Se va a acabar,

se va a acabar,

la burocracia sindical.

Se va a acabar…

La consigna gana las calles más representativas del centro porteño, en el centro de Buenos Aires, que es el centro de este país que se soñó federal y no supera el centralismo más básico y perezoso. La Plaza de Mayo se llena de caras jóvenes. Lampiñas o con barba. Hay banderas, insignias y un puñado de consignas:

-O-lé o-lé, o-lé o-lá,

mirá Cristina,

qué popular,

banca a Pedraza que asesina por luchar.

Damas Gratis es el encargado de cerrar una jornada de efervescencia juvenil y rebelde. Dos palabras que solían (¿suelen?) estar siempre unidas. Antes, tocaron los chicos de Calle 13, Karamelo Santo, Piola Vago, Onda Vaga y Juan Subirá, entre otros. Convocados por Las Manos de Filippi. Hasta Carlos Tévez, el astro que salió de la miseria con una pelota y que deja un saludo “a estos jóvenes y trabajadores que la pelean y exigen justicia”.

Están los trabajadores de varias empresas, dando su apoyo y sostén a los jóvenes que los acompañaron en sus luchas. Los de Kraft, los del Casino, los de Paraná Metal, los de Sasetru, los de call centers, los de Indugraf y los ferroviarios. Están las banderas de la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires) y de los Centros de Estudiantes de Flisofía y Letras, Medicina, Veterinaria, Ingeniería, Odontología, Ciencias Sociales y demás.

Está Nelson Aguirre, baleado por la burocracia sindical hace poco más de un mes. No están ni Elsa Rodriguez –que la pelea en coma en el hospital, aunque vinieron sus hijas—ni, claro, Mariano Ferreyra, el militante del Partido Obrero  de 23 años muerto, homenajeado y por quien se pide justicia.

Corre la cerveza, corre el sudor y corrió el abrazo fraterno. Corrieron lágrimas, de dolor y de emoción, y corrió la exigencia conjunta para que se encarcele a los asesinos de Mariano y también a los cómplices e instigadores de la masacre. Corrió también, en un grito entre más de 50 mil almas, la consigna histórica: “Qué cagazo, qué cagazo, obreros y estudiantes, como en el Cordobazo”.

Si se hiciera un documental sobre la juventud y su lucha actual, la cámara entraría con un plano cerrado sobre una de esas lágrimas que resbala de alguno de esos miles de rostros, la acompañaría hacia el suelo y luego abriría el plano a la multitud rabiosa y enardecida. Multitud deseosa de luchar por la justicia y el cambio. La marcha y festival del martes 23 de noviembre sería sin duda el último eslabón de 2010. Cerraría la película con puños alzados y cierta reminiscencia a otras épocas. A esos años que “dan cagazo”.

Como somos animales de la razón y la lógica, buscamos explicaciones o, al menos, relaciones causales. Vamos a por ellas. Esta película también puede tenerlas. Rebobinemos la cinta hasta los inicios de las tomas de colegios secundarios y sedes universitarias públicas.

Las consignas, en agosto, septiembre y octubre, eran otras. El escenario también.

Los rostros están ojerosos y algo demacrados, dan cuenta del esfuerzo. Del dormir poco y mal. Del alimentarse ídem. Del poner el cuerpo a los reclamos. Son los primeros días de septiembre, las tomas corren como un reguero de pólvora que va encendiéndose. La mecha inicial que dio fuego fue la toma de los más de diez colegios secundarios en la Capital Federal.

Los apuntados son el Gobierno porteño de Mauricio Macri y el ministro de Educación local, Esteban Bullrich. El Gobierno nacional, entretanto, apoya. La presidente Cristina Kirchner llama a militar y a que la juventud se movilice. Como se dice, aprovechan la volteada, la oportunidad. Pronto se les dará vuelta.

Las tomas se extienden rápidamente, mientras el Gobierno porteño sigue culpando al nacional. Los universitarios, tan hastiados de miseria presupuestaria, edilicia y educacional, se suman. Toman las sedes de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales en la UBA, algo de Ingeniería, el IUNA y varios edificios en otras provincias. Varios puntos del país suman apoyo y fuerza. Las tomas se multiplican y los responsables señalados también. De local a nacional, los Kirchner caen en la volteada que solían aprovechar.

La toma –según el nuevo discurso oficial- es ilegítima. El reclamo, de una “zurda loca”. Los triunfos comienzan a sucederse. Conquistas edilicias, presupuestarias y compromisos firmados por autoridades. Asambleas multitudinarias dan apoyo a los reclamos. Cierta calma retoma las aulas. La época de tomas tiene su noche descollante el  16 de septiembre, cuando se conmemora la noche de los lápices –secuestro y tortura de estudiantes por la dictadura en 1976—miles de estudiantes secundarios y universitarios se abrazan a la Plaza de Mayo. La colman de canticos y exigencia. Dejan su huella, otra vez en la Plaza, y con dos firmes consignas: más presupuesto para educación, movilización contra Mauricio Macri y contra Cristina Kirchner.

