Urdinarrain es una ciudad de la provincia de Entre Ríos de 8956 habitantes, según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas en la Argentina realizado en octubre de 2010, dentro de ese total se encuentra una población invisibilizada: las personas migrantes latinoamericanas. Mientras que muchos y muchas jóvenes dejan la ciudad en busca de más y mejores oportunidades, “la colombiana de las uñas” y “los médicos venezolanos”, como suelen llamarles a diario, llegan con un proyecto de vida, ¿por qué eligieron vivir en una ciudad del interior?


 

Este reportaje fue uno de los ganadores del Premio Suramericano de Periodismo sobre Migración de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de la ONU en agosto de 2021. El contenido forma parte de #InteriorLATAM, un proyecto para contar historias y crear conversaciones más allá de las grandes ciudades de nuestra región. Suscríbete a nuestro newsletter mensual

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El reloj de la iglesia anuncia que son las doce y media del mediodía, las persianas de todas las casas alrededor están cerradas, la temperatura alcanza los 31 grados centígrados, el sol ilumina con fuerza sobre la avenida principal que en cuestión de minutos quedará desierta. Los comercios cierran sus puertas y los automóviles desaparecen, si no fuera porque queda algún que otro almacén abierto, un vecino o una vecina que regresa del trabajo y uno o dos perros callejeros que dan vueltas en busca de sombra, todo pareciera detenerse en el tiempo. Es verano en Argentina; mediados de febrero. 

La hora de la siesta irrumpe con calma en Urdinarrain, una ciudad ubicada al sur de la provincia de Entre Ríos en Argentina, de 8.956 habitantes según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas en la Argentina realizado en octubre de 2010. Pese a que en 2020 no se realizó dicho censo como correspondía, debido a la pandemia por covid-19, en la actualidad se estima una localidad de 11 mil habitantes, dentro de ese total se encuentra una población invisibilizada: las personas migrantes latinoamericanas.

De acuerdo con el último censo de población, Entre Ríos comprende una población de 1 millón 236 mil habitantes, dentro de esta cifra se estima que la población migrante residente es de 10 mil 393 habitantes, lo que representa que por cada 10 mil habitantes, 84 son personas migrantes. Urdinarrain es una ciudad de la provincia rica en diversidad cultural, desde su fundación en 1890 a sus calles arribaron colectividades como la italiana, española, alemana, francesa, suiza, rusa, belga, británica, checa, eslovaca, irlandesa, polaca, sirio libanesa y judía, entre otras que llegaron a asentarse. 

No hay una cifra que dé cuenta de cuántas personas migrantes conviven en Urdinarrain, pero hay otras colectividades como la uruguaya, chilena, boliviana, paraguaya, brasileña, peruana, venezolana, colombiana y cubana, entre otras que no tienen tanta notoriedad. Mientras que muchos y muchas jóvenes dejan la ciudad en busca de más y mejores oportunidades profesionales y laborales, “los bolitas”, “la colombiana que hace las uñas” y “los médicos venezolanos”, como suelen llamarles a diario, llegan y se instalan con un proyecto de vida bajo el brazo.

¿Cómo descubren y llegan a Urdinarrain? ¿Cómo es el trato con sus habitantes? ¿De qué manera se integran dentro de la sociedad? ¿Por qué eligieron emigrar a una ciudad del interior de Argentina? ¿Cuál es su proyecto de vida en la ciudad? ¿Cuáles son sus planes a futuro? Todas estas preguntas tienen respuestas diversas según quienes las responden, los matices que hay en cada una de ellas derivan de las historias personales de cada persona migrante y el contexto social, político y cultural de los países de los que deciden migrar.

El informe Urbanización y migración publicado en el Portal de Datos Mundiales sobre la Migración parte de una premisa: “La migración, tanto interna como internacional, ha sido siempre una de las fuerzas que han impulsado el crecimiento de la urbanización y ha brindado oportunidades y desafíos”. En esa misma línea remarca que es indispensable disponer de datos sobre la migración y urbanización para que las ciudades puedan gestionar mejor la migración, pero no siempre se dispone de estas cifras, lo que dificulta la comprensión del fenómeno migratorio, más aún hacia el interior de los países. 

