A través de “Juntas”, un mandato colectivo, Robeyoncé Lima llegó al poder legislativo de Brasil. Quiere mostrar a otras mujeres trans que pueden cambiar su realidad.

 


 

En el imaginario popular, para ganar dinero en Brasil hay que cursar las carreras de medicina, ingeniería o derecho. La previsión de futuro, al mismo tiempo que sostiene los estratos de poder del país, pauta la elección profesional de millones de estudiantes cada año. Robeyoncé Lima fue atrapada por esta idea al hacer los exámenes de grado para iniciar su carrera jurídica. Ella quería más oportunidades de trabajo. En realidad, ella las necesitaba. 

Robeyoncé estaba en el fin de la carrera en geografía por la Universidad Federal de Pernambuco (UFPE) cuando decidió intentar un cupo en la Facultad de Derecho de Recife. La FDR, como es conocida en la capital del estado de Pernambuco, que se ubica en la zona noreste de Brasil, es la casa de uno de los dos cursos de derecho más antiguos del país. Creado en el año de 1827, por una carta del imperador Pedro I, junto al grado en derecho de la Universidad de São Paulo (USP).  Robeyoncé quería ocupar uno de los 250 cupos que, cada año, disputan estudiantes de todo Brasil. En ese año, 2010, la competencia era de 17,2 personas para cada lugar disponible. La segunda mayor del examen.

No es que no le gustara la geografía. Estudiar y percibir el territorio como espacio de diferencias era una motivación para terminar los estudios. Pero eso no bastaba. Robeyoncé no quería ser profesora, el único destino que veía si no hacía algo más. Ella encontró en el derecho una ruta de fuga segura. La seguridad profesional, para las personas como ella, es un privilegio.

Robeyoncé entró en la carrera de derecho de la FDR en 2011. Estaba estudiando en el mismo lugar donde se formaron Aurélio Buarque de Holanda Ferreira, el hombre que escribió el diccionario de la lengua portuguesa más tradicional en Brasil, los reconocidos escritores de literatura nacional José Lins do Rego, Castro Alves y Ariano Suassuna, y también el educador Paulo Reglus Neves Freire, considerado el patrono de la educación brasileña. Ella solo quería salir de la universidad con un diploma en la mano y un horizonte profesional con saldo positivo en la cuenta bancaria cuando empezaran las clases. No sabía lo que estaba por venir.

Cuando entró en la universidad, Robeyoncé no era Robeyoncé. Ella no tenía los largos cabellos lisos castaños oscuros que suele acomodar hacia el lado izquierdo de su cara. No usaba de forma pública lápices labiales rojos, como lo hace hoy en día. Tampoco marcaba con tanta precisión sus cejas oscuras, que hacen saltar una mirada profunda y convencida, al mismo tiempo que siempre reflexiva. Aún no tenía el discurso activista agudo. Ni siquiera tenía argumentos listos. Era una persona que no se encontraba delante de lo que veía en el espejo. Era el «marica» en la escuela. El «diferente» del barrio. Al mismo tiempo, no era nada de eso. Pero no sabía exactamente lo que era.

En medio de las disciplinas que enseñaban los detalles de la legislación brasileña, los códigos civil y penal, artículos y todo más, Robeyoncé empezó a tener acceso a charlas sobre género, vulnerabilidad, derecho de las poblaciones marginadas. Cada nuevo evento significaba un paso más en la toma de conciencia sobre sí. Hasta junio de 2015, cuando hizo un pedido inédito en la “Casa de Tobías”, como es conocida la FDR entre los alumnos.

