No vale nada la vida / la vida no vale nada

comienza siempre llorando / y así llorando se acaba

por eso es que en este mundo / la vida no vale nada

-Caminos de Guanajuato

José Alfredo Jiménez

I. El problema del narco en narrativa post-apocalíptica

A medida que el convoy de camionetas polarizadas desaparece en el retrovisor del automóvil y mi corazón deja de patear el pecho -cesando en su intento por romperlo y escapar-, no puedo evitar pensar que la carretera que comunica Ciudad Victoria con Matamoros, en el estado fronterizo de Tamaulipas, cada vez se asemeja más a aquellos caminos que servían de escenario a la trama de las películas de Mad Max. Y es que, en cierto aspecto, México vive su propio post-apocalipsis; o al menos, la situación actual puede leerse como un relato de ese tipo.

La narrativa “post-apocalíptica” se caracteriza por una temporalidad muy particular: un tiempo fuera del tiempo que era definido por el péndulo de lo social. El relato se ubica así en la trayectoria de un punto de fuga temporal inaugurado por algún evento que marca el fin de la historia, del “mundo tal y como lo conocemos”. Esta forma post-histórica, que adquiere este tipo de relatos, se desprende siempre de una derrota definitiva, después de la cual es imposible trazar continuidad con lo que se deja atrás. Las “ruinas” y los “sobrevivientes”, figuras evanescentes del pasado, funcionan para recordarnos aquello que ya no está.

En el mundo que emerge en esta narrativa ya no hay relatos históricos que aglutinen la acción de los sobrevivientes. Murió la política, y con ella, la posibilidad de pensar colectivamente. Como en Mad Max, lo que domina en el paisaje post-apocalíptico son pequeñas hordas que remiten a lo humano y que sólo buscan sobrevivir, velando por el interés propio a costa de los otros, portando armas como estandarte.

Un conjunto desordenado de cruces colocadas al pie de la carretera, a manera de  pequeño templo a la memoria, me saca de mis pensamientos. Recuerdo a la familia tiroteada el año pasado al pasar por un supuesto retén militar. El ejército alegó que algún cártel se había hecho pasar por las fuerzas del orden. La Comisión de Derechos Humanos concluyó que había sido fuego militar el que había atacado a la familia, pero no pasó nada. Hoy, sólo quedan los archivos, el dolor de la familia y las cruces en las que se leen los nombres de Martin y Bryan, los dos niños asesinados en el hecho. Hace mucho que para el ciudadano común esta guerra dejó de tener aliados y enemigos. Estamos solos.

Paulatinamente, se empieza a creer que la situación post-histórica –vuelta eterno presente- es el estado normal de las cosas. La gestación de este presente está en la vinculación persistente de las instituciones del Estado con redes de poder que han hecho de la impunidad y la ilegalidad un sustento importante de México, la injusticia sistemática que, vinculada al acotamiento de los espacios de representación del conflicto social, han provocado que se acumule una violencia no expresada. Hoy, los sobrevivientes deambulamos con miedo en las calles de los estados de la República.

Quienes desearon el fin de la política, quienes preocupados temían a una juventud rebelde, ahora también viven las consecuencias de su deseo.

 

II. Política, violencia y conflicto

“Soy parte de esa fuerza que siempre busca el mal y hace siempre el bien”

-Fausto

Para mi próximo destino abordo un taxi. El chofer, que debe rondar los setenta años, me platica su historia. Sin jubilación. Sin acceso a la salud. Después de haber sido reclutado por un cártel para vigilar y reportar las calles, lo habían despedido, pues por la edad ya no era útil. El salario extra le permitió pagar el tratamiento de su mujer enferma y ahora estaba intentando que lo aceptaran de nuevo como “halcón”. Al fin y al cabo, lo único que hacía era avisarles, decía, mientras que desde el retrovisor inspeccionaba mi rostro.

Entro al bar “Desencanto” y pido una cerveza. Sentado ahí, recuerdo lo que decía Max Weber, aquel sociólogo alemán que había identificado el carácter trágico de la modernidad. Decía Weber que la modernidad se expande a costa de desencantar el mundo. Los mitos y ensoñaciones de las tradiciones se irían quebrando, así, ante el avance inexorable de la racionalización e individualización de la vida colectiva.

En este diagnóstico de época, la política jugó desde el principio un papel importante como contrapeso.[i] Ante el desencanto moderno, la política, en su proceder discursivo, lograba re-encantar la vida en sociedad y ofrecer múltiples sentidos de estar juntos. Estos sentidos trascendían la pura coincidencia de intereses económicos. La política se dedicaría, desde entonces, a intentar unir lo que está disperso: conjugando amigos, enfrentando enemigos y polemizando sobre el funcionamiento de la sociedad.

