Por: Alejandra Santamaría 

 

Conocí a M un 29 de febrero, un día que existe sólo cada cuatro años, y exactamente dos semanas antes de que en Berlín, Alemania, declararan la cuarentena por el COVID y el mundo se alterara para siempre. Me gusta pensar que estas fueron pequeñas señales del universo avisándome cuánto la presencia de M iba a cambiar mi vida y lo que hasta el momento entendía como amor. 

Nuestra relación tiene muchas particularidades: somos un caso de éxito de la aplicación de citas Bumble, algo que es una rareza en una ciudad como Berlín en donde el amor escasea y los fuckboys abundan; menos de dos meses luego de establecernos como pareja, mi papá murió de modo repentino y M fue la persona que sostuvo mi mano mientras atravesaba uno de los momentos más oscuros de mi vida, algo que hubiera espantado a cualquier otrx en un estado tan temprano de una relación; y, nos casamos hace casi dos años para que yo pudiera obtener una visa con la cual seguir viviendo en Berlín, es decir, nos casamos por papeles. 

“Casarse por papeles” es un tropo utilizado en series, películas y chistes, llamando a ese otrx “el amor de la visa”. Es parte del imaginario popular universal y sigue vigente en la actualidad. Hace unos días vi un video de un influencer colombiano que vive en Alemania, en el que contaba que una mujer alemana se sentó a su lado en un tren y le envió un mensaje por Instagram. Luego de ver el mensaje, el tipo dice con ojos brillantes “los papeles” y remata diciendo que es un chiste, porque él “se gana los papeles solito”. 

Al ver ese video sentí un cosquilleo incómodo y familiar en el pecho, el mismo que sentí cuando alguien me preguntó, casi afirmando, que si M y yo nos habíamos casado por papeles. Cuando yo dije que sí, vi en los ojos de esa persona el juicio usual que se hace cuando alguien se “casa por papeles”: que en este tipo de situaciones el amor no puede existir. Parece como si la realidad migratoria de una de las personas de la pareja anulara el amor que existe entre ellas. 

No pretendo generalizar diciendo que mi caso es universal y que en todas las situaciones en que se da un matrimonio para obtener una visa, existe amor. Tampoco satanizo a quienes se casan con otrxs de modo transaccional. Atravesar mi propio proceso migratorio ha llenado mis ojos de empatía para observar los procesos de otrxs y, conociendo todas las dificultades que la burocracia pone para quienes nos movemos de país, no juzgo a quienes recurren a un matrimonio sin amor como estrategia para regularizar su situación. 

Por eso mismo encuentro cruel el video del influencer y desprecio los términos que incluye en su narrativa, de ver el tener una visa como un logro que él “se gana solo” y, por tanto, sugiriendo que quienes nos hemos casado hemos perdido esa batalla o hemos optado por un camino menos honroso, más fácil y más perezoso. Lo mínimo que debería conectarnos como migrantxs es la compasión por el otrx y el entendimiento de que en estos procesos, nada es fácil y nada pasa sin complicaciones y sacrificios. 

El amor es tan diverso y complejo como la cantidad de personas que hay en el mundo y cada historia es diferente. Lo que quiero resaltar en la mía, que puede ser verdad en la de otrxs, es que haberme casado por papeles es haberme casado por amor. Es haberme casado para obtener la visa que me permitiría seguir construyendo un futuro al lado de M, porque estamos enamorados y ninguno de los dos quiere un futuro que no incluya al otro. Porque M es mi persona y yo soy la de él.

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M y yo decidimos casarnos un domingo de finales de enero del 2023. A comienzos del mes habíamos hablado sobre mi visa que expiraba en septiembre y cómo teníamos que hacer algo al respecto. Ese día yo me puse a hacer arepas y M se sentó a leer –en el lenguaje imposible de la burocracia alemana– los tipos de visa existentes y sus condiciones. Luego de un rato vino a la cocina y me dijo que casarnos era la solución, porque era la visa que tenía menos restricciones y condiciones y con la que podría tener una buena calidad de vida en el país. Cuando vuelvo a pasar ese momento por mi mente, me enamoro más de M, pues reconozco en esta acción un acto de amor profundo. 

Algunos días después le pregunté si íbamos a comprometernos, si existiría ese momento en el que él se arrodillaría a preguntarme “would you marry me?” Me dijo que sí y que inclusive había pensado en cómo hacerlo y ya tenía un plan para ese momento. Juntos encontramos una joyera en Berlín con la que diseñamos nuestros argollas de matrimonio y mi anillo de compromiso. 

