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José Antonio Bardon, un inmigrante en Venezuela, cuenta lo que tuvo que pasar para huir de las cadenas de la dictadura de Cuba socialista. 


Por: Fiorella Agostini

 

“Bueno, estoy intrigado, no sé que te puede parecer interesante de mi vida” dice mientras se sienta al ritmo que sus ochenta años le permiten José Antonio Bardon, un inmigrante cubano que llegó a Venezuela en el navío español Begoña el 24 de diciembre de 1972. 

José Antonio pasó su juventud entre hostigamientos y limitaciones a lo más preciado que puede tener una persona: su derecho a ser libre. Sin poder huir desde el principio del yugo de un régimen totalitario, labró durante años su camino a la libertad. 

 Al pensar en su vida en Cuba, su semblante muestra disgusto. Como la mayoría de los cubanos, él y su familia apoyaron el triunfo de Fidel Castro, pues estaban cansados de sufrir las penurias de la dictadura de Fulgencio Batista, quien había dado un golpe de Estado en 1952. Sin embargo, lo que parecía la solución, resultó peor. 

José Antonio explica con el ceño fruncido: “Había ciertas dudas porque se mostraban algunos hechos de barbarie y no se sabía si lo que decía el gobierno era verdad. Después resultó que sí. Por ejemplo, si [los del movimiento de Fidel] descubrían que formabas parte del gobierno de Batista o que simpatizabas con él, sacaban una pistola y ¡pum!, te daban un tiro en el cráneo para que los demás agarraran ejemplo. Claro, esas cosas se filtraban hacia la población. Todavía Batista estaba en el gobierno y la gente pensaba que eran inventos para desprestigiar al movimiento guerrillero. Total, que Fidel fue ganando simpatías y comenzaron a debilitarse las fuerzas armadas”.   

“Cuando Fidel toma La Habana, yo tenía dieciséis años. Al principio yo también simpatizaba con todo eso. La gente lo quería genuinamente. No era fácil unirse a las guerrillas porque era muy lejos y había que tener algún contacto, pero quizá si hubiera tenido alguno lo hubiese hecho. El triunfo de ellos en La Habana fue apoteósico”. La sonrisa se va convirtiendo en una mueca de dolor.  “Ese idilio duró año y medio, porque empezaron los fusilamientos sin juicios, tomaron presa a muchísima gente por cosas tan sencillas como una acusación de alguien”.

La calidad en la vida de los cubanos merma rápidamente con la llegada de Fidel Castro. Pese a no declararse comunista hasta 1961, empieza a aplicar políticas públicas de izquierda, pero sobre todo totalitarias. De esto fue testigo José Antonio, quien hace énfasis en que cuando Castro llega al poder dice no ser comunista y muchos, incluyéndolo, le creen. Sin embargo, luego vivió el desengaño al verse afectado por las expropiaciones.

“Ellos fueron interviniendo todas las empresas. Llegaban, las tomaban y le decían a los propietarios que tenían seis horas para irse”.

Uno de los afectados directamente con las expropiaciones fue el padre de José Antonio, representante para Latinoamérica de la fábrica Eagle Pencil Company, una transnacional norteamericana.

“A mi tío y a mi padre les hicieron eso. Ellos no se opusieron, tomaron las cosas como venían y entregaron todo. Les dieron un subsidio mensual, pero era una cosa ilusoria, se quedaron malviviendo con eso”.

Luego de cincuenta años viviendo en Venezuela, José Antonio ha suavizado mucho el acento cubano, pero indudablemente sigue presente en su forma de hablar. 

Se aclara la garganta, hace una larga pausa y, con una mueca que denota gravedad, comenta:  “Lo primero que se siente en un sistema como ese es la falta de libertad, que ya se venía sintiendo con el anterior gobierno de Batista, que era una dictadura; pero con este era peor. Tenían un Comité de Defensa de la Revolución en cada cuadra. Así se fijaban en lo que tú llevabas cuando entrabas a la casa, lo que sacabas, todo”.

Para el año 1963 se vive en Cuba escasez e inflación. Para hacer frente a esta situación, el gobierno decide regular las compras de los cubanos mediante una libreta de abastecimiento. 

“Cuando ibas a comprar a la bodega, la cola (fila) le daba la vuelta a la cuadra. Hasta que yo me fui eso fue así. Al que agarraban con un dólar iba preso hasta tres años. Te daban un ticket para surtir gasolina una vez al mes. Alrededor de esto se creaba mucha corrupción”.

José Antonio Bardón lamenta no haber podido estudiar una carrera universitaria, pues en su país el derecho a estudiar estaba condicionado políticamente. 

“Tenías que estar adscrito a su partido o a estos grupos comunistas, no era tan fácil. Yo no estudié. Cuando llevé mis papeles a la Universidad de La Habana, como no estaba inscrito a estos partidos y no pertenecía a las milicias, no me dieron el cupo. Luego, un hermano de mi madrastra que era cercano al gobierno me ayudó a entrar a otra universidad para estudiar Ingeniería, pero me botaron porque había que cantar el himno comunista todas las mañanas y no el de Cuba”.

