El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sugiere inyectarse desinfectante para combatir al virus; en Brasil, Jair Bolsonaro, dice que el COVID-19 es una simple gripe, y Ecuador, con más de 23 mil contagios, se prepara para revocar el aislamiento obligatorio en la primera semana de mayo. ¿Pero cómo se vive la pandemia desde la cotidianidad? Seis jóvenes latinoamericanos nos lo cuentan, desde los diversos epicentros de la pandemia en el continente. 


 

Una pequeña gripe, “uma gripezinha”, “um resfriadinho”, eso es el coronavirus para el presidente brasileño, Jair Bolsonaro. Él, que en un mitin tose sin cubrirse la boca, ha dicho que no se puede seguir frenando la economía y que el país debe reactivarse pese a que el virus ha llegado incluso a zonas rurales donde se reportan 85 casos de indígenas contagiados, casos que se suman a los más de 63 mil en Brasil. 

Mientras tanto, en Estados Unidos, Donald Trump, sugirió el 23 de abril que inyectarse desinfectante podría ayudar a tratar el COVID-19. El traspié, considerado uno de los peores de Trump desde el inicio de la pandemia, empujó al presidente a suspender sus conferencias. En distintos estados, pequeños grupos exigen que sean “esenciales” los cortes de cabello y piden se levante la cuarentena en un país con más de 55 mil muertes por complicaciones de la enfermedad.

En Ecuador, el panorama es desolador. The New York Times reveló que el número de muertes en el país andino podría ser 15 veces más alto que el reportado oficialmente. “Sabemos que tanto el número de infecciones como el número de muertes están quedando cortos”, admitió a inicios de abril el presidente Lenin Moreno.

Estas son las notas de los grandes diarios nacionales e internacionales pero, ¿cómo se vive la pandemia desde la cotidianidad? ¿Cuáles son los temores y las vivencias de personas jóvenes a lo largo del continente? Hablamos con seis jóvenes que viven en diferentes epicentros de la crisis sanitaria. 

Ana, Ecuador

Ana (nombre ficticio) está indignada. Sabe que detrás de funcionarios públicos que dan, y que dan poco, hay una intención política para aprovecharse de la muerte y desesperación del Ecuador. Ana trabaja en una institución estatal, le ordenaron estar disponible a cualquier hora, cualquier día. Su trabajo consiste en leer y responder a quienes solicitan comida o ayuda económica del Gobierno porque han sido afectados por el virus. “Eso me está agotando, a veces al mediodía yo ya no doy más, necesito un respiro, estoy al punto del colapso, siento una desesperación, una ansiedad de llorar y decir ¡ya basta, no puedo más!”, cuenta por teléfono.

Ana necesita su empleo, el negocio de su familia ha cerrado por la cuarentena. “Debemos alquileres del negocio, debemos al banco, debemos a terceras personas que han prestado dinero, esto nos ha afectado bastante, la salud emocional, mental, de mi familia está un poco golpeada”, confiesa.

En su trabajo le han pedido que vaya a una oficina a hacer lo que podría hacer desde casa. Para protegerte, asegura, se necesitan más que mascarillas y guantes. Hace unas semanas enfermó porque inhaló amoniaco cuando las autoridades fumigaron su pequeña oficina sin evacuarlos antes. “Existe demasiada negligencia”, denuncia.

Ve suicidios y desempleo, pobreza y más pobreza, cuerpos que nunca podrán ser reclamados por sus familias y familias que nunca encontrarán los cuerpos de sus seres amados. El futuro lo ve con dolor.

El Estado, dice, “es indolente, es negligente, está colapsado y encima de eso tratan de hacer política” en tiempos de la pandemia. Mientras la desigualdad social y económica revientan, “te topas todos los días con historias desgarradoras”. Historias que por ahora no puede contar.

Nota del editor: al momento de publicarse esta historia, Ana contó a Distintas Latitudes que la institución donde trabajaba ha decidido finalizar su contrato laboral. Ana y otros compañeros de trabajo están en cerco epidemiológico por riesgo de contagio, a la espera de hacerse la prueba para confirmar o descartar COVID-19. 

Christian Monterrosa (Estados Unidos, 1992)

Lorena presiona su mano contra el plástico. De un lado de la cortina, es una silueta borrosa buscando el tacto, el contacto. Del otro lado, su hijo la ve y la fotografía. Christian, nacido y criado en Los Ángeles, se aisló para proteger a su madre. 

“Para aquellos que no ven el punto de la distancia social o consideran que las reglas de nuestra sociedad son una exageración, consideren a gente como mi mamá, a quien podrían matar aun si no tuvieran síntomas”, publicó en Instagram este fotoperiodista.

Lorena tiene Lupus, una enfermedad “que hace que el sistema inmunológico se agreda a sí mismo”. Antes de la pandemia, ella y su esposo eran conductores de Uber, dejaron de trabajar porque recoger algún pasajero con Covid-19 era “un riesgo inadmisible”.

