Texto: Diego Pérez Damasco
Fotos y video: Andrés Hidalgo

Hace 20 años —desde 1998—  que Zoilamérica Ortega Murillo, hijastra del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, e hija de la actual vicepresidenta de ese país, Rosario Murillo, mantiene un distanciamiento absoluto de la que en algún momento fuera su familia. Ese año, Zoilamérica presentó las denuncias de abuso sexual contra su padrastro, que estremecieron en su momento a la nación centroamericana, pero que terminaron sepultadas en la total impunidad en 2002.

Después de años de persecución, que culminaron con el cierre de la ONG en la que ella trabajaba (el Centro de Estudios Internacionales, CEI) y la expulsión de su pareja del país, Zoilamérica terminó por exiliarse en Costa Rica en 2013, donde vive desde entonces. Pese a estar del otro lado de la frontera, la hija de la pareja presidencial y activista social se mantiene pendiente de la complicada situación política que vive ahora su país.

Desde el pasado 19 de abril, las calles de varias ciudades de Nicaragua se mantienen en protesta. Lo que inició como una manifestación contra reformas a la seguridad social en el país, ahora es un movimiento en contra del gobierno, que busca cambios profundos en Nicaragua. De acuerdo con ella, la impunidad absoluta que tuvo su caso de abuso sexual fue un preámbulo de una serie de confabulaciones entre Ortega y Murillo, que fueron en ascenso hasta alcanzar los niveles de represión que ahora se viven en la tierra del poeta Rubén Darío, donde, se calculan ya cerca de 40 personas fallecidas.

Zoilamérica, quien mantiene su cabello largo en señal de protesta y asegura que solo se lo cortará cuando haya justicia en su país, conversó con Distintas Latitudes y compartió sus valoraciones del momento decisivo que vive Nicaragua, a partir de su conocimiento —de primera mano— de la personalidad de las dos más altas figuras políticas del país, y de su experiencia como exiliada y migrante en el vecino del sur, Costa Rica.

En Nicaragua hace años suceden arbitrariedades, como las irregularidades en las últimas elecciones y los conflictos por el canal chino, ¿por qué considera que el tema de la reforma al seguro social desató esta ola de protestas?

A nivel del país, a lo interno, en esa Nicaragua de todos los días, realmente, no solo el desmantelamiento de la institucionalidad, representado en el fraude electoral, la misma implementación de un proyecto de canal que resultó inviable, a través de toda una serie de medidas, el pueblo ha venido tolerando ver la destrucción de su propio país.

En las recientes semanas, el incendio en la reserva de Indio Maíz denotaba un problema en donde ya el control del gobierno de una serie de factores tenía una precariedad importante. Debo decir que [por] el control social en los últimos cinco años las ONGs empezaron a vivir la represión, como implicó el cierre de la ONG que yo dirigía, y todos los problemas de seguridad que me llevaron al exilio. Es una evidencia de que han sido varios años de soportar un control social muy sutil, que ha tenido que ver con cómo el Frente Sandinista transformó sus estructuras locales en instancias casi paramilitares, a través de las cuales el pueblo ha estado bajo espionaje. Lo que venía siendo para mucha gente una parálisis social, solo [era realmente] un acumulado de fuerzas.

Yo creo que el detonante ha sido la memoria histórica. El manejo con que el gobierno abordó esta protesta generó la evidencia última que faltaba para considerar que teníamos un somocismo sin Somoza y, lo que que es peor, bajo un telón de engaño, de manipulación, usando los valores más sagrados de un país, como puede ser desde su fe cristiana, hasta los valores que enarboló esa parte de la población que estuvo en la Revolución Sandinista.

Dar marcha atrás a la reforma no ha detenido el movimiento, desde su perspectiva, ¿es posible negociar una salida que garantice la paz social en Nicaragua? Teniendo en cuenta las personalidades y el poder político que siguen teniendo Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Para negociar hay tres cosas fundamentales. En primer lugar, sin verdad y sin tener todo sobre la mesa, ninguna negociación es efectiva. En ese primer elemento, definitivamente hemos visto a un gobierno que durante estas protestas ha estado maniobrando en un sentido absolutamente inescrupuloso. Nos referimos a mandar a asaltar establecimientos privados para culpar a los estudiantes, a muchachos desaparecidos, algo que no habíamos vivido, en mi caso, desde mi niñez. Así no es posible ningún aspecto de verdad.

Por otro lado, confianza. Es fundamental que un diálogo se tenga la confianza en que hay voluntad de ambas partes para encontrar una salida a Nicaragua. Vemos que la voluntad del gobierno es encontrar en la negociación una forma para permanecer en el poder en las mismas condiciones, y los muchachos, y mucha gente sigue siendo clara que lo que quiere es un diálogo para entablar un proceso de transición.

