Jess Márquez nació y creció en Venezuela, ahí inició su actividad en pro de los derechos humanos. Ahí enfrentó retos por su identidad sexual que lo llevaron a Costa Rica, en donde se redescubre como hombre trans. Ahí inició su lucha para ser reconocido legalmente y obtener su identificación oficial. Es la primera persona trans en lograr algo así en Centroamérica.

Aún escuchaba el diálogo proveniente de la televisión pero ya no le prestaba atención. En instantes previos había percibido eso que algunos llaman “clic” pero quizá la sensación era más parecida a una epifanía. Entonces su mente se desentendió de la serie que veía. Poco después corrió hasta el baño y allí se enfrentó con el reflejo de su cuerpo en el espejo.

Al día siguiente cuando llegó a una terapia de emergencia supo lo que le había ocurrido. Su psicólogo le dijo: “sufriste una crisis de identidad de género”. De allí en adelante él, que vivió como ella durante 25 años, empezó su transición.

Desde entonces, en su camino tomó decisiones, tuvo tropiezos. Enfrentó discriminación, violencia, pero también aprendió a luchar, a resistir y a hacer acciones que le permitieron obtener su Dimex (cédula de identidad en Costa Rica) el 29 de abril de este 2019. Ese día pudo ser nombrado legalmente con el nombre que había escogido: Jess Márquez.

Jess, un hombre de ojos y cabello corto café, tez blanquísima y lentes de pasta, se convirtió en la primera persona trans en lograr una rectificación de nombre en un documento de identidad en toda la región centroamericana. Se convirtió en un precedente.

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La crianza de Jess (27 de junio de 1989), nacido en Caracas, Venezuela, involucró a distintas personas. Una de ellas fue su hermano doce años mayor que él. Era quien le acompañaba al parque, le cuidaba frente a otros de su edad y hasta le cambiaba los pañales. No fue sorprendente para el hermano de Jess conocer su proceso de transición porque había sido testigo del crecimiento de aquella personita que se negaba a usar vestidos y peinados ultrafemeninos. Que ansiaba los juguetes de varones y que, incluso, se decía “niño” frente a los demás.

La situación no era la misma con su madre, quien insistía en que Jess debía cumplir con lo preconcebido para las niñas.Y aunque aún no entendía por qué, Jess no se sentía bien siguiendo esos mandatos. En la escuela religiosa de la que se graduó como bachiller tampoco encontró respuestas. Su escape era, en cambio, salir con su padre que se animaba a practicar deportes y a otras actividades relacionadas con su profesión de comunicador.

Jess también compartió aventuras con su abuelo Pompeyo Márquez, una importante figura de la política venezolana que destacó en vida por ser defensor de la justicia social y de los valores democráticos. El intelectual fue guerrillero, fundador del partido Movimiento al Socialismo (MAS), y ministro en la segunda presidencia de Rafael Caldera. Cuando falleció Jess inmortalizó en una carta parte de lo que significó en su vida.

Inspirado por su padre y abuelo, que además fue miembro honorífico del Colegio Nacional de Periodistas luego de una carrera en uno de los principales periódicos del país (El Nacional), Jess ingresó a la Universidad Central de Venezuela (UCV) para estudiar Comunicación Social. La principal y más grande casa de estudio de Venezuela le ofrecía la oportunidad de conocer a tantísimas personas y obtener nuevas miradas que resultaron muy atractivas para alguien que tenía toda la vida sintiendo que algo adentro le inquietaba.

Fue en la ciudad universitaria donde se topó con ContraNatura una agrupación que se encargaba del estudio y la difusión de temas relativos a la diversidad sexual humana. Pertenecer a él le dio un primer acercamiento a información confiable sobre el amplio abanico de la comunidad LGBTI+. Los estudios del tema se volvieron continuos. Cuando logró conocer a Tamara Adrián, mujer trans, actual diputada suplente de la Asamblea Nacional y la mayor referente de la comunidad sexodiversa en el país, desbordó de emoción y admiración.

