Tlalnepantla de Baz es uno de los 125 municipios del Estado de México que reporta, junto a otros cuatro ayuntamientos, el mayor índice de robos a pasajeros. Y es en ese escenario de violencia constante donde diariamente trabajan las mujeres dedicadas a la recolección y reciclaje. Mujeres que pueden carecer de contrato, paga y seguro médico; sin cuya labor, el municipio colapsaría bajo toneladas de residuos.


Fotografías: Gabriel Pichardo

A principios de septiembre de 2020, los pobladores del municipio de Tlalnepantla, Estado de México, se despertaron con una noticia desgarradora: el hallazgo de los cuerpos sin vida de tres mujeres en el interior de un domicilio. No es, lamentablemente, el único caso así. El Estado de México es una de las entidades que en 2020 presentó un incremento del 39% de la violencia de género, según el reporte de incidencia delictiva, elaborado por la Secretaría de Seguridad del mismo estado. 

La conmoción de aquella noticia duró un par de días. Después arribó la información que se ha vuelto la norma: el Estado de México no solamente es la entidad federativa más peligrosa para las mujeres, sino también para quienes usan el transporte público. Junto con otros cuatro municipios colindantes, Tlalnepantla reporta el mayor índice de robo a pasajeros.  

Es en este escenario de violencia constante donde diariamente trabajan las mujeres dedicadas a la recolección y reciclaje de residuos en el municipio de Tlalnepantla de Baz, uno de los 125 que integran el Estado de México, y que también hace parte de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. 

Las de las recolectoras son historias de mujeres en escenarios atravesados por múltiples violencias, de territorio y de género. Historias de mujeres que usan el transporte público de madrugada para llegar a su jornada laboral, que arranca entre las cinco y seis de la mañana, y que a veces puede durar más de ocho horas. Mujeres que, la mayoría, carecen de un contrato, de pago fijo y de seguro médico, y que dependen de las propinas que les dan las personas a las que les recolectan su basura y de lo que venden del reciclaje de cartón, pet, vidrio, fierro. 

Mujeres sin cuya labor, el municipio de Tlalnepantla colapsaría bajo toneladas de residuos. 

Rosita, en busca del reconocimiento

María Rosa Florentino Acevedo se levanta todos los días a las 4:30 de la mañana. Tiene 30 minutos para una ducha y alistarse para salir a trabajar. Si tiene suerte, su cuñado le dará un raite —él también trabaja en la recolección. Si no, tendrá que tomar dos camiones del transporte público para trasladarse del municipio de Atizapán de Zaragoza —donde vive— al de Tlalnepantla, para llegar a tiempo a su jornada de recolección y reciclaje de residuos. 

Como las cuatro millones de personas que viven del reciclaje informal en América Latina y el Caribe, esta mujer, de 55 años, no ha parado de trabajar ni un solo día, pese a la pandemia de covid-19. 

Y es que Rosita, como la llaman sus compañeros, desde hace 20 años vive de los residuos. Es una de las siete mujeres, según datos proporcionados por autoridades del ayuntamiento, que labora de manera formal (contratada con sueldo base) en los camiones de recolección de residuos del municipio de Tlalnepantla. 

Aunque no siempre fue así. Durante doce años fue voluntaria, es decir, no contaba con contrato, pago ni seguridad social por parte de la municipalidad, y realizaba las labores de recolección por las propinas que recibía de quienes tiran su basura en los camiones del municipio. Las personas voluntarias, además, suelen complementar sus ingresos con lo que venden de los residuos que reciclan.

“Hace ocho años me dieron mi plaza. Los jefes me dijeron que había lugar, reconocieron mi trabajo. Me dio mucha felicidad”, relata Rosita en entrevista. 

Desde entonces dejó de doblar turnos. 

De acuerdo con Misael Vallejo, jefe del Departamento de Recolección de Residuos de Zona Poniente en el municipio, el sueldo base para los recolectores es de tres mil 800 pesos al mes. Las contrataciones dependen del recurso con el que cuente el municipio, del presupuesto, y de que haya plazas. Éstas, dice, se asignan después de valorar el tiempo que las personas llevan de voluntarios, si han realizado constantemente rutas en un mismo camión, si el chófer da buenas referencias de ellos. 

