Alfredo Naranjo nació en Caracas, Venezuela. Su formación musical inició en el Conservatorio de Música de la Orquesta Nacional Juvenil y luego en los noventa viajó a Nueva York becado; allí comenzó a tocar junto a músicos de la escena neoyorquina. Pronto, el vibráfono se convirtió en su vida y entre un trabajo y el otro se dio cuenta de que la música popular era más rentable y decidió crear su grupo de salsa: El Guajeo.


 

Tenía que repetir una melodía sin parar y estar atenta a su voz al teléfono, que sonaría al mismo tiempo que la mía. Hacerlo de forma coordinada y “sin pena”. 

―Papara-papa-pará, papara-papa-pará… ―dije sin parar.

―Pararáaaa ―dijo y esperó tres segundos antes de repetir―, pararáaaa, pararáaaa… ¿Escuchas? 

Su voz y la mía se fusionaron para hacer una sola melodía, parecida a las que suenan en los cerros de Caracas (capital de Venezuela) y en las discotecas de Las Mercedes (zona pudiente de la ciudad). Como las que toca Tito Puente, la Fania All Stars y él mismo: el compositor y vibrafonista, Alfredo Naranjo.

El mix de voces al teléfono fue su manera de explicar qué es un guajeo. No sólo es el nombre de la banda que lidera. En el lenguaje coloquial de la música caribeña, es como se llama al momento en que dos melodías distintas suenan al mismo tiempo. Cuando, por ejemplo, los metales suenan en paralelo a la percusión y se crea una melodía conjunta. Es un concepto base para la composición de piezas de salsa. 

La salsa es un género musical que proviene del son cubano y otros ritmos del Caribe, pero para Naranjo la salsa no tiene nacionalidad y atraviesa de forma transversal a toda América Latina. “Como dice un genio de la poesía: desde México hasta la Patagonia, un solo barrio”, comentó. Sus melodías y letras son parte de la idiosincrasia del Caribe. Desde allí se ha hablado del amor, la injusticia, el malandreo ―como se le llama a la criminalidad en el habla popular venezolana― y más. Está presente en el playlist de las casas, el transporte público, los bares. 

Está presente en el playlist de Naranjo desde que nació, en 1967, gracias a una familia llena de melómanos. Este 2020, a sus 53 años, se le dibuja una sonrisa cada vez que habla de música. El brillo de los ojos se abre paso entre los lentes y se le marcan un par arrugas en el rostro café con leche, las señales de los años de aprendizaje y felicidad. 

El primer escenario: la orquesta

Cuando era pequeño, Naranjo se acercó al género de manera inconsciente: se daba palmadas en las piernas y golpeaba las barandas de las escaleras con unos palos para crear ritmos. Creció en un lugar donde había muchos músicos y se acostumbraba a llevar adelante muchas tradiciones musicales, como las serenatas apartamento por apartamento el Día de las Madres. Iniciaban a las 5 de la mañana y terminaban quién sabe a qué hora. Ya adolescente, aburrido durante unas vacaciones de bachillerato, decidió estudiar percusión en la sede de la parroquia Coche del Sistema de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Venezuela. Ahí empezó todo. 

Caracas es una de las ciudades de Venezuela con mayor cantidad de sedes de El Sistema: más de 40 en total. La mayoría están ubicadas en sectores de bajos recursos económicos, como parte de la visión de su fundador, el maestro José Antonio Abreu, quien creía en la música como instrumento de organización social. De sus aulas han salido intérpretes que han aportado a una gran variedad de géneros, como el director de orquesta Gustavo Dudamel, el cuatrista Jorge Glem y muchos más. 

Naranjo empezó en la música tocando percusión. Luego se dio cuenta de que sentía más inclinación hacia la melodía y las armonías. Por eso decidió estudiar clarinete, aunque después descubrió que no era para él. “No era mi naturaleza”. Más adelante se encontró con el vibráfono y la marimba, instrumentos que unen la melodía y la armonía.

