La historia de Alicia es, al mismo tiempo, un recorrido de Centroamérica a Cuba. Una ruta que contiene momentos clave de la violencia y los conflictos que han ocurrido en estos países, pero sobre todo es un relato de alguien que siempre ha estado de pie.


 

Aunque a veces se confunde y dice “nosotros los cubanos”, Alicia del Socorro es costarricense, por eso cuando habla arrastra la erre hasta convertirla casi en ele.

Estamos en la sala de su casa, en la Zona 7 de Alamar, en la periferia de La Habana. Aunque en el mapa Alamar se ve a un paso de la costa, desde la casa de Alicia lo único que alcanza a verse son calles medio desiertas y edificios de microbrigada, ninguna sombra del mar. Muy cerca de aquí, Fidel Castro inauguró a mitad de los 80 la piscina más grande de América Latina, hoy un gran hueco de cemento donde los skaters matan el tiempo.

De alguna manera Alamar es esa piscina: un barrio levantado por obreros durante la década del setenta, al que vinieron Salvador Allende y delegaciones internacionales a inaugurar escuelas y hospitales, que después de la crisis de los 90 cayó en el olvido hasta convertirse en lo que es ahora, un lugar donde no parece que suceda mucho. Aquí, en definitiva, es donde Alicia ha vivido los últimos 30 años. Ahora tiene 63.  

La sala de su casa, decía, es como una extensión de sí misma. Apenas uno cruza la puerta hay un poster de Fidel Castro en uniforme de campamento, sólido él como un roble, la Sierra Maestra de fondo. Del resto de las paredes cuelgan un cuadro costumbrista y un par de artesanías latinoamericanas. “Donde haya un costarricense, esté donde esté, hay libertad”, se lee en una de ellas.

Alicia está sentada a la mesa. A diferencia de las mujeres cubanas de su edad, que suelen llevar el cabello corto, ella lo lleva largo y negro hasta bien cerca de la cintura, negro natural. Apenas le asoman las canas. La expresión de su rostro es fuerte y noble a la vez, cuarteada mínimamente por los pliegues de las arrugas. Tiene cejas espesas y ojos color del musgo. Es la viva estampa de una mujer laboriosa.

Alicia es conocida en Alamar por ser una suerte de activista por los derechos infantiles, aunque probablemente ella no se entienda a sí misma como tal. Durante los últimos años se ha encargado de organizar todo tipo de actividades para los niños y jóvenes de su comunidad, desde grandes fiestas comunitarias por el Día de la Infancia hasta visitas a la Casa de la Cultura local. Desde hace un año y medio, además, lleva un proyecto para prestarle pelotas a los niños que no tienen. Por eso a cada rato grupos de muchachos tocan a la puerta de su casa y le piden balones para jugar. Ninguna la llama Alicia, sino Ceci, Cecilia cuando más.

“Es que acá todos me dicen así”, dice ella. “Ceci esto, Ceci lo otro. Casi nadie me conoce por Alicia. Es una larga historia”.

Alicia llegó a Cuba en marzo de 1988, después de un largo y tormentoso viaje por Centroamérica. Vino por mediación del Consejo Mundial de Iglesias. Casi desde el inicio se instaló en esta casa que ocupa ahora. Aquí se casó, tuvo dos hijas, empezó a estudiar Derecho y cuidó, repartidos entre varios momentos, a más de una veintena de niños refugiados guatemaltecos. Todo eso en la peor década de la Revolución.   

El colapso del campo socialista en 1991 hizo que la Isla quedara huérfana económicamente y entrara en una crisis sin precedentes, conocida como Período Especial. En solo tres años el PIB cayó un 36 por ciento. La falta de combustible, subsidiado hasta entonces por la Unión Soviética, dejó al país casi sin pulso. El transporte se vino abajo, decenas de industrias cerraron y buena parte de los mercados quedaron vacíos. Durante mucho tiempo los apagones se volvieron cotidianos.

“Yo los días me los pasaba lavando, cocinando y haciendo colas para comprar papas y malanga, cuando venían. Por la noche tenía que acostar a los niños en la sala y abanicarlos con una toalla, para refrescarlos y espantar a los mosquitos, porque el calor era terrible. Así hasta la una de la madrugada, que era cuando regresaba la electricidad. Entonces los llevaba para los cuartos y les ponía los ventiladores. A esa hora me ponía a estudiar. Hasta que lo dejé. De todas formas no había transporte, no podía ni llegar a la Universidad”, dice Alicia mientras recuerda.