En cuanto al número de personas migrantes que se instalan por fuera de las grandes capitales y ciudades de los países de América Latina y el Caribe, no hay informes actuales que puedan mostrar un panorama, pero hay trabajos interesantes como el Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2020. En este trabajo realizado por la Organización Internacional para las Migrantes se estima que en 2019 había en el mundo aproximadamente 272 millones de migrantes internacionales, una cifra equivalente al 3,5% de la población mundial, resta evaluar el número de migrantes al interior de cada país. 

Movilidad humana, una práctica irrefrenable

Laura Gottero, especialista en migraciones y derechos humanos, explica que para entender los fenómenos migratorios que se concentran por fuera de las grandes capitales y ciudades de la región hay que comprender que “la movilidad humana es una práctica irrefrenable”. 

Partiendo de esa premisa, ante la pregunta de por qué migrar a una ciudad del interior, según Gottero se pueden pensar algunas opciones como que “resulta una opción más viable, acogedora y cercana antes que quedarse en una ciudad grande de Argentina”.

De acuerdo con si es mejor o peor migrar a un poblado que a una capital o ciudad grande, la especialista expresa que eso “depende de decisiones personales que tienen que ver con el tipo de comunidad migrante y con el tipo de nicho laboral que esa comunidad desarrolla”. En cuanto a si existen las mismas posibilidades de vulnerabilidad de derechos para migrantes que residen en el interior del país, Laura Gottero remarca: “Las dinámicas pueden ser diferentes pero las posibilidades de vulneración de derechos humanos son igualmente posibles en el estereotipado interior”. 

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A las cuatro de la tarde la ciudad parece recobrar el ritmo interrumpido por la hora de la siesta, Sandra Valdes (34) camina por la calle Juan Carlos Patriarca conduciendo la carriola de su hija Sara de once meses, ambas se dirigen al Jardín Materno Infantil Aserrín Aserrán. Sandra es una de las 17 mil 576 personas colombianas que viven en Argentina, migró desde la ciudad de Cartago en Valle del Cauca en agosto de 2014, dos años después de que llegara su esposo Felipe (37), ambos tienen un hijo y una hija: Juan Felipe (14) y Sara. 

Sandra y Felipe llegaron a Urdinarrain por recomendación de unos amigos colombianos radicados en Rosario del Tala, una ciudad que queda a poco más de media hora, les comentaron que era un lugar con buenas expectativas laborales así que se vinieron. “En esa época yo estaba desempleada así que pensé que podía ser una oportunidad, yo en Colombia arreglaba uñas; entonces Felipe me decía que acá no había cultura de arreglarse las uñas, que por qué no probaba”, cuenta Sandra sentada en el comedor de su casa. 

Los primeros dos meses fueron duros para Sandra, porque viajó con la ilusión de arreglar uñas y no de vender fundas de celulares en Megacell, el negocio que su esposo abrió en 2012; entonces se sentía triste y frustrada hasta que un día, gracias a una vecina, su rutina cambió. “Recuerdo que yo iba siempre a una perfumería donde atendía Mariel, muy bella gente ella me decía que tenía que traer mis tarjetitas para ofrecer mi servicio, hasta que un día me animé y le llevé algunas tarjetitas”, relata muy animada, luciendo sus uñas rosa chicle.

Esas tarjetitas llegaron a manos de una vecina que tenía una peluquería muy conocida en la ciudad, en donde Sandra comenzó a arreglar uñas los viernes y sábados por la tarde, es ahí donde se hizo conocida entre las mujeres del pueblo como “la colombiana de las uñas”. Nunca le ofendió que la llamen así porque es colombiana, pero confiesa que después de seis años en la ciudad le gustaría que la ubiquen por su nombre, es ahí donde Sandra siente que aún no logra encajar y se pregunta una y otra vez: “¿Qué más tengo que hacer para que me incluyan?”. 

