Saylí Triana es una maestra de piano nacida en Santa Clara, Cuba. Hace siete años se mudó a Durango, donde ha desarrollado su carrera. Toda su familia ya vive con ella. Esta es su historia y la de la Cuba de su infancia, la de la migración. 


 

“Ven conmigo a crecer esta rueda. Ven para que conozcas mi Noche entera”.

Excilia Saldaña.

“La Noche” se abre y las letras se riegan por la página negra. El libro de Excilia Saldaña, gastado ya por tantas lecturas, es uno de los pocos objetos que Saylí Triana no dejó en Cuba. La casa, las joyas, algunas fotografías, todo se queda atrás. Esa conexión con la familia, con los abuelos, no. Los cuentos con los que creció se dividen en historias de escritores cubanos, destinadas para niños, con mensajes escondidos para adultos, y las historias de la Revolución, de los guerrilleros viviendo en casa de sus abuelos, del Che luchando en Santa Clara.

Si existiera una forma de encapsular el amor de Saylí por la educación y la música sería a través de estos libros: de la musicalidad de la poesía de Martí y Saldaña, de las historias que conectan Latinoamérica a través de dioses y príncipes antiguos, protegidas por Herminio Almendros.

No han pasado muchos días de confinamiento y Saylí y yo nos vemos, virtualmente, por primera vez. Nunca ha escuchado hablar de mí, y aún así confía cuando le pido que instale zoom, confía cuando le pido que me cuente su vida. Ella en Durango, en el patio de su casa, yo a 100 kilómetros de distancia, en El Salto, en el piso de mi recámara. 

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Saylí Triana es una maestra de piano nacida en Santa Clara, Cuba. Hace siete años se mudó a Durango. Primero viajó su papá: un Doctor en Educación que llegó para trabajar en la Universidad España de Durango. Durante quince años, José Ángel Triana Gutiérrez estuvo solo aquí, hasta que llegaron Saylí y su nieta, Liz María, de apenas cinco años. Ya en Durango, la capital del estado mexicano del mismo nombre, Saylí trabajó en el Colegio España y después en el Centro de Iniciación Musical Infantil de la Escuela Superior de Música de la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED). Ahí ha desarrollado su carrera como profesora en el Centro, en la licenciatura y como Secretaria Administrativa de la escuela.

Toda la familia “cercana” de Saylí vive ya en Durango: llegaron de a poco, su mamá, su hermano, su abuelita, más tíos y primos. 

—¿Qué objeto resume tu relación entre Cuba y Durango? —le pregunto un día.

—¿Algo que sea tan valioso que me haya traído?

Cuando está a punto de responder, Saylí suelta una carcajada.

—Mi esposo dice “pues yo”. Ni que fuera cubano.

Max Gámiz está fuera de la cámara pero escucha toda la entrevista. “Mira, para que lo conozcas”, me dice un día Saylí por WhatsApp. Recibo un video: él, con camisa y pantalón azul. Ella, con vestido naranja y el cabello largo recogido, siempre como la noche. Él la mira, ella ríe. Tocan “Maracujá” de Aldo López Gavilán.

Max, un pianista duranguense, es también parte de esa familia que vive en la casa que, al mismo tiempo, es el lugar favorito de Saylí y su objeto más preciado.

Foto: Cortesía de la entrevistada.

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No hay un patrón, una respuesta al porqué Saylí y su familia se mudaron a Durango, una ciudad que, desde una perspectiva histórica, nunca recibió una cantidad considerable de migrantes del Caribe o de Centroamérica. La realidad es que fue una mudanza internacional por una oportunidad de trabajo de su padre, luego llegaron los demás miembros de la familia. 

Durante la época virreinal, cuando llegaban franceses, libaneses y españoles, sólo existe el registro de un intendente español, Francisco Potau de Portugal, que llegó a la Nueva Vizcaya desde La Habana con un séquito de aproximadamente cinco personas, y en ese tiempo era común la comercialización de la cera cubana. Esa es la relación histórica más cercana entre el estado del norte de México y el país caribeño, porque aunque ahora no es complicado encontrar académicos, entrenadores o doctores cubanos, la migración cubana en Durango es reciente, apenas originada en el siglo XX.

Saylí sabe que ni ella ni su familia volverán a Cuba. Así que vendió el departamento de Santa Clara, la casa de sus papás, y con ese dinero, más ahorros y préstamos, compró una casa en Durango. Una casa tan grande que todos tienen su propio espacio: sus papás, su hermano menor, su abuela, su hija, su esposo y ella. 

Una casa tan grande que se volvió una Santa Clara en miniatura, en donde se cocina cubano siempre, en la que, en un cambio de papeles, el único extranjero es Max. 

