Soy joven, pero tampoco estoy en los veintes en los que la emoción guía las decisiones. Ahora la emoción continúa, pero se sopesa más. Estoy en lo que puede considerarse mi segunda temporada en el territorio del freelanceo (así, castellanizado). Mis amigos me preguntan qué se siente estar sin jefes ni horarios de tarjeta inteligente que abre y cierra puertas, al tiempo que realiza un registro riguroso de entradas y salidas, o si tardaste más de la cuenta en la hora de la comida.

Cada freelance tiene su experiencia propia, un camino particular para lograr su cuota autoimpuesta para pagar los gastos de cada mes, quincena o semana. ¿Cómo seguir sin dar tumbos y sentir que el tiempo se diluye en una deliciosa y a la vez desesperante Nada? A diferencia de cuando hay una vida laboral solucionada con horario, sueldo, prestaciones y la agenda llena de citas, que dan la certeza de tener el día estructurado, ser freelance implica organizarse sin un reloj o un jefe que te lo exija. Levantarse, arreglarse, desayunar, leer, ponerse frente a la computadora y salir a ver la vida. No hay quien haga esa labor por uno. ¿Cuándo inicias y cuándo terminas tu jornada sin que vivas el descontrol absoluto?

En mi primera etapa de freelance, a los 24 años, nada sabía de esto. Ya tenía dos años de haber egresado sin haber escrito nada publicable, más allá de mis trabajos escolares. Sara, mi amiga y apasionada reportera, me habló sobre una revista en la que colaboraba y buscaban “nuevas plumas”. Fui a ver a la editora. Su reciente llegada a esa revista y mi entusiasmo cuasi estudiantil, cuadraron al punto de salir de allí con mi primer encargo serio: escribir una biografía (“que sea fluida, rica, nada que ver con las biografías de las papelerías, que se conozca a este líder del pasado sin que sea una cronología, ¿ok?”, dijo la editora) sobre Luis Cabrera. Hoy la leo con ternura y aún me sonrojo al leer mi nombre.

De ese tiempo recuerdo entrevistas con personajes fantásticos, como el escritor Andrés Henestrosa, a quien visité en su estudio en la calle de Motolinia, en el Centro de la Ciudad de México. El hombre contaba con 98 años y aún tenía bríos para coquetear con la joven entrevistadora que era yo. Me habían pedido que escribiera en un papelito las preguntas, porque “el maestro casi no escucha”. Don Andrés nos esperaba en su camastro rodeado de libros y cuadros de Frida y Diego, amontonados en el piso por falta de espacio. Sentada a un lado de su cama, le pasaba los papelitos al maestro Henestrosa, y éste, sin verlos, me pedía que me acercara a su oído y le preguntara. Entonces me obsequió con su definición del matrimonio: “Luego de veinte años sólo logra reconocerse una nalga”, dijo al tiempo que reía entre toses y con los ojos pícaros.

Así pasaron dos años antes de que decidiera darle algo de estabilidad a mi carrera. Para entonces ya podía añadir a mi currículum el título de editora de suplementos especiales. Siguieron tres años en una editorial donde estaba muy contenta y me había adaptado a la vida de las cosas resueltas. Fue bueno y tuvo una carga de diversión y aprendizaje, pero entonces llegó la pregunta que me lanzó a la segunda temporada freelance.

“¿Irías a China conmigo para hacer un proyecto editorial?”, preguntó el que era mi amigo y dos años más tarde se convirtió en mi esposo. Dije que sí sin más; faltaba poco más de un año para el evento que cubriríamos como periodistas. Era enero de 2007.

Contrario a lo que pensaba –estaba segura de poder desarrollar el proyecto y seguir siendo editora de tiempo completo; no planteaba límites a lo que era humanamente posible–, el proyecto comenzó a demandar atención y tiempo. Compaginar la oficina y las horas de trabajo extra que implicaba investigar y trazar bocetos de propuestas me obligó a tomar una decisión. En enero de 2008 el proyecto fue aprobado y con unos cuantos ahorros y toneladas de entusiasmo dejé la editorial para volver al freelance.

