Mateo:

Uno de los primeros bebés adoptados legalmente por dos papás en México

 Por Vanessa Job.

@espejoazul

 Se llama Mateo y a sus seis meses de edad ya es noticia en periódicos, estaciones de radio y televisión en México. A él eso no le molesta, siempre y cuando las entrevistas no provoquen que su papá José y su papá Gabriel se distraigan en su obligación de cambiarle el pañal, arrullarlo para la siesta y darle su mamila. Mateo come mucho. No hace falta que nadie lo diga, cualquiera que mire sus cachetes morenos y rozagantes lo puede adivinar.

Es sábado por la mañana y papá Gabriel está nervioso por las entrevistas de los últimos días y ha acordado con su esposo José, que después del debut de Mateo en los medios nacionales, guardaran un absoluto silencio para que pueda crecer como cualquier niño de familia.

No quieren que por ser hijo de una de las tres primeras parejas de homosexuales que adoptan legalmente en la Ciudad de México se vaya a convertir en algo extraordinario. En este país a partir de agosto 2010 la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró constitucionales las reformas que permiten la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo en el Distrito Federal.

La primera noticia de la llegada de Mateo al mundo, la tuve el 13 de enero de 2011, cuando en la bandeja de entrada de mi correo electrónico llegó un mensaje personal que anunciaba a amigos y conocidos de la pareja que el Tribunal de Justicia del DF había emitido el fallo a favor de la adopción del bebé.

Gabriel y José se sentían felices y en la misiva adelantaban que habría una gran fiesta para presentar a su hijo. Entonces pidieron discreción: la información compartida no era una nota para la prensa.

Casi un mes después, la pareja seleccionó a seis medios de comunicación para invitarlos a desayunar y contarles todo lo ocurrido. Estaban convencidos que historias como la de ellos se deben conocer para ir abriendo brecha, hacer conciencia, dar la batalla cultural para que su hijo pueda vivir en un mundo sin discriminación y violencia.

A ellos les preocupa que la Iglesia y los grupos conservadores en México sigan enquistando la idea de que sólo la familia tradicional es la válida.

Y no, ahí esta Mateo arrullado por dos hombres que desde hace 8 años son pareja, que se unieron en las Sociedades de Convivencia, la primera ley en 2007 dio reconocimiento legal en la Ciudad de México a aquellos hogares formados por personas sin parentesco consanguíneo o por afinidad. Y que para adoptarlo ejercieron su derecho a casarse como cualquier pareja heterosexual. En la Ciudad de México a partir de marzo de 2010, el código civil para el Distrito Federal permite a las parejas del mismo sexo contraer matrimonio y ser reconocidos en el resto del país.

A las nueve de la mañana del lunes 19 de febrero, los reporteros convocados se reunieron para conocer la historia. Y preguntaban: qué cómo fue el proceso de adopción; qué cuando tiempo tardaron; qué si son difíciles los exámenes psicológicos; qué cuántas parejas gay han adoptado; qué si sienten miedo a la discriminación de la gente; qué por qué dar a conocer la historia…

José, periodista y activista social, narró durante poco más de una hora que el proceso de adopción les tomó casi cuatro meses desde el 19 de septiembre de 2011. El hombre de ojos claros y cabellos como púas estaba muy orgulloso de la precisión que tuvieron para cumplir con los trámites: la carta de antecedentes no penales, copias certificadas de algunas propiedades, actas de nacimiento, de matrimonio, pruebas de VIH, cuatro meses de sesiones todos los martes con el psicólogo, pruebas psicométricas, visitas de la trabajadora social durante tres meses a casa de un decena de familiares de ambos.

Mateo estaba ahí frente a los periodistas, escuchaba todo mientras su papá Gabriel lo cubría con una colcha afelpada y jugaba con un pequeño Tiger, el personaje de los cuentos de Winnie Pooh. Y su papá José seguía defendiendo la idea de que existen diversos tipos de familias.

