Texto: Tania Chacón

En 2011 Natalia Basso, hoy encargada del Programa Nacional de Reducción de Pérdida y Desperdicio de Alimentos del Ministerio de Agroindustria de la Nación de Argentina, descargó el estudio “Pérdidas y desperdicios de alimentos en el mundo”, elaborado por  la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés). De acuerdo con la propia FAO, el documento ha sido la segunda publicación más descargada en la historia de la organización. Los datos de este informe impactaron a Natalia y la enamoraron del tema del desperdicio y pérdida de alimentos.

Los datos que le impactaron y enamoraron dicen que en el mundo se desperdician al año 1,300 millones de toneladas de comida. Es decir, se desperdicia un tercio de la producción total de alimentos para consumo humano, eso sin contar los alimentos para consumo de animales. Además, esta comida se ha convertido en el tercer emisor de gases de efecto invernadero en el mundo.

En América Latina se desperdician 127 millones de toneladas en un año. Esto quiere decir que cada persona en la región tira en promedio 223 kilogramos de comida al año, y al día desperdicia 0.61 kilogramos. Todos estos alimentos podrían alimentar a 26 millones de personas que sufren hambre y problemas de nutrición.

Para poner el contexto del problema sobre la mesa, esta información de la FAO fue presentada por Germán Sturzenegger en el taller de discusión “La importancia de reducir las pérdidas y desperdicios de alimentos”, el cual se llevó a cabo durante el segundo día de actividades de la cumbre Latinoamérica Recicla. El panel tuvo el objetivo de conocer y aprender de las iniciativas que el sector público y privado en América Latina se han desarrollado para combatir las pérdidas y desperdicio de alimentos.

Es necesario hacer una aclaración. Cuando se habla de pérdida de alimentos se hace referencia a los alimentos del proceso de producción, es decir, lo ocurrido en granjas, fábricas, plantas y transporte. Cuando se habla de desperdicio de alimentos se alude a la fase de consumo en los hogares y restaurantes.

Natalia Basso presentó el programa a su cargo en el taller de discusión, el cual se creó en 2015 con un enfoque municipal. “La única forma de reducir verdaderamente las pérdidas y desperdicio de alimentos es que se vaya a trabajar a los municipios, donde podremos ver resultados concretos”.

Natalia se enfrenta a realizar su trabajo con poco presupuesto, información sin sistematizar, y poca cobertura del tema por parte de los medios. Pero también trabaja con el apoyo e iniciativas aliadas de diferentes organizaciones y empresas como Carrefour, Unilever y el Banco Interamericano de Desarrollo. El principal reto que Natalia se ha planteado es crear una estrategia más integral para su programa, la cual incluya las palabras “sistemas alimentarios sostenibles” y “economía circular en alimentos”.

La empresa Unilever Food Solutions tiene una planta de alimentos en el municipio Belén de Costa Rica. En esa fábrica, Cristina Bonillo, directora de negocios sostenibles y comunicaciones sostenibles de Unilever Middle Americas, se dio cuenta de que durante el llenado de una de sus marcas de salsas y aderezos se desperdiciaba todo el producto que la máquina envasadora consideraba con temperatura inadecuada. La solución que encontró Cristina fue cambiar las boquillas de las máquinas y reincorporar los aderezos descartados al proceso de producción.

Bajo el objetivo de reducir las pérdidas de los alimentos que producen, Unilever Food Solutions desarrolló una estrategia que denominaron “nutrición sostenible”, bajo el eslogan “Alimentos que saben bien, hacen bien, y que no le cuestan al planeta”. Como parte de este plan, crearon en Costa Rica el programa Plato Lleno, a través del cual recuperan 3 mil kilogramos de alimentos que son donados a comedores comunitarios.

El Ministerio de Cambio Climático de Canadá tuvo la iniciativa de trabajar con la Agencia de Protección al Ambiente de Estados Unidos y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México para aprovechar residuos orgánicos. Pero México está muy retrasado en el tema respecto a los otros dos países, y Estados Unidos manifestó su interés en trabajar más bien con residuos alimenticios. Las tres naciones se sentaron a negociar sus intereses y notaron dos enfoques: pérdidas en producción y desperdicio en consumo. Entonces decidieron dividir el proyecto en dos partes. Así nació la “Iniciativa de América del Norte para la pérdida, desvío y procesamiento de residuos alimenticios: caso de México”, a cargo de Ricardo Díaz.

En México se generan 21 millones de toneladas de carbono por desperdicio de alimentos, de los cuales por lo menos 20 millones son potencialmente aprovechables. En el proceso de producción se generan 36 millones de toneladas de carbono en pérdidas. Es decir, en la producción alimentaria el desperdicio es mayor, pero para Ricardo Díaz, es donde está el mayor potencial de aprovechamiento. Por ello, Ricardo desarrolló planes para crear biodigestores y plantas de composta en el país, además de desvío hacia bancos de alimentos.

Como conclusión del taller de discusión, tanto audiencia como panelistas acordaron que en América Latina nos hace falta hacer perder el miedo a consumir alimentos que estén un poquito más secos, un poquito más arrugados, y un poquito más maduros.  

Distintas Latitudes realiza la cobertura de los paneles y conferencias de Latinoamérica Recicla 2018.

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