Antes del cierre de la frontera con México, Christian viajó desde Los Ángeles a Tijuana para contar la historia. Ahí esperó y acompañó a médicos en albergues para migrantes.

En Tijuana, también recorrió farmacias buscando hidroxicloroquina, un medicamento, prescrito para personas con Lupus, que el presidente Donald Trump declaró podría curar el coronavirus. En las farmacias de Tijuana puede comprarse sin receta, pero ya no se encuentra. “En el futuro no sabemos si va a haber, porque toda la gente está tratando de comprarla”, lamenta.

Aunque tomó precauciones durante la cobertura, al regresar a casa emplasticó su cuarto y se encerró durante 14 días. “No sabía a qué me había expuesto”, asegura.

Esta historia no es como las demás. Esta historia no termina cuando termina la cobertura. “Con el coronavirus, cuando se termina el día de trabajo, regreso a la casa, y aquí está afectando también”, reconoce.

Con algunas asignaciones que ha conseguido como freelance se han sostenido económicamente. Sus padres, él salvadoreño, ella guatemalteca, aplicaron al seguro de desempleo y Christian, ciudadano estadounidense, recibió el cheque de estímulo prometido por el Estado.

Extraña su libertad, pero dice que no es tiempo de volver a la rutina. “El error que nos puso en esta situación, que fue no tomarlo en serio, va a ser que resulta en más personas enfermas, más personas muertas en el futuro por tratar de regresar a lo ‘normal’ demasiado pronto”.

Foto: Christian Monterrosa.

Foto: Christian Monterrosa.

Mercedes Gorostiaga (Argentina, 1993)

“¿Si fuera la gente blanca rica de este país la que se estaría muriendo, así como se está muriendo la gente pobre, latina y afroamericana, estarían hablando de reincorporar la economía?”, cuestiona Mercedes desde Nueva York. Como mujer, como latina, como migrante, sabe que el COVID-19 no se sufre por igual.

“Me gusta el mensaje de unión, pero a la vez me gustaría que se hiciera énfasis que no todos estamos igual, desde el trabajador que tiene que salir todos los días y tomar el tren, desde la mujer que vive en una casa con un agresor y no tiene otro lugar adonde ir, o de la persona que vive en la calle, ¿dónde va a hacer cuarentena?”, reclama.

Esta argentina, que trabaja como editora de videos y communication associate para un programa televisivo, trasladó a casa su oficina. Llegó a Nueva York en 2018, becada por un programa de fotografía documental de un año y se quedó con una visa de trabajo.

Procura no salir. Teme al virus, pero le teme más porque no tiene seguro médico. Su novio perdió su trabajo y buscan pagar la mitad de la renta porque solo cuentan con un salario. A ella, que le gustaba organizar, planear y soñar, se encontró en un momento en el que “se tiene que vivir día a día”.

“Mi cuerpo no aguanta tanta información y tanta injusticia”, confiesa. El día que cumplió un mes de su encierro corrió a abrir las ventanas porque no podía respirar. “Fue un ataque de ansiedad horrible (…) en mi mente yo estaba, ‘no, estoy bien, estoy positiva’, creo que mi cuerpo explotó de otro lado”.

Reconoce que es un privilegio trabajar desde casa y siente que el virus ha golpeado a Estados Unidos en su fibra más débil: su sistema de salud y su individualismo. “Es difícil poder hablar de comunidad, siento que es un país que está muy dividido, de ninguna manera estamos juntos en esto”.

Evandro Almeida (Brasil, 1997)

Un mes antes de que en Sao Paulo empezaran a cavarse las primeras tumbas, de las 13 mil dispuestas para las víctimas del coronavirus, Evandro estaba atrapado en México. Este periodista, llegó de vacaciones a la Ciudad de México a finales de febrero. A mitad de marzo, la situación se complicó a nivel mundial y decidió volver a su ciudad natal. Conseguir un vuelo fue difícil. Evandro fue varias veces al Aeropuerto Internacional Benito Juárez sin éxito. Quería regresar a casa y en su último intento, el 22 de marzo, quedó en una lista de espera y logró abordar un avión que lo llevó de vuelta a Brasil.

“Llegué en un estado de estrés en mi cuerpo que empezaba a toser y no conseguía respirar bien”, cuenta.

Se sentía mal pero no fue chequeado en su país. Las pruebas de COVID-19 eran reservadas para vuelos provenientes de Francia, España e Italia. “Expertos dicen que el número (de contagios) es tres o cuatro veces más de los reportados”, resalta. Por precaución, se aisló por dos semanas.

En una favela de Sao Paulo, donde diez personas viven en una misma casa diminuta, sin agua, sin electricidad y con el piso de tierra, las medidas de protección son un lujo. “En las regiones de clase media y alta, hay una cuarentena total, tienen condiciones para comprar alcohol, máscaras y salen solamente para hacer cosas puntuales”, señala.