Esta vez todo era diferente, había más planeación. Llegué a Beijing una tarde de marzo y en ese momento tomé conciencia de que para ser freelance la emoción sólo era parte de los ingredientes que aderezan el platillo. Cada decisión había de tomarse rápido y sin posibilidad de regresos, el tiempo apremiaba como para dejarse saturar por el lejano Oriente, ahora tan cercano y palpable.

El proyecto se concluyó con más de 88 artículos publicados durante tres meses en diferentes revistas. La demanda de nuevos retos que mantuvieran encendida la emoción -y los ingresos- se había convertido en una forma de vida.

Mis colaboraciones en medios se dirigieron a temas de empresa y negocios, y a turismo. Y aún en la incertidumbre, lo único que me quedaba (y aún tengo claro) es que la política no es mi tema. He escrito sobre procesos de manufactura, las relaciones comerciales México-China, la logística dentro de la cadena productiva, perfiles de empresarios y ocasionales entrevistas con algún prócer científico como el astrónomo Manuel Peimbert; esos han sido mis campos de acción.

De mi vida en el freelanceo tengo una colección de anécdotas y viajes que han hecho de todo este tiempo de montaña rusa emocional. Por esto ha valido la pena dejar la posibilidad de lograr antigüedad en una empresa, o aportes mensuales a mi Afore.

Desde el momento que llegué a las revistas me sentí cómoda. La idea de trabajar en un periódico quedó en el recuerdo. Dice Sara que eso tiene que ver con un estilo. Ella es aferrada reportera que busca la nota en el chacaleo, se mete a construcciones, persigue funcionarios hasta confirmar su nota y transita por la ciudad a bordo de Rubelia, su moto color lila. Yo simplemente soy otro estilo, pues.

El tema turístico, si bien no es el de mayor profundidad, tiene sus propias demandas. No se puede ir con ánimo quisquilloso a un lugar del que se va a hablar. Hay que estar dispuesto a meterse al agua, a transitar por callejones donde ni los turistas de tour pasan, y saber sentarse en un elegantísimo restaurante de San Francisco o Houston. Saber hablar y hacerlo debidamente se convierte en el arma infalible para resolver un reportaje o una entrevista que amenazan con caerse.

Como freelance me obligo a ser creativa, a reinventar mis artículos aunque los temas no descubran el hilo negro. Allí es donde yace la angustia, el miedo a repetirse; no obstante, cada tanto te das cuenta que tu último artículo utiliza dos o tres frases que suenan a muletilla: “nunca se imaginó que…”, “salió adelante y se convirtió en un exitoso…”

En el mundo freelance no sólo vale la disposición, sino la tolerancia  y la comprensión hacia los editores, que un día llaman y te dicen que tu recibo estaba mal llenado, y además, apenas se dan cuenta que ya pasaron quince días desde que lo dejaste en sus manos y lo revisaron mal. Luego se muestran extrañados cuando dejas de colaborar con ellos y migras a espacios mejor remunerados. Y es que ser freelance también implica aprender a escuchar tus propias demandas. Cosa triste y deprimente es presentarse a realizar un trabajo que consideras detestable.

Una de las mejores cosas que me ha dejado la vida de freelance en mi segunda temporada, es saber crear proyectos, plantearlos sin miedo y con el mayor fundamento posible a los editores y, por qué no, a los dueños de las editoriales. Hoy me permito explorar nuevas posibilidades, como las relaciones públicas. El entusiasmo está vivo, lo alimento, lo procuro, lo consiento y guardo en mi corazón las decepciones que también implica esta “prisión de libertad” (como diría Michael Ende) asumida a voluntad.

Uno de esos días en los que planeábamos el viaje a China, Jesús, mi marido, me mostró un libro de fotos con el título “Periplos” (en griego). Pasé cada página hasta llegar a una foto en la que dos hombres compartían una travesía en un ferry; uno dormía sobre la banca y otro, de espaldas, observaba el verde azulado mar. Ambos esperaban llegar a alguna Ítaca personal que se va trazando en el camino, y no se sabe con exactitud cuándo se arribará al puerto soñado. Dice Kavafis en su poema Ítaca que lo importante no es llegar, sino lo que se vive en el periplo hacia el destino.