“En la pérdida de una amiga hay un lugar

al que nadie puede acompañarnos” 

Elvira Liceaga

 

La última vez que recorrí esta carretera con mis amigos íbamos a visitar a Alba al pueblo al que se acababa de mudar, a orillas del lago Atitlán. Desde hacía algún tiempo, incluso antes de que ella decidiera vivir ahí, habíamos declarado que ese era “nuestro lugar” e intentábamos ir, al menos, una vez al año. Ahora, este febrero de 2022, tenemos el mismo objetivo: cumplir con la tradición y conocer su nueva casa. Aunque esta vez no habrá nadie para recibirnos. Alba lleva un año muerta y la casa a la que vamos, de alguna forma, tuvo la culpa. 

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Alba, Pablo, Jessica y yo nos conocimos cuando entramos a la universidad, pero nos hicimos amigos cuando compartimos departamento al otro lado del mundo por un intercambio. Recién cumplíamos los veinte y ejercitábamos la adultez simulando la independencia de tener una casa propia y cuentas qué pagar. 

Era la primera vez que estábamos lejos tanto tiempo de nuestro país chiquito y de las presiones que ejerce un país chiquito. Y aunque todo lo de afuera era una novedad que nos gustaba, adentro intentábamos mantener cierta familiaridad para cuando a alguno le entrara la chiripiorca y extrañara las tortillas y los frijoles. Así terminamos llamando a nuestro grupo con el nombre que aún conservamos: “Antonio Maura 6 izquierdo”, en honor a la dirección de ese, nuestro primer hogar. 

Además de compartir la casa, Alba y yo compartíamos la misma habitación. Fue allí donde durante meses la vi dormir y despertar todos los días. Donde nos refugiamos del fantasma que, estábamos convencidas, habitaba en el piso. Fue quizás el lugar donde aprendí a quererla con todo y sus silencios, que a veces duraban días.

Nuestra amistad, y supongo que también nuestro amor, está forjado casi única y exclusivamente por esa primera casa. Era el lazo que nos amarraba incluso cuando después nos graduamos y cada uno hizo su propio camino. Cuando nuestro vínculo, como sucede con muchos otros cuando crecemos, fue perdiendo la intimidad de quien alguna vez compartió sus días con otro. 

“La amistad es un espectro de afectos y descontentos, distancias y cercanías” escribió Jazmina Barrera en Rituales para la amistad. Nosotros intentábamos transitar en ese espectro recurriendo a nuestro génesis y por eso, una vez al año, organizábamos un viaje juntos. Era un esfuerzo por recrear, aunque fuera por unos días, aquella casa, y sentir que la distancia no importaba.

Pero en realidad sí importó cuando en junio de 2021, a un año de haberme mudado a Argentina, recibí aquella llamada de Jess avisándome que a Alba le había explotado la cocina. Que nuestra amiga, que no había cumplido los 26, estaba en una cama de hospital, inconsciente, con todo el cuerpo quemado. 

Y también importó cuando, un mes después, Jess se tuvo que aguantar sola el entierro. Cuando ninguno de los que quedábamos podíamos estar juntos para darnos un abrazo.

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Llegamos al lago, estacionamos el carro y nos subimos a una lanchita que nos lleva hasta Santa Cruz, el último pueblo en el que Alba estuvo con vida. Queremos pasar unos días ahí, nadar, estar juntos por primera vez desde el accidente. Pero sobre todo, queremos, no sé por qué, encontrar razones. 

Coordinamos un encuentro con algunos compañeros de la oenegé donde trabajaba Alba. Pero antes de entrar al sitio, en un arrebato ansioso, les digo a mis amigos que me dejen guiar la charla. Yo que soy periodista. Yo que “sí sé preguntar”. 

Por eso me molesta cuando Pablo interrumpe bruscamente la conversación, se salta todas las frases introductorias y les pide que nos cuenten los detalles de la muerte de Alba. Supongo que saber todo, incluso lo más doloroso, es su forma de llevar el duelo. Es su forma de creer que, al expiarla de toda la culpa de su propio accidente, puede traerla de vuelta. 

Los compañeros de Alba reconstruyen minuciosamente los minutos de mayor agonía de nuestra amiga. Se nota que también les duele, pero intentan, de la forma más amorosa posible, responder nuestros pedidos de transparencia. Y yo comienzo a cuestionarme si realmente lo necesitamos, si vale la pena la revictimización, si no es cierto de que hay un poco de morbo en todo esto. Porque en realidad no hay nada que pueda responder la verdadera pregunta: ¿cómo es posible que se nos haya muerto la amiga? 

Durante la conversación intento contener las lágrimas, pero tan pronto se levantan, se me caen todas las que tenía atoradas. Pablo me seca con su camisa y nos abrazamos, los tres, un rato. Al cabo de unos minutos, Jess, que siempre fue la más fuerte, interrumpe el silencio: “Pablo, qué asco, estás todo sudado”. 

Estoy segura de dos cosas. La primera es que hay un error al creer que las muertes están únicamente plagadas de tristezas. Para nosotros, incluso en los momentos de mayor dolor, siembre hubo muchísimas más risas que lágrimas.

La segunda es que esa frase de que “la amistad se mide por la capacidad de pasar los malos momentos” es una estupidez. Lo que más podemos exigirles a los amigos son los buenos momentos. La amistad se mide más por la alegría que por la pena.

Quizás eso explique por qué, mientras caminamos en la montaña para llegar a la casita de Alba y después de escuchar una de las narraciones más horrorosas de nuestras vidas, mis amigos pegan carcajadas cada vez que les pincho el culo con una rama que encontré tirada. 

Llegamos. El lugar está exactamente igual a la foto que Alba había mandado al grupo un año atrás con el mensaje “Muchis, miren mi casita nueva, estoy muy feliz”. Está recién pintada de blanco, con un jardín lleno de florecitas. No hay ningún rastro del fuego ni de la explosión. 

De nuevo empezamos a preguntar. Esta vez quien responde es el guardián de la casa y por eso entendemos que hay muchas cosas que no coinciden con el relato que acabamos de escuchar.

Si nuestra misión era liberar a nuestra amiga de la culpa, la de él es liberar a la casa de la responsabilidad. Y creo que al final, los tres decidimos que esa no es una batalla que queremos pelear. 

Volvemos al hostal, nos ponemos las calzonetas y nos metemos a nadar. 

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Periodista guatemalteca. Se ha especializado en el periodismo narrativo y sonoro en temas de género, derechos humanos y migración. Ha colaborado para medios como Agencia Ocote, Vice, The Guardian UK y Revista Volcánicas. Recibió el Premio Gabo 2022 en la categoría cobertura junto al equipo del proyecto «No fue el fuego», de Ocote. Es becaria de la IWMF e integrante de la cuarta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas. Ahora trabaja en Radio Ambulante como periodista digital.