#EntrevistasLATAM, conversaciones a partir de 10 preguntas con personas que están transformando la región.


Texto: Tatiana Rojas Sánchez
Ilustración: Alma Ríos

Joseph Zárate (Lima, 1986) es un periodista y editor peruano. Es tranquilo y sonriente. Es amante de la poesía. Confiesa ser introvertido pero es difícil creerle porque se expresa con fluidez y seguridad. A pesar de que le cuesta mucho escribir, su sensibilidad lo ha llevado a encontrar historias extraordinarias. Historias que escarban en la condición humana de los pueblos indígenas, del Ande y la amazonia peruana. Historias que dan una voz a esas personas que muchas veces pasan desapercibidas, pero a él le urge narrarlas.

Guerras del Interior , su primer libro, ha sido considerado entres los diez libros de no ficción del 2018 por The New York Times  en Español. Guerras se trata de un libro con tres historias: madera, oro y petróleo. Es un relato que retrata las vidas de Edwin Chota, un activista medioambiental, Máxima Acuña, agricultora, y Osman Cuáchí, el niño awajún. En cada línea el autor  intenta responder: “¿Qué somos capaces de hacer —como individuos, como sociedad— en nombre de aquello que llamamos “progreso”?

La pasión y disciplina por el oficio que tiene Joseph lo ha llevado a obtener el Premio Gabriel García Márquez 2018, en la categoría Texto con Un niño manchado de petróleo, publicada en la Revista 5W; el Premio Ortega Gasset 2016 a la Mejor Historia o Investigación Periodística con un reportaje La Dama de la laguna Azul versus la laguna negra, publicado en Etiqueta Verde y el Premio Nacional PAGE 2015 de Periodismo Ambiental creado por la ONU.

Distintas Latitudes charló con Joseph en el café 365 de Barcelona —lugar en el que Zárate escribió gran parte de su libro— para conocer más sobre su proceso de escritura y su visión sobre Perú. Un expreso y bocadillo de atún eran la compañía de Joseph aquél día.

Joseph, ¿qué encontrarán los lectores en  Guerras del Interior?

Guerras del interior es un libro de crónicas. Son historias reales sobre hombres y mujeres indígenas que por diferentes circunstancias de la vida deciden enfrentarse a poderes que son más grandes que ellos, por ejemplo: un gobierno, una mafia, una empresa, una gran corporación para defender aquello que ellos consideren su hogar. Este hogar puede ser un bosque, un valle, un río.

Lo que intenta hacer Guerras del interior es construir un puente de empatía entre los lectores, muchos de ellos vivimos en la ciudad y creemos que esas historias terribles no tienen que ver nada con nosotros […] Al menos lo que yo he intentado hacer con esas historias es hacer periodismo. Conseguir que esas historias sean como artefactos e instrumentos para hacer que la gente piense. Que los lectores se detengan un momento a pensar nuestro papel como consumidores y la conexión que hay con las tragedias ambientales causadas por la explotación de recursos naturales: el oro, la madera, el petróleo. Por lo tanto, no podemos solo cerrar los ojos y decir: eso no tiene que ver conmigo. Las historias del libro intentan un poco establecer esa conexión que muchas veces el periodismo no desarrolla, no revela porque no tiene tiempo, porque no hay recursos, porque simplemente como pasan todo el tiempo ya se ha naturalizado, ya no lo vemos. Ya no ponemos atención sobre esas cosas.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

El proceso de escritura fue bastante largo. Estas tres crónicas en particular las escribí entre 2014 y 2017 y las publiqué. El libro es casi un libro por entrega,  lo que yo hice fue condensar y elegí estas historias porque yo sentía que con estas bastaba para contar y desarrollar las ideas relacionadas al progreso: ¿Qué sucede cuando esas visiones diferentes de progreso se enfrentan, se encuentran? Yo consideraba que cada material era como una especie de metáfora.

Me gané el Premio Ortega y Gasset y con ese dinero me vengo a vivir a Barcelona con Rosa, mi novia. Quería irme de Lima para dedicarme solamente al libro: a leer y a escribir. Mi rutina era venir al café, escribir, leer y fichar los libros que leía. Cuando quieres escribir sobre tu país, tomar distancia te ayuda un poco a ver las cosas con otra perspectiva, a pensar cuestiones que antes no habías pensando, a reflexionar sobre tu condición, en mi caso como peruano, como latinoamericano. Hizo que el libro cobrará una impronta mucho más universal.

¿Qué más puede aportar el periodismo en contextos como los que viven los protagonistas de las crónicas de tu libro?

Lo que yo creo que estoy intentando es conseguir y revelar una verdad que durante décadas ha sido invisibilizada, malinterpretada o bien estigmatizada e incluso satanizada: El mundo indígena para las sociedades modernas sigue siendo una gran incógnita y para quienes vivimos en las ciudades no nos interesa mucho eso, porque sentimos que no tenemos un vínculo. Y eso sucede porque nuestro vínculo con la tierra, con la naturaleza, está roto. Esta fracturado.