Aunque el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos le daba 30 pesos cubanos mensuales por muchacho, no había mucho que pudiera hacer con eso, salvo comprar los productos subsidiados por la libreta de racionamiento y poco más. Con la inflación que se desató después de la crisis, una caja de cigarrillos podía costar hasta 120 pesos cubanos. Por eso, ella y Carlos, su esposo, decidieron no quedarse de brazos cruzados. Trajeron tierra de los alrededores e improvisaron un pequeño huerto en el patio trasero del apartamento, con tanquetas y cazuelas viejas como macetas. Sembraron calabaza, rábano, lechuga, cebolla, chayote, aguacate. También criaron gallinas y conejos hasta que las autoridades sanitarias lo prohibieron. Así, entre una cosa y la otra, lograron paliar los años duros de la carestía, cuando el picadillo de soya o la pasta de vísceras de oca podían ser vistos como manjares.

“Cuando el camión del maíz venía yo sabía que había para todos, o que lo niños tenían asegurada su botella de leche. Yo sé lo que es un niño llorando de hambre, la gente en las montañas sin nada que comer”.   

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Alicia (esquina derecha) durante el noviciado en Guatemala.

Alicia conoció la pobreza verdadera cuando tenía 20 años y llegó a El Incienso, un asentamiento informal ubicado en el barranco debajo del puente Martín Prado, cerca del centro histórico de Ciudad de Guatemala. Era el año de 1976.

En realidad todo empezó cinco años antes, cuando un grupo de monjas llegó hasta Alajuela, su pueblo natal en Costa Rica, buscando muchachas con vocación religiosa. Hasta entonces, Alicia había vivido siempre en el campo. Su padre y sus dos hermanos eran agricultores y ganaderos pequeños, el sustento de la familia. Su madre, en cambio, era una mujer enfermiza, por lo que Alicia, la mayor de las hermanas, tuvo que hacerse cargo de la casa desde pequeña, ni siquiera pudo empezar la secundaria. Cuando las monjas pasaron por Alajuela tenía 14 o 15 años, pero ya hacía tiempo que se le había despertado la conciencia. Quería dedicarse a ayudar a los más pobres, decía siempre. Por eso se fue con las monjas.

Los siguientes cinco años los pasó entre iglesias y conventos en San José y Ciudad de Guatemala, hasta que llegó a El Incienso. Antes había decidido apartarse de la iglesia, no tomar los votos, sino seguir como misionera seglar. La lectura durante los días del noviciado de las obras de la teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres la hicieron cuestionarse si lo que buscaba realmente era una vida como monja. “Me di cuenta de que Jesús no se la pasaba sentado en una iglesia y mucho menos en un convento”, dice, “sino en la calle, entre los desposeídos. Por eso dejé el noviciado y me fui al barrio más pobre que encontré”.

En El Incienso las condiciones eran precarias. Decenas de familias vivían hacinadas en covachas maltrechas, sin asomo de servicios básicos, al fondo de un barranco. Muchas llegaban del interior huyendo de la Guerra Civil y de los estragos dejados por el terremoto de 1976. Allí alquiló una covacha pequeña con paredes de lepa, techo de zinc y piso de tierra, adentro lo indispensable, apenas una estufa y una camita. Ni siquiera tenía mucha ropa. Para sobrevivir y pagar el alquiler, lavaba ropa ajena y vendía frutas de puerta en puerta. Las necesidades las hacía en letrinas, como todo el mundo.  

Cuando no estaba trabajando, ayudaba al resto de los pobladores como podía. Les enseñaba a leer y a escribir, buscaba alimentos, cuidaba y curaba a los enfermos. En una ocasión una bebé murió de neumonía en sus brazos.

Hasta que un par de años después su nombre y sus prédicas comenzaron a llamar la atención.

Durante la Guerra Fría, los activistas de la teología de la liberación fueron perseguidos no solo en Guatemala, sino también en otros países latinoamericanos con dictaduras de derecha. Eran considerados izquierdistas, aliados peligrosos del marxismo-leninismo. Solo en Centroamérica, más de 1,800 de sus monjas y sacerdotes fueron torturados y exiliados entre las décadas de 1960 y 1980. Otros 70 terminaron asesinados.

“A mí llegaron a matarme a El Incienso. Me pusieron una emboscada muy fuerte”, dice.