La justicia en dictadura es inexistente. Los ciudadanos son maltratados constantemente y hay muchas excusas para privarlos de su libertad. Así le pasó a José Antonio, quien fue detenido 15 días en una cárcel de máxima seguridad junto a delincuentes. “Yo le compré un carro al vecino. Resulta que un día llegan a mi casa y me llevan a la estación. Me dejaron sentado, sin darme explicaciones, sin comer. Luego me metieron en un calabozo unos días con un montón de gente. Era un edificio de cinco, seis pisos, la parte central era un hueco y abajo un patio. Una vez nos sacaron al patio y se escuchó un sonido, ¡pum!: alguien se había lanzado desde el último piso. Nunca supimos si se lanzó o lo tiraron. Eso me afectó mucho, no sabía qué me esperaba. Después de unos días me llevaron a otra prisión. Allí estuve como dos o tres días, hasta que me llamaron, me dieron mi carro y me dijeron que me podía ir. Así son las cosas en Cuba. No hay explicación”.

Al poco tiempo, José Antonio decide salir de la isla, pues la falta de libertad se le hacía insoportable. Pero necesitaba paciencia, una virtud de la que no muchas personas pueden alardear. Se vio obligado a moldear su carácter, a mantenerse bajo perfil. 

“Lo peor era cuando la gente solicitaba salir del país. En el caso mío, yo tenía que tener veintisiete años cumplidos, porque hasta esa edad estabas comprometido con las milicias. Todas las semanas tenías que ir al punto donde se reunía la gente de tu batallón y nunca sabías a dónde te iban a llevar”.

Querer salir de la isla era visto como una “traición a la patria” que debía ser castigada. Un “desertor” como José Antonio no se iría tan fácil. Desde que solicitó su salida al Ministerio del Interior pasaron al menos cuatro años en los que fue castigado de distintas maneras, solo por añorar una vida diferente. 

“Tienes que presentarte en el Ministerio del Interior y llenar planillas con todos los datos tuyos. Ellos te dicen que van a mandar un inspector a hacer un inventario de lo que tienes, porque en las planillas tienes que poner todas tus propiedades: si tienes un terreno, una casa, una bicicleta, cuántos radios, televisores, todo eso. No puedes irte de tu casa en ese tiempo, porque si él llega y tú no estás, tienes que volver a esperar. Pasan semanas, meses. Tú esperas con ansiedad a ese que va a ir a hacerte un inventario de lo que es tuyo, que lo compraste, que lo pagaste. Cuando llega, es como si vieras a Dios. Tú estás desesperado por irte y no te opones a nada. Después de hacer el inventario, tienes que esperar a que te llamen para hacer treinta y cuatro meses de trabajo forzado. Ahí es cuando empieza la espera. A mí me tocó trabajar  en una playa que se llama Varadero, la mejor de la isla, un sector turístico. Ellos estaban haciendo unos cimientos a la orilla del mar. Yo llevaba una carretilla con cemento. Era un trabajo difícil porque tenías que caminar por la arena y no podías botar nada. Te decían que si botabas algo, el día de permiso no podrías ver a tu familia. Vivías con esa presión”.

El gobierno cubano es conocido por hacer uso de un discurso repetitivo de adoctrinamiento, que difunden sus adeptos y funcionarios de todos los niveles. José Antonio lo vivió cada día, sobre todo sus últimos años en la isla. Los guardias le decían constantemente que no se fuera, que no “traicionara a su patria”, y le preguntaban si pensaba irse para luego regresar a combatir y matarlos.

“Después de hacer treinta y cuatro meses de trabajo forzado en unas condiciones espantosas, albergado en un galpón con colchones sucios, malolientes y donde te maltratan, esperas durante meses que te llegue el telegrama. Además, alguien tiene que haberte comprado el pasaje. Entonces, te llega el telegrama. Cuando vas montado en el avión, no te sientes seguro, porque es un avión de una compañía de ellos. Llegamos a unas islas de Portugal en el Atlántico, porque hacía escala, y ahí se nos permitía bajarnos en el aeropuerto”.

José Antonio suspira dando a entender el gran alivio que era estar por fin fuera de Cuba: “Cuando me vi ya libre allí, sentí un fresco, una cosa que no quería montarme en el avión otra vez, porque el avión era la cárcel, era de ellos. Total, que llegamos a Madrid y estuve cuatro meses. Un mes antes de venirme para Venezuela, donde estaban mi madre y mi tío, recibí una pequeña herencia de una abuela que tenía en Vigo y con eso compré un carro y lo arreglé. Me fui con un amigo Valencia, a Toledo, hasta a Barcelona, y me convenció de cruzar la frontera. Yo le decía: “Nosotros no tenemos nada para cruzar, solo un pasaporte cubano”, y bueno, no necesitábamos nada. Así llegamos a Marsella, luego a París. Por fin sentíamos la libertad, éramos libres”.

José Antonio Bardon recuerda con mucho cariño la hospitalidad que recibió al llegar a Venezuela: “El 3 de enero de 1973 ya tenía trabajo. Tuve la suerte de conseguir gente muy buena que me dio la oportunidad y yo le respondí con buen trabajo. Pude viajar y recorrer toda Venezuela y me enamoré, por eso llevo cincuenta años viviendo aquí. Soy cubano, mi cédula de identidad dice extranjero, pero me siento venezolano”, comenta risueño.

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