Entonces, ella  eligió ser Robeyoncé. Ro, era de su antiguo nombre. Beyoncé, fue para reverenciar a la cantante estadounidense Beyoncé Giselle Knowles-Carter, de quien es fan. Así, Robeyoncé dejó atrás, en aquel momento, más que una identidad. Dejó el anonimato. Comenzó a doblar, por medio de la educación, el prejuicio institucional en Brasil en contra de la población LGBTI +. En aquel lugar, por donde ya había pasado la aristocracia brasileña, los renombrados del derecho nacional y los fundadores de la Academia Brasileña de Letras, pasaría ella, la primera alumna trans con nombre social reconocido. «Para saber quién eres, necesitas un mínimo de conocimiento. Yo no tenía cómo saber que era transexual, yo no sabía ni que existía la transexualidad. La universidad me ha traído más que una formación técnica.”

Gradualmente, Robeyoncé pasó a ocupar lugares donde los transexuales —e incluso muchas mujeres— no llegan. Fue pasante de la 11ª Vara del Tribunal de Justicia Federal de Pernambuco, de la Secretaría de Hacienda de Pernambuco y de Petrobras. En 2016, pasó en el examen de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB). De todos los que prestan el concurso, ofrecido tres veces al año, el 17,5% son aprobados. Ella estaba en la lista. Y tiempo después lo comprobaría al convertirse en diputada. Ser pionera en la ocupación de espacios sociales destinados a la heteronormatividad parece ser su destino.

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El Alto Santa Terezinha compone el enmarañado de morros de la periferia de la Zona Norte de Recife. Está a nueve kilómetros de la Facultad de Derecho. El 74% de los 7,7 mil habitantes son pardos o negros. Cerca del 10% son analfabetos. La mayoría no tiene siquiera un salario mínimo por mes, el equivalente a 254 dólares, para costear los gastos de la casa. «Si usted llega allí y pregunta lo que es una persona transexual, el personal va a decir: ¿es qué? Alimento transgénico? ¿Sabes? Son debates que, teóricamente, todo el mundo tiene acceso, pero en esos ambientes no existe una discusión profunda. Las personas no tienen información sobre cuestiones de género, diversidad, feminismo”, dice Robeyoncé.

El acceso a la información es uno de los factores que separan el barrio donde Robeyoncé nació del lugar donde se reconoció ante el mundo. Ella es hija de doña Marly de Lima, empleada doméstica. El padre murió cuando Robeyoncé tenía cinco años. Era usuario de drogas y pagó con la vida las deudas que tenía con traficantes de la región. El único recuerdo que Robeyoncé tiene del progenitor es muy lejano su la mente. «Lo recuerdo pidiendo agua. Mi madre me mandaba a ir en la nevera. Entonces yo levantaba el vaso, él se bajaba y yo decía para beber agua», recuerda. La infancia de Robeyoncé fue similar a la de los otros niños de la vecindad. Se quedaba con la abuela, mientras la madre salía a trabajar.

Robeyoncé cumplía casi todos los requisitos para respetar el pronóstico de la realidad de los jóvenes negros de periferia brasileña, la población a la que le ocurren más muertes violentas en el país. Solo que Robeyoncé era «diferente» y eso fue determinante. Cuando la madre salía a trabajar, Robeyoncé cogía cuñas de coco y se colocaba en los senos, para aumentar el volumen. Ella tenía cinco años. A veces, enrollaba la sábana de la cama en el cuerpo, fantaseando una falda rodada. «Yo me quedaba muy feliz, pero tenía miedo de que alguien me pegara. Eso fue creciendo conmigo y me fui percibiendo, de cierta manera», recuerda.

Estos comportamientos llamaban la atención de los compañeros de la escuela y generaban bullying. «Muñeca», «bichinha», «baitola» eran sólo algunos de los apodos de Robeyoncé en la clase. Casi ningún alumno quería jugar con ella en los intervalos. Estudiar era como huir. Un modo que ella encontró de compensar aquel comportamiento «negativo». «Ser estudiosa era una forma de vengarse. A la hora de la prueba, todo el mundo venía a pedirme las respuestas. Yo solo daba en quien no hacía bullying conmigo», cuenta.

