Arraigo/Desarraigo

Joel Flores: correr y escribir para rajarse el alma

Por octubre 25, 2017 septiembre 3rd, 2019 Sin comentarios

Texto: Xochiketzalli Rosas

Joel Flores tiene dos pasiones: correr y escribir. Ese trote que realiza todas las mañanas le permite despejarse para entregarse a la lentitud, paciencia, meditación y perseverancia de la escritura y así crear textos con alma. Por eso, dice, disfruta de escribir despacio, como si llevara prisa, y correr con velocidad como si el tiempo marchara despacio. Este escritor zacatecano de 33 años, que radica en la ciudad fronteriza más multicultural de México, Tijuana, dice que, precisamente, la revisión profunda del lenguaje, de la trama, de la dimensión de los personajes y sus conflictos con los otros, lo ha llevado a tirar más textos a la basura que los que ha publicado, pues “en cada libro uno debe rajarse el alma”.

Joel Flores es uno de los 23 autores de toda América Latina y el Caribe que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo, una red digital de escritores latinoamericanos. Distintas Latitudes conversó con él y esto fue lo que nos dijo.

¿Cómo te acercaste a la literatura?

Tenía dieciséis años, cursaba la preparatoria y no había leído mucho. Por ese tiempo el novio de mi mamá había llevado una computadora a la casa, una de esas cajas blancas que muchas empresas han descontinuado de su línea de producción por enormes. También por esas fechas se abrió un taller de narrativa en donde yo estudiaba. En esa computadora escribí mis primeros textos que, gracias al dios de las computadoras, acabaron sepultados en el disco duro. Y en el taller, en lugar de aprender a escribir, aprendí a leer literatura y llegué más rápido a ciertos escritores que me enseñaron parte de lo que sé ahora.

¿Cómo calificas o describirías a tus primeros escritos? ¿Cómo fueron cambiando o evolucionando?

Como fallidos. Desde que empecé a escribir he sido muy crítico: he tirado más textos a la basura que los que he publicado. Si me pagaran por todas las páginas que he escrito, seguro sería millonario. Pero muchas de esas páginas fueron suprimidas por el botón delete. Sin embargo, si de escribir se trata, me he demostrado que puedo escribir un libro de relatos en un mes. Eso no significa, no obstante, que sea literatura. La literatura se logra gracias al trabajo de orfebrería, es decir, la revisión profunda del lenguaje, de la trama, de la dimensión de los personajes y sus conflictos con los otros, y ese trabajo puede llevarte meses, años, hasta una vida. Los buenos escritores, al menos los que leo con devoción, me han enseñado que escribir es un proyecto de permanencia, paciencia y perseverancia. En cada libro uno debe rajarse el alma.

¿Qué opinión tienes de tu estilo y cómo se fue consolidando? ¿Cómo llega un escritor a concretarlo?

En realidad no sé si tengo un estilo definido y consolidado. Y tampoco sé si me gustaría tenerlo. Con cada libro trato de cambiar y ponerme nuevos propósitos y hasta retos. Uno de relatos seriados tiene sus propias reglas. Una novela se rige bajo cierta estructura y argumento, uno de ensayos te pide que mudes hasta de piel para tener una visión más amplia y plural. Si algo unifica mis libros es el propósito de que las historias tengan alma, que se perciban y sientan como si uno estuviera tratando con un ser humano. Un texto sin alma pero con estilo o técnica impecable es como una vedette superficial tasajeada por el mejor cirujano: puedes regocijarte y satisfacerte con su belleza, pero es muy posible que no vuelves a ella o a él porque no alcanzó a tocar tus fibras sensibles. Amo las novelas o relatos que te hacen volver a ellas como los romances entrañables.

¿Qué papel juega para ti el tiempo o la velocidad al momento de escribir? Sobre todo por tu pasión por correr, ¿cómo combinas la escritura con esta otra pasión?

