En marzo de 2020, el viceministro de Salud de Paraguay anunció que solamente existían 20 camas con respiradores disponibles para atender los casos de COVID-19 en todo el territorio nacional, en un país con aproximadamente 7 millones de habitantes, el doble de otro país de similar tamaño como Uruguay. La noticia se viralizó, pero no fue ninguna novedad: el sistema de salud paraguayo se caracteriza precisamente por su ausencia.


 

Vivir en Paraguay es padecer uno de los peores sistemas sanitarios del continente. Un golpe de mala suerte y es posible perder el esfuerzo de toda una vida a la vez de condenar a generaciones futuras, si uno llega a enfermar o accidentarse. El sistema de salud pública es deficiente y las personas deben recurrir a  ferias de comidas, las famosas polladas, tallarineadas o hamburgueseadas a beneficiencia. En términos de costo en salud, el porcentaje que los ciudadanos pagan directamente de sus bolsillos es uno de los más altos de América Latina. Esto porque el Estado paraguayo es uno de los que menos invierte en salud en el continente: apenas 173 dólares per cápita, frente al promedio de 326 dólares per cápita en la región, según datos del Banco Mundial. 

Respecto a la sanidad privada, solamente tiene acceso a ella el 27 % de la población. Casi la totalidad de los establecimientos privados de salud opera sin habilitación ni control de calidad: en el 2019, el exsuperintendente de Salud afirmó que de los casi dos mil existentes, solo dos estaban habilitados, es decir, cumplieron con todos los requisitos del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social (MPSBS) para ser reconocidos y operar legalmente.  Las denuncias por negligencia en los sanatorios privados abundan, pero pocos casos obtienen justicia debido a la corrupción

La realidad es que, en Paraguay, para acceder al derecho a la salud muchas veces hay que migrar: La clase trabajadora y baja comúnmente va a Argentina a tratarse, donde la atención sanitaria es gratuita sin importar nacionalidad, mientras que los más ricos, los políticos y los empresarios, acuden a hospitales en Brasil o en los EE.UU. Quienes viven en el interior del país, en donde por lo general solo hay caminos de tierra, frecuentemente mueren esperando una ambulancia o por causas prevenibles. 

“Nos debería hacer reflexionar que mientras nos autodenominamos el milagro económico, nos mantenemos entre los 5 países de peor desempeño en salud en la región», explica Verónica Serafini, doctora en economía a Distintas Latitudes. Serafini se refiere al crecimiento económico experimentado en la segunda década en los 2000 que llevó a muchos medios de comunicación de la región a bautizarlo como “milagro paraguayo”. La académica señala que si bien ha habido avances en la reducción de muchas tasas de mortalidad, como la materna e infantil y aumento en la cobertura de agua potable, la mayoría de los demás países latinoamericanos lograron mejoras más rápido.

En resumen, en uno de los países más desiguales de la región, vivir o morir es decidido por una llamada. Quien tenga los contactos y el poder adquisitivo recibe la escasa atención existente. Mientras tanto, el sistema de salud paraguayo no funciona para casi nadie. 

Tras la tormenta del dengue, el tsunami del coronavirus

En un día normal de enero —el verano paraguayo— la piel arde a causa del intenso calor, no se puede respirar por el abundante sudor y no hay agua para calmar la sed. En Asunción, y muchas otras partes del país, es cada vez más frecuente abrir la canilla y encontrar que no hay agua en un verano húmedo que a menudo desborda los 40 °C. La desesperación aumenta cuando, a causa de los habituales cortes de luz, no es posible encender un ventilador y la única posibilidad es dormir en el suelo o al aire libre para poder conciliar el sueño en medio de la asfixia: las extremas temperaturas suelen venir acompañada de humos a raíz de quemas de pastizales. Respirar puede volverse difícil debido a la mala calidad del aire. En Paraguay el calor sofoca. Es en este infierno terrenal, a oscuras, con la piel pegajosa, dificultad para respirar, una sed que no se puede apagar  y malestares provocados por la alta o baja presión arterial, asoma el mosquito aedes aegypti

Cuando la COVID-19 golpeó Paraguay, el país estaba aún lidiando con una de las peores epidemias de dengue de su historia. Afectó a casi 40 % de la población de Asunción y Gran Asunción, la zona más poblada del país. El propio Ministerio reconoció un importante subregistro en los casos de infectados y de muertos: los hospitales de Gran Asunción y Asunción colapsaron.  