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El abuelo de Saylí, José Félix Triana, “Llito”, era un comerciante popular en Santa Clara. Tenía una carnicería, una tiendita, un bar. Aún ahora, después de su muerte, “la bodega de Llito” es una referencia geográfica. 

—Todavía hay personas que preguntan: “¿y por dónde tú vive?”, “ah por la bodega de Llito”. También le gustaba el traguito y entonces a todo el que pasaba le decía: “ven pa’cá, pa’ que te eches un trago”, y mi abuela rabiando y él muy contento.

Saylí busca fotos y las envía por WhatsApp: blanco y negro, Llito al centro, metiendo algo en una bolsa de papel. La mirada fija en la cámara. Una clienta joven, a la izquierda de la imagen, se lleva algo a la boca. A espaldas de Llito, un pasillo oscuro se abre camino entre paredes repletas de productos. Plátanos cuelgan del techo y alcanzan a colarse en la fotografía.

Otra foto. Llito sigue detrás del mostrador. Dos hombres lo acompañan en posición de chisme: uno sostiene un cigarro, otro sonríe a la cámara. La única sonrisa de las fotos. Más productos que tapizan el espacio: sombreros, frascos con dulces, latas, plátanos, naranjas. “Ropa blanca: jabón candado”, se alcanza a leer en la esquina de la foto. Llito tiene el gesto de quien se aguanta la risa después de una travesura.

Ahí, en esos negocios, Llito albergó a guerrilleros durante la Revolución Cubana, cuando su hijo, el papá de Saylí, era un bebé y el Che apenas forjaba su leyenda en Santa Clara. 

A dos cuadras de la casa y la bodega, había un cuartel. Alguien se asomaba y el tiro era directo. Para dividir la casa entre familia y guerrilleros, construyeron una pared en la sala con latas de galletas. Cuando un avión se acercaba, su abuela escondía a su papá debajo de la cama, y hacía sonar una lata con una cuchara para que el ruido no lo asustara. Los recuerdos de los guerrilleros se quedaron en fotografías donde aparecen rifles, en el recuerdo brumoso de boinas verde olivo que se movían por la casa. “Esos recuerdos son los cuentos que me hicieron”, dice.

No era solamente la posibilidad de brindarles un espacio y comida, había algo más en ese acto de cobijar guerrilleros durante la Revolución. 

—La gente se lanza a la calle porque necesita hacer algo, necesita sentir que está apoyando algo, es esa desesperación de un cambio. 

Las fotografías con los guerrilleros se quedaron en Cuba.

De ese tema, no se volvió a hablar en su familia. Apenas como historias con el tinte de los cuentos de hadas, apenas para responder a la curiosidad de Saylí.

Pero ahí surgió la importancia del Che para su vida.

Los restos del Che Guevara están en Santa Clara. En Santa Clara también se casó, tuvo hijos. En esa ciudad, al centro de la isla, se libró bajo su mando una de las batallas decisivas para el triunfo de la Revolución. Saylí creció viendo el monumento al guerrillero en la Plaza de la Revolución de su ciudad.

“Fue más querido en Villa Clara que el mismo Fidel”, dice. Esas historias del Che y sus guerrilleros en Santa Clara, de sus abuelos dándoles asilo, fueron alimentando su identidad cubana, su patriotismo.

—Mi mamá sí tiene un poquito más de recuerdo que mi papá, porque es mayor, de los trabajos que pasaban antes de la Revolución: que no había comida, que no tenían ropa, que tenían que ver las caricaturas por la ventana de otra persona en el barrio. Ella recuerda esas situaciones que a veces uno no cree que sucedan, pero sucedían en Cuba antes del triunfo de la revolución, entonces creo que por todas esas historias yo crecí con ese patriotismo intrínseco.

Cuando estaba en secundaria, Saylí pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas, una organización integrada por muchachos que destacaban por su participación en actos políticos, por sus ideas socialistas. Pero su generación empezó a conocer el capitalismo, empezaron a llegar historias de personas que dejaban el país, así que para muchos de sus compañeros, Saylí era una “roja”.

—Mi papá fue desde Director Municipal de Educación hasta Viceministro de Educación a nivel nacional; esos cargos eran netamente “rojos”, para llegar ahí tienes que ser una persona totalmente convencida de una educación socialista, en un sistema socialista. Yo viví con eso, con los conceptos de vida que me enseñaron mis padres. La primera palabra que aprendemos tiene que ver con héroes, con Fidel, con Revolución, eso es parte también del sistema, un sistema que tiene muchas cosas buenas, pero también otras malas, desde que naces están tratando de dejarte en esa burbuja que es el socialismo, y ahorita acepto que le faltan cosas. 