A mediados de mayo, M y yo recreamos nuestra primera cita, yendo al mismo bar y al mismo restaurante y caminando por las mismas calles de esa primera vez. Pero esta vez al final, M se arrodilló cerca de la calle en donde nos besamos por primera vez y me preguntó si quería casarme con él. A pesar de que toda la noche supe lo que iba a pasar, cuando vi el anillo en las manos de M y sus ojos mirándome, mis ojos se llenaron de lágrimas y de la emoción solo acerté a saltar mientras decía “yes”. Caminamos de vuelta a nuestro apartamento y en el camino alguien había dejado un adorno en forma de corazón en una caja de cosas para regalar. Lo agarré, me arrodillé y esta vez fui yo quien preguntó. La respuesta fue la misma. 

En enero habíamos enviado un email a la alcaldía de nuestro distrito para averiguar la logística burocrática de nuestro matrimonio. La respuesta se demoró meses en llegar y exigió un documento que no existe en Colombia: un certificado de soltería. Existía una ruta por la cual obtener una excepción a este documento, pero hubiera tomado más tiempo del que mi visa del momento tenía de validez. Cuando le conté a mi familia la noticia, mi hermana mayor nos dijo en broma “deberían venir a casarse a Nueva York”, la ciudad donde ella y mi hermana menor viven. Cuando el tiempo y la imposibilidad de conseguir ese certificado comenzaron a presionarnos, tomamos su broma en serio e investigamos si podría funcionar. Resulta que casarse en Estados Unidos es muy fácil y además, si nos casábamos allá podría acompañarnos la parte de mi familia que vive en ese país. 

Nos casamos el 23 de junio de 2023 en el City Hall de Manhattan. Al recinto sólo pudieron entrar mi mamá y los papás de M pero por idea de mi hermana mayor y gracias a que ella y mi hermana menor organizaron todo para que nuestro día fuera perfecto, tuvimos una ceremonia en el Brooklyn Bridge Park junto a la hermana de M, mi tía y mis primas, algunos buenos amigos, mis hermanas y mis cuñados. 

A un costado del puente, con una vista que ha sido literalmente utilizada en películas, nos reunimos justo cuando había parado de lloviznar y un pastor de voz poderosa vestido con un caftán y un sombrero vaquero nos declaró marido y mujer. “Ustedes con su magia lograron controlar hasta el clima”, dijo mi hermana mayor en un desayuno un par de días más tarde. A pesar de que no teníamos un fotógrafo profesional, las fotos que nuestros amigxs y familiares tomaron ese día son hermosas.

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Creo en lo que dijo mi hermana y en que la magia de nuestro amor inundó ese día con felicidad pura, algo escaso en este mundo caótico y algo definitivamente raro para mi mente ansiosa. Cuando comparaba mi historia con la de otrxs, estaba convencida de que las presiones que el tiempo y la burocracia le pusieron a nuestro matrimonio le habían robado espontaneidad, sorpresa y algo de belleza. Pero ahora siento que si algo le quitaron, al mismo tiempo lo dotaron de algo adicional y terminaron forzándonos a casarnos de un modo único, hermoso y cinematográfico. Tengo a la necesidad de tener papeles, a la burocracia alemana, a mis hermanas generosas, amorosas e increíbles, y a M por agradecer. 

Creciendo en Bucaramanga, una ciudad conservadora y religiosa como son las ciudades colombianas, vi pocas versiones y todas muy similares de cómo las personas se comprometían y se casaban. Nunca pensé mucho sobre el tema ni soñé sobre el día en el que me casaría. Luego de varias relaciones cortas y fallidas, mis pensamientos iban más en la dirección de que tal vez el matrimonio no estaría en mi futuro. No me preocupaba, porque me interesaba más encontrar a alguien con quien me sintiera cómoda y tranquila. Alguien en quien pudiera encontrar un hogar. 

Estoy segura que detrás de muchas de las situaciones en que alguien se ha “casado por papeles” se esconde una historia de amor tan válida como cualquier otra que merece ser honrada. La expresión suena reduccionista y remueve de las relaciones el amor que puede existir en ellas, como si los papeles y el amor fueran opuestos o una antimateria que no puede existir al mismo tiempo. 

Antes me daba vergüenza decir e inclusive pensar que la razón de mi matrimonio había sido mi visa, pero ahora lo acepto y lo digo con orgullo. En mi caso, casarme por papeles es haberme casado por amor.