Los rumores se hicieron públicos a finales de 1993. En el escenario de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, La Organización, afirmaban los habitantes, atacaría San Cristóbal de las Casas. Sin embargo, nadie dijo nada, tampoco los universalistas, opositores a los liberacionistas y por tanto, al EZLN (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional). Sanandreseros e indígenas de El Bosque, Simojovel y Huituipán tomaron el palacio municipal de San Andrés Larráinzar y exigieron al presidente la entrega de los camiones de volteo para dirigirse a San Cristóbal de las Casas; éste cedió con la condición de que fueran empleados municipales los que lo manejaran. La toma transcurrió tranquila y sin resistencia. Esa misma noche el EZLN tomo las cabeceras municipales del Chanal,  Ocosingo, Altamirano y las Margaritas.

Un año después del levantamiento armado, en las elecciones de 1995, aunque sólo el candidato priista organizó campaña, los habitantes de San Andrés esperaban un resultado reñido. No obstante, el candidato del PRD, y al que apoyaba el EZLN, perdió la elección. Simpatizantes zapatistas se opusieron al resultado y exigieron la presidencia municipal. A partir de entonces, la presidencia municipal oficial recibe aportaciones federales y estatales que utiliza para pagar salarios a funcionarios y realizar diversas obras públicas. La presidencia autónoma, por su parte, alquila los camiones de volteo y recauda impuestos locales, como los de los puestos del mercado. De modo que San Andrés se ha dividido en dos grupos, los que apoyan al EZLN y los que no: “cada uno organiza sus propias fiestas —tanto religiosas como civiles—; pero inevitablemente tienen que compartir algunos espacios públicos”. Por lo tanto, a pesar de la división, hay convivencia, como lo describe un líder zapatista de San Andrés: “entendemos que todos somos hermanos, amigos, vecinos, no hay necesidad de hacernos daño. Explicamos lo que  hemos visto en otros municipios, y es muy triste”.

La rebelión zapatista modificó patrones de comportamiento político, social y religioso. Mucho se ha escrito sobre el Subcomandante Marcos, sobre la ideología del movimiento y sus orígenes —véase, por ejemplo, Subcomandante Marcos: Sueño Zapatista, La rebelión de las Cañadas, The Chiapas Rebellion,: the Struggle for Land and Democracy, La comunidad armada rebelde y el EZLN (estudio de las bases de apoyo en las cañadas tojolabales), ¡Todos somos zapatistas!: Alianzas y rupturas entre el EZLN y las organizaciones indígenas de México, entre otros. Sin embargo, la mayoría de textos olvidan cómo se modificó las vida de los indígenas y suelen reducirlos a un elemento del escenario en que se llevó a cabo la rebelión. Hace falta estar en el lugar para conocer la Weltanschauung de estas comunidades; es decir, buscar lo singular, el punto de vista particular y los imponderables de la vida cotidiana.

La disminución de la violencia política de Chiapas permitió hacer trabajos de campo y entender de otra manera la rebelión en comunidades en las que el zapatismo obtuvo o no apoyo, y otras en las que reactivó la lucha agraria. En este sentido, el libro Los Indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista coordinado por Marco Estrada Saavedra y Juan Pedro Viqueira, y editado por El Colegio de México, reúne una serie de artículos que buscan explicar la rebelión desde la mirada indígena.

El libro parte de la idea de que el debate académico sobre el zapatismo se centra, principalmente, en el contenido de las ideas, discursos y orígenes del movimiento; por lo tanto, se suele olvidar su “actividad real” y las consecuencias para las comunidades indígenas que apoyaron o no a la rebelión. Por ello, consideran la necesidad de estudiar la diversidad regional desde una perspectiva microhistórica, pero sin pretensiones de un estudio comparado. Proponen otorgarle a los textos “una forma fundamentalmente narrativa”, evitando un trabajo teórico y haciendo más amena y divertida la lectura —abandonando “la rigidez y la jerga académica”. No obstante, y como ellos mismos sugieren, si el lector lee entre líneas, encontrará inevitablemente el pie teórico y político de los colaboradores. Bajo advertencia no hay engaño. De esta manera, el lector encontrará, en los siete artículos del libro, distintas fotografías reflejo de la diversidad indígena regional —Selva Lacandona, el Área Chol, los Valles de Simojel, Huitiupán, y los Altos— y sus reacciones frente a la rebelión.