“Lo que queremos es tener los mismos derechos, no más, no menos y no queremos que nuestro niño cuando empiece a crecer sufra de discriminación o exclusión”.

-¿Y cómo le harán para protegerlo de esa discriminación?, preguntaron los reporteros.

-Los psicólogos nos recomiendan nunca mentirle, que siempre tenga claro su origen y educarlo como un niño fuerte e independiente.

Seis días más tarde volví a la casa de Mateo, a aquel fraccionamiento de clase media ubicado frente a un parque al sur de la Ciudad de México.

Encima de la mesa del comedor había una carpeta blanca con un registro fotográfico que había solicitado el DIF (organismo encargado de la custodia de los niños huérfanos) como constancia de las relaciones familiares que lleva el bebé.

Al hojearlo se ve a Mateo abrazado con sus tías, la imagen de su abuela besuqueándolo en los cachetes, una foto del pastel de chocolate y una vela con el número uno con el que festejaron su primer mes de vida. Otra foto con Mateo vestido de traje y corbata en la primera vez que fue chambelán de su prima de quince años. La chica con vestido pomposo es sólo uno de los 27 primos que tiene Mateo.

En la carpeta también hay una foto de Gabriel comprando la primera ropita: un mameluco color blanco con un gorrito del mismo color. Esa foto se tomó después del 22 de agosto de este año cuando nació Mateo y estuvieron seguros de que la madre biológica no se arrepentiría de dan en adopción al bebé.

La pareja había acordado con la madre que si al momento del nacimiento ella decidía no dar en adopción al bebé, ellos lo respetarían.

A la joven de veintitantos años la conocieron cuando tenía seis meses de embarazo, padeciendo problemas de desnutrición y con una situación económica precaria que no le permitía mantener a un hijo más.

Ella estuvo de acuerdo en que José y Gabriel se hicieran cargo del futuro de Mateo. Seguro que educado por un banquero y un periodista de clase media tendría mejores oportunidades para ir a la escuela y crecer bien alimentado.

Las pruebas estaban ahí, los médicos ya habían diagnosticado la desnutrición del bebé y su madre desde el séptimo mes de embarazo. Por eso desde entonces la pareja se hizo cargo de los gastos: despensa para que la madre, el seguimiento médico y el ultrasonido donde vieron por primera vez a Mateo.

De eso no más detalles.

Los psicólogos del DIF les recomendaron a los nuevos padres, no entablar ningún lazo con la señora ni antes ni después de que les entregara al niño. Y lo han cumplido a cabalidad.  Prefieren construir su presente, pensar en que en julio irán con el acta de nacimiento de su hijo a sacarle la visa para que vayan a Estados Unidos, en cómo resolver la incomodidad que en los baños de hombres —exceptuando en los Sanborns, una de las cafeterías más populares del país— no hay infraestructura para cambiar el pañal del bebé.

Y ya desde ahora, imaginan a Mateo en sus clases de natación; en su bautizo; en su primer día de clases en alguna escuela particular, con sus primeras novias y como un gran profesionista educado en alguna universidad pública.

El lunes 27 de febrero, a sus padres les entregaron el acta de nacimiento de Mateo, donde decidieron poner primero el apellido de Gabriel y luego el de José. La decisión sencilla, el apellido más original ganó terreno.

Mateo, además, tiene garantizada la seguridad social que el banco donde trabaja su papá Gabriel le ofrece. En la institución bancaria no ha habido mayor problema para que Mateo tenga los mismos beneficios que cualquier hijo de banquero.

Las puertas de casa de Mateo se cierran en adelante para los medios de comunicación, pero quedan abiertas para el DIF, que en cualquier momento puede hacer una visita para verificar que Mateo esté bien.

Epílogo.

Los nombres de los padres de Mateo fueron modificados por petición de ellos, para salvaguardar la tranquilidad de la nueva familia.