El día de la emboscada estamos en 1980, quizás 1981, fue todo muy rápido. Alicia estaba en la covacha de una vecina que había tenido que salir y le había pedido que velara a sus hijos mientras tanto. Era cerca del mediodía. Poco antes había mandado a los tres mayores a buscar agua y leña para bañar al más pequeño, que estaba enfermo del estómago. Después, como el resto no había comido nada en todo el día, quiso prepararles algo, unas tortillas de maíz, pero ya no hubo tiempo.

“De pronto escuché que una mujer se acercaba llamándome: ¡Seño! ¡Seño!, gritaba. ¡Dicen los muchachos que se va ahora mismo de aquí!”.

Los muchachos eran los drogadictos de El Incienso, que gozaban de cierto poder en los callejones, formados como pandilla. Tiempo atrás, Alicia había curado a uno de los líderes luego de una paliza que había puesto en peligro su vida. Como muestra de gratitud, los drogadictos habían prometido cuidarle las espaldas a partir de entonces, velar que nada le sucediera bajo sus narices.

Aquel día, mientras Alicia atendía a los niños, unos sacerdotes habían llegado al barrio preguntando por su nombre, solo que en realidad no eran sacerdotes, sino policías con órdenes de capturarla. Los drogadictos los reconocieron al instante. Eran los mismos hombres que a cada rato les hacían redadas y los llevaban presos por temas de drogas. Sabían sus nombres, sus alias, todo. Apenas los vieron mandaron a poner a Alicia sobre aviso. Luego ellos mismos se encargaron de escoltarla hasta el monte, donde la dejaron para que siguiese su camino lejos de El Incienso.

A partir de entonces comenzó a llamarse Cecilia. “Para encubrirme”, explica. Así anduvo por varias provincias de Guatemala, escondida la mayor parte del tiempo, tratando de quedarse el mínimo posible. Después de varios meses atravesando montes y sin techo fijo para dormir, se asentó en una colonia indígena en el departamento de Chimaltenango, donde se dedicó mayormente a curar enfermos. “Una aldea donde la gente no tenía nada”, dice. “Nada, nada”.

Después vinieron las masacres, que sumaron más de mil.

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Alicia en Guatemala.

Era 1982 o 1983, la guerra en uno de sus trances más sangrientos. De un lado estaba la guerrilla, la entonces Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, del otro el Ejército, decidido a aplastar a la insurgencia. En el medio, cientos de colonias pobres y desprotegidas como aquella de Chimaltenango.   

“Hasta que un día nos dijeron que venía el ejército”, dice. “Apenas terminábamos de mandar a la población para las montañas y en eso que llegaban ellos”.

“Ellos”, por supuesto, eran los soldados. Cuando entraron a la colonia, Cecilia estaba todavía a medio camino del monte, corriendo en dirección contraria. Se había quedado atrás apurando a los rezagados. Aun así alcanzó a esconderse tras unos matorrales y ver cómo el ejército destruía la aldea, una de las cerca de 400 que fueron borradas del mapa durante los 36 años que duró el conflicto guatemalteco.

“No se puede tener una idea de aquella inmensidad de soldados llenos de armas, ni de las avionetas. Las bombas no caían sobre la gente porque ya estaba escondida, pero en ese momento yo todavía no lo sabía y pensaba que sí, que les estaban cayendo encima. No sé ni cuántos meses estuve que no sabía ni cómo me llamaba, de la impresión”.  

El resto de los meses que estuvo en Guatemala, Alicia los pasó de nuevo en el monte, escondiéndose del ejército. Antes de marcharse del país, en 1984, vivió otros dos bombardeos similares al de Chimaltenango. Después cruzó la frontera rumbo al este.

En Honduras trabajó un par de meses como voluntaria en una de las comunidades religiosas de El Arca, creadas por el teólogo canadiense Jean Vanier para acoger a personas con deficiencias mentales sin hogar. “La tristeza más grande del mundo era Honduras”, dice casi con un suspiro. “En Guatemala las indígenas ponían una cazuela con agua, sal y hierbas comestibles, y por lo menos los niños comían algo. En Honduras a veces ni eso. La tierra podía ser muy árida y no producir nada. Era la miseria entre la miseria”.

Alicia con niños en Nicaragua

Alicia del Socorro (esquina superior izquierda) en Nicaragua.

