Celsa Valdovinos fundó la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OMESP) en 2003, con el objetivo de organizar a las mujeres campesinas y rurales para limpiar los arroyos de las comunidades. Años atrás ya defendía a su comunidad de la tala de árboles que realizaba una empresa canadiense. Por el incremento de los ataques contra las defensoras, se desplazó. Su lucha sigue, pero en otras trincheras.


 

“¿Mira, podemos hablar mañana por la tarde? Es que hoy la luna está tiernita, es luna nueva; está buena para sembrar mis hortalizas”, dice Celsa al teléfono, se escucha su voz gruesa, directa y franca. Me explica de manera breve que la tierra es de ciclos. Tiene sentido, pienso, y reprogramamos. 

Celsa Valdovinos Ríos es campesina, una mujer rural que se asume como defensora alimentaria y protectora del agua en “La botella”, una de las zonas rurales y boscosas con la mayor cantidad árboles en la entidad; ejidal en el municipio de Petatlán ubicado en la Sierra, parte de la región de la Costa Grande de Guerrero en México.

La Sierra de Petatlán fue uno de los puntos clave para el movimiento de independencia de México en 1810; en este poblado se sembró el contingente insurgente que abrazó al sacerdote y militar insurgente,  José María Morelos y Pavón, quien constituyó el documento libertario más importante para el país: Sentimientos de la Nación. 

Ahí Celsa inició su lucha. 

Una escucha y pregunta por Celsa Valdovinos entre organizaciones de derechos humanos y personas defensoras: todas conocen su nombre, saben de su lucha por detener la tala de árboles en la Sierra de Petatlán a finales de la década de los noventa y principios del nuevo milenio, cuando una empresa aserradero canadiense cometía crímenes contra los ecosistemas de los “ranchitos”, pueblos ricos en cedro, roble y caoba, y dejaba secos los “ojitos de agua» (manantiales y arroyos) por la tala que devastaba sus tierras. Ella es el emblema, el símbolo guerrerense de la pelea por los ecosistemas de Guerrero. “Mi trabajo es sobre la alimentación y reforestación”, reafirma de forma contundente en la siguiente llamada.

Celsa fundó la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OMESP) en 2003, aunque comenzó a organizarse con otras mujeres campesinas y rurales de los ejidales desde 2000 y 2001 para limpiar los arroyos de las comunidades, narra.

Por la pandemia de la covid-19 la entrevista tenemos que hacerla por teléfono. No puedo mirarla a la cara, pero su voz llena toda la atmósfera. “Nosotras limpiamos los manantiales de los ranchitos chiquitos que estaban en la comunidad de ‘La botella’ como: ‘La barranca del bálsamo’, ‘Carresilleras’, ‘Los zapotillos’ o ‘Los limones’, unas 12 comunidades. Así nos organizamos en todas las comunidades, cada quien limpiaba su arroyo, cuidaba su pedazo de tierra”, cuenta orgullosa del impacto que causó que se organizaran las mujeres campesinas de su localidad. 

Recuerda que luego de que invitaran a su esposo —también defensor ecologista, Felipe Arreaga Sánchez— y a ella a un congreso de una red de técnicos e ingenieros agrónomos y campesinos en Veracruz en 2001 —en donde les mostraron y capacitaron sin quitarles sus costumbres—, fue ahí que pensó que a su regreso se organizaría con mujeres campesinas de su comunidad y formaría la OMESP para sembrar hortalizas, maíz y otras semillas. “Yo como soy preguntona, pues ahí aprendí”, dice su voz que parece sonriente. Con una sola vez le bastó para absorber el conocimiento.

El objetivo de la organización era trabajar tierra para el consumo propio: hortalizas, maíz, jitomates; carnes, leche, queso que producían las campesinas de la Sierra de Petatlán. “Primero hay que pensar en comer y luego en vender”, dice la mujer de 64 años. Entonces, en 2005 crearon un sistema económico de trueque que fuera sustentable para las personas en sus comunidades.

“No se necesita dinero. Éramos 80 mujeres campesinas socias en este sistema de intercambio, en el que también nos capacitamos”, explica la mujer que cuando nació en el cielo estaba la luna en Acuario, la luna de pensamiento colectivo.