La política también está relacionada íntimamente con la violencia. Bien a bien, no se sabe si “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (Clausewitz) o al revés, si “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (Foucault), pero su reciproca implicación es incuestionable. Esta delgada línea que separa (y une) a la política con la violencia, nos debe hacer repensar el papel que juega la violencia dentro de la vida en sociedad.

Para el antropólogo René Girard, la violencia es parte inseparable de la vida colectiva. Junto con otros, como Derrida, le adjudicaba a lo violento un papel fundador de la vida en común. Así, a la institución de la ley de la comunidad le precede un momento anterior a cualquier legitimidad. El momento fundacional que precede a lo instituido es una decisión arbitraria que crea un estado de cosas posterior y se encuentra “fuera de la ley, y por eso mismo, es violento” (Derrida). Sin embargo, para Girard, esta violencia fundacional nunca cesa y está siempre presente en el cuerpo fundado.

Para un oído liberal esto suena atroz, pues acostumbrado a contraponer lo civil a lo violento, desarrolló una sensibilidad que le impide ver que la violencia es un factor que estructura la vida colectiva. Es por eso que cuando uno se acerca a los límites que configuran a una sociedad siempre se encontrará con alguna manifestación de violencia: castigo, exclusión, estigmatización, etc. Los muros que separan lo civil de lo incivilizado están construidos por ladrillos de violencia. Es por ello que las fronteras son siempre lugares arquetípicos de lo violento.

Es aquí cuando la relación entre política y violencia se hace más clara. Si la violencia estructura, y para ello tiene que recorrer constantemente el cuerpo colectivo formado, la política es la que aporta los mitos, rituales y sacrificios que permiten que esta violencia sea expresada en forma discursiva. Es por ello que la actual violencia en México está íntimamente ligada a la forma de organización política que define nuestro presente.

El neoliberalismo, con su intolerancia a las identidades colectivas, a los antagonismos y a la participación política fuera de los espacios de toma de decisión técnico-administrativa, ha restringido y bloqueado los espacios de manifestación del conflicto social. Sin estos espacios que permiten, e incluso favorecen el conflicto, las posiciones sociales que ocupa cada quien se perciben como un destino inevitable, y al orden que las sostiene, algo que vale la pena destruir. Con el fin de la política, los mitos que dan una expresión política a la violencia han cesado, lo que no implica que se haya expulsado a lo violento de la sociedad. Por el contrario, la violencia que se vive en el país es el fruto de un conflicto social no expresado y por largas décadas aplazado. Violencia desnuda, libre de sus vestiduras simbólicas y del sentido que le imprime lo político.

Las hermanas Cavazos se encontraban festejando en la vía pública cuando fueron detenidas por la policía municipal de Allende, N.L. Como en el México de siempre, decidieron llamar a un contacto que les permitiera librar el bochorno de verse en la comandancia por un delito menor. Se presentan como amigas del subteniente Martínez, adscrito a la zona militar que desde hace unos años se encarga de mantener el orden en el área de Monterrey. El tráfico de influencia hace efecto y al poco tiempo son soltadas. Sin embargo, su penuria apenas comenzaba. Por la mañana, un ciudadano que salía a hacer sus ejercicios matinales ve aterrorizado lo que parecen ser partes de cuerpos humanos, acomodados delicadamente en dos pequeñas canastas de plástico. Junto a ellas, una cartulina cuya leyenda lee: “Esto les pasa por charoleras, ahí te van subteniente Martínez”.[ii]

En el México post-apocalíptico ya no hay ningún heroísmo en las muertes. Aquel sentimiento que despierta la foto del Che asesinado en Bolivia se disipa en la crudeza de las imágenes que nos aporta el México del siglo XXI: decapitaciones, mutilaciones, cuerpos disueltos en ácido, narcofosas en las que se acumula un cuerpo sobre el otro. Sin el erotismo de la política, la carne es carne, y nada más.

 

III. Volver a la política

No es casualidad que hoy el personaje heroico de nuestra trama post-apocalíptica adopte la figura del “Poeta Rebelde”. Re-encantar el mundo se convierte así en la primera tarea para romper con la trama que el siglo XXI tenía preparado para México. Romper con el anonimato, forjar fraternidades, recabar problemas y carencias que no están llegando a las instancias de representación política, generar nuevos mitos y narrativas políticas. En suma, volver a la política.

Toda ausencia es atroz

y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,

de las blancas raíces del pasado.

¿Hacia dónde volverse?;

¿Hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;

¿Hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?

¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,

el vacío insondable de la ausencia?

Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria

y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.

Mas las sombras, las sombras que la interpretación provoca

y nos separa de ellos,

las sombras con su viento todo lleno de la abierta ventana hacia el espacio,

las sombras donde no hay anunciación

trabajan nuestro hueco.

Javier Sicilia

El sobreviviente


[i] El político y el científico