Y, finalmente, para que una negociación funcione tiene que haber justicia. Los procesos de paz y de diálogo en naciones profundamente divididas sólo han dado resultados cuando hay comisiones de la verdad. Sólo han dado resultados, y aun así con obstáculos, cuando la sociedad se abre a reconocer responsabilidades. Ninguna de esas tres condiciones están presentes.

Creemos, sin embargo, que la Iglesia Católica y los muchachos del Movimiento 19 de Abril, y los sectores que han aceptado participar, lo hacen porque les importa Nicaragua. Y porque , ante la amenaza, como bien has dicho, ante el perfil psicológico de dos personas que a todas luces su arrogancia no les ha permitido siquiera actuar con lucidez política, ante esa realidad no se puede escatimar ningún esfuerzo por tratar de encontrar una salida.

Quizá lo más complicado que tiene Nicaragua es este entramado de autoritarismo, esta telaraña que se tejió para desvirtuar todos los poderes del Estado, para desnaturalizar la institucionalidad, para cometer un fraude no solo electoral, sino en todas las instancias de poder. Por lo tanto, ¿por dónde se empieza?, ¿por dónde empezamos a recuperar un país que prácticamente ha sido destruído? Y ese es, quizás, el principal desafío de una mesa de negociación.

¿Se puede comparar lo que está sucediendo en Nicaragua con los movimientos de protestas que se han dado en otros países de la región, como Honduras y Guatemala?

Sí, y también los movimientos que exacerban que los pueblos no queremos admitir más formas de violencia.

Hay que recordar una cosa que, en el caso de Nicaragua cobra tanta relevancia como peligrosidad. Nicaragua tuvo una revolución. Nicaragua ha tenido una larga tradición de organización, una cultura de liderazgo, una rebeldía en el buen sentido de la palabra, y eso hace que en este momento algo que para muchos es inexplicable [como] el nivel de organización de estos muchachos, la emergencia de liderazgos totalmente nuevos, y que no haya sido requerido un partido político o un movimiento social tradicional para encabezar todo esto. Estos muchachos están reuniendo la esencia de muchas generaciones de nicaragüenses y, por lo tanto, eso convierte este movimiento en un movimiento revelador de la esperanza.

¿Por qué en Nicaragua este movimiento puede resultar más fuerte? Porque venimos también de una historia de mucho dolor. Del dolor que significó una revolución traicionada. El dolor que representa aceptar nuestros propios errores, los de los hijos de esa revolución, al no haber podido hacer un proyecto de consenso, el dolor que nos dio confiar y casi entregar las voluntades a liderazgos mesiánicos y, lo que es peor, el dolor de tantos años en los que muchos de nosotros invertimos esfuerzo e historia.

Si vos escuchás en las manifestaciones, escuchás las mismas consignas antisomocistas. Y también impresiona escuchar a los sectores que se opusieron a la revolución tener las mismas consignas contra el sandinismo que se alzaron en armas.

Tenemos que escribir una historia de Nicaragua que reúna las lecciones aprendidas. Y duele también percibirnos con ese miedo. Yo misma recuerdo imágenes, en el 76-77, muy pequeña, el miedo que ocasionaba el solo ver a un guardia somocista, pero luego también viví el miedo en uno de los episodios en el que se me reprimió con la policía en Nicaragua. Y ahora estas sensaciones reiteradas de que sino nos sobreponemos al miedo estamos ante una amenaza real del intento de aniquilarnos.

Cuando usted habla de la peligrosidad, o de las características de este movimiento, ¿se refiere a la posibilidad de que aumente la violencia, y haya un intento de una nueva revolución o levantamiento armado?

La nueva revolución ya empezó. Esto es una una nueva revolución. Definitivamente no hay palabras para describir la profunda gratitud hacia estos muchachos, por parte de quienes hemos vivido el horror y el miedo, porque ellos nos están rescatando la conciencia, nos están salvando. Son muchachos que pueden ser mis hijos, pueden ser hijos de combatientes históricos, hijos de personas de la Contrarrevolución en su momento, pero son muchachos que el escucharles hablar impresiona, porque nos están rescatando a todos, nos están sacando de una especie de sentimiento de derrota.

Pienso que lo más maravilloso es que ellos han reinventado la revolución, y por eso los que hemos vivido en las etapas anteriores de nuestra historia tenemos que ser capaces de permitirles conducirnos, de favorecer esa energía, la valentía, la fuerza que tienen, la claridad. Quizás esa es una de las cosas que más necesita Nicaragua en este momento: que no nos peleemos por protagonismos. Esta Nicaragua se va a unir, va a poder salir adelante por encima de todos estos obstáculos. Como se ha dicho, de la Revolución Sandinista a la Revolución Nicaragüense, y quizás esta será de las transformaciones más profundas.