La grave epidemia supuso un enorme desgaste para el personal médico y sanitario: vacaciones suspendidas, atrasos en los cobros de salarios. A esto se sumaron las manifestaciones gremiales para lograr una jubilación digna.  El Dr. Lilio Irala, secretario general adjunto del Sindicato Nacional de Médicos, describe a Distintas Latitudes el panorama que viven los médicos en mayo de 2020: “Estamos aún enfrentando una de las peores epidemias de dengue. Muchos colegas se vieron obligados a suspender vacaciones, muchos están agotados y al borde del colapso. Nos toma mal todo esto”. 

Si bien Paraguay ha sido celebrado por la prensa internacional por haber sido uno de los primeros países latinoamericanos en establecer una cuarentena total, el país es uno de los que menos testea en la región: Uruguay realiza más de 770 pruebas por cada 100,000 habitantes frente a las 183 de Paraguay. A esto se suma la carencia de unidades de terapia intensiva, respiradores, camas en hospitales, insumos de bioseguridad, entre otros, consecuencia histórica de la extrema fragilidad, el desfinanciamiento y la alta corrupción del sistema de salud paraguayo. 

A esta situación cabe agregar la pésima calidad del aire que puede incidir en la pandemia de COVID-19: Paraguay es uno de los países latinoamericanos que más muertes registra por contaminación del aire en interiores, aún por encima de países con industrias grandes en la región como México y Brasil. 

La cuarentena inició en Paraguay el 10 de marzo y se flexibilizó a partir del 4 de mayo. El objetivo, además de frenar los contagios, era ganar tiempo para preparar los sanatorios y fortalecer el sistema sanitario con insumos que se comprarían de emergencia. Entre confiscaciones de países como Brasil y escándalos de corrupción, los avances no son los esperados

Pocos fallecimientos, pocos insumos, poca transparencia

En Paraguay el destino de cualquiera puede cambiar de la noche a la mañana. Rogar atención médica cuando más se necesita muchas veces es en vano: los hospitales suelen estar superpoblados, las personas agonizan en los pasillos y hay muertes casi cotidianas a causa de falta de unidades de terapia. Es que el sistema de salud en todo el territorio vive en el colapso: a menudo hay más personas graves de las que se tiene capacidad para atender. 

Ante la realidad de un sistema de salud que ni en circunstancias comunes puede brindar mínimas garantías, aunado a que en marzo en el país solamente existían 20 camas con respiradores para atender enfermos graves por COVID-19, el Ministerio de Salud inició numerosas adquisiciones. Entre las primeras compras en llegar al país fueron miles de bolsas mortuorias. El Estado comenzó preparándose para el peor escenario y habilitó un crematorio

De acuerdo con lo declarado por el Dr. Julio Borba, Director general de Servicios de salud del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social (MSPBS) a Distintas Latitudes, a mayo de 2020 Paraguay posee 122 camas con respiradores para COVID-19. El profesional señaló que estos datos aún no están disponibles al público. A la pregunta de por qué el detalle de los insumos existentes en todo el país —y en dónde se encuentran— no están disponible al público, desde el departamento de prensa del Ministerio señalaron a Distintas Latitudes que “remitirán la pregunta a los jefes para que lo tengan en cuenta”. Cabe señalar que esta situación colisiona con las leyes vigentes de transparencia y acceso a la información pública

Por otro lado, el Sindicato Nacional de Médicos (SINAMED) reclama que en cuanto a insumos los trabajadores de la salud se encuentran desprotegidos. “Estamos prácticamente de vuelta al punto cero. Si tenemos necesidad de más insumos, no hay reservas. La sensación de que no habrá en el corto plazo probablemente impacta muy fuertemente. El personal de salud siente frustración, ira, impotencia. Se siente expuesto y no valorado”, expresó el Dr. Irala a Distintas Latitudes

La doctora Rosanna González, secretaria general del sindicato, denunció al medio digital E’a que la mayor parte de los equipos de bioseguridad de los trabajadores de salud fueron conseguidos a través de la autogestión, donaciones o compras personales. El Estado ha desprotegido a sus trabajadores es el mensaje del sindicato. 

Como sea, Paraguay tiene algo de qué alegrarse: al 11 de mayo hay más de 700 casos confirmados y apenas 10 personas fallecidas. los datos pueden consultarse permanentemente en este enlace

¿El origen del problema? 

