad habitacional donde vive, las personas deben levantarse a las cuatro de la mañana para alcanzar a ducharse, lavar ropa, trastes y reservar el líquido que ocuparán en el resto del día. Así es cómo han sorteado los días con la emergencia por el COVID-19. 

 

¿Coronavirus? ¿Qué es eso? Lo empezamos a escuchar a mediados de enero. No nos va a afectar —pensamos todos— eso está hasta el otro lado del mundo, en China. Fue hasta principios de este mes que nos empezamos a preocupar y a escuchar con atención las medidas de prevención para evitar el contagio masivo de Covid-19.

Lavar las manos constantemente, aconseja el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell.

Es muy fácil decirlo, pero para los que vivimos en algunas colonias de la alcaldía Gustavo A. Madero, al norte de la Ciudad de México, es todo lo contrario. La falta de agua es un mal común desde hace años. En especial en la colonia Zacatenco, donde la explotación demográfica se ha dado de forma exponencial, siendo esta alcaldía la segunda más poblada de la Ciudad de México, según el Anuario estadístico y geográfico de la Ciudad de México 2017 —han cambiado casas por  edificios— donde habitaba una familia, ahora habita, en promedio 8. La falta de agua fue el resultado.

Las últimas semanas han sido complejas. La gente se lava las manos, atiende las indicaciones de la Secretaría de Salud; pero sin agua, ¿cómo? A pregunta expresa, los vecinos nos hemos organizado y comprado pipas de agua para llenar la cisterna común. Es un remedio temporal; a nadie le gusta pagar dos veces por el vital líquido. Varios, incluso, ante esta situación guardamos agua en cubetas y tinas para tener reservas. 

La solución es compleja y de las autoridades se percibe poco interés.

***

Imagen de portada: Alma Ríos.

Deja un comentario