Este reportaje fue publicado como parte del proyecto 10 HistoriAs Migrantes realizado por Chicas Poderosas, la comunidad global que promueve el liderazgo femenino en medios y genera oportunidades para que más voces sean escuchadas. El proyecto fue posible gracias al apoyo de Google News Initiative, Swedish International Development Cooperation Agency (SIDA), Meedan y Check. Para ver todas las #HistoriAsMigrAntes, visita bit.ly/historiasmigrantes.

Una historia de migración, abuso, violencia y resiliencia.

 


 

Texto: Catalina Lobo-Guerrero

diez paradas en seco hasta Guatemala ilustración

Haz click aquí para descargar el libro “Diez paradas (en seco) hasta Guatemala”

Una experiencia traumática, una historia de resiliencia. La periodista Catalina Lobo-Guerrero nos muestra en este libro una de las caras más amargas de la migración en la voz de una mujer salvadoreña, VIH positivo, que sobrevivió al secuestro, al abuso y al miedo en su camino hacia los Estados Unidos. Aunque carga el trauma de las violencias que sufrió en ese viaje, y también de otras más estructurales (el machismo, la pobreza y la discriminación por ser seropositivo)  en ella también habitan, con mucha fuerza, la valentía y la esperanza. 

Una historia que nadie más puede contar

“Toda la violencia, el dolor y la injusticia sí podían concentrarse – de las maneras más cabronas – en una misma mujer. Y al mismo tiempo, lo que más me había impresionado, cuando la conocí, era su tenaz sentido de lucha.”

No recuerdo el día exacto en que me enteré de esta historia y ella decidió quedarse conmigo, como un huésped incómodo. Pero fue una tarde calurosa de mayo de 2017, en San Salvador. Sucedió dentro de un consultorio del hospital público San Rafael, donde pasé casi todo el día hablando con una doctora y varios de sus pacientes.

Escuché tantas ese día pero ninguna se me quedó prendida como la de ella: una señora viuda, vestida de negro, con la voz aguda y una mirada dulce y sincera. Y todo fue porque pronunció una frase. Se la había dicho a su doctora, años atrás, en ese mismo consultorio, y la repitió delante de mí cuando empezó a contarme lo que había vivido: “Doctora, póngame la inyección porque yo sé que me van a violar”.

Esas 12 palabras bastaron para que me quedara pensando y repensando en lo que le había sucedido a esa mujer en El Salvador para que estuviera dispuesta a correr el riesgo de atravesar medio continente y llegar a Estados Unidos, como tantos migrantes que hacen el viaje, buscando una mejor vida. Sabía que la podían violar, sabía que la podían desaparecer, sabía que que quizás no llegaría… ¿por qué se iba?

Solo me contó fragmentos que yo repetiría unos meses después, en Barcelona, España, en pleno invierno, en un salón de clases, ante el escritor Antonio Muñoz Molina, que había ido a provocar y a incitar a un grupo de estudiantes del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra: ¿Qué puedes contar, que nadie más puede contar? Quería demostrarnos que cada uno de nosotros albergaba una historia, propia o ajena, que podía ser el origen de un cuento o una gran novela. La literatura que solo se alimenta de la literatura es pobre. Se necesita la experiencia.

No recuerdo quién contó la primera historia, solo sé que yo me tardé en contar la mía que no era mía, sino de ella. Me tembló la voz y las manos cuando repetí su frase y el resto de los fragmentos que fui recordando al hablar. 

Quizás dije que sus palabras habían sido una premonición, porque había sido secuestrada en la frontera por unos coyotes que la vendieron a una red de trata de mujeres. Cuando logró escaparse, estaba tan enferma de todo lo que le habían hecho, que olía a “animal muerto” y había tenido que arrastrarse por el desierto de Arizona, porque casi no podía caminar.  

Después de llegar finalmente a Los Angeles – y pasar un tiempo en el hospital – había conseguido trabajo en un restaurante. Allí había conocido a un guatemalteco, a quien nunca le importó que ella fuera VIH positivo. Se habían enamorado y se habían ido a vivir juntos. El “sueño americano”, a pesar de todo lo que había sufrido, aún era posible. Hasta que un día, ambos cayeron en una redada de ICE y fueron deportados en un vuelo directo a Guatemala. 

