Por Natalia Gutiérrez Ávila

“The deathly silence of this crisis is a major impediment for international action to end it”

Kofi Annan

Hace un tiempo participé en un modelo de las Naciones Unidas cuyo tema general era “Qué hacer para detener el cambio climático”. A mi equipo le tocó “representar” a la República Democrática del Congo (RDC), país del cual tenía muy poca información general, ya no digamos sobre su estrategia de combate contra el cambio climático. Afortunadamente, encontramos un profesor originario de ese país quien nos ayudó a preparar nuestra intervención. Sin embargo, desde la primera entrevista nos sorprendimos con la cruda franqueza de sus respuestas. Al momento de preguntar ¿qué es lo que está haciendo la RDC para combatir el cambio climático? su respuesta fue clara y contundente: nada.

La fría contestación del profesor nos abrió los ojos a la realidad. “¿Cómo podríamos preocuparnos por el cambio climático cuando no tenemos que comer?”, dijo. “No se hace mucho para combatir el cambio climático porque no tenemos ni siquiera nuestras primeras necesidades cubiertas”, agregó. Pero su frase final fue aún más lapidaria, “¿cómo preocuparse por algo que otros causaron si debemos luchar para sobrevivir día a día?”. Y, en efecto, aquí radica una de las paradojas más lamentables de la actual crisis ambiental: no son los países industrializados (que han producido el mayor porcentaje de gases de efecto invernadero (GEI) en el planeta) sino los países subdesarrollados los que sufrirán con mayor rigor estas consecuencias.

¿A quién afecta?

A estas alturas, ya la mayoría sabe qué es el cambio climático y cuáles pueden ser sus desastrosas consecuencias a corto y largo plazo. Algunos lo aceptan, otros no tanto, pero pienso que lo peor que podríamos hacer es esperar a ver si “las predicciones” de los científicos y los ecologistas se cumplen.

La crisis ambiental nos debería hacer entender que, más allá de nacionalidades o identidades locales, somos una comunidad humana que es interdependiente ecológicamente. Lo que contamina uno afecta a todos.  Pero también es cierto que los países más industrializados son los que deberían hacer los esfuerzos más grandes, pues son los que más han contribuido al cambio climático. Por eso se dice que éste, además de ser un tema ambiental, es un problema de justicia global.

Como ya se dijo, las consecuencias del cambio climático afectan a todo el planeta sin importar fronteras pero, irónicamente, son las naciones más pobres, que aportan aproximadamente 1% de los gases de efecto invernadero, los que sufren desde ya los efectos más devastadores. La muestra más clara es África, el continente más pobre y subdesarrollado de todos, donde 51 de sus 53 países aparecen como altamente vulnerables a los efectos del cambio climático.

A su vez, países altamente industrializados como Estados Unidos y Canadá, gracias a su localización y avance tecnológico, tienen más posibilidades de aminorar las consecuencias del calentamiento global. Es una relación inversa entre responsabilidad y vulnerabilidad; yo contamino, tú lo sufres. Según el estudio “Anatomía de una crisis silenciosa”, 99% de las muertes  al cambio climático ocurren en países en desarrollo debido a inundaciones, deslaves, sequía, etc. Y no sólo hablamos de muertes, también de más pobreza, de hambre, migraciones y demás problemas sociales asociados al calentamiento global.

Este mismo documento nos ofrece unos casos de estudio muy interesantes de cómo han sufrido los países en desarrollo el cambio climático, mostremos unos ejemplos:

Bangladesh, pequeño país ubicado al sur de Asia,  es uno de los países más vulnerables a ciclones tropicales e inundaciones. Desde el año 2000, ha experimentado más de 70 desastres naturales. Tiene 155 millones de habitantes, de los cuales la mitad vive por debajo de la línea de pobreza y más del tercio padece de desnutrición.

Otro ejemplo es Uganda, según la FAO este país está al borde de la catástrofe humanitaria debido a que 30% de la producción agrícola se ha reducido debido a la sequía que afecta a 80% de la población que subsiste de esta actividad. [http://www.wfp.org/news/hunger-in-the-news?tid=332.]

Etiopía es otro caso impactante, tan sólo en los últimos 10 años ha sido golpeado por cinco de las más grandes sequías que se hayan tenido registro. Aproximadamente 100,000 niños sufren de desnutrición, lo que los hace más susceptibles a padecer diarrea. Según los cálculos más conservadores, hay un estimado de 20.000 niños que mueren al año y un 46% de la población padece desnutrición.