Las mujeres no tenían ni voz ni voto en las asambleas agrarias o en la escuela, la opinión de la mujer campesina no valía para los hombres en las comunidades, entonces, organizadas en la OMESP hicieron talleres sobre derechos de las mujeres. La intención era inspirar  a otras campesinas. Sin embargo, los hombres de la comunidad no estaban muy contentos y decían a sus esposas: “no vayas con esa mujer. Ésa señora se encarga de voltear a las mujeres, vas a agarrar otras costumbres”, recuerda Celsa.

“Nos enfrentamos a los esposos, a la Secretaría de Medio Ambiente y luchamos para gestionar lo necesario para reforestar. No les parecía que nosotras lo hiciéramos, porque hay corrupción, reportaban pérdidas en la siembra, mientras se quedaban el dinero. Pero aún así, por ejemplo, la siembra de 77  mil 500 árboles de roble, cedro y caoba en 2003 en el ejido de ‘La botella’, lo hicimos nosotras”, explica Celsa contundente y clara, como sus ojos verdes.

La niña nómada que trepa los árboles

“Como que lo traigo desde que era niña, eso de cuidar los árboles”, medita y suelta un suspiro que la hace reír. Celsa nació el  6 de abril de 1956 en Buena Vista, en el ejido de “La botella” comunidad en Petatlán, Guerrero.

Ignacio, su papá, era un andariego por los caminos de los ejidales; eso hizo que su familia fuera viajera. Vivieron en varios ranchos; eran nómadas. No fue a la escuela. Aprendió junto a su mamá, preguntándole el abecedario. Recuerda que uno de sus  primos le llevó unas cartillas de lectura que entregaba una radiodifusora, la cual tenía programa para impartir clases, y así fue como comenzó a leer.

Su mamá, María Romelia, era costurera, cosía ajeno desde los 11 años. Celsa también aprendió el oficio de su madre, un poco tarde, dice. A los 18 años empezó a coser, para sus seis  hijos; cuatro mujeres y dos hombres. Les hizo sus vestidos y camisas. “Era más barato buscar los modelos en las tiendas, luego hacerlos”, dice. También hacía dinero de la costura.

“Soy persona del campo. Hablo español, no tengo etnia”, dice. “La lucha es por la vida de todos los seres vivientes, porque al cuidar el medio ambiente, quiere decir que la lucha es por todos los seres”, lanza fuerte.

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“Las mujeres defensoras del territorio en México se van formando a través de las injusticias y problemáticas que enfrentan en sus comunidades. Se van formando a través de los problemas que enfrentan frente a la autoridad, frente a otras compañeras y compañeros que las encaran. En el caso de Celsa Valdovinos fue por el simple hecho de darse cuenta de la tala inmoderada, que de manera desmedida los grandes caciques estaban realizando”, dice la abogada del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, Neil Arias, en  entrevista para Distintas Latitudes

La abogada recuerda que por ello es que Celsa junto a su esposo Felipe emprendieron una lucha por defender sus bosques. “Ella, como mujer, pensando en el futuro de sus hijos, hijas; esa es la razón que la orilló a defender sus bosques”, explica la abogada.

Eso siempre tiene implicaciones, porque cuando se empiezan a dar cuenta de que es una mujer quien abandera una lucha, que platica con más mujeres para organizarse y defender los bosques, el nivel de riego se focaliza en ella; tienen que lidiar con los comentarios misóginos de hombres que culturalmente piensan que la toma de decisiones es de ellos. La mujer no tiene voz ni voto; que solo sirve para los quehaceres domésticos, precisó Neil Arias.

El Centro de Derechos Humanos y Medio Ambiente (CEMDA) en 2019 registró 22 casos de agresiones, 8 fueron dirigidos contra mujeres y 14 contra hombres. Además, se dieron 9 casos en los cuales fueron atacadas dos o más personas; es decir, que en 23.1% de los casos de ataques se dirigieron en contra de dos personas o de algún un colectivo. En esta situación, 16 de las personas son hombres y 5 son mujeres. El informe detalla que, se registraron seis casos de agresiones en comunidades vulnerables lo que representa un 15% y dos casos de agresiones contra organizaciones esto es un 5% de agresiones cometidas. 