No hay un solo proyecto zapatista. Hadlyyn Cadriello Olivos y Rodrigo Megchún Rivera escriben sobre la Garrucha, una comunidad en la que, con excepción de un par de familias, todos los habitantes forman parte del EZLN; en ese sentido, analizan —sólo por mencionar algunas estampas— la conformación y militancia de organizaciones campesinas, la batalla de Ocosingo durante el levantamiento de 1994, los municipios autónomos, y los Aguascalientes —“centros de diálogo entre zapatistas y la sociedad civil”. Marco Estrada, por su parte, mira al zapatismo en Buena Vista Pachán, una comunidad de cerca de mil habitantes en el municipio de las Margaritas; se remonta a los tiempos de “las luchas agrarias que condujeron a la liberación de los peones acasillados y a la fundación del ejido” para analizar la relación entre rancheros y ejidatarios, los agentes pastorales de la diócesis de San Cristóbal, con el EZLN, con organizaciones campesinas, y activistas de izquierda; concluye que “ni el zapatismo ni la política social de «combate a la pobreza» del gobierno federal han respondido a las necesidades y demandas de la población”.

Marina Alonso Bolaños analiza la intervención de la población indígena zoque de la Selva Lacandona en el movimiento zapatista. Distingue tres grandes etapas de la historia social y política, y de sus acercamientos con el EZLN: primero de 1982 a 1988, un periodo caracterizado por la reubicación de los zoques en la Selva, su adaptación a ésta y el predominio del viejo liderazgo zoque; después, un etapa de lucha civil y religiosa encabezado por los jóvenes, el apoyo al Partido de la Revolución Democrática (PRD) y la adscripción a la Coordinadora de Organizaciones Sociales Indígenas Xi’nich, y por último, un periodo caracterizado por el conflicto agrario entre zoques y la Comunidad Lacandona en el escenario de la aparición y expansión del EZLN.

José Luis Escalona Victoria nos otorga una mirada a Veracruz y Saltillo, dos comunidades Tojolabales cerca de la frontera con Guatemala; analiza la “simpatía estratégica” de estas comunidades con el EZLN y como éstas se beneficiaron de una participación indirecta en el movimiento —con la invasión de fincas y su conversión en tierras de cultivo, y la expansión de la producción de milpas, por ejemplo. Alejandro Agudo Sanchíz ilustra “cómo la experiencia histórica moldea las formas adoptadas por la política popular” para ello utiliza como estudio de caso el ejido de El Limar. Sonia Toledo descubre “las raíces del zapatismo en Huituipán” y en concreto en el ejido de Santa Catarina; sugiere que a diferencia de otros habitantes de la región que se beneficiaron del zapatismo, en Santa Catarina, el EZLN sometió a la población del ejido a “condiciones extremas que condujeron a la intolerancia, al autoritarismo, y a la violencia”. Por último, el artículo de Eufemio Aguilar Hernández, Martín Díaz Teratol y Juan Pedro Viqueira, narra la historia de “los otros acuerdos” de San Andrés Larráinzar; es decir, aquellos acuerdos entre sanandreseros que permitieron evitar enfrentamientos violentos entre simpatizantes y opositores indígenas al movimiento.

Una cultura no es una totalidad cerrada; hay un diálogo constante con otras culturas. La distintas culturas indígenas chiapanecas son producto histórico, de modo que no se pueden entender sin el papel que desempeñaron varios actores y organizaciones —la iglesia católica, las organizaciones campesina, el PRI, los propietarios de las tierras y hasta lo que pasaba lejos en la capital (como la alternancia)—  en la vida comunitaria de la región, pues modificaron significados y patrones de comportamiento. En esta línea, el libro otorga una mirada a manera de fotografía de muchas comunidades y su modo de vida antes y después de la rebelión.

El libro no es breve; no obstante, los artículos se leen sin problemas, en una sentada; son amenos e incluso divertidos. Asimismo, hacen revisión histórica interesante y útil. Finalmente, si bien el libro —como sugieren los coordinadores— no abruma al lector con un estilo académico muy riguroso de incontables citas, sí se está ante un trabajo serio y bien hecho. Es una excelente serie de estudios acerca de las comunidades indígenas frente a la rebelión, sobre sus distintos proyectos y modos de vida, reflejo de la diversidad regional en distintos escenarios. Es un libro que hacía falta.

Los Indígenas de Chiapas y la Rebelión Zapatista: microhistorias políticas, de Marco Estrada Saavedra y Juan Pedro Viqueira (coords.), El Colegio de México, México, 2010.