Sin embargo, más allá de cualquier sistema político, esas historias que tejen la identidad cubana también se las cuenta a su hija. Aunque ya no viva en Cuba, aunque la niña ya no hable como cubana, Saylí no quiere que Liz María pierda ese sentido de pertenencia ni le pierda el rastro a sus raíces. 

Foto: Cortesía de la entrevistada.

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Niña, ¿qué haces? 
-Te hago un espejo.
-¿Qué haces, abuela? 
-Te hago un recuerdo.
-Abuela, ¿qué haces
frente al espejo?
-Te miro y me veo.
-Niña, ¿qué haces con mi recuerdo?
-Me lo hago reflejo.

Excilia Saldaña

Josías tiene dieciséis años y estudia en la Escuela Superior de Música de la UJED. En la época navideña del 2016 conoció a Saylí. “Ella te hace amar al piano”, dice, y la sonrisa se le mezcla con la voz, “y es demasiado paciente”.

Los adjetivos con los que Josías la describe son casi los mismos con los que ella recuerda a sus maestras:

Ángela Cabezas. 

María Teresa del Sol. 

Rosalía Capote.

En Facebook, encuentro por casualidad una foto de Ángela y Saylí. En un sillón de cuero negro, recargadas una en la otra, los brazos entrelazados. Sus cabellos son opuestos: Ángela, rubio; Saylí, negro y largo contra su blusa blanca, como el libro de Excilia Saldaña.

Ángela Cabezas fue la primera maestra, la de los ejercicios de rítmica y afinación. Vivía en otro municipio, a media hora de Santa Clara, y Saylí viajaba los fines de semana para las clases. Acompañada de su mamá, subía a un camión de carga con otras treinta personas, y empezaba la travesía. Llegaba el viernes en la tarde, se iba el domingo por la mañana. Los días y las clases transcurrían en una casa antigua, sostenida por zancos, con olor a madera.

A los siete años, Saylí entró a la Escuela Vocacional de Arte “Olga Alonso González” para seguir con los estudios de piano que había iniciado dos años atrás. Antes de la admisión, hubo exámenes. De rítmica, de afinación, de coordinación. Las escuelas vocacionales de cada estado no sólo preparan alumnos, también salen en su búsqueda: cada viernes, los maestros viajan en camiones hasta el último rincón de Cuba para aplicar los exámenes a dos mil, tres mil niños que no pasen de los siete años. Al finalizar el proceso, máximo cincuenta alumnos iniciarán clases, todos de la misma edad, todos después de pasar por el mismo proceso riguroso. Esa es la única forma en la que se puede estudiar música profesional en Cuba. 

—Si tú quieres estudiar música y te diste cuenta a los diez años, al menos en una escuela no lo vas a hacer. Y no es sólo que tú quieras, el maestro te escoge, se aseguran de que tú, genéticamente, físicamente y musicalmente, estés preparado para lo que significa una carrera en música. Date cuenta que saliendo de secundaria ya nosotros tocábamos programas de estudio al nivel de los que salen aquí de la licenciatura. 

Ese “aquí” se refiere a la Escuela Superior de Música de la UJED, la única del estado que prepara a músicos profesionales, a la que a veces llegan alumnos que no tienen ninguna base musical. Días después, Josías me dirá que la diferencia entre alumnos es grande: “me tocaron compañeros que no sabían ni qué era una clave de Sol o una clave de Fa”. Tratar de separar esos abismos entre aprendizajes es uno de los objetivos del Centro de Iniciación Musical Infantil, en donde Saylí trabaja desde hace seis años.

En la Vocacional de Artes, los días eran un relojito: las clases de música ocurrían de las 7:30 de la mañana hasta pasado el mediodía: historia de la música, solfeo, coro, armonía, instrumento —piano para Saylí—. Después, hasta las dos de la tarde, era la hora de la comida. Nadie llevaba alimentos, todos comían lo mismo. 

—Era difícil porque no siempre era una buena comida, sabíamos que en casa a lo mejor podíamos comer un poquito mejor pero esa es la parte buena también del socialismo, ¿no? La igualdad. 

Las clases “de escolaridad” cerraban el día: español, matemáticas, biología, hasta las seis de la tarde. Así eran todos los días durante primaria, secundaria y preparatoria.

Cuando Saylí estaba en quinto de primaria, su familia se mudó a La Habana, porque su papá fue nombrado Viceministro de Educación. Los pasillos de la Vocacional de Santa Clara cambiaron por los edificios de la Escuela Nacional de Artes. En Facebook, Saylí comparte una serie de fotos de la escuela: un laberinto blanco y terracota. Ahí, Saylí vivió diez años. 