El gobierno costarricense está evaluando recibir a las personas nicaragüenses que quieran resguardarse de la violencia, ¿cómo evalúa esta posibilidad?

Evidentemente Costa Rica ha tenido una larga tradición humanitaria. Sin embargo, hemos venido, como parte de las organizaciones que aquí trabajamos con refugiados, notando con preocupación que la institucionalidad [costarricense] puede verse seriamente demandada y puede verse también sin capacidad de responder a lo que significa la reintegración que hoy proponen en la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para quienes se ven obligados a buscar protección internacional.

Me parece que, ante la peligrosidad, el siempre tener esa opción puede salvar vidas. Pero, me parece que más importante es que los estados que expulsan personas por miedo y por faltar a sus responsabilidades como estados son quienes deben detenerse.

Es curioso, porque en las épocas de las dictaduras de los años 60 y 70 en América Latina, las operaciones militares que estas dictaduras emprendían se llamaban “operación limpieza”. Nosotros hemos venido hablando que hay nuevas formas de “operación limpieza”. En las calles de El Salvador, Guatemala y Honduras se ha intentando hacer “operación limpieza” de personas de la diversidad sexual, los crímenes de odio son intentos de “dejar limpias” nuestras naciones de todo aquellos que no son parte de un poder absoluto y patriarcal.

Estamos, entonces, en Nicaragua ante un intento de hacer “operación limpieza” de todo lo diferente, de estas voces diferentes de los muchachos que con esta claridad hablan de lo que debería de ser Nicaragua, de lo que ha dejado de ser Nicaragua.

En la misma línea, ¿cómo evalúa la respuesta del gobierno nicaragüense a la condena expresada por el gobierno costarricense?, ¿es posible avanzar a mejorar las relaciones bilaterales entre ambos países en este escenario?

Costa Rica reaccionó tempranamente a este conflicto. Quizás el gobierno sandinista calificó eso de injerencismo. Yo considero que los estados no pueden usar la soberanía de sus mandatos para reprimir al pueblo. No se vale usar el principio de la soberanía para que un estado sea soberano para mandar a matar y pretender que nadie alce su voz ante esto.

Nosotros sabemos que todo el tema migratorio en Costa Rica  requiere toda una estrategia de mejoramiento, para que los migrantes cada vez tengamos más opciones y posibilidades. Pero eso jamás va a poner como el primer responsable de la realidad de los nicaragüenses al gobierno de Costa Rica, sino al gobierno que no dio oportunidades sociales, económicas y de seguridad.

La iglesia católica y el empresariado, que habían estado más cercanos al gobierno se están separando de esa posición, ¿a qué lo atribuiría usted?

Primero, el gobierno en su estrategia de concentrar poder utilizó una práctica política de dividir y cooptar personas dentro de todos los sectores. Cuando hemos hablado de un tejido de complicidad de esta concentración de poder, esta dictadura no sería posible sin estas concesiones de legitimidad a sectores de la empresa privada, sectores de las Iglesia Católica, muchos de ellos representados en sus cúpulas. Vimos a la Corporación de Zonas Francas respaldando la represión del gobierno, a través de los beneficios de la inversión extranjera que la empresa privada y que los mismos sectores de la Iglesia Católica han tenido, se puede notar que ellos ya deben lealtad al gobierno.

Sin embargo, nunca hemos pensado que haya consenso absoluto en torno a eso. En este momento, los estudiantes del Movimiento 19 de Abril están haciendo un llamado histórico a todos estos sectores a que se distancien. Creo que la empresa privada empezó a dar esos pasos, y esperamos que los mantenga, porque las presiones no son pocas.

El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos en Nicaragua ha mencionado que incluso los obispos involucrados en estos diálogos pueden correr peligro en su integridad física, por lo tanto, estamos ante un escenario altamente peligroso.

¿Considera tener algún tipo de participación en este momento político que está viviendo su país?

Desde 1998 que hice mi denuncia, tengo una distancia absoluta de la familia Ortega Murillo en un afán de considerar desde entonces que el abuso sexual se comprendía como un primer síntoma que luego se iba a transformar en la impunidad absoluta de Daniel Ortega, y que luega iba a significar esta concentración y esta alianza de poder perversa entre Rosario Murillo y él.

Yo he tenido un proceso en el cual no ha habido organizaciones sociales que en algún sentido apadrinen mi propio proceso. He tenido el respaldo de algunas organizaciones; sin embargo, mi lucha personal ha empezado a tomar sentido en la medida en que mi historia empezó a ser el preámbulo de lo que es hoy la historia de Nicaragua: un país abusado, un país violentado y presa de la impunidad.