En el intento de salvarse de la soledad y, al mismo tiempo, de la negatividad de ser “una persona afeminada», Robeyoncé quedaba encerrada en el cuarto leyendo. «Mi compañía eran los libros. Me encanta leer Turma da Mónica [una serie de cómics]. Siempre había mucha confusión entre los personajes, pero todo acababa bien. Era como si en el cómic el mundo fuera mejor.”

El gusto por los estudios creció e hizo de Robeyoncé y eso la convirtió en uno de los dos alumnos de la escuela estatal Rosa Magalhães Melo que pasaron a una universidad pública. Colocaron un cartel enorme en la puerta de la escuela, de felicitaciones. Fue la primera vez que Robeyoncé ganó notoriedad pública. Se hizo famosa en la comunidad. De ahí en adelante, esa visibilidad solo aumentó 

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Si no hubiera asumido la identidad trans en público dentro de la universidad, Robeyoncé sería un número más en la lista de aprobados en el examen de la Orden de Abogados de Brasil (OAB). Pero la petición del uso del nombre social en la graduación significó más que ser respetada por los de la comunidad académica. Significó notoriedad pública. Robeyoncé sería referencia. Ya se había transformado en el nombre de la clase 2016.2 de Derecho de la FDR. Ahora, era la primera mujer transexual del norte y nordeste de Brasil en conquistar la cartera de abogada con el nombre social impreso.

La noticia vino acompañada de una entrada en Facebook. El 13 de febrero de 2016, Robeyoncé usó la red social para declarar la conquista: 

«APROBADA EN EL EXAMEN DEL ORDEN!! ESTOY LLEGANDO. UNA ADVOGADA TRANS EN LA OAB EN PERNAMBUCO!!». 

Los amigos vieron, felicitaron y compartieron el post. Los desconocidos comenzaron a enviarle solicitudes de amistad. El hecho inédito llegó a las miradas de la prensa local. Después, a la nacional. Vivir en el anonimato sería más seguro, Brasil es el país donde más se matan transexuales en el mundo (de acuerdo a la ONG Transgender Europe, desde el octubre de 2017 hasta septiembre de 2018, fueron asesinados en Brasil 167 transexuales. México, el segundo, cuenta 72). En ese momento, sin embargo, Robeyoncé escogía la vida pública. Colocaba el cuerpo y la voz al servicio del activismo. Aunque de forma orgánica, medio inconsciente hasta entonces.

Robeyoncé nunca fue expulsada de casa después de que descubrió la propia identidad, como la mayoría de las transexuales. Tuvo apoyo en los estudios. Cama para dormir. Comida siempre a la mesa. La aceptación de la familia marcó el límite de cada victoria. Por eso, ella hace cuestión de asumir el lugar de privilegio ante otras transexuales y rechaza, siempre que pueda, el protagonismo. Prefiere usarlo como espejo para otras niñas y mujeres transexuales que como una bandera de la meritocracia. «Ese fue un punto inicial para que yo empezara a insertarme en la vida cotidiana. No necesité cambiar mi horario biológico y vivir en la vida nocturna (prostitución). Soy una trans de la luz del día. Entré en la rutina de la sociedad convencional», subraya.

La cartera de la OAB sirve de escudo. De la misma forma que la sociedad brasileña confiere valores financieros a los salarios de los profesionales de derecho, potencia el poder detrás de la abogacía. «Sé que no soy, simplemente, una persona LGBTI+. Soy una travesti con OAB. Entonces, eso de cierta forma me da fuerza. Es un estatus que me protege.”

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Robeyoncé actualmente tiene 30 años. Llega apresurada.Viste unos pantalones vaqueros pegados y una blusa social azul marino, doblada a la altura del antebrazo, corre hacia una de las salas del gabinete 304. Hace menos de 24 horas que regresó a Recife. Estaba en la Ciudad de México hasta la noche anterior, participando en un encuentro de la Red de Innovación Política en América Latina. A pesar de las horas de vuelo, no parece estar cansada. Pasa dando los buenos días a los que están en la recepción, casi como un cohete, y tarda por lo menos 20 minutos en otra habitación. Espera una asesora, para empezar la entrevista.