En el Foro de Davos de 2019 nada menos que un jefe de Estado afirmó con orgullo que su país era casi un paraíso fiscal. El país en cuestión tiene antecedentes de haber estado en la lista gris de riesgo de lavado de dinero y financiamiento del terrorismo. Esto ocurrió en enero del 2019 y el presidente era Mario Abdo Benítez (hijo). “Paraguay es el país con menor presión tributaria de la región”, afirmó en aquel entonces el hijo del secretario del exdictador Stroessner, hoy presidente. Sin embargo, este paraíso fiscal mediterráneo esconde un alto costo. 

“Realmente Paraguay no tiene un sistema de salud, tiene servicios de salud segmentados o fragmentados sin una articulación o integración aplicada, en los que se aplica una especie de ley de la selva. El más caradura, el más resistente, el que tiene más contactos y más persiste es el que recibe atención y sobrevive”, explica el doctor Irala. Estas palabras coinciden en gran medida por lo señalado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS): el sistema de salud paraguayo es descoordinado, fragmentado y la rectoría que ejerce el Ministerio es débil. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD) además resalta que el sistema es insuficiente para atender a la población. 

La economista Verónica Serafini indica que una de las primeras razones de endeudamiento de las personas en Paraguay es la salud. “Si la gente gasta los pocos recursos que tiene en financiar su salud o en pedir préstamos, difícilmente puede invertir en emprendimientos y deja de tener capacidad de endeudamiento para financiar inversiones. Por muchas vías, un mal sistema de salud pone obstáculos al crecimiento sostenible de la economía”. 

La académica agrega además otros problemas de salud pública como la desnutrición infantil y la falta acceso al agua potable que impactan en el desarrollo de Paraguay. Asimismo, no deja de mencionar a los migrantes: “La migración por salud a la Argentina es casi invisible; sin embargo uno va a un hospital argentino y está lleno de paraguayos. Le debemos un enorme agradecimiento a ese país”. 

El tabaco es otro problema que tiene como raíz la baja presión tributaria: el tabaquismo mata tres veces más que los siniestros viales y, de acuerdo a voceros de la Organización Mundial de la Salud, Paraguay posee el cigarrillo más barato del mundo ya que el impuesto que se aplica al tabaco es de apenas un 18 % frente al 75 % recomendado por la OMS. La falta de recaudación constituye una pérdida para el Estado: el impuesto actual al tabaco solo cubre el 20 % de los gastos provocados por el cigarrillo en el sistema de salud. 

Ante la COVID-19 y la escasez de recursos, el Estado paraguayo debió recurrir a deuda y pedidos de donaciones a la ciudadanía y a otros países como Taiwán. A los préstamos del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y otros, se sumó un evento televisivo en donde organismos multilaterales, el Estado y fundaciones llamaban a la solidaridad pidiendo a la ciudadanía donaciones de dinero. 

Esta situación no es sostenible. El Banco Mundial indica que la baja presión tributaria del país limita la capacidad del Estado en brindar servicios e infraestructura. Según el Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP) “no hay ningún país en peor situación en América Latina como Paraguay en la relación entre nivel de desarrollo y tributación”. 

Los mismos organismos multilaterales y la academia señalan que no es posible pensar en el derecho a la salud ni en otros derechos con una de las tributaciones más bajas del mundo. Esto favorece a quienes más ganan. Así, el debate a nivel nacional es entre permanecer como casi un paraíso fiscal, palabras del propio Presidente, o garantizar derechos como la salud. 

Así, el diagnóstico para un país con los síntomas que padece Paraguay es claro: poca capacidad sanitaria, baja recaudación, Estado ausente. El tratamiento, en una situación así, no lo es tanto. Parece que para la inmensa mayoría de los paraguayos el remedio es no enfermarse, migrar o resignarse a morir.

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Este reportaje fue realizado gracias a las donaciones de nuestros lectores y lectoras. Si gustas donar al Fondo Solidario de Emergencia, puedes hacerlo aquí. Los recursos del Fondo serán usados para contratar historias a periodistas migrantes y en situación de vulnerabilidad de la #RedLATAM en distintos puntos del continente.

 

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Norma Flores Allende

El Salvador (1989). Vive en Asunción, Paraguay. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Asunción. Se ha desempeñado como comunicadora, redactora, periodista y docente. Es además escritora; disfruta escribir cuentos, poemas, guiones y aspira a culminar su primera novela. Interesada en derechos humanos, política, género, cultura, medio ambiente, fact-checking. Ama el periodismo narrativo y la investigación.

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