En el siglo XVIII, cerca del río Yayabo un campesino cubano le pidió a su esposa que le diseñara una camisa cómoda para trabajar en el campo. Ella confeccionó una prenda blanca con largos bolsillos para guardar tabaco; por la geografía lo llamó “yayabera”. Luego el nombre se convirtió en “guayabera”, porque en los bolsillos cabían cuatro guayabas. El “esmoquin caribeño” llegó a  México y en Yucatán encontró un nuevo hogar.


 

Son los últimos días de mayo, temporada de lluvias y tormentas en el Caribe. Los anuncios turísticos dicen que ésta es la peor época para visitar la región. La advertencia parece redundante porque hace meses que las vacaciones son imposibles por la pandemia de covid-19. Mientras en Yucatán el agua estanca las calles, formando ríos artificiales; en Cuba, el río Yayabo se desborda[1]. Es, sin duda, la peor época para salir de casa en el Caribe.

Una isla

El río Yayabo  es uno de los posibles sitios donde nació la guayabera, una prenda que es algo así como el “esmoquin caribeño”. La historia —cierta o no— cuenta que en el siglo XVIII, un campesino le pidió a su esposa que diseñara una camisa cómoda para trabajar en el campo. Ella hizo una prenda blanca con largos bolsillos para guardar tabaco y, por la geografía, la llamó “yayabera”.

—Eso cuentan las leyendas, pero es la versión que más se ajusta. De allí su nombre que luego pasó a ser el de “guayaberas”, porque los bolsillos eran tan grandes que en cada uno cabían hasta cuatro guayabas, —dice Jordi Leal, diseñador de modas cubano conocido como “El Rey de las Guayaberas”.

El trabajo de Jordi es promover el interés hacia la prenda con pinturas sobre la tela “para que en cada ropero cubano, haya una guayabera”.

Tanto él como periodistas cubanos entrevistados explican que en Cuba las guayaberas son la prenda de etiqueta: se utilizan en eventos gastronómicos, turísticos o en el cuerpo diplomático, pero no en el cotidiano, aunque algunos adultos mayores la usen todavía, es raro verla en las calles. Una de las razones es que la prenda nacional no es asequible para los cubanos, puede costar entre 20 y 35 USD, el equivalente al salario mensual promedio.

—Se ha encarecido como la mayoría de las cosas en Cuba. Mi padre me cuenta que se compraba una o dos en los ochenta y no pasaba tanto trabajo. Pero ahora comprar esas de 15 CUC casi equivale a un sueldo mensual de los más bajos, comenta el periodista cubano Yohan Rodríguez Torres.

También coinciden en que las guayaberas no están “de moda” en Cuba y quienes tienen el poder adquisitivo de comprarla, prefieren otro tipo de prendas y marcas internacionales. La periodista Liz Oliva añade que en el caso de las guayaberas para mujeres, es decir, vestidos con este mismo corte, sí resulta más accesible y común por ser una prenda cómoda y no tan cara. 

Tres siglos después de su creación, frente al río Yayabo está la Casa de la Guayabera, un inmueble que guarda una colección de guayaberas utilizadas por personajes históricos como Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Hugo Chávez y Rafael Correa.

—Es la prenda nacional de Cuba por eso hay que devolverle el lugar que se merece (…) con guayaberas un tanto más actualizadas con estos tiempos, más contemporáneas y con diseños que sean del gusto y preferencia de quienes la porten sin dejar de ser guayabera, respetando los elementos que la identifican —opina Jordi Leal.

Para llamarse guayabera tradicional, la camisa debe tener cuatro bolsillos largos, alrededor de 27 botones, canesú superiores e inferiores al frente y en la espalda, dos hileras de alforzas al frente y detrás; ser blanca y de manga larga.

—Usarla es como llevar a Cuba en sí mismo. Los cubanos somos solidarios, compartimos cuanto tenemos. Me atrevo a decir que, sin dejar de ser cubana, la prenda comienza a ser latinoamericana.

Entre el Golfo de México y el Mar Caribe

Hubo un tiempo en que ir de Yucatán a Cuba, y viceversa, era más fácil que ir a la Ciudad de México. Mike Peniche, reportero de El Diario de Yucatán y un apasionado de la cultura yuca, explica que para ir de Mérida a la capital había que tomar un tren a Campeche, una panga en Ciudad del Carmen y luego otros trenes. En cambio, para ir a Cuba o Nueva Orleans, tomabas un barco y llegabas.