Sentada en la punta de una mesa de reunión, Robeyoncé está frente a una placa que exhibe el nombre de Marielle Franco, concejal de Río de Janeiro asesinada en 2018. En la pared, también está un cartel diciendo que «mujeres juntas resisten». La frase hace una alusión al nombre del mandato colectivo del que forma parte Robeyoncé, el cual le permite tener un puesto en el legislativo. Ella y otras cuatro mujeres —la periodista Carol Vergolino, la comerciante informal Jô Cavalcanti, la militante Joelma Carla y la profesora Kátia Cunha— componen la «Juntas». El primer mandato colectivo de la Asamblea Legislativa del Estado de Pernambuco (Alepe).

El grupo es afiliado al Partido Socialismo y Libertad (Psol), el mismo de Marielle Franco. Con 39,1 mil votos en la elección del año pasado, las Juntas pasaron a ocupar una de las 49 plazas en la casa. Robeyoncé sumó otro pionerismo, es la primera diputada trans de Pernambuco. Un marco ante el conversadurismo que predominó en la elección política en Brasil en 2018.

El mandato de las Juntas es innovador hasta para la arquitectura del edificio donde están los gabinetes. En la práctica, solo una de ellas tiene la digital registrada en el sistema de seguridad del inmueble, Jô Cavalcanti. Sin la compañía de Jô, Robeyoncé y las demás no pueden usar el ascensor privado de los diputados. No pueden, también, estar presentes en el plenario —compuesto por 39 hombres y 10 mujeres—. Es lo que hace que las discusiones entre ellas sean aún más importantes. Parte de lo que deciden juntas ocurre en la misma sala donde Robeyoncé está a punto de contar la propia vida.

De una persona formada en derecho, con dos graduaciones y ejerciendo un cargo político público, se espera la voz altiva, el uso de palabras antiguas y poco usuales en el vocabulario. Se espera una postura defensiva y siempre precavida a los deslizamientos. Se espera formalidad, por no decir distanciamiento, frente a un grabador. Robeyoncé huye a la regla, como siempre. Sus declaraciones son políticas en el contenido, pero no en la forma. Ella busca usa el  coloquial portugués para expresar ideas. A veces, pausa y deja que la mirada vagar. Parece estar siempre buscando la forma más clara de decir una frase. Es como si estuviera generando una reflexión interna sobre todo lo que dice.

Aceptar la invitación para las «Juntas» fue el ápice del proceso —interno y externo— de notoriedad de Robeyoncé. Sabiendo que puede ser referencia, ahora ella abrazó la posibilidad. Quiere llevar conocimiento del asfalto al morro. Hacer que las personas de la periferia discutan con propiedad sobre homosexualidad, transexualidad, violencia doméstica, machismo. «Quiero mostrar a  las personas trans que es posible otros destinos, otras perspectivas más allá de las que la sociedad quiere que la gente sea. La sociedad no nos da opciones, pero es posible cambiar la trayectoria «, dice.

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“Nuevos rostros de Cuba y América Latina” es una serie de 22 perfiles de jóvenes que están transformando la región desde distintos ámbitos: música, deporte, tecnología, derechos humanos, innovación, moda y más. Distintas Latitudes y la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas nos acercamos a ellos para ponerles nombre y conocer su historia.

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Ilustración y diseño de portadas: Alma Ríos
Alice de Souza

Alice de Souza

Brasil (1991). Graduada en periodismo por la Universidad Católica de Pernambuco, donde hizo posgrado en derechos humanos y hace una maestría en Industrias Creativas. Es reportera del Diario de Pernambuco desde hace ocho años y ex-becaria de Cosecha Roja. Ha ganado 17 premios de periodismo. Es integrante de la Tercera Generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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