Cimafunk emergió en Cuba casi de la nada. En poco tiempo logró que la revista Billboard lo incluyera sorpresivamente a inicios de este año en su lista de “diez artistas latinos a seguir durante 2019”. Esta es su historia.

 


 

Hace un par de años, Erick Iglesias Rodríguez apenas llamaba la atención. Estaba cerca de cumplir los 28 y su mayor sueño era convertirse en estrella de la música. Pero la verdad es que difícilmente alguien hubiera apostado por él. Para empezar, no tenía estudios de canto ni de instrumentos. No obstante, no se desanimó y fue a por su objetivo. Asentado desde hacía un tiempo en La Habana, hizo todo lo que pudo hasta que finalmente logró introducirse en las peñas de algunos de los músicos alternativos más conocidos de la capital, donde consiguió trabajos como acompañante. Ahí estaba Iglesias dos o tres años atrás: en el segundo plano de los pequeños escenarios habaneros, viéndoles las espaldas a los artistas consagrados.

Si miramos el estado de cosas, pareciera que de entonces acá pasó mucho tiempo, pero no. Lo que pasa es que en muy poquísimo tiempo Iglesias le dio vuelta a la situación. Aunque en la Isla no es común que alguien en su posición llegue a conquistar la fama, su talento y su carisma hicieron trizas todos los pronósticos. Ahora, para muchos inexplicablemente, Iglesias es el rey de turno de la música cubana, solo que se hace llamar Cimafunk.

Para quienes no lo conocen aún, Cimafunk es el cantante de “Me voy”, seguramente la canción cubana más escuchada el último año. Es sumamente difícil, casi imposible, que en estos meses alguien de la isla no haya coreado o tarareado el famoso estribillo del tema. No es solo que sea pegajoso, es que te sigue a donde quiera que vayas: en la radio, en la televisión, en los bares, en los taxis, en las fiestas, en los tonos de llamada. Hacía tiempo que no ocurría algo así con una canción que no fuera de salsa o reguetón.

Pero “Me voy” no es más que la carta de presentación de Cimafunk, el muchacho que en 2018, después de salir prácticamente de la nada, ganó los Premios Lucas y Cuerda Viva –el primero en la categoría de Artista Novel, el segundo en Video más popular- y fue nombrado Artista del Año por la revista Vistar; o el que Fito Páez llamó “dios de ébano” tras compartir escenario con él en un festival de Gibara; o el que la revista Billboard incluyó sorpresivamente a inicios de este año en su lista de “diez artistas latinos a seguir durante 2019”.  

Hay fiebre de Cimafunk. Y aunque todo ha sucedido de manera muy apresurada, tampoco es para extrañarse: la explosividad es uno de sus signos vitales. Tal vez tenga que ver con la primera parte de su nombre artístico, que proviene de la palabra cimarrón. Cimarrón es como se le llamaba en Cuba, durante la época de la colonia española al negro esclavo que escapaba de las plantaciones para vivir monte adentro, bajo sus propias leyes. Desde entonces, es sinónimo de libertad y de rebeldía, pero sobre todo de fuerza y ganas de vivir.

Y pocos géneros traducen de manera tan natural las ganas de vivir como el funk, que explotó en Estados Unidos durante la década de 1970. Es una fusión muy jíbara de conceptos la que ha hecho Cimafunk: el cimarronaje, que es la vida libre, y el funk, que es la vida divertida. El grove del funk es tan poderoso que incluso en Cuba, un país dominado de punta a cabo por la música salsa y su descendencia, llegó a tener buena cantidad de seguidores durante su época de oro.

–Aunque se escuchaba un poco a escondidas –aclara Tony Carrera.

Carrera, que ya sobrepasa los cincuenta años, es un músico, productor e ingeniero de sonido con una extensa hoja de servicios dentro de la industria nacional. Nominado en varias ocasiones al Grammy, a lo largo de los últimos cuarenta años ha trabajado con artistas tan diferentes como José María Vitier y Baby Lores y Chacal. Ergo, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que conoce las interioridades de la música cubana como la palma de su mano.  

–El funk no triunfó en Cuba por motivos políticos –resume Carrera desde su asiento, ubicado en el centro del estudio musical que ocupa una de las habitaciones de su casa-. Como no era un género cubano tendía a ser apartado, no estaba entre los más comercializables. Si en las escuelas te escuchaban tocando ese tipo de música podían hasta expulsarte. No obstante, había grupos que lo hacían. Ahí están los discos de Los Dada y Los Barba, por ejemplo.

