Elegir una pareja de otra cultura es muchas veces luchar para estar juntos. Aunque nada te lo advierte, el desgaste emocional y el trabajo que conllevan es muy grande.
Hay algo magnético en las relaciones interculturales. No he sabido identificar qué, pero este tipo de relaciones despiertan una curiosidad enorme. Algunos las consideran exóticas; otros, poéticas. Hay una tendencia a asociarlas con alegría, vitalidad y aventura. Sin embargo, considero que son percepciones que se quedan en la superficialidad. El trabajo emocional profundo que implica hacer funcionar una relación intercultural está muchas veces invisibilizado por las redes sociales y los discursos de diversidad.
Como latina recién casada con un indio, puedo decir con seguridad: el amor no ha sido suficiente y hemos trabajado muchísimo para permanecer juntos siendo de mundos opuestos. Para lograrlo hemos necesitado ejercitar la paciencia, vital para entender los procesos de la otra persona; mucho ánimo, para afrontar el huracán emocional que ocurre de vez en vez; trabajar internamente, para asumir nuestras decisiones y poder accionar en paz, y sobre todo tener un compromiso inquebrantable con la relación.
A esa conclusión llegué el día de la primera ceremonia de matrimonio que tuvimos en la India en abril de este año. Mientras el calor sofocante se metía debajo de mi falda, a mi sonrisa nerviosa le seguía una lágrima aguantada, mis ojos no paraban de fijarse en la mirada de mi, finalmente, esposo. Esa mirada no solo transmitía el amor profundo y hermoso que me profesa, ese brillo estaba cargado de una sensación de alivio, que solo quien ha esperado tanto por algo, puede sentir. Y no era para menos: luego de tanto esfuerzo finalmente éramos una pareja frente al mundo.
Sam y yo nos enamoramos en Argentina, en plena pandemia, cuando ni siquiera sabíamos si sobreviviríamos o no. A mí me cautivó no solo sus casi dos metros de estatura, sino la templanza con la que hablaba, las ideas que sostenía y el sentido del humor que lo arañaba. Me enamoró la forma en la que, siendo diferentes, encontrábamos a cada rato lazos que nos unían. Determiné que era para mí en el momento en el que me sentí tan admirada como querida por él.
No habíamos cumplido un año juntos, cuando nos mudamos a Canadá. Era una decisión arriesgada, pero después de una pandemia, aprendí a no postergar mis anhelos. Uno de ellos era tener una familia.
Muy pronto me tocó entender que en su cultura no se estila “presentar a la noviecita a la familia”, como solemos hacer en América Latina. Nuestra relación era pública para mi círculo y secreta para el suyo. Hablando con otras personas de la India supe que el hecho de esconderme no era sinónimo de que huía del compromiso, lo más probable era que estaba evitando una discusión con su familia que lo pusiera en un lugar aún más vulnerable.
Internamente estábamos muy bien. Vivíamos con nuestra perrita Casilda en un lindo apartamento en Toronto, rodeados de algunos amigos que nos aconsejaban, ambos con trabajo y con todo listo para perseguir ese sueño del que no parábamos de hablar: ampliar nuestra familia. Y es que, justamente, una de las cosas que me terminó de convencer de elegir a Sam como pareja era que no le temía a la paternidad.
Pero lo que nuestras conversaciones sugerían no se traducía en planes concretos. Como mujer más allá de los treinta, la presión de ese controvertido reloj biológico hacía de las suyas. Y ya no bastaba que él dijera que quería ser papá «algún día»; yo necesitaba empezar a actuar hacia ese sueño. Pero algo en él lo frenaba todo y a mí me afectaba mucho.
Cada menstruación me recordaba que había pasado un mes más; cada posteo en redes sociales sobre el tema me apretujaba el corazón, e incluso ver a mis allegadas casarse y ser madres terminaba por generarme sentimientos contradictorios de alegría y frustración. Empecé a sentir una urgencia, una urgencia más que emocional, física, concreta, hormonal. Estaba atrapada en una pausa que no era mía, y me urgía moverme hacia aplacarla.
Tuve que ser firme y juntos dimos un primer paso: mi primer viaje a la India.
En su cultura, los matrimonios arreglados siguen siendo una opción válida y cotidiana. Él ya me había contado cómo las hojas de vida de algunas mujeres habían pasado por las manos de su madre, y yo me había empapado del tema viendo la serie Indian Matchmaker en Netflix y consumiendo otros contenidos en redes. En su familia, nunca nadie había tenido una relación amorosa con alguien de afuera; eso se consideraba inapropiado.
La idea de que me conocieran era una forma de aliviar la presión desde su entorno: que supieran que yo existía y que empezáramos a preparar la boda. Eso pensaba yo. Pero un día antes de mi llegada, todo lo que él había callado durante tres años terminó por explotar, y la situación se complicó aún más cuando llegué con mis maletas a su casa materna. Entre miradas de extrañeza y choques culturales, él le dijo a su familia que yo era su novia.