El estudio también analiza lo que sucede en algunas grandes ciudades como la Ciudad de México y hace una breve mención sobre sus problemas de desabastecimiento de agua potable, sin duda uno de los efectos directos del cambio climático. Lamentablemente, este problema se agrava al ver la alta densidad demográfica y los malos manejos de aguas residuales que hay aquí. ¿Culpables? Todos en cierta medida. Las autoridades federales como Conagua no están dispuestas a otorgar más responsabilidades a los dirigentes locales, el Sistema de Aguas Metropolitano no tiene dentro de sus prioridades la construcción de nuevas plantas de manejo de aguas residuales, y la cultura de ahorro de los ciudadanos está por los suelos. Incluso en delegaciones que padecen constantemente la falta de agua es común ver escenas como esta: personas lavando los coches con cientos de litros de agua.

Es cuestión de Justicia Global

“Los países ricos tienen una doble obligación” son palabras de Oxfam Internacional en el último documento ofrecido en las reuniones de la ONU sobre el cambio climático en Bonn, Alemania. Un doble deber porque, por un lado, tienen la obligación de reducir considerablemente las emisiones de gases contaminantes y, por otro, deberían ayudar a los países pobres a mitigar los efectos del calentamiento global. Como ya decía, es cuestión de justicia social y global. Quien más ha contaminado debería pagar los costos del daño. ¿Más datos? Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el Informe 2007-2008, 20 millones de texanos emiten tanto dióxido de carbono en un año como 750 millones de subsaharianos. No obstante, estadísticamente uno de cada 19 africanos puede ser víctima mortal de un desastre climático, frente a uno de cada 1.500 texanos.

Hablemos de dinero

Pero entremos al tema desde otra arista y no seamos ingenuos. Es difícil que los países desarrollados piensen solamente en términos de justicia global. Dejemos un momento de lado los datos de los millones de personas que en África, Asia y América Latina sufrirán los estragos del cambio climático y pongamos la situación en otros términos: si las emisiones de carbono y otros gases no se reducen considerablemente dentro de los próximos años, 70% de la población mundial padecerá, inequívocamente, los efectos directos e indirectos del calentamiento global. De hecho, los países desarrollados ya están comenzando a sentir los efectos del calentamiento global. Lo vimos con el huracán Katrina en Estados Unidos, y lo vemos con los veranos cada vez más calurosos en Europa, en la disminución de lluvias en Australia.

Como se ve, no hay soluciones milagrosas y la contaminación no desaparecerá con una decisión mágica de los líderes mundiales, pero sí es necesario que la comunidad internacional llegue a un acuerdo sobre las medidas a tomar para reducir considerablemente las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Quizá el momento clave para esto será el próximo diciembre en la cumbre de la ONU, en Copenhague, donde se espera sustituir el protocolo de Kyoto, que vence este 2012.

Sin duda, una de las alternativas será destinar más recursos para la investigación y el desarrollo de nuevas energías renovables. Integrando estrategias de mitigación, desarrollo, asistencia humanitaria, y combate al desastre, esto puede funcionar.

Termino con una frase sorprendentemente adecuada y (moderna): “El progreso humano no es ni automático ni inevitable. El futuro ya está aquí y debemos enfrentar la cruda urgencia del ahora. En este acertijo constante que implica la vida y la historia, la posibilidad de llegar tarde existe. Podemos rogarle desesperadamente al tiempo que detenga su paso, pero el tiempo es sordo a nuestras súplicas y seguirá su curso. Sobre montañas de blancas osamentas y desperdicios de múltiples civilizaciones se observan las terribles palabras: Demasiado tarde”. Martin Luther King Jr.

Notas:

http://hdr.undp.org/en/media/HDR_20072008_SP_Overview.pdf) de “Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008. La lucha contra el cambio climático: Solidaridad frente a un mundo dividido”

http://ghfgeneva.org/Portals/0/pdfs/human_impact_report.pdf

http://www.un.org/special-rep/ohrlls/ldc/list.htm

http://ecoloquia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1999&Itemid=37

http://www.breathingearth.net/

http://www.iied.org/pubs/pdfs/17022SIIED.pdf 100 países más afectados.