Lo que sucedió en Cuba con el funk no fue muy diferente a lo que sucedió con otros géneros, sobre todo anglófonos, durante las primeras décadas de la Revolución. Entonces las canciones de The Beatles, por ejemplo, eran consideradas fuente de “diversionismo ideológico”, una etiqueta abstracta y arbitraria bajo la cual se englobaba todo aquello que no encajara en los márgenes del socialismo de Guerra Fría. Ahí entraban músicas, literaturas, ideas, poses, atuendos, incluso cortes de cabello. Era una cuestión puramente dogmática, aplicada en Cuba doblemente: no solo por el choque ideológico entre los bloques socialista y capitalista, sino también por la hostilidad personal entre Cuba y Estados Unidos.

Claro que, nacido en 1989, Cimafunk creció en medio de un contexto diferente al de las décadas de los 70 y los 80. Crisis económica aparte, la Cuba de los años noventa en adelante fue cada vez menos prejuciosa en el ámbito cultural, más abierta a recibir corrientes extranjeras. En su pequeño barrio a las afueras de la ciudad de Pinar del Río, mientras no estaba en la escuela o cantando góspel en una iglesia local, Cimafunk se encerraba en el auto de su tío a escuchar clásicos cubanos como Benny Moré, Rolando Laserie y NG La Banda, pero también a gigantes internacionales como Michael Jackson, Stevie Wonder o Fela Kuti.

Fue en esos años cuando empezó su amorío particular con la música, que siguió incluso después, cuando intentó estudiar Medicina. Sin embargo, a lo largo del tiempo nadie sería tan primordial para él como el mítico James Brown. Este no solo le descubrió la maravilla del funk; también le sirvió de inspiración para dejar las formalidades e intentar convertirse en lo que siempre quiso: una estrella de la música.

Ahora, varios años después, Cimafunk tiende a ser llamado el James Brown cubano por su manera de mezclar el funk con los ritmos afrocubanos. Sin embargo, lo que verdaderamente lo hace atractivo para el público cubano es su sentido auténtico del show.

Todo comienza con la imagen. Cimafunk lleva corte afro, gafas grandes, ropas extravagantes y coloridas. En un país donde la mayoría de los músicos populares intentan vestir acorde al último grito de la moda urbana, Cimafunk no tiene el menor reparo en irse atrás, a lo retro, y lucir chalecos de lentejuelas, camisas estampadas, pantalones campana y zapatos de tono, como hacía en su tiempo James Brown. Pero ese es tan solo el primer nivel de su magnetismo. El resto, que bien pudiera ser el secreto de lo intempestivo de su carrera, es esa mezcla tremenda de talento, gracia y enegía que explota en él una vez pone los pies sobre el escenario.  

–Es que su presentación en vivo es una cosa impresionante –dice Rafa Escalona.

Escalona es el director de Magazine AM:PM, una revista independiente surgida a mediados de 2018 “para hablar sobre música, y también para abordar con calidad las actitudes y sucesos que la música propicia en la realidad de lxs cubanxs”. Desde entonces, ningún artista ha sido tan recurrente en sus textos como Cimafunk. Tampoco es que en los últimos meses alguien se haya robado la atención más que él.

–Aquí son muy pocos los músicos en los que puedes ver una dramaturgia, los que se apropian de la escena, los que tienen personalidad más allá de su talento. Y en ese sentido Cimafunk es muy potente.

Por supuesto, todo tiene un origen. Independientemente de haber crecido viendo videos de grandes showmen como James Brown y Michael Jackson, Cimafunk aprendió mucho de su propia experiencia. Pasado algo más de un año desde su llegada a La Habana –en ese tiempo formó parte de un coro, mecaniqueó automóviles, fue productor de pequeñas discotecas en la provincia de Artemisa- su carisma y talento natural lo llevaron a acompañar sobre el escenario a algunos de los mejores artistas de la isla. Hablamos de Raúl Paz, David Torrens, Ray Fernández, Liuba María Hevia, Interactivo, sobrevivientes todos del movimiento alternativo cubano de los años noventa, probablemente el más sólido de nuestra historia.   

Cimafunk creció muchísimo, artísticamente hablando, al lado de estos músicos. En menor o mayor medida, cada uno de ellos le ayudó a entender la importancia del espectáculo, del performance de un artista, algo que empezó a poner a prueba de manera más directa meses después, cuando cofundó una pequeña banda de funk llamada Los Boys. Con ella logró aparecer en distintos programas de televisión y presentarse regularmente en algunos bares privados de La Habana, donde ganó cierta notoriedad por su estilo y versatilidad. Eso hasta que finalmente decidió dejar la banda y armar un proyecto personal, darle rienda suelta, sin obstáculos de por medio, a las ideas que estaban dando vueltas dentro de su cabeza. Fue así como surgió “Terapia”, el disco made-in-home con el que debutó en solitario a finales de 2017 y que en pocos meses lo haría despegar como seguramente nunca imaginó.