Al poco tiempo de haber regresado a Centroamérica, sin trabajo y sin ahorros, se enteró de que estaba embarazada. Sucedió casi al mismo tiempo en que su marido había conseguido un empleo como conductor de camión. El bebé casi se muere en el parto, pero sobrevivió. Meses después, la tractomula de su esposo se fue por un barranco y nunca encontraron su cuerpo. 

Cuando terminé de hablar me dolía la garganta, tenía los ojos encharcados y los cachetes encendidos. Pedí disculpas por no poder contenerme frente a los demás, pero la historia me sobrepasaba. 

Si fuera una novela nadie me lo creería, me dijo el escritor. Era inverosímil que a un solo personaje le sucedieran tantas tragedias en la vida. Tenía razón. 

Pero ella no era un personaje de novela con malísima suerte. Era una salvadoreña que había conocido, que me había contado lo que había vivido, o más bien sobrevivido. Su testimonio, a parches, era de lo más real -y duro- que había escuchado. Aunque costara creerlo, era posible: toda la violencia, el dolor y la injusticia sí podían concentrarse -de las maneras más cabronas- en una misma mujer. Y al mismo tiempo, lo que más me había impresionado, cuando la conocí, había sido su tenaz sentido de lucha.

¿Vas a contarlo? El escritor me animó a escribir la historia, y dijo otra frase que apunté en mi cuaderno de notas: Solo hay que hacer una novela cuando la historia que tienes no se puede contar de otra manera. 

La única manera en que yo podía contarla era como periodista. No quería rellenar todos los huecos con mi imaginación, ni obviar algunos hechos en función de un relato menos tétrico. Su vida tenía momentos muy oscuros, pero quizás en medio de ellos podrían aparecer vetas luminosas que yo desconocía, porque la realidad también está llena de matices contradictorios.

Si quería contar su historia completa tendría que buscar de nuevo a esa mujer. No sabía dónde vivía, no tenía su teléfono, ni siquiera había apuntado su apellido. Y si la encontraba: ¿me revelaría sus recuerdos claroscuros para que yo los compartiera  con todos los demás? 

diez paradas en seco hasta Guatemala

Sobre esta entrevista

La entrevista sucedió el 20 y 21 de mayo de 2019.

A través de la doctora, logré contactarme nuevamente con la protagonista de esta historia por Whatsapp. Le envié un mensaje breve diciéndole quién era, que no sabía si se acordaba de mí como yo de ella, pero que quería volver a entrevistarla y que me contara  lo que había vivido. Ella aceptó, con la condición de que no dijera su nombre verdadero. 

Le dije que podía viajar hasta Guatemala – donde vive – para hacer la entrevista pero ella prefirió que nos encontráramos en San Salvador. Tenía que ir por esos días a un chequeo médico, así que sería mejor que nos viéramos allí, en el hospital San Rafael. Pasé dos días completos con ella. Nos encontrábamos a las 8 de la mañana, parábamos a mediodía para almorzar pupusas en la calle de enfrente, para ir al laboratorio, al baño, por un cafecito, o para su consulta médica.  

La mayoría del tiempo estuvimos en el consultorio, que la doctora nos prestó para que estuviéramos más cómodas y habláramos sin el ruido que había en la cafetería y con la privacidad necesaria que exige el recuento de una experiencia traumática. Toda la entrevista – que dura varias horas y tuvo varias pausas – fue grabada con mi teléfono, con su previa autorización. 

“Cuando la busqué de nuevo y le pregunté si estaría dispuesta a contarme la historia completa de su vida me dijo que sí, que quería hacerlo para que a otras no les pase lo mismo. Se refería, por supuesto, a su viaje como mujer, como migrante centroamericana. Solo me pidió que no usara su nombre verdadero”, cuenta la periodista Catalina Lobo-Guerrero. 

En su propia voz

Escucha la historia en palabras de su protagonista en estos audios incluidos en el libro “10 paradas (en seco) hasta Guatemala”.

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Ilustraciones: Gia Castello
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