Porque los que están contratados son los choferes, casi todos hombres. Sólo una mujer. 

“Es un área que requiere mucho personal. No nos damos abasto. Cuando se abre una plaza (porque alguien fue despedido por caer en alguna falta administrativa), las mismas personas nos vienen a preguntar para ver si la pueden obtener. La gente dice que no les interesa el sueldo, sino el seguro social”, comenta Vallejo. 

Según datos proporcionados por funcionarios del ayuntamiento, en Tlalnepantla hay contratados 400 trabajadores de limpia —80% es personal masculino. De ellos, sólo 42 son mujeres: siete administrativas, otras siete en los camiones de recolección y 28 en barrido. 

Si no hay voluntarios, no saldrían los carros completos a trabajar”, sentencia Oralia, una mujer de 57 años que lleva 18 como voluntaria en la recolección. 

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En ese momento de la mañana cuando el frío se cuela en lo más profundo, es cuando Rosita llega al Campamento de Zona Poniente. Allí, el ayuntamiento resguarda 144 camiones para las labores de recolección, barrido, traslado y disposición final de residuos. Luego de registrar su asistencia y desayunar en el puesto callejero de las “Hermanas”, Rosita se reúne con sus compañeros en el camión 023.

Mientras camina entre la oscuridad de los camiones, sus compañeros y conocidos la saludan. Algunos le dan los buenos días. Otros, al percatarse de que la acompañamos con una cámara, le dicen que se peine. 

—¿Cómo es el ambiente con tus compañeros? —le consulto. 

Me llevo bien con ellos y ellos me echan la mano. Yo me he dado a respetar. El hombre llega hasta donde la mujer quiere.

En el campamento, a mediados de septiembre de 2020, parece que no hay pandemia ni cuarentena. El movimiento y afluencia de personas, y que sólo algunos porten cubrebocas, son evidencias suficientes de que los servicios de limpieza no pararon durante las medidas de aislamiento social. 

Así, en plena avenida, donde se encuentra estacionado el camión 023, Rosita se alista. Bajo el destello de luz de una luminaria lejana, coloca sobre su ropa otra muda: la del trabajo, aquella para ensuciarse, para estar entre la basura y poder buscar todos aquellos materiales reutilizables que, con su venta, pueden aportar un ingreso adicional. Después, guarda su chamarra y sus tenis en la cabina del conductor, amarra un palo de escoba y una cubeta cerca de una de las llantas y revisa que no falten las barcinas, esos costales enormes donde van separando pet, cartón, aluminio, vidrio y fierro para venderlo al final de la ruta de recolección. 

A Rosita, en esta ocasión, le toca campanear —repicar una campana para avisar  a los colonos que el camión de la basura ha llegado—, así que viajará en la cabina durante todo el recorrido. Sin embargo, mientras camina por las calles de la colonia con la campana en la mano, cargará las bolsas de basura que las personas que no quieren llegar hasta el camión le dan. Esta acción le permitirá hacerse de un poco más de propinas. En el tianguis, donde recolectarán el desperdicio orgánico, cargará la misma cantidad de basura que sus compañeros que viajan en la caja del camión, quienes acomodan y separan los residuos. 

“Hay rutas y horarios distintos. Antes trabajaba en un camión que salía a las 5:30, yo tenía que salir de mi casa a las cuatro. Pero en el que ahora estoy, a veces me toca viajar en la cabina y otras en la caja. Al final del día las propinas se reparten parejo”, me relata Rosita antes de abordar el camión. Son las 6:10. 

En este trayecto, sólo ella y el conductor están contratados en el municipio. Sus otros dos compañeros son voluntarios.

Angie: la necesidad nos trae aquí 

Angélica Rodríguez Balderas llega al Campamento Zona Poniente a las 5:00 am. Su camión sale al recorrido a las 5:15. Antes, toma tres camiones del transporte público para llegar:  una hora de camino. También se traslada desde Atizapán de Zaragoza, un municipio vecino. 

Angie, de 30 años, es voluntaria desde hace siete años. 

“Soy madre soltera de cuatro. Es pesado este trabajo, pero se gana un poco más que como obrera y la gente a veces te regala cosas buenas que puedes vender y es una ayuda más”, cuenta en nuestra primera conversación.