Luego se marchó a México por razones de salud, respaldada por el Consejo Mundial de Iglesias. Debía tratarse la columna. Allí sobrevivió al terremoto de septiembre de 1985, el más terrible en la historia del país. Estaba en Ciudad de México cuando ocurrió. No recuerda mucho del momento, pero sí que el gobierno abrió los teléfonos públicos y buscó uno y llamó a casa de su hermana. No había hablado con su familia en años, desde la época de El Incienso. Respondió su madre. En Costa Rica ya la habían dado por muerta.

En México asumió la custodia de 32 niños guatemaltecos, cuyos padres todavía luchaban en las montañas. Los había de ocho meses de nacidos y de 14, 15 años. Poco después del terremoto, el Consejo Mundial de Iglesias decidió trasladarlos a todos para Nicaragua. Habían pasado seis años desde que el Frente Sandinista de Liberación Nacional derrocara al régimen de Anastasio Somoza y se instalara en el poder, trayendo consigo todo un programa de reformas sociales. Una vez allí se instalaron en el poblado Las Nubes, en el departamento de Chinandega, donde vivieron relativamente tranquilos.

A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, el conflicto entre los sandinistas y la resistencia nicaragüense, conocida como “los contras”, hacía del país un lugar cada día más incierto. Primero los golpeó la escasez, luego la idea de la violencia. “Empezaron a decir que los contras iban a bombardear Managua y toda la zona oeste, donde estábamos nosotros”, dice. “Eso me puso muy alterada, me enfermó de los nervios. Comencé a llorar todo el tiempo, a no poder dormir. Si lo conseguía entonces tenía pesadillas. Soñaba que a alguno de mis niños le caería una bomba encima”. Hasta marcharse de allí.

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Alicia en el patio de su casa en Alamar, La Habana, Cuba.

Ahora lleva 30 años en Cuba y está desempleada. Poco después de que los niños regresaran a Guatemala luego de firmada la paz a finales de 1996, Alicia empezó a trabajar oficialmente como dependienta de una farmacia muy cerca de su casa. Hasta hace unos meses, cuando quedó fuera debido a recortes de plantilla. De momento no tiene derecho a cobrar pensión. Enredos burocráticos. Desde hace tres años tiene edad de retiro, pero no la cantidad de años de trabajo requerida por el Estado cubano, que es de 30. El cuidado de los niños no se lo cuentan. Tampoco es que se derrumbe por eso. Es una luchadora.  

En todo este tiempo ha regresado un par de veces a Costa Rica, pero solo de visita, nunca para quedarse. “Por supuesto que extraño”, dice. “Al final es la patria, las costumbres, la familia. Sin embargo, yo soy feliz en Cuba. Aquí tuve a mis hijas, tengo mi casa, encontré la seguridad. Ya para mí sería difícil readaptarme allá. A lo mejor podría hacer algo en la finquita de mi hermano, pero pienso en Carlos, en qué va a hacer él, en cómo va a llevarse sus libros”.

Mientras tanto, se entretiene con las actividades que organiza para los niños y con su nieta de seis años, que vive en el apartamento de al lado, junto a su hija mayor. También pasa mucho tiempo recorriendo los estrechos callejones de su huerto, cada día más poblado. “Es lo que más hago desde que no tengo trabajo”, dice. “Dedicarme a las hortalizas”.

Las fresas son su nueva prioridad. Casi nadie cultiva fresas en Cuba básicamente porque el clima no las acompaña, pero Alicia dice que no, que el problema no es tanto el clima, sino las plagas. Me lleva al patio y me las enseña. Están sembradas en unas macetas pequeñas, como de metal, sobre una mesa rústica, casi al final. Son diminutas todavía. Podría arrancar muchas y aun así no llenarme la mano. “¿Ves aquella que está amarillita allá?”, me pregunta. “Es la única que sobrevivió el año pasado al huracán, y echó todas esas hijas”, dice y se queda un rato enternecida, mirándolas en silencio.

“Este año vamos a ver”.

***

[Este texto es parte del especial “Cuba en América Latina. América Latina en Cuba” que incorpora reportajes y crónicas desde 10 países de la región].

“Cuba en América Latina. América Latina en Cuba” es una serie historias elaboradas por la Tercera generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas para generar conversación regional con la isla caribeña a través de personajes y situaciones que permitan delinear una vinculación más profunda.

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Ilustración: Alma Ríos

Ilustración de portada: Alma Ríos

Fotografías: cortesía de la entrevistada

Javier Roque Martinez

Javier Roque Martinez

Cuba (1993). Graduado de Periodismo por la Universidad de La Habana. Escribe para medios cubanos como El Estornudo y OnCuba. Es integrante de la Tercera Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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