Cuando uno lee esas historias como las de Máxima, Osman y Edwin puede verse en el espejo y decir: mierda, yo también soy parte de esto. También estoy participando de esta realidad. Lo que yo intento hacer desde el periodismo que hago, que para nada creo que sea mucho mejor que otro, es revelar una historia muy concreta de interés público que muchas veces la gente no quiere ver. Eso no es activismo, eso simplemente es decir las cosas como son, eso es periodismo.

¿En el transcurso de tu vida no se te ocurrió escribir ficción?

Alguna vez he pensado escribir pero cuando he intentado no me sale. Más bien he escrito cosas de verdad y le he dicho a la gente que es ficción (risas). Pero para que no me malinterpretes, en mi vida personal, escribía un episodio sobre mi infancia pero como me daba un poco de vergüenza decía que era ficción. Es que no me sale, no es que no tenga imaginación pero todavía no me encuentro en esa frecuencia de escribir ficción. No me cierro a esa posibilidad tampoco, quizá en algún momento lo haga. Pero en estos momentos de mi vida siento que las cosas que quiero decir y comunicar serán como periodista o escritor en la no ficción.

¿Sobre qué o quién nunca escribirías?

Yo escribiría sobre todo, menos mentiras, eso nunca. El problema que hay no tiene que ver con el tema sino cómo miras el tema. Yo puedo escribir sobre el personaje más infame, más despreciable del mundo pero a través de mi mirada puedo conseguir que en la historia de ese personaje los lectores se pregunten, se cuestionen cosas. En eso el periodismo tiene una gran responsabilidad.

¿Qué otras historias te interesa contar en este momento?

Estoy muy interesado en seguir escribiendo historias relacionadas al mundo indígena. En mí todavía hay una urgencia de las historias que tengo dentro y quiero contar. Hace algún tiempo tomé la decisión de escribir —como yo no vivo de escribir sino de mi trabajo como editor— y dedicarle mi capacidad a temas que realmente me quemen. No simplemente escribir por escribir. A mí me cuesta mucho escribir, muchísimo, sufro mucho cuando lo hago, no la pasó nada bien. La paso bien cuando estoy reporteando, pero cuando estoy escribiendo deseo hacer otra cosa. Es un trabajo muy extenuante, es como correr una maratón y por eso acepto encargos o tomo temas que se que me van a comprometer totalmente, que no van hacer simplemente un trabajo.

¿Qué es para ti el periodismo?

En principio, el periodismo es un servicio. Nadie se hace periodista necesariamente para hacerse rico, —eso es lo que yo creo—, para ganar plata o para hacerse famoso. Yo creo que la gente que se hacen periodistas, lo hacen porque tienen una vocación de ofrecer a las personas el poder de la información de cosas que están ocultas.

El periodismo es interesarte por las personas. Si no te importan, difícilmente vas a hacer un buen periodismo. Están bien los datos, los hechos, la información, pero si no te importa lo que le sucede a la gente, o haces un mal periodismo o haces un periodismo mediocre. Sea cual sea el género que hagas. Y no digo que eso nos haga mejores personas, simplemente creo que para ejercer este oficio es importante ese valor, nuestra materia prima es la gente.

¿Anhelos recurrente de tu infancia?

Cuando yo era niño quería ser astronauta, quería ser Marty Mcfly viajando en el tiempo, me gustaba mucho Volver al futuro. Después, cuando fui creciendo, en un momento quería construir robots, más adelante quería estudiar arte, dibujar. Quería ser músico, pero no teníamos dinero en casa y mi mamá me dijo que tenía que estudiar en la universidad pública algo que me permitiera tener un oficio y hacer algo que me gustará. Nunca me plantee ser periodista, tenía 15 años cuando me decidí estudiar esto. Hasta que un amigo me prestó una revista de Etiqueta Negra y dije: ¡Esto es lo que quiero hacer! Si voy hacer periodismo, voy a hacer esto porque tiene que ver más con mi sensibilidad. Esa decisión la tome a esa edad y aquí sigo hasta ahora.

¿Bailas?

Sí, me gusta bailar mucho. Me gusta bailar salsa, creo que dentro de todos los géneros bailables es en el que mejor me defiendo. O sea no bailo como un colombiano pero mi novia dice que bailo bonito. Es un eufemismo para decir que no soy una mierda bailando. Mi novia baila muy bien, por ejemplo. Tengo ritmo, definitivamente.

¿Qué es Perú para ti?

Para mí el Perú sigue siendo una gran incógnita que intento resolver a través de mi escritura. Es como una madeja que quiero desenredar y comprender, porque al comprender a mi país, me voy a comprender a mí mismo, por qué soy como soy, por qué tengo programada ciertas cosas.