Angie trabaja de lunes a sábado. Descansa dos domingos  y trabaja otros dos. De los siete años que lleva como voluntaria, ochos meses tuvo plaza. Sin embargo, regresó al voluntariado. Según dice, le quitaron el contrato porque su hermana trabajaba en el área administrativa. Al consultar con los encargados, dijeron que la razón para remover una plaza es por una falta o indisciplina. 

Según Misael Vallejo no hay un registro de voluntarios en el municipio. “No lo tenemos preciso”, dice. Es una población fluctuante. Lo cierto es que son de cuatro a cinco personas por camión. Solo el chófer y uno más, a lo mucho, son los que están contratados. También en el área de barrido de calles hay personal contratado y voluntario. 

“El voluntariado es una costumbre de hace años”, dice el funcionario. 

—Pero, ¿existe algún protocolo de seguridad para ellos? —le pregunto. 

Se les explica que, como voluntarios, es bajo su misma responsabilidad. No aceptamos que vengan menores de edad y les pedimos a los choferes que tengan mucho cuidado al conducir para evitar cualquier accidente. Siempre los hemos apoyado. Cuando algo ocurre se busca la manera, pero no se tiene un seguro. Cuando alguno de los voluntarios se accidenta en los trabajos (como caerse del camión en movimiento por ir en la cima de residuos) son los mismos voluntarios los que se organizan para cooperar y entre todos reunir el dinero para los gastos médicos. Una ocasión se cayó un compañero y nos movimos para darlo de alta en el seguro social y, además, sus compañeros hicieron coperacha

En estos casos, los accidentes no sólo se traducen en gastos médicos, sino también en el tiempo que quien se accidenta no podrá trabajar. Los voluntarios son personas que viven al día, con ingresos que oscilan entre los 200 o 300 pesos (10 a 15 USD) diarios. 

Así lo recuerda Angie, quien en septiembre de 2019 se cayó de una barcina repleta de pet y tuvo un esguince. Era voluntaria. Estuvo un mes sin poder trabajar. 

“Afortunadamente me ayudaron con los gastos mi mamá, que es barrendera en el municipio, mis hermanas y hasta el papá de mis hijos”, narra desde la caja del camión, desde donde está por arrancar su recorrido. 

Tierra de enmedio

Tlalnepantla de Baz, o “Tierra de enmedio” (según su toponimia), tiene una extensión territorial de ocho mil 348 hectáreas y está dividida en dos áreas no conectadas entre sí. Por un lado, fraccionado por la Ciudad de México, donde colinda con la alcaldía Gustavo A. Madero y Azcapotzalco. En cuanto al Estado de México, colinda con los municipios de Ecatepec de Morelos, Coacalco, Tultitlán, Cuautitlán Izcalli, Atizapán de Zaragoza y Naucalpan de Juárez.

Esta división del municipio por otra entidad ocasiona que las dos zonas de recolección operen de forma distinta. La Zona Oriente es la más lejana para el desplazamiento de los camiones  hacia el relleno sanitario, donde se depositan las 750 toneladas de residuos recolectadas diariamente en toda el ayuntamiento.

Así, en Zona Poniente, 144 camiones salen a cubrir las diferentes rutas. En Zona Oriente, solo 26. Al terminar su recorrido, los camiones de Zona Poniente se dirigen al relleno sanitario y luego regresan a encerrar el vehículo. En Zona Oriente, regresan al Centro de Transferencia, como se le llama a su campamento. Allí vacían los residuos en tres trailers, que son los que trasladan después los residuos al relleno. 

Una vez allí, los camiones y los trailers son pesados antes de ser vaciados. A este relleno sanitario, con una superficie de 28 hectáreas, le queda una vida útil de cinco años. Por eso, según funcionarios del municipio, se está trabajando en un proyecto para la creación de un Centro Integral de Manejo de Residuos, que podría darle operatividad por otros 20 o 30 años.

“Actualmente no hay separación de residuos en el municipio. Lo que estamos haciendo, a partir de la pandemia, es la separación de residuos sanitarios. Se le pide a los recolectores que le digan a la comunidad que separen sus cubrebocas, guantes, en bolsas. En el relleno, de hecho, hay un espacio para recoger las bolsas donde se colocan ese tipo de residuos”, explica Juan José Huerta Múñoz, subdirector de Limpia de la Dirección de Servicios y Mantenimiento Urbano del municipio. 