–Lo que pasa con Cimafunk es que sí, le puede faltar preparación musical. Pero eso lo suple con el talento y la chispa que tiene para juntar géneros –dice Carrera desde su estudio-. La cualidad de poder unir cosas de una forma agradecida, ese es su mayor talento. Él tiene ángel. Cuando escuché “Me voy” por primera vez dije: ¡Qué swing tiene eso! Se va a pegar sí o sí. 

El recorrido de “Terapia” empezó en un par de bares de La Habana. Sus presentaciones, que arrancaron en medio del mayor anonimato, poco a poco llamaron la atención de jóvenes y no tan jóvenes. Se trataba de una propuesta diferente. Todo giraba alrededor de un muchacho de veintitantos años que cantaba una suerte de funk afrocubano. Vestía retro y tenía una conexión especial con sus seguidores. Fue en esa época cuando surgió el fenómeno de los “pacientes”, básicamente la palabra con la cual identificaba a todos aquellos que iban a verlo, escucharlo y bailar con su música. Con el tiempo los “pacientes” hicieron tanto ruido en las redes sociales que eventualmente no quedó nadie que no supiera de él.

El resultado es que ahora Cimafunk ha arrasado con casi todos los premios a los que ha sido nominado y mejor, que se ha ganado el cariño y la aceptación de la gente en la calle. El impacto de su música ha sido tan grande que rápidamente sobrepasó los límites geográficos del país, ganándose el favor de latinoamericanos, europeos e incluso estadounidenses. Su primera gran gira oficial, de hecho, fue en el país norteño, algo seguramente impensable para un novato cubano. Allí, en la cuna del funk, tuvo más de una decena de presentaciones en diferentes ciudades y cosechó palabras de elogio por dondequiera que pasó.

Foto: Eloy Costa

En la Gran Manzana, por ejemplo, el New Yorker celebró su “extraña habilidad para controlar la energía en una habitación”. En Washington, el senador Patrick Leahy lo invitó a improvisar en el Capitolio frente a un grupo de congresistas estadounidenses. Y en Nueva Orleans, le dieron luz verde para cantar en el mítico Tipitina’s, el famoso local de la Napoleon Avenue. Un sitio donde alguna vez se presentaron James Brown, Stevie Vaughan, Buddy Guy y Patti Smith. La verdad es que hay que nacer coronado para lograr todo eso en apenas un año. Eloy Costa es testigo de ello.

–Lo de Cimafunk es un espectáculo –me cuenta vía Messenger, desde su casa en Miami.

Costa es un filólogo y fotógrafo cubano asentado desde hace varios años en Estados Unidos. Cuando se marchó de Cuba, a mediados de esta década, Cimafunk todavía no explotaba. Como casi todos los de fuera, vino a saber de él a través de sus amigos y redes sociales. Desde entonces se mantiene al tanto de su música a través de Youtube y Spotify, donde suma más de 300 mil oyentes mensuales. Pero no fue hasta marzo de 2019, durante el primero de sus conciertos en Miami, que lo pudo disfrutar en vivo. Sucedió en el North Beach Bandshell, un anfiteatro al aire libre ubicado en el corazón de uno de los principales barrios de Miami Beach. Y, por supuesto, siendo la zona el principal nicho histórico de la emigración cubana, el local estaba a reventar.

–Todo el que pudo fue –dice Costa-. Te encontrabas amigos de la universidad, del barrio, del pre. Había un ambiente muy cubano allí. Imagínate que en las esquinas estaban vendiendo pan con lechón.  

Esa noche Cimafunk brilló tanto que los organizadores debieron agendar otro concierto en Miami para el cierre de la gira. Con su corte afro, sus gafas Ray-Ban y su atuendo de lentejuelas, puso a bailar durante algo más de una hora a todos aquellos cubanos y extranjeros que llevaban meses siguiéndolo gozosamente a través de Internet. Allí, sobre el escenario del Bandshell y para deleite del público, bailó, improvisó y sudó copiosamente mientras repasaba una por una las canciones del disco.

–La gente la pasó genial –recuerda ahora Costa-. Coreaban los temas como si estuvieran en la ducha un jueves por la noche. En primera fila había dos niñas que fueron las primeras en subirse al escenario, junto a él. Luego de ellas, todos.