Y otro canto se oye: “Qué cagazo, qué cagazo, la FUBA piquetera, hija del argentinazo”. Ok, otra suposición: la juventud se rebela porque es hija de la muerte y la miseria que gobernó estas tierras en el año 2001. Cuando se dice ‘gobernó’, se consigna que se mató y se fomentó la miseria desde las cúpulas gubernamentales.

Las tomas son otro punto o eslabón en la cadena de está juventud brotada. Pero no alcanza para explicar de dónde emerge tanta bronca. Tanto dolor hecho lucha. Rebobinemos un poco más la cinta y vamos a esas escuelas secundarias y sin tiempo.

Una, semipública, confesional, entre el barrio y la villa, cerca de la cancha de San Lorenzo en el Bajo Flores. Clase de historia para segundo año. Chicos de 14 a 17 años, según repitan o no. Profesora universitaria y respetada. Edificio en estado digno. Apenas digno. Los chicos en la suya. Algunos dormitando en los pupitres, otro jugando con unas tijeras, otro buscando las respuestas de un cuestionario en el manual. Todos en silencio hasta que la profesora los interpela. Algunos golpeados, otros asustados, otros simplemente extranjeros y rechazados o mal recibidos, nos cuenta el director de la escuela. No hay, en lo que se aparenta, miseria material acuciante. Hay, y se siente en el aire bañado de azufre, poco futuro. Poca perspectiva.

Lo dice ‘Pechos’ –así le llama la profesora–, cuando la clase gira en torno a los iluminados que en 1700 y 1800 propusieron libertad y desarrollo para todos, progreso: “¿Libertad para qué?”. Su pregunta, inocente y algo infantil, no tiene respuesta.

La profesora re pregunta: “¿Si los iluminados querían enseñar a leer y escribir a los campesinos, cómo hacían?” Y una alumna le responde que utilizaban textos referidos a la siembra y sus quehaceres en la tierra. “Algo productivo”, dice. La profesora asiente y agrega: “Claro, para que les iban a dar literatura si su preocupación era la siembra”.

Es la misma profesora, universitaria y respetada, que al apagarse el micrófono cuando termina la clase, me comenta, en un susurro que busca complicidad, que a estos chicos busca ayudarlos, pero que no les da. Que ‘no les da la cabeza’, insiste.

La sentencia de esa profesora se queda en el aire y con esos chicos. Se va junto a ellos cuando cargan, en el polvo de sus zapatos, todo estigma que les endilgan. Se va a dormir al barrio o a la villa, en casa de sus hermanos o de algún tío que ha venido a trabajar a la Argentina. Esta noche, Pechos se preguntará si está condenada a ser campesina o si puede luchar por la literatura. Y como el espíritu rebelde se amalgama fácilmente con la juventud, quizás mañana Pechos tenga agallas y luche por ese mundo negado y la profesora se quede sin voz. De todos modos, es sólo un ejemplo nomás.

Avancemos un poco la cinta. Olvidemos por un segundo las causas. Difícil, o imposible explicarlo todo. Pero en los ojos cansados de ver tanta impotencia y en las manos agotadas de cubrirse de los golpes, emerge rabia. Y la rabia, se sabe, contagia.

Murió Mariano Ferreyra y murió Néstor Kirchner. Se casó Mauricio Macri. Cada quién a lo suyo.

Vamos de vuelta.

Mariano Ferreyra murió asesinado en defensa de su rabia y de los trabajadores tercerizados del ferrocarril. Lo mató la burocracia sindical que dice defender los derechos de los trabajadores. El cinismo no mata, pero las balas son su fiel escudero y servidor desde antaño. Néstor Kirchner murió en su cama de Río Gallegos, infarto, muerte súbita y alevosía. Una semana después de la muerte de Mariano. Antes de morir, cenó con el empresario multimillonario candidato elegido para Santa Cruz y su amigo, Lázaro Báez. Mauricio Macri tuvo que viajar a Tandil, fuera de la ciudad que gobierna, para casarse con la empresaria de ropa de moda –presunta dueña de talleres de explotación obrera textil a extranjeros—Juliana Awada.

Ahora sí, cada quién a lo suyo.

Avancemos la cinta, que la cámara regrese a la plaza. En la Plaza siempre pasa algo. Corren ríos de sudor y rabia, mientras rapea Calle 13. La juventud se pone al frente de los reclamos. Se izquierdiza. Se rebela. La juventud, hija del argentinazo, parece haber madurado.