Correr se ha convertido en mi segundo interés después de la literatura. Pero en ambas actividades soy lento. Me gusta escribir despacio como si llevara prisa, y correr con prisa como si el tiempo marchara despacio. Correr me ha ayudado a liberar gran parte de mi neurosis y a ser más ecuánime en las decisiones que tomo. Me ha enseñado a ser paciente, a aceptar a los otros, a tener mi propio ritmo de trabajo, de vida y a respetar mis decisiones, a vivir bajo la idea de que tiempo más esfuerzo es igual a resultados y a que uno es la suma de sus logros y fracasos. El tiempo es muy importante para el escritor, al igual que para un fondista. Tener deadlines me ayuda a finiquitar los proyectos, pero sobre todo tener un plan, tal como se hace en el atletismo antes de correr un medio maratón, me centra en finiquitarlos conscientemente, con objetivos determinados y sin dejar un cabo suelto.

¿Qué opinas de la literatura de tu estado, Zacatecas, y quizá de México?

Hace seis años que me fui de Zacatecas y, en gran medida, me he perdido muchas cosas en cuanto a su producción literaria. Quizá por eso pueda tener un juicio sesgado. Sin embargo, durante un tiempo estuve colaborando para el suplemento más constante y completo de cultura que se hace allá: La Gualdra, dirigida por Jánea Estrada. Lamentablemente dejé de colaborar en él para dedicarme solamente a escribir proyectos personales. De autores suelo leer a Gonzalo Lizardo, quizá el narratólogo más completo de Centro Occidente y a poetas de mi edad. A la fecha, sin embargo, no he leído ningún escritor que logre ser nombrado con la misma devoción con que se nombra a Ramón López Velarde y a Amparo Dávila. El país, en cambio, goza de buena salud literaria. La generación biológica a la que pertenezco, es decir, la de los nacidos durante los 80, es copiosa y constante.

Cuéntame, por favor, en que consiste tu web literaria bunker84.com

El bunker84 lo creé hace 10 años, cuando decidí hacer mis prácticas de servicio social universitario en un centro de cómputo de la Escuela de Psicología, en lugar de irme, como muchos de mis condiscípulos, a llevarles las tortas y los refrescos a los investigadores de humanidades. En esa página comencé a escribir mis primeros textos, borradores de relatos, artículos de un jovencito inconforme con una ciudad pequeña y colonial que anhelaba irse del país. Poco a poco el autor de ese blog fue madurando, tal cual como maduró el blog a página de autor. En el bunker está mi historial como lector, las historias secretas de mis libros, de los premios que he tenido y de los lugares donde he colaborado. Una bitácora personal que también reúne una serie de entrevistas que estuve realizando a escritores de mi generación con la inquietud de leerlos, conocerlos y aprender de ellos. Gracias a esa página encontré lectores y escritores que se fueron convirtiendo en mis amigos y cómplices de proyectos.

¿Cómo describirías el proceso escritural o creativo en la ciudad en la que resides actualmente, Tijuana?

Tijuana es mi casa, llegué a ella porque me enamoré de una norteña y porque nací en una tierra de migrantes: en mi sangre corre el rojo semidesierto zacatecano y en mis pulmones se conserva el azul del más azul de su cielo. Tijuana es una ciudad cosmopolita, conocida más por su música que por su literatura. Aquí uno puede perderse en el lenguaje: se hablan tres idiomas, el español septentrional, el inglés californiano y el francés de los haitianos. Aquí entran y salen oaxaqueños, centroamericanos, chiapanecos, sinoalenses y nayaritas. Su economía es pujante, su desarrollo urbano es acelerado y más del 50% de su población no es nativa. A la semana suele llegar un número considerable de migrantes con el deseo de cruzar la frontera a Estados Unidos. Algunos lo logran, la mayoría se queda a levantar su casa y a engrosar la densidad poblacional del estado de Baja California. Todo esto permea de cierta manera las creaciones artísticas de los que viven acá. En unos más, en otros menos. En mi caso el viaje, las fronteras, la nostalgia, el desarraigo provocado por la violencia estructural, la fuga de cerebros, el deseo de formar una familia y la pérdida de los seres queridos son temas que llevaba incubando en mi interior, como si de un parásito se tratara, pero en Tijuana pude darles forma al momento de escribir y de ello me ocupo ahora.

¿Cómo ha influido en tu escritura? ¿Cuáles son las diferencias más sustanciales con tu ciudad natal?