—¿Se implementaron medidas de seguridad para las personas en la recolección en esta pandemia?  —pregunto. 

—Les hicimos llegar cubrebocas, guantes, goggles, caretas por una vez, y periódicamente si los requieren se les vuelve a proporcionar —asegura el funcionario. 

La Dra. Florian Rosa Martínez Perdomo, directora de Servicios y Mantenimiento Urbano de Tlalnepantla, añade que a los recolectores se les dieron capacitaciones sobre los riesgos de no usar el material de sanitación. 

Pero pocos son los que usan el cubrebocas y mucho menos los guantes. Dicen que, con el manejo de los residuos, estos últimos se rompen. 

Aún hay mucho camino por recorrer en la cultura de la separación de residuos. Sobre todo para que los trabajadores de limpia dejen de hacerla  en condiciones insalubres y peligrosas. 

Ser mujer recicladora

Ubicado sobre la Avenida Gustavo Baz Prada, a unos metros del Reclusorio de San Pedro Barrientos, el campamento de Zona Poniente arranca la actividad en la madrugada. Entre el bullicio de los puestos de comida a las afueras y las conversaciones de aquellos voluntarios que aguardan la salida de los camiones, las mujeres que laboran en la recolección pasan desapercibidas. Son pocas en comparación con la cantidad de hombres. 

Muchas de estas mujeres encontraron en la recolección y el reciclaje de residuos una forma de sacar adelante a sus hijos. Varias son madres solteras con un nivel de escolaridad básica. Trabajar como recicladoras les permite la flexibilidad necesaria para atender la casa y el trabajo. Como madres solteras, usualmente se ven enfrentadas a escenarios donde las oportunidades son escasas. 

“La necesidad me llevó a trabajar en la recolección. Tengo cinco hijos y soy mamá soltera. Acá se gana a diario, es lo que nos ayuda un poco”, dice Erika, de 36 años, cuatro de ellos en la recolección. 

Hay mujeres recicladoras que, como María Guadalupe, compaginan sus labores en distintas áreas. Con una plaza en el área de barrido, Lupita también realizaba trabajo en los camiones de recolección. En ambos casos hacía reciclaje. Además, en sus días de descanso se iba de voluntaria para obtener unos pesos más y poder sacar adelante a sus dos hijas.

“El trabajo es pesado, sucio, pero es digno y honrado. Es valioso para sostener nuestra casa”, dice la mujer de 48 años, que tras un accidente dejó la recolección y el barrido y se integró en el área de mantenimiento del Campamento. Tiene 23 años trabajando en los servicios de limpieza del municipio de Tlalnepantla.

Todas coinciden en que aunque es un trabajo pesado, por la cuestión física, con el tiempo se le “agarra el gusto”. “Se vuelve una pasión, no lo haces por obligación, sino por gusto, por el trato con la gente”, dice Diana, quien lleva 12 años en la recolección de residuos, siete de ellos con plaza. 

Incluso, dicen que aunque algunas labores de carga de residuos se vuelven complicadas por su complexión o estatura, ellas tratan que el trabajo sea equitativo entre hombres y mujeres. Pero también reconocen que, por eso, son más las mujeres en labores de barrido y solo unas cuantas en los camiones recolectores. 

“Hay quienes te dicen: ‘pues quisiste trabajar acá… te jodes’, pero sí hay compañeros que te apoyan. Lo importante es trabajar igual, pues al final del día nos llevamos todos lo mismo de las propinas y de lo que vendemos”, dice Angie. 

Y lo reafirma Diana: “Algunos choferes prefieren tener a una mujer que un hombre, porque es más responsable, porque carga más, porque le echa más ganas”.

Los mismos funcionarios del ayuntamiento reconocen que las mujeres en la recolección son muy participativas y organizadas. Y admiten que aún hay mucho por hacer para una integración y reconocimiento plenos. 

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A pesar de los peligros e inconvenientes en las calles, las mujeres recicladoras valoran que esta actividad les proporcione ingresos inmediatos. Aunque sean escasos, son diarios. Y a pesar de que en la actualidad muchas trabajan como recuperadoras/recicladoras —en parte debido a su baja escolaridad: Angie y Rosita solo estudiaron hasta la primaria— también han estado empleadas en actividades comerciales, servicios domésticos, cuidado de personas, de limpieza y mantenimiento.