Para vivir bien en su ciudad, dice, se necesitan entre 800 a 1,000 dólares. En las favelas sobreviven con menos de 300 y dejar de trabajar no es opción. “Si el riesgo es de morir, qué más riesgo que morir por la violencia, por caminar con tu teléfono por la calle tienes más riesgo de morir que por el virus”, lamenta.

Evandro quisiera salir y contar esas historias, pero trabaja desde casa. El contrato laboral que le renovarían quedó en el aire y su último salario lo invirtió en clases en línea. Es freelance y prepara pitches para distintos medios.

A veces se despierta temprano y trabaja y trabaja. A veces se despierta y no quiere trabajar. Le causa ansiedad no ser más productivo. “Me siento frustrado. Es muy confuso”, admite.

Foto: Génesis Anangonó.

Mariana Sanches (Brasil, 1995)

En Londrina, dice Mariana, hay personas que niegan el virus. En esta ciudad del estado de Paraná, los comerciantes protestan por la reapertura del comercio, sobran las noticias falsas y hay 92 casos confirmados de COVID-19. Quienes niegan el virus son los mismos que “cuestionan las medidas de prevención y aislamiento”. Los mismos que “dicen que son acciones de los medios de comunicación para dañar la economía y al gobierno de (Jair) Bolsonaro”, afirma Mariana.

Ella maneja las redes sociales de una empresa en esta ciudad y produce contenido para sitios web. Al principio le costó lidiar con la angustia. “Mi papá y mis abuelos están en grupo de riesgo, así que me preocupé mucho”, cuenta por mensajes. Su mamá está jubilada y tiene 57 años. Su papá es experto criminal y tiene 53. Todos permanecen en casa. 

Este 20 de abril algunos comercios se reactivaron en Londrina. Una ciudad con 570 mil habitantes, pocas pruebas y casos en el subregistro. “Creo que fueron irresponsables. El Ministerio Público presentó una acción civil pública para evitar la apertura del comercio, sin embargo, la justicia negó la solicitud”, cuenta Mariana. Antes del lunes, se sentía más tranquila. Ya no. “Con la reapertura del comercio tengo miedo de lo que pueda pasar”, confiesa.

Génesis Anangonó (Ecuador, 1997)

A la hermana de Génesis le pidieron que usara la misma mascarilla desechable durante varios días. Su hermana, de 31 años, es oficial de la Policía Metropolitana de Quito y aunque todos los días recorre barrios, clausura fiestas y cuida que se cumpla el toque de queda, la institución no la ha protegido.

“Hay insumos, pero no los entregan”, denuncia Génesis. Su hermana ha comprado sus propios guantes, sus propias mascarillas y estableció sus propios rituales de limpieza antes de entrar a casa.

En Wambra, medio digital para el que Génesis escribe, se denuncian casos como el de la policía. Y es que, en plena pandemia, el Gobierno ecuatoriano aprovecha para violar derechos constitucionales, comenta esta periodista.

Cómo sabrán los indígenas sobre el virus si nadie lo traduce a sus lenguas, cómo podrá aplicar a ayuda estatal una afrodescendiente sin documentos de identidad, cómo sobrevive sin trabajo una persona en una zona empobrecida ¿Cómo? Génesis se pregunta cómo contar las historias en las que nadie se fija. Las élites del Ecuador son en realidad “las verdaderas minorías”, opina vía telefónica.

Desde el 15 de marzo se ha aislado con su madre, su padre y su sobrino. La única que sale a diario es su hermana. “Es una carga emocional, porque la mayoría de los compañeros de ella con los que yo he hablado, me dicen eso, el miedo de contagiar a sus padres, a sus hijos, a sus esposas, eso los tiene más agotados. Es una carga. Esto nos llega a tocar, a golpear y a quitar algo a todos”, reconoce.

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Este reportaje fue realizado gracias a las donaciones de nuestros lectores y lectoras. Si gustas donar al Fondo Solidario de Emergencia, puedes hacerlo aquí. Los recursos del Fondo serán usados para contratar historias a periodistas migrantes y en situación de vulnerabilidad de la #RedLATAM en distintos puntos del continente.

Foto de portada: Autorretrato Mercedes Gorostiaga. 

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Anagilmara Vilchez

Nicaragua (1992). Periodista desde los 17 años. Ha trabajado en los medios nicaragüenses Esta Semana, La Prensa, Magazine y Confidencial. Apasionada por el periodismo narrativo, busca historias extraordinarias en la gente común. Como editora del sitio web www.niu.com.ni ganó, junto a un talentoso equipo de jóvenes periodistas, cinco premios nacionales por su cobertura en temas sobre derechos de la mujer. En 2016 fue becaria profesional de América Latina con ICFJ. Se exilió en Estados Unidos debido a la crisis sociopolítica en Nicaragua.

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