Jess pasaba sus días universitarios entre el estudio, la actividad política y el activismo por los derechos humanos. Decidió ser parte del Centro de Estudiantes de la escuela a la que pertenecía en la UCV, que llegó a presidir para orgullo de su abuelo. Y se alió al movimiento estudiantil que se oponía al gobierno de Hugo Chávez. Paralelamente amasaba una formación feminista en la Asociación Venezolana para la Sexualidad Alternativa y curtía su activismo para los derechos de la comunidad LGBTI+ que para ese entonces perseguía la promulgación de una Ley por el Matrimonio Igualitario en Venezuela. Sin saberlo, sentó en esas actividades la base de su lucha por los derechos humanos en Costa Rica.

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La férrea y conservadora crianza que su madre le había dado condujo a Jess a reprimir muchos sentimientos y emociones. El paso por la universidad y todo lo que eso implicó, significó la oportunidad de cuestionarse cada cosa y también de hallar algunas respuestas.

En la universidad, Jess experimentó otra relación. Inició un romance con su mejor amiga. Este noviazgo le valió un nuevo calificativo: lesbiana.

Ser y vivirse como lesbiana le daba cierto alivio interno y así pudo redefinir su forma de ser. Incorporó en su armario las camisas de cuadros que aún hoy adora y adoptó otros atuendos menos femeninos sin importar las críticas.

Pero nada fue tan violento, doloroso y aterrador -así lo recuerda Jess- como aquel día de 2012 en el que lo echaron de casa. Tras una discusión, las fuertes agresiones devinieron en un “te vas” que no solo le alejó de su hogar familiar, sino que escindió por completo la relación con su madre. “En esta casa no viven ni maricos (hombres gays) ni lesbianas”, fue el argumento de aquella decisión. Tiempo más tarde logró mudarse a otro espacio que compartió con su novia y su padre.

La discriminación, sin embargo, no cesó. En la agencia de comunicaciones donde trabajaba el acoso laboral se acrecentó desde que adoptó ese estilo de vestir más andrógino e hizo notorio su lesbianismo. Decidió renunciar y emprender una agencia por su cuenta. Paralelamente, se le presionó para dejar su cargo de docente en la escuela de Comunicación Social de la que se había graduado, luego de que sus superiores advirtieran sus muestras de afecto lésbico en público.

Las consecuencias de tanta violencia repercutieron en su salud mental. Llegó la depresión clínica y el tratamiento psiquiátrico. Asimismo, como si de un duelo se tratase, tuvo que comprender lo que significaba esa ruptura definitiva con su madre y otros familiares. Por último replantearse: “¿Quién soy? ¿Qué carajo quiero hacer con mi vida? ¿Hacia dónde voy?”

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Jess llegó a Costa Rica en enero de 2014 con la idea de hacer la cobertura de las elecciones de ese país para el diario Tal Cual. Pero durante su viaje estallaron unas sangrientas protestas en Venezuela y hubo un quiebre del sistema de control de cambio que le dejó con poco dinero en el extranjero. Dado el panorama gris del que se había despedido cuando salió de su ciudad, resultó atractiva la idea de quedarse en San José. Y lo hizo.

Migrar le ofrecía, ciertamente, la oportunidad de una nueva vida pero también de enfrentar algo que nunca antes le había tocado: la xenofobia. Las dificultades para acceder a derechos básicos como los de identidad, aunada a la discriminación por su orientación sexual que continuaba persiguiéndole en estos territorios, complicaba las cosas.

Sin embargo, a nivel profesional logró salir adelante primero con trabajos pequeños. Para 2015 obtuvo el cargo de dirección del periódico El Venezolano de Costa Rica y también pudo dar clases en universidades. A la par, iba adaptando su look a uno menos femenino: dejó de usar zarcillos, de usar determinada ropa, empezó a llevar el cabello cada vez más corto…

En 2016 ya su peinado y vestimenta eran tan masculinos como nunca antes y esto empezó a incomodar. Tenía problemas a la hora de realizar trámites bancarios o migratorios. A sus jefes tampoco parecía agradarles la idea de que asistiera a la oficina con ese aspecto. Sus estudiantes no cesaban las burlas. Y volvió a pasar: renunció a su puesto en el diario y salió de la universidad. Además terminó la relación de pareja en la que estaba. Nuevamente las preguntas “¿Quién soy? ¿Qué carajo quiero hacer con mi vida? ¿Hacia dónde voy?”, se asomaron por su cabeza.

