Marie Katchlove tiene 25 años. Nació en Haití, pero desde hace cinco vive en Chile con toda su familia. Establecerse no fue sencillo, incluso hablaba poco español, pero de a poco ha construido un hogar. En la migración, Marie perdió la casa de su infancia y los años dedicados a la universidad en República Dominicana. Su historia nos cuenta la de su país y sobre la diáspora haitiana, luego del terremoto de 2010,  cuando la catástrofe natural produjo una movilidad sin precedentes en el país caribeño. 


 

De sonrisa contagiosa, ojos risueños y risa fácil, Marie Katchlove Milien se identifica como caribeña. Residente en Chile desde hace casi cinco años, viene de Haití, un país donde “la gente tiene muy poco, pero es muy feliz”, cuenta. 

En la capital de Chile pocas personas le devuelven a Marie el “buenos días” cuando irrumpe en algún lugar. Sin embargo, no pierde la simpatía que la caracteriza. Habla español de manera fluida (además de creole, francés y “un poquito de inglés”, dice) y relata su propia historia sin remilgos. A veces, al conversar con ella, es fácil olvidar las vicisitudes del territorio haitiano. No porque las niegue, sino porque las relata con voz dulce y alegre. 

Para entender el relato de esta joven de 25 años, de piel oscura y ojos brillantes, es importante conocer de dónde viene y por qué dejó todo para residenciarse junto a su familia en Chile, al igual que otros 185 mil 865 de sus connacionales, siendo parte de la tercera comunidad de extranjeros más grande  del país sureño. 

En el centro del continente

Haití fue un país de rebeldes. El primero en dar el grito de libertad en América Latina a principios del siglo XIX y también el más castigado por ese primer arrebato. Hoy en día, es la nación más deprimida económicamente en la región y se le recuerda ocasionalmente por los constantes desastres naturales que azotan la mitad de la isla que comparte con República Dominicana, en el Caribe. 

Después de 13 años de una cruenta guerra de independencia iniciada en 1791 y liderada por los mismos esclavos de la isla, a Haití le correspondía un lugar prominente en los libros de historia. Por ser el primer país de América Latina en independizarse, por la exitosa liberación de cientos de esclavos y por convertirse en la república negra más antigua del mundo, en una época en donde la esclavitud todavía se encontraba vigente.

Sin embargo, las consecuencias de haber ganado la guerra fueron devastadoras para el incipiente Haití. La comunidad internacional de la época condenó aquella victoria de los esclavos al ostracismo. Estados Unidos, por su parte, no los reconoció como país hasta seis décadas después, durante la presidencia de Abraham Lincoln, cuando los mismos norteamericanos finalmente abolieron la esclavitud. 

Mientras tanto, Francia —el país que controlaba y se beneficiaba del territorio haitiano (por aquel entonces conocido como Santo Domingo)—, antes de la guerra de independencia, a cambio de reconocimiento diplomático, les impuso una deuda multimillonaria que Haití terminó de pagar casi un siglo después, en 1947, por las pérdidas ocasionadas a los plantadores franceses de la época colonial, no solo en tierras, sino también en esclavos. 

Aquella indemnización que exigió Francia, conocida como la “deuda de la independencia”,  sumió al país caribeño en una espiral de deudas. 

El monto que debía pagar Haití por la guerra de la independencia de sus esclavos ascendía a 150 mil francos de oro de la época, lo que equivaldría en 2018 a unos 21 mil millones de dólares. A nadie le extrañó entonces que, llegado el momento de cancelar la primera cuota, y durante los años que siguieron, el país caribeño tuviera que pedir préstamos a bancos europeos y norteamericanos. 

A Haití le tomó 122 años pagar por la independencia de sus esclavos y solo lo logró después de convertir esta tarea en su primera prioridad pública, al punto de enfocar en 1900 el 80% de su presupuesto nacional a pagar deudas.

No obstante, el pago de la deuda de la independencia no significó en modo alguno la liberación del país. Por su misma historia, para el año 1947, el país caribeño dependía de préstamos y créditos externos para sobrevivir; ya había vivido ocupaciones extranjeras por parte de Estados Unidos y todavía le faltaba por vivir. 