Al terminar la formación básica y media-superior, después de casi once años de estudiar música, un alumno se encuentra frente a la decisión de continuar su carrera en el Instituto Superior de Arte o en alguna escuela pedagógica: Saylí siempre supo que quería ser maestra y no concertista, así que regresó a Villa Clara para estudiar la Licenciatura en Educación Musical en la Universidad de Ciencias Pedagógicas “Félix Varela”. Ya en Durango, estudió también una Maestría en Educación. 

Al regresar a Santa Clara y trabajar en la misma escuela en la que se formó, se volvió compañera de sus mismas maestras: de Ángela Cabezas, la de la casa con olor a madera, y de María del Sol, una compositora de música infantil y juvenil que siempre estaba contenta. Ellas y Rosalía Capote, una profesora que siempre, antes de cada clase, tenía para ella helado de chocolate, formaron la imagen ideal de maestra con la que creció Saylí y a la que se le sumaron los valores pedagógicos heredados por su padre. Así, ya en el Centro de Iniciación Musical de Durango, es la maestra de los grupos demasiado grandes, de los que no dejan a medias los cursos, la maestra a la que los niños le llevan a sus primos y a sus mejores amigos. La maestra a la que los niños no abandonan, ni abandonan la música.

Foto: Cortesía de la entrevistada.

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-Y tú, ¿qué prefieres, abuela, ser río o ser puente? 
-Ser río, niña mía, ser río. Desbordarme con la lluvia, llegar al mar, cantar en la fuente. Sí, yo nací para ser río y no para ser puente.

Excilia Saldaña

Durante el confinamiento, cuando sale a caminar acompañada por su hija, Saylí recita a veces, de memoria, algún poema de Martí: “Los zapaticos de Rosa”, “Cultivo una rosa blanca” y “La perla de la Mora” son sus favoritos.

Cuando tenía nueve años, Saylí recibió, como regalo de sus papás, “La Noche” de Excilia Saldaña, un libro de poesía que a través del diálogo entre una abuela y su nieta, se mueve entre la memoria y los espacios mentales en los que se guardan las leyendas.

Ese libro, ya sin portada, viajó de Cuba a Durango con “Había una vez…” y “Oros viejos”, de Herminio Almendros, y “La Edad de Oro” de José Martí.

A partir de lo que leo en “La Noche”, le hago a Saylí dos preguntas:

—Si no fueras tú, ¿quién te gustaría ser?

—Creo que hubiera sido maestra de nuevo, porque me gusta, porque desde pequeña tengo el ejemplo de mis padres, y tengo muchos maestros en la familia. Y creo que también hubiera estudiado música. En fin, creo que hubiera sido yo de nuevo.

—¿Eres río o puente?

—Me tocó ser río desde que no tenía necesidad de pensar que tenía que crecer, que tenía que fluir. Siempre he tenido una madurez por delante de mis compañeros. Siento que he sido río mucho tiempo: he crecido, he fluido, pero ahorita creo que ya está llegando el momento de ser puente, porque tengo muchas personas bajo mi protección.

¿Qué tienen en común Martí, Saldaña, Almendros y los guerrilleros de la bodega de Llito? ¿Qué conexiones hay en los cuentos y los poemas que viajaron desde Cuba en su maleta? Hay nocturnos, hay flores, hay historias que se extienden más allá del pasado reciente, de la Revolución Cubana, de Cuba misma. En el vocabulario que pasa de Martí a Saldaña, en los cuentos de sus abuelos y los guerrilleros, está la presencia latinoamericana de la maravilla en lo cotidiano. El objetivo de “La edad de oro” era ese: inmortalizar el prodigio cubano. 

Como la niña de las historias y los poemas de “La Noche”, Saylí convirtió sus recuerdos propios y heredados en reflejos de los matices que la arman: su vocación como maestra, su pasión por el Che y la Revolución, su amor profundo por sus raíces cubanas. 

“La Noche” se abre, Excilia Saldaña canta y Saylí Triana, en Santa Clara o Durango, escucha. 

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El Caribe, aquí, ahora. Una serie de historias elaboradas por la Cuarta generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación con la región insular usualmente olvidada en los grandes temas latinoamericanos a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.

Ilustraciones: Alma Ríos.
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Sac-Nicté Calderón

México (1991). Maestra en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid y Maestra en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Fue becaria del programa Prensa y Democracia (PRENDE) y parte del MashUp de periodismo “Balas y Baladas” de 2016. Finalista del Premio de Crónica “Nuevas Plumas” 2017 y becaria del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico 2018-2019. Escribe sobre cultura y sobre moda. Busca aprender y escribir más sobre temas de género, LGBTTTIQ+ y salud mental.

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