Jess asumió que identificarse como lesbiana era insuficiente. Entonces llegó la revelación mientras veía la serie The L World en la que el personaje de Max Sweeney transiciona de mujer a hombre. Jess, sintió la presión por correr al baño para verse sin ropa. Lo que allí pasó quedó en su memoria como el inicio de la transición.

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La transición de Jess implicó también otras dinámicas en su vida social. En cómo se vinculaba con otras personas. Fue así que tras una salida al bar LGBTI+ llamado El Teatro, en San José de Costa Rica recibió una pregunta: “¿y cómo quieres que te llamemos cuando estés vestido así?”. La respuesta automática saltó: “Jess”. Dos sábados más bastaron para que lucir como hombre se volviera necesario.

En ese tiempo, pertenecer a una agrupación de hombres trans fue un apoyo fundamental durante el proceso de transicionar de Jess. Sabía que para el tratamiento hormonal tenía que esperar. Pero escuchar a otros como él se le hacía importante para tener un panorama de lo que enfrentaría. A medida que iba aceptándose y conociéndose, a medida que iba avanzando entendió que incluso en esos espacios la discriminación aparecía al escuchar:

“Nadie te va a aceptar como hombre porque tienes gestos demasiado afeminados”. “Vos usás ropa demasiado entallada y eso no lo hacen los hombres”. “Si querés estar con hombres te hubieses quedado como mujer”.

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En 2017 surgió la posibilidad de que Jess participara en la creación de un medio de comunicación especialmente dirigido hacia la comunidad LGBTI+. Se llamó Diverso Magazine. Desde allí, él y su equipo lograron dar visibilidad a incontables denuncias de personas sexodiversas que sufrían discriminación en todas sus formas.

Tal fue el caso de Kenisha, una víctima de un crimen de odio. Era una chica trans de 15 años. La adolescente, estaba en situación de calle luego de que su familia cristiana la echara al asumir su identidad femenina. Fue prostituída a cambio de techo y comida. Las instancias estatales decidieron no intervenir a pesar de conocer la situación. Alguien la estranguló, dejó su cuerpo abandonado y el Organismo de Investigación Judicial continuó agrediéndola después de su muerte, identificándola como hombre. Los medios hicieron eco de la noticia bajo amarillistas y antiéticos titulares que solo eran más combustible para la transfobia sistematizada. “Fue la muestra de todo lo que está mal con el Estado costarricense”, resume Jess.

Jess escribió una editorial muy reflexiva tras la indignación que le generó esa historia, lo que le puso en el radar de muchas organizaciones que luchan por los derechos de la población LGBTI+ en Costa Rica. De repente, por su formación en materia, su interés en aportar y las posibilidades reales de hacerlo, empezó su labor activista como representante de la sociedad civil.

Costa Rica estaba en la antesala de elecciones presidenciales y legislativas, con un grueso de candidatos abiertamente contrarios a la población LGBTI+. Que además había desatado su enojo a raíz de una Opinión Consultiva que había hecho la Comisión Internacional de Derechos Humanos en favor del derecho a la identidad de las personas trans en el país. La violencia y las agresiones para las personas trans aumentaron enormemente. Y le tocó a Jess.

“¡Te vamos a matar, hijo de puta!”, escuchó un día mientras corría hasta un sitio seguro. Iba a una cita médica y un guardia de una compañía de seguridad privada acompañado de dos hombres le insultaba de forma amenazante. Llegó a la urbanización a la que se dirigía, que contaba con vigilancia. Pudo salvarse de lo que era una paliza asegurada. Ninguna de las personas que presenció la persecución hizo nada para evitarlo. Sufrió una crisis de ansiedad que aún hoy recuerda. No olvida que aquel hombre estaba armado. Piensa en todo lo que pudo haber pasado. Quizá no exagera, la esperanza de vida de una persona trans en América Latina es de 35 años, según la CIDH.