Para profundizar más en el estudio del vibráfono, se compró todos los discos del mejor intérprete: Dave Samuels, a quien describe como “el Michael Jordan de la percusión”. Samuels ganó un premio Grammy y fue miembro de la agrupación de jazz contemporáneo, Spyro Gyra. Falleció en abril de 2019. Naranjo guardaba la música de los discos que se había comprado en un pequeño grabador y, con sus audífonos, se iba a la plaza más cercana a su casa a escuchar su música por horas. 

Foto: @claudiafoto.

Un día de actividades en la orquesta, el profesor le dio un anuncio a su clase: “Mañana tenemos un seminario con un músico que traigo: Dave Samuels”. A Naranjo le “iba dando algo”. Se puso muy nervioso y ansioso. Estaba muy emocionado y agradecido de tener la oportunidad de aprender de la mano de su ídolo. “Era un educador extraordinario, con una metodología cautivante y productiva. Él desarrolló esa habilidad porque se graduó en psicología. Cuando yo estaba chamo, yo decía, waooo tiene dos carreras, qué impresionante”. Samuels lo inspiró a hacer carrera musical y continuar sus estudios.  

Ascenso en la cuna de la salsa

Las ganas de seguir aprendiendo, llevaron al chamo a Nueva York (Estados Unidos), cuna del ascenso comercial de la salsa y lugar que ha servido de inspiración para grandes músicos y agrupaciones del género, como Willie Colón y El Gran Combo. Desde 1991, estudió en la Escuela de Música de Jazz Mobile en Harlem, de la mano del vibrafonista estadounidense Steve Nelson. En paralelo, se formó en la Universidad de Long Island. Fueron años duros, de golpes y esfuerzo. Su primer invierno en Estados Unidos lo enfrentó con un par de zapatos deportivos, hasta que le ofrecieron tocar bongó en un local y recibió su primera paga.

Atravesó problemas económicos, pero las dificultades se vieron compensadas con la mejoría de su técnica en el vibráfono y sus primeras colaboraciones con músicos internacionales. Empezó con el percusionista cubano, Daniel Ponce; el saxofonista estadounidense, Pete Yellin y el saxofonista venezolano, Rolando Briceño. 

Poco a poco, Naranjo fue entrando “a las Grandes Ligas” de la salsa. Trabajó con su ídolo, Dave Samuels, el percusionista Horacio Hernández, el intérprete Larry Harlow y muchos más. 

Su técnica en el vibráfono y su bagaje musical le ayudaron a ganarse amistades de la talla de Cheo Feliciano, cantante puertorriqueño que formó parte del sexteto de Joe Cuba y luego hizo carrera como solista. “Tuvimos conversaciones desde la madrugada. Yo le preguntaba mucho. Musicalmente, había mucha química porque yo antes de tener esa invitación, había escuchado mucho a Joe Cuba, entonces yo sabía más o menos cómo tocar”. Naranjo tocó en su gira por sus 35 años de carrera. En uno de sus conciertos, Feliciano dijo que Naranjo era “el mejor vibrafonista del mundo”. 

Cosechar desde casa

De regreso en Venezuela, en 1993, los estudios y las colaboraciones le permitieron desarrollar un repertorio robusto de composiciones propias que compiló en sus primeros discos: “Cosechando” (1993) y “A través del tiempo” (1997). El 2000 fue un año de nuevos comienzos para Naranjo. Según contó en entrevista para la Universidad Católica Andrés Bello, de gira por Europa con la agrupación venezolana Guaco, logró cuadrar conciertos de jazz para ganar algo de dinero extra. Entre un trabajo y el otro se dio cuenta de que la música popular era más rentable. Allí decidió crear su grupo de salsa: El Guajeo. Desde esta plataforma, y aún desde las colaboraciones, ha hecho bailar el Caribe entero. 

Hace 20 años, empezó con Eleazar Gianes en el timbal, Cheo Navarro en el bongó, José Torres en el piano, Domingo Hernández en la flauta y Oscar Rojas en la Trompeta. A la fecha, El Guajeo lo componen Francisco Santangelo en el piano, José Soto en el bajo, Edgar Dolor Quijada en la voz, Guillermo Uribe en el bongó, Hermes Uribe en la Tumbadora y Emmanuel Araujo en el trombón. Naranjo se encarga del timbal y del vibráfono. 