En los siguientes años, los haitianos enfrentaron a una de las peores dictaduras de la región, vieron casos de epidemia que mermaron a la población, sobrevivieron a catástrofes naturales y fueron objeto de numerosas ayudas internacionales que finalmente no llegaron íntegras a las arcas del gobierno y muchos menos a la vida de los haitianos de a pie. 

Para 2015, el año en que la familia de Marie Katchlove Milien decidió partir a Chile, Haití todavía se recuperaba del terrible terremoto del 2010 que le ocasionó 300 mil muertos, dejó sin casa a más de un millón habitantes y acentuó de manera importante la diáspora haitiana hacia Suramérica, con San Pablo, Buenos Aires y Santiago como las principales ciudades de destino. 

El país prometido

Marie coincide en que la vida en Haití no es fácil, por más que sus habitantes se enfrascan en enfrentarla con optimismo. Para los jóvenes, por ejemplo, es casi imposible conseguir trabajo y ese suele ser uno de los principales motores para salir del país. 

“Aunque uno quiera, no hay trabajo. Los papás si o si tienen que pagarte todo. Aunque uno quiera ayudarlos, no se puede. No existe trabajo para una nueva generación. Es imposible”, sentencia.

Sin embargo, no demora demasiado en detalles oscuros. Prefiere hablar de su vida universitaria, en República Dominicana, donde estudiaba Administración de Empresas Turísticas, mientras su hermana mayor cursaba la carrera de Medicina. 

La distancia entre Les Cayes, la ciudad natal de Marie, y Santo Domingo, la capital de República Dominicana, es de casi 10 horas en carretera. Sin embargo, a pesar de estar al doble de distancia que Puerto Príncipe, la principal ciudad de Haití, para la familia de la joven representaba una mejor opción para alojar a sus hijos. 

“Para estudiar uno en una buena universidad en Haití, tendría que ir a Puerto Príncipe y allá las cosas son feas, porque siempre hay algo. Allá no hay seguridad. Mi familia me tenía que enviar a mí y a mi hermana. Pero las dos en un departamento… No es seguro. Es horrible… y es más costoso”, recuerda la joven, antes de precisar que para algunos haitianos migrar temporalmente a República Dominicana, Argentina, Cuba e incluso Venezuela, con el objetivo de estudiar una carrera universitaria, no es un suceso fuera de lo común, pues resulta más económico para las cabeza de familia. 

Marie recuerda con ojos risueños su vida en República Dominicana, cuando la vida era más fácil. No obstante, el divorcio de sus padres complicó la situación familiar y para la madre de Marie, profesora de Literatura Francesa, se volvió complicado sostener a sus cuatro hijos. 

Así llegó un buen día la idea del país prometido. 

“Mi mamá decidió que la cosa se puso muy mala en Haití y nosotros decidimos seguirla (…). Un día, una tía le dijo a mi mamá que su esposo tenía una prima acá. Que es bueno el país, que uno puede trabajar, que uno podía estudiar. Que era como República Dominicana. ¡Y no es nada igual! Llegamos y yo quería terminar mi carrera, pero aquí no se puede. No me convalidan ninguna materia, no tienen ningún acuerdo. Mi hermana igual. Solo a mi hermano, que estaba en tercero medio, le fue bien. Ahí quedamos”, cuenta Marie, mientras hace un sonido de decepción. “Y no nos podíamos devolver porque habíamos vendido casi todo para empezar una nueva vida. Yo iba por el tercer año de la carrera, me faltaba un año y mi hermana igual, iba por el cuarto año. Todo eso lo perdimos”. 

La diáspora haitiana

Respecto a la migración haitiana, es importante entender que “los sucesivos hechos tanto de carácter ambiental como político, que ocurrieron desde 2010 en Haití, no hicieron más que acentuar el fenómeno de la diáspora y consolidar a Suramérica como un nuevo destino permanente dentro del proyecto migratorio de la población haitiana”, se señala en el Diagnóstico regional sobre migración haitiana, elaborado por el Instituto de Políticas Públicas en Derechos Humanos del MERCOSUR en el año 2017. 

La migración haitiana a otros países era un fenómeno constante desde finales del siglo XIX. Sin embargo, esta catástrofe natural produjo una movilidad sin precedentes en el país, “bajo condiciones desesperantes y que involucró a todos los estratos sociales volviendo mucho más heterogéneo este flujo”. Aún más, se llevó a cabo con prácticamente ninguna o escasa documentación para acceder a un tercer país”, se indica en el documento.