Sandra recuerda que toda la “platica” que ganaba se la gastaba en llamar a su mamá, iba todos los días, entre las siete u ocho de la noche, a la cabina telefónica que está a la vuelta de su casa y hablaba durante una hora sobre cuánto extrañaba su vida allá en Colombia. En esas tardes-noches conoció a Sandra, su primera amiga en Urdinarrain, con quien comparte el nombre y quien la invitó a formar parte de su grupo de amigas, desde entonces comparte cumpleaños, baby showers y alguna que otra fecha festiva con esas mujeres, sus hijos, hijas y alguna que otra persona conocida.

Aunque es muy querida y admirada por las mujeres que se han hecho las uñas con ella, Sandra no se siente a gusto en la ciudad, piensa que la observan de manera despectiva: “A veces le digo a mi esposo que no sé hasta qué punto voy a resistir el estar así”, explica. Sandra extraña estar en su casa y que de repente golpeen la puerta y sea una amiga que de sorpresa cae a desayunar o a invitarla a hacer compras: “Creo que llenamos el vacío de los amigos con viajes, nos gusta mucho conocer, hemos recorrido bastante”, concluye. 

Sandra Valdes, Valle del Cauca (Colombia).

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José Carlos Souza Da Conceição (64) migró desde la ciudad de Pelotas en Río Grande del Sur en Brasil en 1988, su experiencia en la ciudad de Urdinarrain es diferente a la de Sandra Valdes porque a él le gustó mucho el lugar, las personas y el ritmo de vida. Nunca sintió el desarraigo, al contrario, siempre vivió cómodo acá, él llegó junto a su esposa Adriana, una urdinarraense que conoció en una asamblea de Testigos de Jehová que se realizó en Brasil en 1981, y las dos hijas que tenían hasta entonces: Salomé y Sharon. 

“La primera vez que vine acá fue el 10 de febrero de 1981, por una invitación de mi suegra (madre de Adriana, mi esposa), le prometí que iba a venir y cumplí: procuro cumplir siempre”, rememora sentado frente al mostrador de su local de lenceria femenina llamado Merengue. 

José Carlos recuerda cada detalle de esa primera visita, cuenta que sus suegros lo recibieron con berenjenas al escabeche y vino blanco: “Después me volví y me vine definitivamente en 1988, empecé trabajando como peluquero y luego en el negocio”.

Se fue de Brasil con la idea de no volver, al preguntar sobre si se siente extranjero en la ciudad, él responde que aprendió que las fronteras, como dice la canción de Ricardo Arjona “Si el Norte fuera el Sur”, las crea el hombre y él nunca creó fronteras en Urdinarrain. 

José Carlos Souza Da Conceição, Pelotas (Brasil)

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Afuera hace calor pero dentro del hall del Hospital Manuel Belgrano de Urdinarrain no se siente, a mano derecha, después de atravesar un pasillo largo y luminoso, en la última habitación se encuentran Osmir Trejo (32) y Kenzell Estanga (28), dos médicos clínicos. Ambos llegaron a Urdinarrain entre septiembre y diciembre de 2019, desde la ciudad de Maracay, ubicada en el estado de Aragua en Venezuela, son las últimas personas migrantes que se registran a ojo, ya que no hay ningún registro local que contabilice esta población. 

Osmir llegó primero incentivado por una oferta de trabajo que encontró en un grupo de médicos venezolanos residentes en Argentina, en el que buscaban médicos clínicos en Tierra del Fuego y Entre Ríos, se fijó qué quedaba más cerca de Buenos Aires y escogió. 

Viajó con dos maletas gigantes y un bolso sin conocer nada de la ciudad: “Al principio la ciudad era horrible, te discriminaban mucho por ser venezolano, te miraban en la calle de los pies a la cabeza, yo no le prestaba atención, pero en Venezuela nunca existió eso”. 

“Aquí escriben en Facebook ‘que el médico venezolano esto’, ‘que el médico venezolano lo otro’ y obviamente tenemos diferentes culturas pero la medicina es mundialmente igual, pero quizá tenemos diferentes métodos”, explica Osmir desde la guardia del hospital. “Al principio sí me sentí incómodo, a los tres meses quería irme, no estaba acostumbrado a esto pero poco a poco me hice conocer: yo vivía sobre la Avenida Libertad, entonces me venía caminando todos los días, sin ningún problema, la gente ya me miraba, me conocía, me saludaba”.