Jess Marquez activista trans centroamerica

Colectivo Transcendentes

La población trans enfrenta otros problemas, además de la violencia. Por ello, para un grupo de activistas en Costa Rica se hizo necesario enfocar la defensa de los derechos humanos desde una perspectiva feminista e interseccional. Así surgió Transcendentes, la organización a la que actualmente pertenece Jess, que tiene la intención de desmitificar la idea de que las personas trans sólo son trans. Además, dicen, tienen otras cualidades que las identifican y que muchas veces son ignoradas al momento de la ejecución de programas o políticas públicas que apunten hacia el cumplimiento de sus derechos.

Bajo este paraguas, Jess participó en comisiones de trabajo con el Ministerio de Educación Pública para generar medidas para reducir el bullying contra personas LGBTI+ en centros educativos. Hizo lo propio en mesas de trabajo entre el Ministerio de Salud y La Caja (seguro social costarricense) para la distribución de tratamientos hormonales para la población trans. Asistió al primer congreso de Matrimonio Igualitario en Costa Rica, que fue también el primero de toda la región. Ayudó a funcionarios de la Defensoría del Pueblo para generar un sistemas de denuncias y muchas otras cosas.

Parte de los esfuerzos de la organización, que también se encarga de dar apoyo a la comunidad trans del país, alcanzó una meta ese 29 de abril cuando luego de tantas batallas el Dimex corregido llegó a las manos de Jess.

No fue un camino fácil: en mayo de 2018 le aprobaron la Residencia Temporal. Participó en mesas de trabajo con organismos del Estado para el cumplimiento de la Opinión Consultiva de la CIDH. Ese mismo mes hizo la primera solicitud de reconocimiento de la identidad y le fue negada. En agosto de 2018, basado en el decreto ejecutivo 41.173, ya vigente, que exige el cumplimiento de la norma internacional, hizo la segunda solicitud y se la volvieron a negar. Luego comenzó a trabajar en un nuevo decreto (el 41.337), firmado por el Presidente en diciembre 2018, que entró en vigencia en enero 2019. A pesar de contar con el nuevo decreto, desde migraciones le exigieron una certificación consular imposible de conseguir debido a la crisis en Venezuela.

La primera semana de febrero de 2019, luego de varios intentos y discriminaciones, Jess hizo la tercera solicitud de cambio de nombre y corrección del género. Durante febrero y marzo fue convocado varias veces para entregar nuevos documentos (no contemplados en el Decreto). Porque los funcionarios se negaron a aprobar la solicitud sin la Certificación que es imposible de encontrar. La primera semana de marzo hizo una denuncia ante la Defensoría de Los y Las Habitantes. Esa institución y el Comisionado LGBTI sancionaron a Migración por su transfobia.

Finalmente en abril, funcionarios el organismo migratorio sonrientes hicieron entrega ante cámaras a Jess de ese primer Dimex.

¿Pero qué tanto importa un carné? Ese plástico es lo primero que cualquier ciudadano necesita para casi cualquier diligencia. Que el rostro en la fotografía, el nombre y el género respeten la identidad de la persona ya pasa de ser una opción a ser un derecho humano. Conquistarlo fue una hazaña que servirá como ejemplo en cada uno de los países donde aún esperan por ser reconocidos y reconocidas.

—Si le preguntas a cualquier persona trans cuáles son sus miedos —dice Jess ante una cámara de Semanario Universidad— te dirá que son dos. En primer lugar, que nos maten y en segundo lugar, quedarnos solos.

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“Nuevos rostros de Cuba y América Latina” es una serie de 22 perfiles de jóvenes que están transformando la región desde distintos ámbitos: música, deporte, tecnología, derechos humanos, innovación, moda y más. Distintas Latitudes y la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas nos acercamos a ellos para ponerles nombre y conocer su historia.

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Ilustración y diseño de portadas: Alma Ríos
María Laura Chang

María Laura Chang

Venezuela (1992). Periodista independiente en Buenos Aires. Formó parte del equipo fundador de Efecto Cocuyo, medio independiente venezolano, donde cubrió salud y temas sociales. Fue propulsora y editora del portal EsferaCultural.com, así como colaboradora en distintos medios venezolanos e internacionales. Es integrante de la Tercera Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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