Cuando hemos vivido por casi 20 años en el mismo lugar (o con la misma persona) es inevitable tomarle cierto cariño y omitir sus defectos; intentamos negar los aspectos negativos que vemos todos los días: el tráfico que nos atormenta, lo inaccesible que resulta o la cantidad de negocios dudosos que existen alrededor. Así me pasó con la colonia Peralvillo y su vecina la Exhipódromo de Peralvillo, al norte de la Ciudad de México, barrios que tuvieron su periodo glorioso hace muchas décadas y que con el paso del tiempo se han convertido en unos de las menos atendidas por la delegación Cuauhtémoc.

Tenía alrededor de ocho años cuando conocí las calles con nombres de intérpretes, compositores y cantantes de ópera de la que sería mi colonia; mis papás habían comprado un departamento muy cerca del Mercado Beethoven, famoso por su bazar navideño y delicias culinarias. A esa edad apenas tenía noción de muchas cosas, pero ya enfrentaba en la escuela el tener que explicar  dónde vivía. ¿Peralvillo? —me decían— Mi tío me contó que un día se estacionó por ahí y cuando regresó su coche no estaba. Desde entonces tuve que ir por la vida explicando que el barrio no era tan malo, que a mi familia o a mí jamás nos había pasado algo  y que lo peor que tenía el lugar era la fama.

Ahora, hace dos años que no vivo ahí: cambié radicalmente hacia el sur y dejé a mi familia en el mismo lugar. Cuando voy de visita, las cosas que yo antes no vi o no quería ver saltan a la vista: las tiendas de refacciones de dudosa procedencia; las vecindades; las calles en las que no debes entrar ni por error; las miradas de los vecinos que siempre están atentos; los comentarios que hacen al pasar sobre quién eres y a dónde vas —en su mayoría acertados—; las calles cerradas los fines de semana porque hay un partido de futbol o una feria; los autobuses que no hacen parada en su paso por la Calzada de los Misterios y la Calzada de Guadalupe, continuaciones del Paseo de la Reforma, una de las avenidas más turísticas del centro de la ciudad; y hasta las actitudes de los vecinos del mismo condominio, quienes ante el robo de la bicicleta de mi hermano respondieron “a ver si así entienden” (¿?).

No quisiera decir que el barrio ha cambiado y empeorado con el paso de los años, porque en todo caso, se podría decir lo mismo de mí y mi percepción, pero sí se ha marcado la brecha cultural en la colonia que inspiró a Mariano Azuela para escribir La Marchanta, a José Martínez de la Vega para crear Peter Pérez, detective de Peralvillo, y hasta a Alejandro Galindo para dirigir Los Fernández de Peralvillo, película con la que obtuvo cinco Arieles.

Hace alrededor de 200 años, Peralvillo era la puerta de la ciudad hacia el norte; la Calzada de los Misterios y la Calzada de Guadalupe conectaban al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en el Cerro del Tepeyac, con el Paseo de la Reforma. A lo largo de la primera se construyeron 15 monumentos llamados ‘Misterios marianos’ para acompañar a los peregrinos en su rezo del Rosario (o eso se cree), y ahora todo está en el olvido, víctima del vandalismo y el desgaste. Además, como su nombre lo indica, en Exhipódromo de Peralvillo se construyó en 1882 el primer hipódromo de la Ciudad de México, cerca de donde está la Calzada de la Ronda.

Las casonas que se construyeron después de la Revolución Mexicana se han deteriorado y convertido en vecindades; la Calzada de la Ronda- al lado del Sanborns- y la calle Juventino Rosas son un enorme mercado de autopartes en el que te reciben con un: “¿Qué buscaba güera?”; son pocas las unidades habitacionales que todavía conservan su estructura y ambiente original, construidas para reubicar a los sobrevivientes del sismo de 1985. Ahora están cubiertas de carteles que anuncian la venta de esos departamentos que tienen menos de 50 metros cuadrados. No creo que la colonia haya sido así desde un principio, sino que la población de la zona se formó paulatinamente por grupos sociales vulnerados y vulnerables, que por diversos motivos  decidieron dedicarse al comercio, tanto formal como informal, una profesión que aunada a las condiciones económicas y sociales de México (y todo el mundo) desembocó en el tipo de violencia que ahora prevalece y reluce en casi cada esquina, y en la fama que tiene un barrio que se planeó como el hogar de una clase media alta.

Yo estuve entre las calles musicales de ambas colonias, nombradas así en honor a la soprano Luisa Tetrazzini, el violinista Pablo Sarasate, los pianistas Ludwig Van Beethoven y Frédéric Chopin, los compositores Johann Sebastian Bach, Julián Carrillo y Héctor Berlioz, entre tantos otros; caminé a todas horas por sus aceras, sola, con mi perro o con mi familia, y conocí casi todos sus secretos: la Parroquia Santísima Trinidad y Nuestra Señora del Refugio, construida con rasgos coloniales sobre la calle que ahora es Felipe Villanueva; el local de flautas llamado “Las Mugrosas” sobre Adelina Patti; el puesto de quesadillas y flautas atendido por una familia originaria de Jalisco sobre Tetrazzini; la enorme y bien surtida papelería “Pingüino” enfrente de la iglesia; la tienda que abre 24 horas; y la panadería sobre la misma calle en la que los vecinos se pelean por cada bolillo recién horneado.

Quien ha recorrido la Ciudad de México de norte a sur suele percibir las dramáticas diferencias entre ambos hemisferios de la urbe, separados por el Centro Histórico como si de un paréntesis se tratara, y yo veo y extraño todo lo que compone a un lugar como Peralvillo o la Exhipódromo de Peralvillo, por ejemplo, el mercado, donde podía encontrar todo lo que necesitara; la gente en la calle (en mi nuevo barrio las calles se vacían al atardecer y los domingos no hay un alma ni un comercio abierto); e inclusive la oferta culinaria, porque en los alrededores de mi actual casa hay dos puestos de comida y nada más.

He llegado a la conclusión de que si hay algo difícil de perder es la reputación que te acompaña, porque en estos 20 años, la fama de la colonia no ha cambiado: cuando me preguntan dónde viven mis papás la reacción es la misma “¿Peralvillo? ¿No es ahí donde venden autopartes? ¿Puedes conseguirme el espejo/la defensa/la refacción que me falta?” Y probablemente sea así por muchos años.

 

Referencias:

http://www.cronistasdf.org.mx/10143/98727.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Hip%C3%B3dromo_de_Peralvillo

http://www.jornada.unam.mx/2003/04/06/042a1cap.php?origen=opinion.html

http://www.jstor.org/pss/40314393