—La influencia de Cuba viene de épocas memorables. Si te pones a revisar la Conquista, ves que los españoles primero llegan a Cuba y luego a Isla Mujeres. Yucatán ha estado más cerca de Cuba que de la propia capital del país, históricamente. Si a eso sumamos que la península ha querido separarse del resto de la República…

La época en la que se popularizó la guayabera coincide con el auge de las haciendas henequeneras en Yucatán. Después, con la caída del “oro verde” las haciendas se convirtieron en sitios para eventos sociales o restaurantes, Mike comenzó a trabajar en la Hacienda Teya, la primera que se restauró y abrió sus puertas al público en 1991. Además de ser una prenda de trabajo, Mike usa guayaberas todos los días por herencia:

—Toda la vida mi papá usó guayabera. Me la puedo poner en frío y calor, es atemporal. Tenía una tía, la tía Lulú, que siempre vestía de rojo y nadie sabía cuándo repetía ropa, así yo con la guayabera.

Ya desde 1950, la guayabera era una prenda asociada a la cultura yucateca. Para dar un ejemplo, menciona las películas Deseada (1950) y Peregrina (1974), ambientadas en Yucatán, donde todos los actores principales portan guayaberas.

—Puedes ponerte a buscar archivos y vas a encontrar varias versiones sobre su origen. Hoy es una prenda vinculada con Cuba pero que está trascendiendo a otros lugares. Hace unos 20 años, en Estados Unidos vendían guayaberas en una tienda GAP, y en Puebla, yo no sabía, que ahí las usan para ir a bodas. Pero es algo cultural que identifica tanto a Cuba como a Yucatán.

Una península

Después del río Yayabo, la segunda cuna de la guayabera está en Tekit, un municipio de 10 mil habitantes en Yucatán, cuyo nombre en maya significa “lugar del desparramamiento”. Desparramar: extender o esparcir sin orden y en direcciones diferentes, como hacen los ríos,  las guayaberas y las pandemias. 

En Tekit, quien desbordó la producción de la prenda típica fue Ramón Alonzo Piña, un hombre que migró a Mérida en 1951 para aprender un oficio en la tienda “Guayaberas Cab” del famoso diseñador y artesano Pedro Cab que en 1973 traslada su propio taller a Tekit.[2] El señor Alonzo era una de las personas más respetadas en la localidad y falleció hace apenas unos meses, antes de que la pandemia tocara a México.

—Desde Tekit se exportan guayaberas para todo el país, de eso no hay duda. La grandes fábricas están ahí: Abito, G. Candila, cualquier tienda que encuentres en plazas y aeropuertos, sus prendas están hechas en Tekit. Es muy probable que la guayabera cubana también se haga en México, porque muchos cubanos vienen a comprar la guayabera a Yucatán —dice Renato Albornoz en entrevista.

Renato viene de una familia dedicada a la confección artesanal en el municipio de Tekit. Empezó a vender cuando entró a la universidad en Mérida y sus compañeros le decían “¿por qué no traes guayaberas de Tekit para vender?”. No sólo profundizó más en la evolución de la prenda y su importancia como patrimonio cultural del estado, sino en las condiciones de trabajo y los derechos laborales de una industria tan grande como la textil.

—Las empresas grandes te dicen: yo te doy el material y te pago la costura, pero no permite crecer a los productores. Trabajé en una fábrica de guayaberas en Tekit a los 18 años y empecé a conocer más sobre ese mundo enorme y complejo. El salario es completamente bajo, no se pagan las horas extras, la seguridad social y las vacaciones no existen. No hay bono, no hay nada.

La tela más barata para hacer una guayabera, explica Renato, se llama popelina y puede comprarse hasta en 120 pesos. Después están las telas con un porcentaje de algodón y poliéster que se venden en alrededor de 250 pesos y así hasta llegar al lino japonés que puede costar entre mil 300 y mil 800 pesos. 

Tanto los productores como la Cámara Nacional De La Industria Del Vestido Delegación Yucatán (Canaive) coincidieron en que la regularización de precios fijos para las guayaberas es muy complicada porque las variables entre la tela y la calidad de la confección son muy amplias.

Melissa Jurado, diseñadora y promotora del desarrollo artesanal mexicano, agrega que, con todo, en Tekit está más regulado que en otros municipios de Yucatán.

—Tekik de Regil, Kimbila, Maní, Teabo, Oxkutzcab, Tekax, también ahí hay personas que maquilan, bordan, hacen alforjas, cortes y armado de las guayaberas. Casi nadie tiene estructurado los canales de venta y distribución como alguna maquila que exporte. Hay muchos intermediarios entre la producción y eso baja las ganancias de los artesanos.

Calcula que los pequeños productores ganan menos de 50 pesos por bordar una guayabera. Los armadores reciben pago por pieza, a 10 pesos cada una. No hay comercio justo, pues a los artesanos se les paga lo mínimo y aunque la prenda transmita elegancia, detrás hay una industria muy injusta que ha empeorado tras la Covid-19: los entrevistados dicen que las ventas han bajado hasta en un 50 por ciento.

Melissa también es profesora universitaria de la materia de Diseño y confección de Moda Regional en la Anáhuac Mayab, y opina que hay muchas áreas de oportunidad en el sector de la moda sobre todo en el comercio justo y la competencia desleal al utilizar recursos tecnológicos que sustituyen la mano de obra artesanal. Por ejemplo: hipiles que tienen una impresión de bordado, en lugar de hilos reales.