Por su parte, la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en México (RNDDHM) publicó en el informe “Análisis de Agresiones a Defensoras de Tierra, Territorio y Ambientales” que las agresiones contra las mujeres defensoras de los derechos de la tierra y ambientales ocupa el tercer lugar en México, según el registro de la organización.

El documento detalla que en 2019 se perpetraron 119 agresiones contra 39 mujeres defensoras de derechos humanos y 10 a organizaciones o colectivos. Mientras que en primer semestre del 2020 se cometieron 78 agresiones contra 21 defensoras de derechos humanos, y a cuatro organizaciones o colectivos en México.

El desplazamiento forzado, el aislamiento y pecas

Hace cinco años que dejé la organización, la violencia en los pueblos de la Sierra es cada vez más dura, las personas campesinas abandonan sus comunidades, se han visto en la necesidad de salir por miedo”, relata Celsa la realidad que vive porque hoy se encuentra en desplazamiento forzado.

La tristeza la hace pensar en regresar, no en organizarse, al menos por el momento. Su esposo murió en un accidente el 16 de septiembre de 2009, desde ese momento se desplazó de la Sierra de Petatlán. 

“Estoy alejada, al principio sentía que me cortaban las alas. Mi trabajo era algo muy bonito para mí, me gustaba. Aprendí muchísimas cosas, vivía en la Sierra, allá en lo más alto del cerro. Mi motivación ha sido por la necesidad de concientizar sobre cómo los pueblos se estaban quedando sin árboles y sin agua, hacer algo por ello”, respira y lanza las palabras. 

Ahora la acompaña “Pecas”, su perrita. Es medio brava, dice, así que la saca a dar una vuelta todos los días; también tiene una cotorrita. No le gusta que estén amarrados. Cuando se siente triste escucha “música de guitarras”  o de los Tigres del Norte que le pone de mejor humor.

La pandemia causada por el virus SARS-CoV2 sólo acentuó el aislamiento en el que ya está. La precaución y el temor de que algo le suceda se va por momentos.

Celsa entiende esta soledad como los tiempos para nutrir la tierra, defender su lugar, y lo hace por todo el planeta tierra. Según la astrología, en el cielo existe unos puntos llamados Nodos Lunares, los astrólogos le llaman “La cola y la cabeza del Dragón” porque están unidos y opuestos,  conectados, cambian cíclicamente. El Norte o Cabeza es el punto evolutivo.  Cuando ella nació El Nodo Norte, la cabeza del Dragón, estaba en Sagitario, el signo que pelea por la libertad, de la búsqueda por la verdad.

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En 2019 Celsa Valdovinos Ríos se graduó de la secundaria a través del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, esto le hace sentir bien porque para ella aprender es parte del camino.

“El papel de las mujeres en la defensa del territorio está medio carajo. Ahora ya nos valoran más. Es un medio difícil porque no nos respetan a las mujeres campesinas, nuestro trabajo, pero seguimos siendo discriminadas. La mujeres somos necesarias, necesitamos organizarnos, tenemos el derecho de participar políticamente en temas que afectan en las comunidades”, reclama.

Y termina: “Mira, te dejo porque voy aprovechar la luna para irme a sembrar chile habanero y milpa». 

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Mujeres de palma y maíz. Una serie de historias de mujeres indígenas que defienden el agua, la tierra, los bosques, los ríos y los derechos de las mujeres campesinas. Historias de las voces silenciadas de quienes están en la primera línea en la lucha por la preservación de los ecosistemas y la protección de los derechos humanos en América Latina.

Ilustraciones: Alma Ríos.

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Scarlett Arias

(Guerrero, México). Reportera, fotoperiodista y locutora. Es integrante de la Red de Periodistas Guerrerenses con Visión de Género, también integra la Comisión de Alerta de la Red Nacional de Periodistas y es parte de la Comisión de Denuncias de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género (RIPVG). Comparte corresponsalía en la agencia Comunicación e Información de la Mujer, A. C. Forma parte de la Red Rompe el Miedo de Article 19 México. Colabora desde hace 19 años en Radio Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro). También es parte del colectivo: Reporteras en Guardia que realiza el memorial de crímenes contra periodistas: Matar a nadie. Periodista en temas de género y acceso a la justicia, derechos humanos y libertad de expresión

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