Kenzell la tuvo más fácil, entre comillas, porque cuando llegó a Urdinarrain ya estaba Osmir, que es su hermano de crianza. Los dos dejaron Venezuela por su colapso político, social y económico, pero coinciden en que quieren volver cuando todo pase, no importa cuándo. Como dirían en su país, Kenzell no le para bola (no le presta atención) al qué dirán, pero comenta: “El detalle no es que te digan venezolano, porque uno es orgulloso de su país, el detalle es que uno tiene un nombre, una profesión, entonces sí choca que lo digan”. 

“Yo no lo llamaría xenofobia, sólo es que llegó un médico nuevo, extranjero, entonces al principio mientras la gente se adaptaba sí hubo críticas y asperezas, pero al tiempo se fueron limando”, dice Kenzell que hasta hace unos minutos estaba en su hora de descanso.

Al igual que Sandra Valdes, Osmir y Kenzell han logrado hacerse de un grupo de amigos, amigas, pero también sienten que el trato es hasta ahí, como con cierta distancia, aún así reconocen que con el pasar del tiempo la convivencia con vecinos y vecinas cambió para bien.

Kensell y Osmir Trejo (Venezuela)

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El sol cae en picada sobre sobre la avenida principal, que a diferencia de la hora del mediodía, a las siete de la tarde luce bastante transitada, mientras barre con desgano la vereda Néstor, un vecino, comenta que a él le da igual que lleguen personas de otros países. Sin embargo confiesa que le teme a que de a poco Urdinarrain pierda la tranquilidad y seguridad que tanto la caracteriza. Deja la escoba, se acomoda el barbijo, luego se rasca rápido la cabeza y dice: “Viste, qué sé yo, uno no sabe de dónde salen todos estos”, se refiere a las personas migrantes.

“Me alegra esta idea de ‘abrir sus puertas’ a la posibilidad de alquilar una vivienda o trabajar, pero otra cosa es el recibimiento que pueda hacerse respecto de las personas o familias que llegan a Urdinarrain desde otros países”, comenta Susana, otra vecina. “Muchas veces se suele hablar mal de ‘los inmigrantes’ como una gran etiqueta donde se encuentran numerosos calificativos, en general negativos, o se les asocia a la idea de que ‘nos vienen a sacar trabajo’ o a ‘usar nuestro sistema de salud o de educación’”, adhiere.

Ante la pregunta de si existe una convivencia con las personas migrantes de la ciudad, Susana dice algo que conecta con un pensamiento de Sandra: “Convivir, con todo lo que implica esa palabra, creo que es una realidad que puede darse después de largo tiempo”. Pero qué sucede cuando personas como la misma Sandra se preguntan, después de vivir seis años de manera ininterrumpida en un mismo lugar, “¿qué más tengo que hacer para que me incluyan?”, como culpandose por esa no relación, por esa no convivencia. 

Cerca de las ocho de la noche Sandra va desde su casa al jardín a buscar a Sara, en el medio del trayecto dos perros salchicha le hacen fiesta, sus dueños que están sentados tomando mate en la vereda la saludan, le preguntan por su hija, conversan un buen rato. 

A una cuadra de distancia José Carlos sale a la vereda a ver cómo luce la vidriera, como está anocheciendo, le toca prender las luces de afuera, luego toma su bicicleta y emprende el recorrido hacia algún lugar, es uno más entre las 11 mil personas que habitan la ciudad. 

Hay personas que migran con el anhelo de regresar y otras que no vuelven más a su lugar de origen, existen quienes vuelven de a ratitos y también quienes no pueden darse ese lujo; lo cierto es que en la mente y en el corazón de todos, todas quedan historias por contar sobre el porqué eligieron una ciudad del interior, en este caso Urdinarrain, para ejercer algo que no sólo es una práctica irrefrenable, sino también un derecho: migrar.

Esta crónica fue posible gracias al aporte de nuestra Comunidad LATAM, un espacio de amigxs, parces, panas y compas al que con amor te queremos invitar a ser parte: ¿te gustaría sumarte?

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Imagen de portada: Rocío Rojas.
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Florencia Luján

Florencia Luján (Argentina, 1992). Periodista, siempre que se pueda.

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