“En la mayor parte de los países de recepción de migrantes haitianos (Francia, Estados Unidos, Canadá) se decretó una suerte de ‘tregua’ con relación a los migrantes haitianos en situación irregular, suspendiéndose las deportaciones y en algunos casos habilitándose mecanismos de regularización. En Suramérica, que para entonces no contaba con un caudal muy relevante de migrantes haitianos, las declaraciones y acciones de solidaridad fueron amplias”, se explica.

Así fue como poco a poco se dibujó en la comunidad haitiana a Suramérica como parte de su proyecto migratorio, en algunos casos como destino final, y otros países de transición hacia Europa y Norteamérica.

Al sur del continente

La familia de Marie viajó a Chile en medio de lo que se conoce como una segunda etapa post-terremoto de la migración haitiana al país sureño. Sin saberlo, llegaron con un imaginario compartido por otros connacionales de que se integrarían a un país en el que fácilmente conseguirían trabajo o podrían continuar sus estudios, sin saber que la educación en realidad era muy costosa y no existían equivalencias con las carreras que las hermanas ya habían iniciado.  

Sin embargo, el proyecto migratorio de la familia de Marie era decisivo. En Les Cayes vendieron su casa y otras pertenencias para costear los gastos. El viaje implicó una apuesta familiar. Primero llegaron Sandra y Jean-Gardy, dos de los hermanos que mejor hablaban el español, en septiembre de 2015; luego la mamá y el menor del núcleo de Marie y, finalmente, el 15 de diciembre de ese año arribó Marie. 

“Compramos vuelos diferentes, porque unos tenían que llegar primero para poder alquilar una casa y preparar las cosas para que los demás vinieran”, explica Marie. 

A diferencia de otros haitianos, que suelen arribar a las comunas de Quilicura, Recoleta y Estación Central, en Santiago de Chile, la familia encontró vivienda en varias habitaciones para alojarse en el barrio República, una zona universitaria, con precios más accesibles. 

Desde el primer momento, se pusieron como objetivo arrendar una casa para toda la familia, pero los diferentes trámites burocráticos, aunados a su condición de migrantes, dificultaron la tarea e incluso propició momentos de alarma cuando se vieron víctimas de una estafa. 

“Esos primeros meses fueron horribles. Cuando llegamos tuvimos como tres meses en que no podíamos encontrar una casa para vivir en familia. No se podía por temas de que te piden un montón de papeles. Nos tuvimos que quedar como en casona, como en hostal, entonces fue muy difícil”, relata. 

Al respecto, Marie cuenta que a principios de 2016, recién llegados a Santiago de Chile, sin conocer prácticamente a nadie, creyeron vislumbrar la oportunidad de reunirse los cinco bajo el mismo techo al encontrar un anuncio en donde “solicitaban pocos papeles” y cobraban poco por el arriendo de una casa.

“Era tanta la necesidad que teníamos de tener un hogar propio para vivir en familia que encontramos la casa y estabamos asi como locos por arrendar”, cuenta Marie. 

No fue hasta que pagaron la cuota inicial e hicieron maletas que se enteraron de que el supuesto arrendador no era el dueño de la casa, sino un estafador. 

“Pagamos todo y esas personas no eran los dueños. Eran ladrones. Fue desagradable. Con eso aprendimos la lección. Nos quedamos viviendo en piezas y al tiempo encontramos una casa. Y lo hicimos mejor. Al final estamos estables, gracias a dios estamos todos bien, pero los primeros meses fue… Yo creo que para cualquier extranjero. Pero bueno, puedo decir tambien que tengo amigos que la han pasado peor. No saben hablar español. Entonces, uff, imaginate. Es más complicado”, cuenta Marie. 

De esta manera, entre diferentes vicisitudes para regularizar su situación migratoria en Chile, la sorpresa de que costaría muchísimo más de lo pensado continuar los estudios universitarios y el encuentro con una sociedad muy diferente a la suya, iniciaron su adaptación en Santiago, una ciudad en donde el proceso de integración de los migrantes tiende a ser más complicado para los haitianos que para otras naciones

“A veces el trato hacia los haitianos aquí es…”, dice Marie, sin llegar a culminar la frase. Pero es fácil entender lo que quiere decir. Además del contraste que ve entre la alegría del Caribe, frente a la actitud más reservada de los chilenos, sabe que la situación económica, la falta de acuerdos que convaliden los estudios de los haitianos en Chile e incluso el color de piel, suelen ser un obstáculo al llegar al país. 