“Antes vendía jugos, tortas. Pero necesitaba dinero diario, que luego no dejaba el comercio”, me dice Rosita, quien tenía 35 años cuando llegó a la recolección. 

De acuerdo con la guía “Género y Reciclaje: Herramientas para el diseño e implementación de proyectos”, las mujeres recicladoras valoran la autonomía que de alguna forma les da la actividad, pues, en la mayoría de los casos, son ellas también las responsables de las actividades domésticas y la administración del hogar. 

—¿Qué haces cuando terminas tu jornada? —le pregunto a Angie

—Con la pandemia me dio miedo llegar a casa, por mis hijos, lo que les podría pasar. Por eso, cuando llego me lavo bien las manos y uso gel todo el tiempo. Mi mamá me ayuda a cuidarlos. El mayor está en la secundaria y los demás en la primera, pero al regresar llego a hacer los quehaceres y tareas con ellos. 

Por su parte, Rosita me cuenta que desde la muerte de su esposo, en junio del 2020,  vive en la casa de su suegra, sin saber por cuánto tiempo, pues la propiedad es de la familia de él. Además, es el sostén de dos de sus hijas —los otros dos ya trabajan. Una de ellas perdió a su esposo cuando lo asesinaron en un asalto en un camión del transporte público. La otra tiene una hija de 10 años y su esposo está inmovilizado de las piernas por un accidente de trabajo. 

Y aunque sale todos los días por el sustento, cuando regresa a casa les ayuda —cuando menos, dice— a lavar los trastes. “Luego ya descanso”. 

“Los domingos descansamos acá, pero nos toca el trabajo en casa”, dice Orallia, quien cría a sus dos nietas. Su hijo también trabaja en la recolección. 

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Angie me saluda y describe sus labores con la cabeza baja, tratando de esquivar mi mirada. El cubrebocas que lleva tapa un pequeño moretón debajo de su ojo izquierdo. Le pregunto qué le ocurrió. Responde que se pegó y no dice nada más. Luego se sube a la caja del camión. 

Durante las ocho horas que la acompañaré en su recorrido por la colonia San Pablo, en los límites con la alcaldía Azcapotzalco, la veré apilar y acomodar los residuos que sus compañeros reciben de los colonos, esto mientras separa el pet, el cartón, el aluminio. El camión siempre está en movimiento. 

—¿Encuentras algún valor en lo que haces? 

—Aunque recolectamos los desechos que los demás ya no ocupan y eso es una forma de sumar más dinero, también estamos ayudando al medio ambiente, porque se puede reciclar. Algunas personas sí ven el valor en lo que hacemos y ayudan separados sus residuos; otras no. Pero todo esto es un beneficio para todos y para cuidar el planeta. 

Al preguntarles a las mujeres recolectoras si identifican algún tipo de violencia a la que se vean enfrentadas en su labor, todas responden que no. Pero hay una constante: todas dicen no propiciar acciones que puedan prestarse para que sus compañeros les falten al respeto. 

“Hay buenos compañeros, malos y unos más patanes. Nunca se han propasado conmigo, depende de cómo te relaciones. Trabajes donde trabajes, eso va a ser así siempre”, dice Diana.

Todas refieren que los peligros que identifican en su labor están relacionados con accidentes (como caídas del camión)  y heridas por cortaduras al momento de la separación. La preocupación es latente para aquellas que son voluntarias y no cuentan con un servicio de salud gratuito.

“Le decimos a la gente, por ejemplo, que separen los vidrios y las jeringas, porque hay quienes nos avisan, pero hay quienes no y revuelven todo y luego nos cortamos”, cuenta Rosita. 

Además, como todas se trasladan en transporte público para el campamento en plena madrugada, muchas veces se han sentido temerosas o inseguras por la poca iluminación en las calles o por trasladarse solas. 

“El otro día que venía para el trabajo, me puse muy nerviosa porque en el primer camión que tomé un hombre se me fue acercando y me decía que estaba muy solita. Cuando me bajé, él también. Yo traté de irme a un lugar con luz, luego cuando abordé el segundo, se subió detrás. Me estaba siguiendo. Una mujer se percató y me hizo la plática. Me dio mucho miedo”, relata Angie. 

