La población indígena mexicana se encuentra en momentos sumamente adversos en varios frentes que amenazan su integridad, su identidad y formas de subsistencia como pueblos indígenas. Sobre todo porque a principios de este año las zonas del sur del país, principalmente la región de la montaña del  estado de Guerrero, sufrieron el paso desastroso de las tormentas tropicales “Manuel” e “Ingrid” que sumieron aún más a las comunidades en la pobreza extrema y en una crisis alimentaria que el gobierno no ha resuelto y por el contrario ha centrado el apoyo en las zonas turísticas.

No obstante, para  lidiar con la amenaza del crimen organizado encabezado por los cárteles de droga, se han visto obligados a crear sus propios sistemas de seguridad  y autodefensa ante un Estado fallido que lejos de actuar en coordinación con ellos los persigue y encarcela sin juicios previos, violando con mano en cintura sus derechos humanos. Asimismo también han creado frentes de resistencia ante el acoso agresivo de mega proyectos neoliberales, (petroleros, mineros, turísticos, eólicos, hidroeléctricos, de infraestructura carretera y aeroportuaria) que desde hace varios años con el amparo de la élite política, pretenden desplazarlos a toda costa de sus comunidades y despojarlos de su tierra en aras del desarrollo económico.

La inseguridad, la pobreza extrema y el acoso del gobierno en pos de la lógica neoliberal plantean grandes problemas en la vida comunitaria indígena que trastocan de una u otra forma las relaciones de género y colocan a las mujeres en  situaciones de mayor dependencia, vulnerabilidad, subordinación y  doble exclusión al ser mujeres de origen indígena.

Un ejemplo de esto fue expuesto en el “Foro sur-sureste de análisis y construcción de alternativas: tenencia, uso y usufructo de la tierra para las mujeres” donde se insistió en que los reglamentos y políticas públicas en cuanto propiedad de la tierra sólo reconocen a los varones como propietarios y constantemente son ignoradas al no ser convocadas a las pocas veces efectuadas consultas previas sobre uso y explotación de recursos naturales. El Estado no sólo no reconoce su derecho a la tierra sino también su derecho a la consulta. Son invisibles en el marco jurídico, su opinión no tiene validez.

Sin embargo, en  dicho foro y en otro denominado “Foro: Desde el corazón comunitario de las resistencias” del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan Guerrero, se alzaron las  voces femeninas de la indignación y la resistencia. Muchas indígenas salieron desde las cocinas de sus comunidades para ser escuchadas y protestar contra un gobierno que oprime y persigue a luchadores y luchadoras sociales como Nestora Salgado y contra los mega proyectos que amenazan constantemente con el despojo de los pueblos y atentan contra los ecosistemas de los que dependen. El siguiente es el caso de Mary Chuy y su lucha en contra de las represas:

“yo antes era una niña muy buena, antes era católica, apostólica y re mensa, ahora soy católica pero cabrona […] Cuando empezó está lucha yo hacía tortillas […] dios nos pone en  nuestro camino  y yo decía ‘no pos cómo voy a un programa de radio’ a veces llegaban mis nietos y llegaba ahí a la cabina con las manos llenas de masa y sabe qué diría. Pero así fui aprendiendo, fui conociendo a muchas organizaciones y empecé a salir y me di cuenta de que sí podemos” 

O el caso de Agustina García de Jesús que exhortó a la gente para que no deje de luchar para la liberación de presos políticos indígenas como su esposo:

“yo muy poco participo pero yo creo que ya es hora y ya llegó el momento de participar y seguir luchando para que el gobierno deje de intimidar[…] yo no temo a nada y tampoco me voy a esconder,  yo por mi familia voy  a seguir luchando y voy a seguir trabajando para mantener a mis hijos. Debo de seguir con la frente en alto, no debo de agachar. Al principio pensé que iba a llorar, pero no más la lágrima, la lágrima cuesta para seguir adelante”

Muchos son los casos de mujeres indígenas como  Agustina y Mary Chuy que ante los lúgubres panoramas son empujadas a realizar actividades que se alejan de las del hogar y de los ideales de lo que significa ser “buena mujer” para exigir justicia y derechos. Desde integrarse a grupos de oposición mayoritariamente masculinos, o tomando un arma para auto defender a sus pueblos, se van abriendo las puertas hacia nuevos horizontes de lucha y participación.

El camino es largo y complicado para ellas, especialmente si se considera que el primer reto que superan es la critica severa por parte de una comunidad patriarcal, católica y regida por usos y costumbres que ve con malos ojos que la mujer esté fuera del ámbito doméstico y  “lejos de la vista del marido”. Pese a esto los hombres comienzan a reconocer la importancia de incorporarlas a las contiendas, comienzan a aceptar que la mujer puede tener otro lugar fuera de la casa y desempeñar otras tareas como las de ellos. Pero aún les cuesta trabajo verlas como iguales o como líderes.

Al exterior de la comunidad su origen en nada facilita la ruta hacia la justicia, muchas veces se convierte en el foco de abusos, humillaciones y violaciones a su integridad. Y sin embargo continúan, aún con las largas distancias, con los peligros del camino, el hambre y el cansancio asisten a marchas y alzan la voz desde la profundidades de la entraña. Las que no hablan español lo aprenden, ayudan y convocan a otras mujeres a no perder el paso, a no quitarse del camino. Enseñan a sus hijos y al mundo que la tierra y la dignidad lo son todo, son la vara que las sostiene ante un mundo que ha perdido el rumbo y su humanidad priorizando el dinero y el poder.