“Nosotros (su familia) hemos tenido un poco de suerte. Lamentablemente, no todos la tienen. Hay algunos haitianos que son profesionales y al llegar terminan haciendo otros trabajos distintos, por el idioma principalmente. Como mi mamá, por ejemplo, que es profesora y está trabajando de copera (término dado en Chile a las personas que lavan la vajilla dentro de los restaurantes)”, reflexiona. 

De cara al futuro

A pesar de todos los vaivenes, hoy, después de casi cinco años, la familia de Marie finalmente reside bajo un mismo techo, en una casa de dos pisos en el sector poniente de Santiago. Marie se desempeña como encargada de una tienda de maquillaje, mientras que el resto de su familia también se encuentra activa laborando. Uno de sus hermanos incluso cursa una carrera de nivel superior. 

Marie considera que han tenido suerte, cuando compara su situación con otros connacionales, si bien admite, no sin cierta dificultad, que a veces le cuesta conciliar la diferencia entre los países.

“Tienen más oportunidades que uno (los chilenos) y no siempre lo aprovechan. En mi trabajo he encontrado personas muy, muy pesadas, pero allá (en Haití y República Dominicana) uno puede ver una persona que tiene tan poco, ¡y es tan feliz! A veces ni tienen trabajo, pero igual viven alegres y se ayudan. Aquí uno saluda y ni te pescan”, agrega Marie riendo.

Con todo, Marie se proyecta en Santiago en los próximos años. Aunque no encontró el país prometido, conoció a Luciano, un chileno con el que hizo amistad a los pocos meses de su llegada a Santiago y con quien hoy tiene un bebé de cinco meses. 

“Él no es como otros. Yo puedo decir que es el chileno más bueno que existe en Chile. Su corazón es puro. A él yo lo veía que ayudaba a los demás, más a los extranjeros. Por él cambió mi vida y por él me resigno a vivir aquí”, afirma Marie radiante. 

Así es Marie, quien al llegar a Chile hace cinco años no hablaba mucho el español, pero le encontró el gusto y logró asimilarlo rápidamente. Hoy lo habla con naturalidad, con un acento caribeño que salpica de chilenismos, como pololear y pucha. De tanto en tanto también olvida alguna palabra en español, pero resuelve rápidamente el dilema con la traducción en francés. 

A su bebé, dice, le enseñará a estar siempre contento, a ser amable, a no estar amargado. Le contará cuentos de Haití y le enseñará su idioma. Aunque haya nacido en Chile, afirma, no es únicamente chileno. Viene de dos culturas, y en una de ellas “no se fuma, no se alza la voz a los mayores, se saluda siempre primero”. Eso lo aprenderá el bebé de Marie, “voy a tener que ser dura con él”, por si algún día las cosas mejoran en Les Cayes y puede volver a su ciudad de origen con su familia. 

Marie perdió la casa de su infancia y los años dedicados a la universidad, pero el buen talante ante las adversidades no. Saluda con alegría, trata con amabilidad a los desconocidos y es capaz de sentarse a charlar sin más con todo aquel que quiera conocer la historia de un país al centro del continente que es mucho más que deudas y catástrofes naturales.

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El Caribe, aquí, ahora. Una serie de historias elaboradas por la Cuarta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación con la región insular usualmente olvidada en los grandes temas latinoamericanos a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.

Ilustraciones: Alma Ríos.

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Génesis Méndez

Venezuela (1993). Licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en el diario El Mundo Economía y Negocios. Desde 2016 genera contenidos para empresas en Venezuela, Panamá, Estados Unidos y Chile. Actualmente se desempeña como Social Media Manager en Santiago de Chile y busca impulsar www.caracopolis.com, un compendio de crónicas sobre el desarrollo sostenible en Latinoamérica. Le interesa lo urbano, la tecnología y la economía. Busca especializarse en periodismo transmedia y marketing digital.

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