Mi mayor anhelo es retornar a Nicaragua a seguir haciendo lo que hacía, que es trabajar en los procesos de educación transformadora, de educación para la paz, y creo que eso es lo que a todos nos tiene que unir.

Ante toda esta emergencia de líderes, de muchachos, esta vez no necesitamos salvadores, esta vez nuestro aporte tiene que estar donde se nos necesite, pero en primer lugar tenemos que recuperar el derecho a vivir sin miedo allá.

La vez pasada que conversamos, usted me decía que el pueblo nicaragüense estaba calmo porque ya había sufrido las consecuencias de una guerra civil y no quería librarse de este régimen mediante otra. Sin embargo, la violencia ejercida por el Estado en estas semanas es alarmante. ¿Vislumbra una resolución al conflicto sin más violencia?

La forma en que se ha venido sembrando terror y la forma en que se ha asesinando muchachos en la última semana, es el augurio de que no se van a ir del poder sin haber convertido a Nicaragua en un lugar en donde nuevamente tengamos muchas pérdidas que lamentar.

La peor de las interpretaciones es una en la que definitivamente el apego al poder, del cual tenemos evidencia, es parte de una práctica fundamentalista y mesiánica, en donde Daniel Ortega y Rosario Murillo no van a perdonar lo que desde su punto de vista es la traición de un pueblo. Nunca las calles de Nicaragua estuvieron tan llenas. Lo único que llenaba las calles era el danielismo y hoy vemos a un pueblo autoconvocado manteniendo esa movilización. Esa gran “traición”, ese acto de desobediencia, difícilmente pasará inadvertido en ellos para sus decisiones futuras.

Para ellos, el sometimiento era un acto de lealtad, y el que hoy el pueblo se manifieste y se rebele puede ser considerado por ellos como algo que no van a tolerar, desde su concepción de ser seres divinos.

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La activista nicaragüense considera que ya ha iniciado una nueva revolución en su país. Zoilamérica Ortega Murillo se encuentra exiliada en Costa Rica desde 2013, en donde ha trabajado en diversas organizaciones sociales relacionadas con las personas refugiadas en este país centroamericano.

Según dijo en entrevista con La Nación (de Costa Rica), usted considera que Ortega está perdiendo control sobre los niveles de corrupción y en general el accionar de sus subalternos, ¿a qué se refiere con eso?

Obviamente, cuando la corrupción se convierte en una práctica política, difícilmente se podrá controlar que eso pueda existir a todos los niveles. Esto es un proceso en el cual comprar conciencias va a ir haciendo que te pidan más a cambio. Cada vez más estas personas involucradas en estos actos vinieron pidiendo más, y hay que reconocer que la pérdida de la cooperación venezolana, sin cálculos, empezó a crear un vacío en estas cadenas de beneficios.

Hablar de la falta de control que existe dentro de las estructuras, no únicamente tiene que ver con la parte de los recursos, también tiene que ver con el descontento a un proceso de transferencia de cuotas de poder a Rosario Murillo. [Ella] fue una candidatura impuesta, no una candidatura de consenso dentro del sandinismo, y sus prácticas de gobierno despótico han venido generando descontento, que hoy se pueden manifestar en muchas de las cosas que estamos viendo.

¿Considera factible que el gobierno de Ortega sucumba ante la presión de los grupos de manifestantes y de la comunidad internacional?

Es impredecible. Si el devenir de este grupo de poder tuviese que ver con lucidez política, una decisión de altura podríamos predecir. Pero, por las señales que tenemos difícilmente podrán ellos hacer un balance realista.

Continúan diciendo que son delincuentes, continúan desconociendo la cantidad de fallecidos, de personas asesinadas; considerando que estos jóvenes están manipulados, leyendo la realidad de una forma absolutamente alejada de lo veraz. ¿Podríamos pensar que con esa lectura se va a llegar a una salida negociada? No lo sabemos.

¿Considera que algo positivo puede salir de todo esto?, ¿cuáles son sus perspectivas más optimistas a futuro?

Lo más relevante, para mí, han sido los rostros, las palabras y las acciones de estos muchachos. Están haciendo lo que muchos no pudimos hacer. Creo que son la semilla, la esencia de lo mejor de generaciones, y me conmueve no únicamente la sagacidad y la audacia, sino el que estén asumiendo una responsabilidad que quizás otros tuvimos en otro momento. Hoy están al frente de todos nosotros guiándonos y, por eso, insisto en que también ellos van a saber llevar este proceso. No queremos más muertos. No quisiéramos un final más sangriento del que ya hemos tenido. No quisiéramos saber que otra vez en Nicaragua, como lo vimos en estos días, se establece un régimen de tortura en las cárceles, de personas desaparecidas; no queremos que se implante el terror como una forma de gobernar.

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