Para Naranjo, escribir canciones es un proceso “genuino”, no forzado, que surge del alma. No hay una metodología o un momento fijo para crear. Puede empezar con un intervalo o una frase. Nace de la intuición, la sensibilidad interna, el estudio de otros compositores y, con el tiempo, de la madurez musical. Entre sus composiciones favoritas están Mi socio, Un rayo de día, Poquito a poco y el joropo Rolandito. 

No necesita de un escenario para sentarse a tocar. Todos los días se levanta muy temprano y ensaya mientras amanece. Naranjo tiene en su haber un total de ocho discos, producidos en sus más de 20 años de trayectoria artística, y decenas de colaboraciones, incluso con músicos que no se dedican a la salsa. 

Siempre está en la búsqueda de espacios para dedicarle tonadas de amor al Caribe, desde donde a su modo de ver siempre se escribe la salsa aunque él esté en Venezuela. En el 2015 hizo un homenaje a la región a través de su sencillo junto a Oscar D`León El manduco/Mulato soy. Combinó estos temas de origen colombiano con el sonido de los laures de mina de Barlovento (baquetas con las que se toca un tambor grande tradicional de las costas del estado Miranda) y varias marimbas latinoamericanas. 

Alfredo Naranjo no ha parado, ni parece dar señales de querer hacerlo, ni siquiera en cuarentena. 

Desde casa

Un músico, y más uno de salsa, prende la fiesta a pesar de las desgracias, porque sus instrumentos son la escalera para escapar del mundo cuando se cae a pedazos. Bien lo sabe él. Las medidas que se han aplicado en Venezuela para evitar la propagación del COVID-19, le han pospuesto varios planes a Naranjo. Se cancelaron algunos viajes, conciertos y matrimonios: sin embargo, se mantiene activo a través de sus redes. También da clase y trabaja junto a otros músicos. 

El pasado lunes 1 de junio estrenó el vídeo de su nueva pieza en su cuenta de Instagram, «Linda». Mientras que un escenario o una parranda no sea un lugar seguro, seguirá por esta vía.

Antes de la pandemia, la movida nocturna caraqueña había mermado. La creciente inseguridad y la crisis económica hizo que poco a poco desaparecieran las discotecas de salsa. Caracas llegó a tener 25 locales. A la fecha, cuenta con tres.

La rumba se regresó a vivir en las casas, donde se celebran fiestas que tratan de abstraerse de la crisis que atraviesa Venezuela. A veces revive en los pocos espacios que se crean para celebrar la música. En el año 2018, Alfredo Naranjo puso a bailar a la plaza Alfredo Sadel (en el este de Caracas) en el festival Paix. Personas de todas las edades disfrutaron de la salsa como antes, como siempre es posible en un contexto mejor. 

Mi conversación con Naranjo terminó con algunas recomendaciones: su playlist básico para introducir a cualquier persona en la salsa. «Perico» de Ismael Rivera es una de ellas, seguido por «New York» de Willie Colón por «su excelente orquestación». También está «Calculadora» de Óscar D’ León, «Parampanpán» de La Dimensión Latina y por último «Quimbara», de la siempre reina del género, Celia Cruz. 

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El Caribe, aquí, ahora.Una serie de historias elaboradas por la Cuarta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación con la región insular usualmente olvidada en los grandes temas latinoamericanos a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.

Ilustraciones: Alma Ríos.
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Shari Avendaño

Venezuela (1995). Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Trabaja en la Unidad de Verificación de Datos y Fact-checking del medio digital Efecto Cocuyo y de forma independiente como ilustradora e historietista. Sus temas de interés: la instrumentalización de la desinformación, esquemas de corrupción, derechos indígenas y LGBTI+. Miembro de la primera corte de residentes de Chequeado-Argentina. Participó en la investigación «Venezuela Sin Datos», nominada al Premio Gabo, categoría Cobertura en el año 2019.

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