Por supuesto, no era la primera vez que Cimafunk provocaba este tipo de reacciones entre su fanaticada. Meses antes había roto el récord de público en Fábrica de Arte Cubano, el cuartel general del mundillo cultural habanero. Fundada en 2010, FAC –como se le conoce comúnmente- ocupa el edificio de una antigua fábrica de aceite donde ahora conviven salas de concierto, exposiciones, cine, teatro y más. Y aunque a lo largo de los años ha servido de escenario a algunos de los mejores músicos cubanos e incluso a un par de estrellas internacionales como Billy Gibbons y Dominic Miller, ninguno logró que la fila de asistentes abarrotara dos de las calles que rodean el local.

–Lo impresionante de Cimafunk ha sido lo meteórico de su carrera –dice Escalona desde el apartamento que hace de redacción de Magazine AM-PM-. Sobre todo si tenemos en cuenta que lo ha logrado tocando un tipo de música que no es la más popular en Cuba, donde hace más de diez años que vivimos bajo el imperio del reguetón.

Claro que la música de Cimafunk nació en medio de un contexto de cambio dentro del país. Primero, se vio beneficiada por la estrategia de flexibilización económica impulsada por Raúl Castro que, entre otras cosas, llevó a la apertura de bares privados. Muy rápidamente, estos bares se convirtieron en los nichos por excelencia de muchísimos artistas noveles -como lo fueron en su momento Los Boys y después Cimafunk- que, de lo contrario, sin respaldo institucional ni presencia en los grandes medios, hubieran visto muy truncadas sus posibilidades. Los bares, por tanto, no solo vinieron a diversificar las propuestas artísticas dentro del país, también sirvieron de trampolín a muchos que decidieron hacer carrera fuera de la salsa y el reguetón, dándoles no solo un lugar, sino un público.

Y, por supuesto, está el tema de Internet. Antes de la llegada masiva de la web, los cubanos solo tenían acceso a los medios oficiales. Por lo tanto, si los artistas no lograban llegar a estos, difícilmente pudieran llegar a un público más grande del que iba a verlos a sus peñas. Los ganadores eran siempre los mismos: salseros, timberos, reguetoneros, un par de trovadores y uno que otro del pop-rock. Internet cambió todo eso. Ahora los artistas ya no dependen tanto de la venia del Instituto Cubano de Radio y Televisión, el mandamás de los medios audiovisuales en la Isla. Ahora tienen muchísimas más vías de promoción, no solo de cara al exterior sino, sobre todo, de cara al interior.  

Por supuesto, el mérito de Cimafunk es innegable. Nadie, con apoyo o sin apoyo, ha logrado pegarse en los últimos años como él. Mucho menos con un solo disco, mucho menos en tan poco tiempo. Y no es solo que haya sabido sacarle el jugo a sus mejores cualidades dentro del estudio y sobre el escenario. Es que hacía mucho tiempo que alguien no hacía de la música cubana algo tan sabroso y divertido.

–Yo creo que una de las cosas bonitas que tiene Cimafunk es que le está devolviendo lo popular a la música popular –dice Rafa Escalona-. Es algo que nos estaba faltando y que ha sido uno de los grandes éxitos del reguetón. El sistema de educación musical que tenemos es muy bueno, pero también supone un daño colateral para sí mismo. Porque ha intelectualizado demasiado el proceso de creación, al menos en el ámbito de lo popular. En cambio, Cimafunk es un fenómeno urbano. Él tiene mucha claridad respecto a lo que quiere decir, estética y musicalmente. La cosa coloquial en las composiciones, las apropiaciones de lo que dice la gente en la calle. Eso es algo que está bien recogido por él. Un poco al estilo de Juan Formell. Por eso la gente ha sido receptiva con su trabajo: porque es de calle.

–Si me preguntas, en lo adelante todo depende de él mismo –dice Carrera-. Ya tuvo el éxito, ya lo conoció. Ahora hay que ver si accede a trabajar con músicos de experiencia y si estos lo entienden. Él tiene mucho talento, pero todavía hay que encausarlo. Lo que sí resulta una bendición es que nos haya salido un Cimafunk en este momento.

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“Nuevos rostros de Cuba y América Latina” es una serie de 22 perfiles de jóvenes que están transformando la región desde distintos ámbitos: música, deporte, tecnología, derechos humanos, innovación, moda y más. Distintas Latitudes y la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas nos acercamos a ellos para ponerles nombre y conocer su historia.

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Ilustración y diseño de portadas: Alma Ríos
Javier Roque Martinez

Javier Roque Martinez

Cuba (1993). Graduado de Periodismo por la Universidad de La Habana. Escribe para medios cubanos como El Estornudo y OnCuba. Es integrante de la Tercera Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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