NUESTRA PAZ

Por Yesid Romero Heredia[1]

 

Tras cincuenta años de conflicto armado, la política colombiana necesita tanto de la guerrilla como la economía nacional de la exportación del carbón, el petróleo y el café. Así de simple. Imaginarse un país sin confrontación armada hoy en día en Colombia es como creer que la Selección ganará el Mundial de Fútbol en Brasil o que el siguiente Obispo de Roma será un compatriota. Sueños nobles, conmovedores, pero muy poco probables.

Y soy optimista respecto al actual proceso de paz. No porque crea que de éste saldrán las soluciones que el país reclama, sino porque debo hacerlo, como todos mis paisanos: creer en una sociedad más igualitaria, garante de los derechos y las libertades es un deber ciudadano ineludible.

Si no se desmovilizan las FARC, si las mesas de diálogo fracasan y se acaba el proceso ¡Al menos se sentaron a hablar! Al menos se habrá intentado lo que es sensato: acabar con la confrontación de manera concertada.

Negociar la paz es una tarea fracasada de nuestros últimos doce gobiernos. Nadie debería haber sido elegido presidente de Colombia sin que antes se hubiera comprometido a ponerle fin a la guerra. Pero no fue así. Y creo que el presidente Santos está cumpliendo, por lo menos lo está intentando.

Tan necesaria es la paz (o la idea de la paz) que hasta Álvaro Uribe, según dice la guerrilla, buscó acercamientos al final de su segundo periodo de gobierno.

Hasta allí llega nuestra necesidad, nuestro desespero: el más mínimo esfuerzo, la más precaria posibilidad de paz constituye un patrimonio nacional, un tesoro, el sueño de ser campeones del mundo.

Nadie vivo en Colombia ha conocido un solo año en que grupos armados ilegales y Estado hayan dejado de enfrentarse. Mis abuelos, por ejemplo, nacieron en la década de 1920 y pertenecían ya, por ese entonces, a una generación de niños huérfanos. La Violencia, que nunca acabó, que como la energía simplemente se transformó, ha tocado a todas las generaciones colombianas de los siglos XX y XXI.

¿Si se firma un acuerdo de paz con los insurgentes, si mañana entregan las armas todos los guerrilleros, habrá Paz en Colombia? La respuesta única, categórica, es no. La imagen del país mejorará: sí. Los colombianos nos sentiremos más seguros: sí. Habrá garantías de no repetición de los hechos delictivos: no. Nadie más hará del delito su modus vivendi: no. El Estado no puede garantizarlo.

Y es que si hacer la paz fuese asunto de firmar un documento, ya lo habría hecho algún presidente por decreto.

Creo que tarde o temprano las FARC y el ELN dejarán de existir. Pero creo también que Colombia atraviesa un conflicto armado (y no una lucha entre “delincuentes y policías”) que es la manifestación de un conflicto social histórico. Y que la insurgencia es, por tanto, el síntoma y no la causa de problemas mucho más graves. Problemas que la clase política colombiana, por tradición, ha desconocido.

Colombia es la segunda sociedad más desigual de América Latina, que es la región más desigual del mundo. Encabeza, año tras año, cifras de la infamia: muerte a sindicalistas, a periodistas, desplazamiento armado. Y las FARC y el ELN aunque participan y son culpables no son los únicos actores involucrados.

Lo primero que hay que hacer es reconocer la existencia del conflicto social, verdad de Perogrullo que, sin embargo, hay quienes niegan. Negar el conflicto es acentuar sus causas. El abatido comandante de las FARC, Jorge Briceño, alias “El Mono Jojoy” en un vídeo recientemente difundido dice: “Somos guerrilleros porque no tuvimos otra oportunidad” y “No vamos a gastarnos cincuenta años para decir: no tiene vigencia la lucha armada” y “Quieren la paz de los arrodillados y esa no es con nosotros”.

No respaldo las afirmaciones de Jorge Briceño. No comparto ninguno de sus actos. Sólo reproduzco lo que dice. Que otros decidan si tienen algo o no de verdad. Pero hay que tener esto en cuenta: más que las palabras de un comandante muerto, son ideas con las que ha luchado el grupo con el que se quiere hacer la paz.

¿Álvaro Uribe? El legado de Uribe a la historia de Colombia no es el de la búsqueda de la paz y la celebración de la vida. Es el del odio y la muerte. Por eso, en un país de malos gobiernos -muchos terribles y catastróficos- el suyo fue el peor.

El proceso de paz del presidente Santos puede fracasar. Pero es necesario y por eso hay que apoyarlo. Tal vez, ojalá, termine con la desmovilización de las guerrillas. Pero si queremos algún día La Paz debemos empezar a cambiar muchas cosas, empezando por nuestra clase dirigente a la que “tan difícil” le ha resultado ponerle fin a la confrontación armada.  Tal vez ese día nacerá un papa en Colombia.

13 de septiembre de 2012



[1] Politólogo colombiano. Especialista en Análisis de Políticas Públicas. Candidato a Magíster en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales Contemporáneos.