Para mí fue complejo atravesar ese mundo por primera vez. No comprendía el idioma y las formas eran tan distintas que me mantenían en un constante estado de alerta. Para su núcleo familiar, también era difícil asimilar el salto que su primogénito quería dar. En la India solo presentan a la pareja con la que te vas a casar.
Al volver del viaje, todas esas emociones de incomodidad, extrañeza y ansiedad, terminaron guiándonos a tomar la decisión de hacer terapia de pareja. La realidad de ese primer encuentro destapó en nosotros distintas heridas y temas a trabajar. En cada sesión, afloraron cosas que no entendíamos el uno del otro, también reiteramos nuestro deseo de ser familia. Y era extraño porque para mí ya lo éramos, pero entendía que Sam no lo veía así.
Descubrí entonces ese peso que cargaba sobre sus hombros: el de la expectativa social, familiar y cultural de convencer a todos de que su felicidad estaba al lado de una extranjera. Supe que su bagaje solo le permitiría visualizarnos como familia después de casarnos. Que, por eso, aunque para mí ya todas las condiciones estaban dadas para perseguir nuestro sueño, para él todavía teníamos que “lanzarnos al agua”, como decimos coloquialmente en América Latina. Casarnos.
Nuestra terapeuta nos guió paso a paso, celebrando nuestras victorias y animándonos en los días grises. Mis menstruaciones y las redes sociales no paraban de afectarme, pero al menos veía un plan que se hacía con el tiempo. También veía como él luchaba y toda la presión que cargaba…
No fue nada fácil. Hubo días de llanto y gritos. Frustración y ganas de dejarlo todo. Pero siempre volvimos a lo que nos une, a nuestro plan de tener familia, y el profundo deseo de estar juntos.
La línea de tiempo que habíamos hecho al principio no se cumplió, los días pasaron y por dentro me rompí varias veces. Cuando ya no podía aguantarlo más, se lo dije. Bajo el cielo coloreado por fuegos artificiales en la noche de año nuevo, Sam se arrodilló para pedirme matrimonio y así movernos a la siguiente etapa.
Fuimos “fiancés” por unos pocos meses. La urgencia, que siempre había estado ahí, nos hizo planear todo para la primera mitad del año. Días antes de irnos a India para celebrar el matrimonio allá, nos casamos a escondidas en Toronto. Fue una ceremonia pequeña, donde legalizamos nuestra unión frente a dos testigos y después hicimos una fiesta con nuestros amigos.
Llegué a la India con muchas expectativas y un poco ansiosa. En esa cultura el matrimonio es una de las ceremonias más importantes que se tienen en la vida. Para hacer grandes fiestas las familias ahorran toda su vida. Se trata de festejos que duran varios días, donde los colores, la música y la familia se reúnen para celebrar.
Pero yo nunca soñé con una gran boda, ni siquiera me imaginé vestida de blanco cuando me veía en el futuro. Tuve que hacer las paces con la idea de tener una boda por todo lo alto, y de no compartirla con mi círculo porque lo hacíamos con poco tiempo y en un sitio remoto. Tuve que negociar algunas cosas, pero en su mayoría me dejé llevar. Y eso fue más difícil de lo que jamás pensé. En mi cultura las bodas se hacen por y para las novias, y estaba inmersa en una boda que otra persona había hecho para mí y de la que no entendía nada.
Al finalizar la primera ceremonia, ya con los anillos rodeando nuestros dedos anulares, colapsé antes de poder recitar el discurso que había escrito con todo el amor del mundo. Y lloré a mares, drenando así toda la presión que había sentido durante tantos meses, dejando ir toda la frustración y sintiendo en contraparte un profundo agradecimiento por estar ahí, con mi familia, mis mejores amigos y el amor de mi vida.
Esa noche, recordé en medio del segundo ataque de llanto, los ojos brillantes de mi amor indio, cuando intercambiamos los anillos. Recordé su sensación de alivio, de libertad y de ligereza. Y quise adoptar ese sentimiento, quise que me lo transmitiera en esos abrazos largos. Pero solo el sueño me calmó.
Días más tarde, sola en un avión hacia Toronto, empecé a escribir sobre todo lo que habíamos vivido. Y me preguntaba si no había sido demasiado, si no había sufrido demasiado… Pero volvió a mí esa sensación de paz que sus ojos transmitían cuando nos dimos los anillos y allí supe que toda la presión había acabado, que ya la batalla la habíamos ganado y que de ahí en más éramos nosotros contra el mundo.
Abracé así la idea de que, probablemente, nunca comprenderé del todo muchas cosas de él; que puede que en el futuro vuelva a sentirme incómoda; que tenga que soltar cosas y expectativas. Pero también me abrí al futuro que soñamos juntos. Porque, aunque nos haya costado tanto, aquí estamos. Y estamos juntos.