El miedo e inseguridad en las mujeres que habitan el municipio no es gratuito. De acuerdo con el  Reporte sobre incidencia delictiva del segundo trimestre de 2020, los delitos que afectan principalmente a las mujeres aumentaron en el Estado de México en una mayor proporción que la media nacional. La tasa de feminicidio en el estado creció 37.9% y  la de violencia familiar 91.7%. Tlalnepantla  se posiciona como el 5to ayuntamiento del ranking municipal por tasa de robo con violencia y el 7mo en el robo en transporte pùblico. 

“Una se acostumbra a todo”, me dice Rosita en una conversación en las oficinas del Campamento de Zona Poniente. 

Consulto a la Dirección de Servicios y Mantenimiento Urbano del municipio sobre la existencia de algún programa que incluya alguna perspectiva de género (para reconocer y empoderar) para las mujeres que trabajan en la recolección y el reciclaje. La directora, Florian Martínez, responde que “un programa de género como tal no hay”. Y añade que “las recicladoras, tristemente, se adaptan a las condiciones. Y esta área no tiene reconocimiento, aunque es una área vital y que viste”.

“Nunca pararon. Hay una disposición muy alta para hacer su trabajo. Así que ya estamos trabajando en una propuesta porque sin ellos y sin ellas no podríamos hacerlo”, agrega. También asegura que ya se hicieron mejoras en el alumbrado, para darles más seguridad a las mujeres que trabajan en el campamento. 

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Han pasado ocho horas desde que Rosita empezó la jornada. El camión va a más del tope de su capacidad. Sobresalen los grandes costales llenos de pet. Cuando terminan la ruta, en la colonia Acueducto Tenayuca, se dirigen a un depósito de compra y venta de desperdicios industriales ubicado en la colonia La Blanca, a unos kilómetros del Campamento Zona Poniente. 

Rosita se mueve con agilidad mientras descargan el camión con los residuos sólidos reciclados. Coloca las barcinas en la báscula. Otra mujer va llevando la cuenta del peso de cada material reciclado: pet, aluminio, cartón, y saca la cuenta. Le entrega el dinero al chófer, que repartirán entre todos una vez que estén de nuevo en el campamento.

De camino al relleno sanitario, el chófer hace una parada para comprar agua o refrescos para todos. Unos metros antes de la entrada, se detienen un momento para bajar de la caja las barcinas y algunas de las cosas que decidieron conservar: ropa, libretas, zapatos. Una vez dentro del relleno, la caja del camión se vacía por completo. 

Las mujeres que trabajan en la recolección constantemente sortean las violencias del territorio en el que habitan y trabajan, la precarización laboral. Por eso, buscan el reconocimiento de las personas a las que prestan su servicio, así como de las personas que las contratan en el ayuntamiento para convertirse en candidatas a una plaza que les permita tener un ingreso fijo, un seguro médico, y que aminore las otras violencias a las que se enfrentan por su condición de género. 

Mientras, por parte del municipio aún hay mucho camino por recorrer en la cultura de la separación de residuos. Sobre todo en cuanto a implementar políticas de género en el sistema de limpia, mejorar las condiciones laborales y empoderar a las recolectoras. 

Al llegar al campamento, con el camión de nuevo vacío, Rosita se quita la ropa sucia, se cambia los tenis y emprende el regreso a su casa. Lleva en el bolsillo los 200 pesos que le tocaron de las propinas y la venta de lo reciclado. Tan sólo en los pasajes se gastará 40. Está hambrienta y cansada. 

“Ya mañana a arrancar de nuevo”, me dice. 

Y sonríe. 

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Este reportaje fue posible gracias a una beca de de Investigación Periodística sobre Reciclaje Inclusivo de Latitud R.

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Ketzalli Rosas

Periodista mexicana. Codirectora de Factual / Distintas Latitudes. Se desarrolló como investigadora en el periódico mexicano El Universal. Su crónica "El hombre que sueña con una 'Tierra de sordos'" obtuvo el primer lugar en el Premio Rostros de la Discriminación 2016 en la categoría de texto.

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