—Grupos artesanales están realmente esperando que haya alguna iniciativa para trabajar desde sus casas. La logística es enorme porque hay muchísima gente que borda en Yucatán y en general de la industria textil. Muchos empezaron a hacer batas quirúrgicas, cubrebocas. La realidad es que su crisis empezó desde meses atrás de que la Covid llegara al país, cuando comenzaron a cerrarse las fronteras, y hoy están viviendo con lo último que les queda. Creo que en esta pandemia tenemos que reflexionar sobre la forma en que consumimos. Nos vamos a necesitar más que nunca. 

Una nueva ola

En el 2014, la Canaive implementó el programa “Así es la Guayabera. Así es Yucatán”, que certifica establecimientos que fabrican guayaberas “100 por ciento yucatecas con materiales de la mejor calidad» y con diseños que cumplen estándares de la guayabera típica o está inspirada en ella.

El año pasado, Fernando Muñoz Carrillo, presidente de la Canaive, aseguró que al mes se envían casi 100 mil prendas al extranjero y a otros estados de la República, con precios que van desde los 350 (15 USD) pesos hasta los tres mil (134 USD).

Hay una idea muy esparcida en Yucatán de que los políticos suelen vestirse de guayabera para transmitir más cercanía y orgullo regional. Melissa le llama “look de gobernador”, porque detona algo de poder. Ella y el “Rey de la Guayabera” en Cuba opinan que la carga simbólica depende de quien la porte.

Hace 10 años las mujeres no utilizaban guayabera y ahora es común, precisamente, en funcionarias o profesionistas de altos cargos. La intuición de Melissa le dice que esto es porque comunica formalidad y poder, contrario a la carga simbólica del hipil. Es muy difícil, casi imposible, ver otra prenda de ropa masculina en algún evento protocolario de política o iniciativa privada.

Pero ahora, además hay una variedad de estilos, cortes, colores y presentaciones tanto en Yucatán como en Cuba. Dante Guillén y Annica Durocher, creativos del atelier “Mucho gusto. Arte y Diseño”, explican que la tradición siempre evoluciona con el tiempo y se va adaptando a la sociedad.

—Es un clásico remasterizado. A la clásica guayabera le damos un toque con nuestro proceso creativo, con bordados de diseños únicos. Mucha gente tienen la necesidad de usar una guayabera pero moderna, con colores más atrevidos, combinaciones más interesantes que se distingan entre las demás.

Ellos, como otros entrevistados, coinciden en que los compradores son sobre todo personas de otros estados de la República.

—En otros contextos se distingue muchísimo. La guayabera se vincula en sí con el sureste de México y Cuba. Todas las que vendemos van para afuera. Hemos mandado a Ciudad de México, Querétaro, Veracruz, Morelia, Jalisco, Nuevo León, las ciudades más grandes, centro y norte. Aquí a Quintana Roo. Nos compran artistas, músicos, arquitectos.

La guayabera tiene pues múltiples escenarios: el campo cubano, una película de hacendados yucatecos, el informe de gobierno de un estado en el sureste de México, las bodas de Puebla. Cada vez más personas, hombres y mujeres, la portan ya no solo en el Caribe. En el 2019, incluso un perro callejero llamado Mazapán se hizo famoso por portar una guayabera  durante las fiestas de la Guelaguetza en Oaxaca.

Quizá el canal que llevó la guayabera de Yayabo a Tekit también se ha desbordado a otras partes del mundo, pero esta camisa —de tela fresca y elegante que soporta un sol de 35 grados— es parte del paisaje cotidiano en el Caribe. Una prenda que ahora permanece colgada en el armario de los caribeños que hace meses que no salen a la calle, y ahora menos pues las tormentas caen desde mediodía. Es, sin duda, la peor época para usar una guayabera en el Caribe.

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[1] El 21 de mayo del 2020, el director de la Casa de la Guayabera en Cuba, Carlo Figueroa, compartió en su Facebook vídeos del río Yayabo ahogando los árboles debajo del puente durante una fuerte lluvia. 

[2] Centro de Apoyo a la Investigación Histórica y Literaria de Yucatán (CAIHY).

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El Caribe, aquí, ahora. Una serie de historias elaboradas por la Cuarta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación con la región insular usualmente olvidada en los grandes temas latinoamericanos a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.

Ilustraciones: Alma Ríos. 
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Katia Rejón

México (1994). Vive en Mérida, Yucatán. Dirige la revista cultural Memorias de nómada. Ganadora del Premio Estatal de Periodismo Heineken 2016 y el Peninsular en 2018, ambas por opinión. Ha publicado en medios como Animal Político, Malvestida, La Jornada, Círculo de Poesía, Carruaje de pájaros, Somos Violetas, entre otros. Actualmente se dedica al periodismo freelance en temas de género, derechos humanos y cultura.

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