Retratos de seis personas migrantes en la Ciudad de México que llegaron motivadas por diferentes causas. Breve relato de un día conociendo y compartiendo experiencias con personas unidas por el mismo objetivo: la búsqueda de mejores oportunidades en otro país.

 


 

Había pactado con Lilian que la visitaría al mediodía para realizarle un retrato. Llegué un poco pasadas las dos de la tarde y al decirle que yo era el fotógrafo, visiblemente alterada, me pidió que regrese en una hora porque “no estaba lista”.

Era 18 de diciembre –Día Internacional del Migrante– y en Distintas Latitudes queríamos mostrar los rostros de esas personas que dejaron atrás sus países origen hoy caminan a nuestro lado en la cotidianidad de la Ciudad de México.

Al principio me pareció una tarea “simple”; me habían pasado algunos contactos y sabía más o menos dónde podía encontrar a esas personas que ya se han asentado en un nuevo espacio, en un país diferente al que nacieron. Quisiera decir que me sorprendió cuando algunas personas me rechazaron “por temor”, pero no. Nadie que esté en una situación de “ilegalidad” se iba a exponer de semejante manera. El temor de racionalizarse ilegal cala profundo.

Eran las tres y cuarto cuando volví a “El Trapiche”, el local de comida hondureña que lleva adelante Lilian desde hace 16 años. Apenas crucé el umbral unos labios gigantes de un carmín intenso me dijeron: ¡Ahora sí! Y saqué mi cámara. No paraba de hablar. Me explicó todo sobre la comida hondureña y centroamericana. Por momentos, clientes habituales pasaban por la puerta del restaurante, ubicado en Avenida Revolución, y soltaban un elogio a su atuendo; su sonrisa era cada vez más impresionante.

¡Margaret, ahora tú!dijo Lilian dirigiendo la mirada a una de sus compañeras de trabajo.

Margaret es de Haití y había ayudado a Lilian a cambiarse y maquillarse, pero ella, según, “no estaba preparada”. Los ánimos de Lilian y míos hicieron que accediera. Una total antítesis de Lilian, Margaret no emitía una sola palabra, salvo para pedirme que le mostrara la foto que acabábamos de realizar. Hasta que una le gustó.

Durante la hora que me tocó esperar a Lilian, decidí ir a un mercado de productos latinoamericanos con la mera suposición de que allí encontraría más personas migrantes. Lo recorrí de punta a punta. Pasaba por cada una de las tiendas simulando ver los productos, pero mi concentración estaba en escuchar los acentos. Hasta que me di por vencido y pregunté en una carnicería. 

¡Ramón!me dijo el carnicero. Tiene su negocio en el siguiente pasillo, es el primer local de comida.

Seguí sus indicaciones y una bandera cubana colgada verticalmente entre dos menús escritos a mano me detuvieron: “Ropa Vieja, Yuca con Mojo, Papa Rellena…”. Debajo, una hombre cortaba limones para un mojito. Lo encontré, me dije.

Ramón lleva 11 años en México y siete atendiendo su local de comida típica cubana. Accedió fácilmente a las fotos, pero cuando le pregunté si conocía a alguien más a quien pudiera retratar,  me comentó que no era fácil porque “siempre están buscando a migrantes que trabajan ilegalmente aquí”.

¡Hace cuánto que no veía una de éstas!me dijo Claudio cuando le quise pagar mi almuerzo con una tarjeta de un banco argentino. Cuando lo ví con un mate (infusión similar al té propia de Argentina, Uruguay, Paraguay y sur de Brasil), confirmé que podía llegar a ser de algún país del Cono Sur. Trabaja en un local de comida uruguaya por lo que, hasta antes de ese comentario, suponía que era charrúa.

Soy de Puerto Madryn me dijo—. Llevo seis años en México.

Puerto Madryn es una ciudad costera de la Patagonia. No hay nadie en Argentina que no haya oído hablar de Madryn, ciudad famosa porque anualmente recibe en sus costas la visita de la ballena franca austral y, con ellas, a miles de turistas. Siempre me pregunté cómo sería vivir en un sitio al que llegan ciento de personas nuevas todo el tiempo, me parecía algo maravilloso; acostumbrado a la pasividad sedentaria e infranqueable de un pequeño pueblo “del interior del interior”.

A la charla se sumó Luz, compañera de Claudio en el local de comida uruguaya. Él es gerente y ella bartender. Conversaba con un cliente en la mesa vecina cuando nos vió compartiendo unos mates y hablando de Argentina. Se acercó de inmediato. Hace dos años partió de la ciudad de Rosario (tercera más poblada del país) y llegó a la capital mexicana en busca de una mejor calidad de vida.

Por último, a Luigi le pedí reunirnos en el Monumento a la Revolución. Nada especial, estaba cayendo la noche y ese sitio era un punto medio para ambos. 

Nunca había venido, me hace acordar a la explanada del Monumento a la Banderame dijo con cierta nostalgia en su voz. El Monumento a la Bandera es el ícono máximo de Rosario, junto al Che Guevara, Lionel Messi o Luciana Aymar. Luigi también es rosarino y muy orgulloso de serlo. Como actor y modelo decidió hace poco menos de dos años migrar a la Ciudad de México en busca de más y mejores oportunidades de trabajo. Él no vive por esa zona, estaba ahí porque había ido a recoger  su credencial de la Asociación Nacional De Actores, luego de un largo proceso de trámites.

Seis retratos migrantes que podrían ser miles. Es imposible cuantificar la cantidad de gente que llega a la Ciudad de México todos lo días, sea por las vías convencionales o atravesando un peligroso camino por fuera de los márgenes legales. La migración nutre a las sociedades, las enriquece social, económica y culturalmente. Es un acto natural y humano. Hace algunos años Solomon, un refugiado nigeriano en Argentina, me preguntó: ¿Qué define tu nacionalidad? Sigo buscando la respuesta.

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Bruno Grappa

Rosario, Argentina, 1996. Para dedicarse al oficio, encontró sus aspiraciones en una cámara de fotos, libros de Kapuściński y Walsh y una entrevista a un reportero de guerra. Periodista devenido en fotógrafo documental y realizador audiovisual. Migrante.

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