Mi esposa y yo, luego de volver de Ciudad de México, sopesamos la posibilidad de irnos a vivir allá, por todas las conexiones y amistades que hemos hecho y podemos hacer, pues allá está el mercado editorial, los amigos y los proyectos culturales que emplean a la mayoría de los escritores. Sin embargo, luego de reflexionarlo, decidimos seguir en Tijuana. El escritor es su propio centro y su patria. Si uno quiere escribir, puede hacerlo en cualquier sitio. Estar aislado en la esquina de América Latina me ha ayudado a tener los ojos bien puestos en objetivos primordiales, como es hacer libros, escribir literatura, crear una obra propia. Gracias a la gente que se ha tomado el tiempo de leer mi trabajo y recomendarlo he logrado llegar a una editorial que sólo hubiera llegado, quizá, viviendo en Ciudad de México. Lo que me lleva a suponer que no es necesario estar en el centro para hacer una literatura de calidad, ni para estar conectado y al tanto de lo que pasa en donde se concentran los movimientos culturales, sobre todo los literarios, más ahora con las bondades de Internet. Quizá dentro de poco nos mudemos de ciudad o país, pero ahora Tijuana es y seguirá siendo la casa donde escribo.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Por primera vez desde hace un par de años no estoy trabajando en algo concreto. Y creo que se debe a que está por salir mi primera novela en Ediciones Era y ya se proyectó con otra editorial la publicación de un libro de cuentos mío para 2018. También está por salir el tercer tomo de los Cuadernos de colores que coordino en mi Seminario de Creación Literaria acá en Tijuana, que reúne la producción anual de mis estudiantes. Hay una novela que tengo a la mitad, es la que cierra la Trilogía del semidesierto, junto a Rojo semidesierto y a Nunca más su nombre, pero algo me insiste que mejor aprenda a correr y, una vez satisfecho, la retome. Esto pienso hoy, si la novela se deja mañana podría pensar distinto y sentarme a escribir como suelo hacerlo.

¿Quiénes son tus principales influencias y autores favoritos? ¿Qué es lo que encuentras en su literatura?

Ha sido por etapas o distintas edades de mi vida. Crecí con el cuento clásico de Chejov, Poe y Gogol. Más tarde, en la preparatoria, con el boom latinoamericano. Luego, en la universidad y el tiempo que viví en España, me dio por leer a Carver, Capote, Cheever, Hemingway, Salinger y a más norteamericanos. Ahora estoy leyendo literatura hispanoamericana y los colombianos me están enseñando mucho cómo hacer novelas. De México leo seguido a José Emilio Pacheco, Beatriz Espejo y José Revueltas. También veo muchas series de televisión. Incluso suelo usar algunas como ejemplo en mis clases de escritura.

¿Qué encuentras en las series como GOT que de alguna forma han influido tu escritura?

La complejidad de las relaciones humanas, esas partes oscuras y a veces luminosas que aterrorizan o vislumbran. Pero también el tratamiento que se les da, la planificación de la trama de cada historia y la enorme pretensión de escribir una obra total, que vaya más allá de una sola novela.

¿Tienes algún ritual o método al momento de escribir?

No. Durante muchos años escribí en las noches. Comencé a envejecer muy pronto, y de alguna manera me estaba perdiendo de mucho porque dormía en las mañanas. Ahora escribo al mediodía o después de desayunar. Siempre con la idea de llenar la hoja en blanco de mil palabras diariamente. Al día siguiente leo esas mil y, si son de mi agrado, corrijo lo necesario y me centro en escribir otras mil. Y así me la llevo hasta que se vacíe el pozo. Si de pronto el pozo no se llena y no hay más mil palabras, leo novelas o relatos que de alguna manera tengan algo que ver con lo que escribo, o me voy a correr más temprano. Como cada historia exige ritmos distintos, me ha sucedido que mil palabras se convierten en dos mil y que no me voy a leer ni a correr porque la historia me jala, me pide que siga intentando escribirla hasta quedar satisfecho. Hoy en día trato de llevármela más despacio, me tardo más en escribir, en elegir la palabra, en construir la oración completa y poco a poco el párrafo.

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Ketzalli Rosas

Periodista mexicana. Coordinadora editorial y reportera de Distintas Latitudes. También es reportera en Kaja Negra. Se desarrolló como investigadora en el periódico mexicano El Universal. Su crónica "El hombre que sueña con una ‘Tierra de sordos’" obtuvo el primer lugar en el Premio Rostros de la Discriminación 2016 en la categoría de texto.

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